CAPÍTULO 50

Parece abandonada. Han guardado el mobiliario del porche y el columpio está torcido. Eric no ha debido de poder venir en todo el invierno. No me lo cuenta porque le he pedido que no me dé detalles, pero me gusta saber que viene.

―¿Preparada? ―pregunta Penny.

―Sí ―contesto.

La gravilla cruje bajo mis pies. Las flores de mi madre han sido víctimas del desamparo. Yo tendría que haber estado aquí, desherbando y podando y teniéndolas bonitas. En las partes en sombra del jardín aún hay trozos de hielo. La primavera llega un poco más tarde aquí, pero los bulbos de azafranes y narcisos ya asoman sus deditos verdes de todas formas.

Me tiembla la mano. «Solo es una casa.» Abro la puerta y entro. Todo está igual, cubierto de quietud como solía estar cuando subíamos después de una ausencia prolongada. Solo necesita personas que llenen los espacios. Y no es solo una casa. Todo este tiempo he pensado que aquí me perseguirían los recuerdos, incluso los fantasmas, si me lo preguntabas después de una pesadilla especialmente mala, pero los recuerdos no son inquietantes. Está la cocina de leña en la que solíamos hacer palomitas las noches de películas, la mesa en la que disfrutamos de innumerables comidas caseras, la colcha de retales del sofá con la que me envolvía los días fríos y húmedos, las estanterías repletas de libros, el cesto de tejer de mi madre… No son más que cosas, igual que esto solo es una casa, pero todo significa algo.

De pronto me siento irritada al caer en la cuenta de que he desperdiciado tres años que podría haber estado aquí, consolándome en este lugar. Parece que he adquirido la costumbre de rechazar las cosas que me pueden ofrecer consuelo.

―Esto es precioso ―dice James, y su aliento forma vaho en el aire.

Necesitamos un fuego. Tengo la sensación de que hace días y días que no entro en calor de verdad.

―Gracias.

Se pasean todos por la cabaña, tocando cosas, mirando por los ventanales… De momento, esta es también su casa. Quiero que les guste. Ya he pensado en cómo repartir las habitaciones, pero quiero preguntarle a Penny primero. Le hago una seña para que venga a la cocina.

―A ver ―le susurro―, los dormitorios. ¿James y tú vais a dormir juntos o te pongo con Ana por ahora?

Toquetea los cuchillos del cuchillero de la encimera sin mirarme.

―Eeeh…, creo que vamos a dormir juntos.

―Vale ―digo y le doy una patada en el pie, procurando contener la sonrisa―. ¿Vais a pasar a mayor…?

―Cassie, como me vuelvas a hacer un comentario de ese tipo, te juro que te mato ―me interrumpe, haciendo ademán de coger un cuchillo―. Pero, para que lo sepas, sí, tengo pensado pasar a mayores lo antes posible.

Nos da la risa floja.

―¿Qué os hace tanta gracia? ―pregunta James a nuestra espalda.

―Nada, nada ―dice Penny, pero ella y yo nos sonreímos.

Carraspeo.

―A ver, chicos, se me ha ocurrido que Penny y James podrían dormir en el cuarto de mis padres. Peter ―levanta la vista de las estanterías―, tú quédate con la habitación de Eric. Cuando venga, ya se nos ocurrirá algo. Anny y Nelly, uno de los dos puede dormir conmigo en mi habitación y el otro se puede instalar en el despacho barra cuarto de invitados. O, como en el cuarto de Eric hay dos camas, puede dormir ahí con Peter.

Nelly y Ana se miran. Está claro que Ana quiere un cuarto para ella sola y Nelly capitula.

―Parece que compartimos catre otra vez ―me dice a mí―. Me has demostrado que puedes tener las manitas quietas.

―Ja, ja. Voy al sótano a dar la luz.

Enciendo los plomos, pero no pasa nada. Por suerte, el agua funciona por gravedad y la caldera solar es independiente del resto del sistema eléctrico. Eso significa duchas de agua caliente. Me huelo la mano; todavía me huele a vómito. Inspecciono el resto del sótano. Se está más calentito aquí abajo que arriba, por encima de los diez grados, y la luz se filtra por las ventanas altas, instaladas a ras de la planta principal.

Mi padre era el electricista, pero de la carpintería se encargaba mi madre. Las paredes están forradas de estantes de madera repletos de tarros de conservas caseras. Hay tomates, melocotones, judías verdes, mermeladas de todos los colores, compota de manzana y un montón de cosas más que primero sembraron, luego cosecharon y después prepararon en conserva los dos. El verano y el otoño eran épocas de tarros de conservas y de hervores en cazuelas y ollas. Era trabajoso, pero merecía la pena, decía siempre mi madre. Y, cuando llegaba enero, se demostraba. Hay dos paredes forradas de latas y cubos grandes de comida. Contienen harina, trigo, cebada, azúcar, arroz, palomitas de maíz, alubias y alimentos deshidratados, entre otras cosas. Mamá lo tenía todo estudiadísimo e iba alternando los cultivos para que no se pudriera nunca. Nada. Sabía lo que era pasar hambre; el desperdicio de comida era un anatema para ella. En otra de las estanterías hay tapas para frascos de conservas, velas, cera, pilas, lámparas, linternas, una cuba de medicamentos, champú, jabón, acondicionador, cuchillas de afeitar y todas esas cosas que íbamos cogiendo de la droguería. Estoy acostumbrada a esta abundancia, pero cuando oigo un aspaviento recuerdo que no es normal ver tanta comida en un mismo sitio.

―Es como un almacén ―dice James pasando la mano por los cubos―. Debe de haber miles de kilos de comida aquí abajo. Siempre he querido tener un sótano como este.

Está tan loco como yo. Le agradezco que no me haga sentir como una friqui por gustarme todo esto.

―Los padres de Cass estaban preparados para una situación de emergencia ―dice Penny. Ella y yo solíamos bajar aquí a buscar algún capricho apetecible, como si fuera una especie de búsqueda de tesoros.

―No sabía que tus padres fueran acaparadores ―oigo la voz de Peter a mi espalda.

Imagino mil formas de asesinarlo. A lo mejor no se da cuenta de que me está ofendiendo. A lo mejor.

―No. Eran. Acaparadores ―digo―. ¡Eran preparacionistas! Los acaparadores se llevan cosas que no necesitan de verdad y no las comparten. Mis padres cultivaban ellos mismos muchos de estos alimentos. Y también los regalaban. Los donaban a bancos de alimentos y guardaban suficiente para alimentarnos durante un invierno duro si ocurría algo terrible.

Me dan ganas de decirle que, de niña, mi madre era tan pobre que a veces ni comía, que iba a cazar ardillas después de clase para que tuvieran cena cuando su padre volvía del trabajo, sucio y agotado, que lo último que haría jamás sería dejar que otros pasaran hambre si ella tenía comida, pero no se merece una explicación, no merece saber esas cosas sobre mi madre. Además, seguro que, aunque se lo contara, no lo entendería. A él nunca le ha faltado de nada.

Me giro y lo veo mirarme aburrido, como si me estuviera dejando hablar pero no creyera ni una palabra.

―¿Te lo imaginas?, ¿te imaginas que ocurriera algo terrible? No, dudo mucho que eso vaya a suceder. ¿Y tú?

Me tiemblan las manos de rabia mientras lo miro furibunda. No me sostiene la mirada. Así que así es como van a ser las cosas: ya nada de lo que yo haga va a estar bien nunca más. Por lo menos ya sé a qué atenerme.