Al oír truenos, levanto la vista de la mesa en la que estoy clasificando semillas. Hemos pasado los últimos cuatro días de lluvia organizando los víveres, cortando leña, cocinando, limpiando y durmiendo menos como consecuencia de un plan de vigilancia que hemos montado.
Ana y Peter están sentados en el sofá. Estos últimos días encerrados en la cabaña con ellos han sido un suplicio. Me he buscado una excusa todos los días para escaparme a casa de John y no tener que aguantar sus suspiros.
La otra noche, a la hora de la cena, cuando hablamos de montar un huerto, parecían a punto de explotar. John intentó explicarles que, aunque todo volviera a la normalidad hoy, al menos la mitad de la población habría desaparecido. Todavía escasearía la comida y la verdura fresca no existiría. No les hizo ninguna gracia. Desde entonces, han estado los dos de mal humor y poco cooperativos, como si el negarse a ayudar fuera a impedir que se haga realidad.
Penny ha intentado hablar con Ana, pero está presa de una especie de poderoso pensamiento mágico. Entiendo que hay mucho que digerir. Todos tenemos nuestros momentos de incredulidad, pero ahora mismo la incredulidad te puede costar la vida. Truena de nuevo, más fuerte esta vez.
Nelly, que está cebando la estufa de leña, levanta la vista.
―Se avecina tormenta.
John se sacude las botas al entrar por la puerta principal, muy serio.
―Son explosiones. Estoy convencido de que vienen de Bellville. Dudo que podamos oír las de Albany o Pittsfield desde tan lejos. Hay un depósito enorme de propano en el instituto y la última vez que hablé con Sam estaban trasladando más combustible allí, pero seguro que tenían explosivos instalados también. ―Nos reunimos a su alrededor en la puerta, pero no vemos nada más que árboles y cielos grises. Un depósito de gas no estalla por accidente, solo intencionadamente, lo que significaría que les han atacado. Aguzamos el oído, pero no se oye nada más. Voy a la mesa y me siento―. No nos vendría mal una antena ―dice John.
Encendemos todos los días la radio de onda corta. Aparte de los comunicados de emergencia, hemos oído algunas emisiones de otros países, pero no eran ni en inglés ni en español, los dos únicos idiomas que se hablan en el grupo. No entendemos lo que dicen, pero todas tienen el mismo ritmo ferviente, urgente.
En uno de los comunicados de emergencia, decían que iban a ofrecer un mensaje del presidente, pero no fue así. Las últimas dos noches hemos pillado algo que parecen estadounidenses hablando, pero la recepción suele ser terrible aquí arriba.
―Vamos a tener que bajar al pueblo en breve ―dice Nelly, y no parece que le agrade mucho la idea―. Necesitamos cosas, ¿no? Y habría que enterarse de lo que está pasando. No quiero llevarme una sorpresa.
Cojo un bloc y un boli.
―Necesitamos zapatos para James y para ti.
Peter me lanza una mirada asesina.
―Yo también necesito zapatos. Solo tengo zapatillas.
―Vale, Peter también ―contesto.
Penny procura no sonreír. Le doy una patada por debajo de la mesa y ella contiene un grito. Yo me pellizco la pierna para no soltar una carcajada y procuro no despegar la vista del bloc. Sé que, si la miro, no voy a poder aguantar. Nos pasaba siempre en clase.
―¿Qué os parece si esperamos un par de días más y vamos a echar un vistazo? ―pregunta John―. Para entonces, lo que sea que está pasando ahí abajo se habrá calmado ya seguramente.