―No me importaría no volver a ver una lata en mi vida ―dice Penny echándose pomada antibiótica en los cortes que se ha hecho insertándolas en el alambre.
―Ha sido una jornada de trabajo muy provechosa para todos ―tercia John, que se ha pasado el día fijando el alambre de espino a los árboles, pero mira de reojo a Peter y Ana, que han trabajado casi todo el día, pero mientras las otras parejas de trabajo han terminado cientos de metros ellos han hecho cincuenta. Yo he procurado ignorarlos.
La barbacoa está lista para los filetes descongelados. Aunque hace fresco en la terraza, aún estamos calentitos del trabajo. James reparte unas cervezas que hemos encontrado. Eric ha debido de beberse las que quedaban de las que hizo nuestro padre, porque no hay más que botellas vacías.
―Hoy es un día histórico ―dice James levantando su botellín. Al ver nuestra cara de intriga, saca el iPad de la funda y todos hacemos un aspaviento al ver la pantalla rajada―. Sí, el iPad ha muerto. Se acabó. Dudo que pueda llamar a Apple para que me lo arreglen. ―Reímos―. Al principio me ha aterrado pensar qué iba a hacer sin él, pero luego me he dado cuenta de que las ristras de latas son infinitamente más útiles que el Apalabrados. Y hasta puede que más divertidas ―añade guiñándole un ojo a Penny, su compañera de faena, que se ruboriza―. Y otra cosa ―dice sacándose del bolsillo la cajetilla de tabaco―: estos son mis últimos cigarrillos. He pensado en disfrutarlos con una cerveza. No quiero presionar a nadie, pero, si alguno quiere uno, que aproveche ahora.
―No queremos fumarnos tus últimos cigarrillos, tío ―dice Nelly, pero claro que queremos.
―Yo sí, porque cuanto más tiempo los tenga, más rácano me voy a volver. Me los quiero acabar esta noche y quiero fumármelos con mis amigos, sobre todo con esos que, cuando mañana me dé el mono y me porte como un capullo, recuerden lo generoso que puedo ser.
Gira la cajetilla para ofrecernos, como si no fuera ya lo bastante tentadora. Nelly y yo cogemos un cigarrillo cada uno y nos recostamos en el asiento. Hasta Penny, la niña buena que no ha fumado desde el instituto, coge uno. Le dedicamos un «uuuy» generalizado y nos responde haciéndonos la peineta. Peter niega con la cabeza y Ana mueve su silla hasta el borde de la terraza con un suspiro.
―¿Qué demonios? ―dice John y saca uno de la cajetilla―. Hace veinte años que no fumo, pero sigue oliendo de maravilla.
Parece que va a llover. Me siento bien, como si hubiéramos hecho algo productivo, algo que no sea salir corriendo. A primera hora de esta mañana, John y yo hemos bajado en coche hasta el buzón de la carretera principal y hemos cortado el poste con un hacha y tapado la peana de hormigón con hojarasca. Retirar el último vestigio del mundo civilizado ha sido una especie de capitulación, un adiós.
Veo enroscarse el humo del cigarrillo en las ramas de los árboles y miro a Nelly. Tiene los ojos cerrados y las piernas estiradas. Lleva los zapatos mojados y embarrados. Tanto James como él tienen los pies grandes y no han traído calzado de repuesto. Lo añado a la lista mental de cosas que habrá que encontrar en el pueblo como sea.
Pero, de momento, hemos decidido no movernos de aquí. Sam dijo que pasaría por aquí dentro de unos días y entonces nos informará de cómo están las cosas. Le doy la última calada al cigarro después de apurar la cerveza y confío en que esto no sea también un adiós, aunque estoy casi segura de que sí.