CAPÍTULO 61

Hemos cruzado el bosque estatal que nos rodea hasta un claro. Si alguien oye el ruido, no sabrá dónde vivimos. Ana se ha quejado de que somos unos exagerados, pero Penny ni se ha molestado en replicar.

―Vale ―dice John muy serio―, regla número uno: nunca jamás apuntéis con un arma a algo a lo que no tenéis intención de disparar. Cargada o descargada, da igual. ¿Entendido? ―continúa, plantado delante de Penny, Ana, James y Peter, con las manos cruzadas a la espalda, como un instructor militar. Asienten los cuatro, sosteniendo las armas con cautela―. Regla número dos: tratad todas las armas como si estuvieran cargadas. Número tres: el dedo fuera del gatillo hasta que vayáis a disparar. Número cuatro: limpiad siempre el arma después de usarla; de ese modo, funcionará cuando la necesitéis. Luego os enseñaré a limpiarlas. ¿Alguna pregunta?

―John, estaba mirando mi arma y no le encuentro el seguro ―dice Penny.

―Los revólveres no tienen seguro, al menos no del tipo que tú estás pensando. Esto que tenéis entre las orejas ―le dice, dándose unos golpecitos en la cabeza― es vuestro mayor seguro. Usadlo bien y no habrá problemas.

Se colocan de frente a los blancos que John ha colgado. Nelly y yo nos ponemos detrás para ayudarlos con la postura y la forma de apuntar. A la voz de John, disparan, uno por uno.

Penny baja el arma en cuanto termina.

―No me gusta tenerla en la mano. Ni dispararla.

―Vale ―contesta John y la mira mientras recarga―. No te tiene que gustar. Solo tienes que ser capaz de apuntar y acertarle al blanco. Debes sentirte cómoda haciéndolo. Continuar disparando.

La mayor sorpresa es Peter: todos sus disparos dan en el blanco.

―¡Genial, les has dado a todos! ―exclamo entusiasmada―. Tienes un talento natural.

John examina sus disparos.

―¿Seguro que nunca has disparado un arma?

―Nop ―contesta Peter.

―Pues lo has hecho fenomenal, hijo ―le dice John, dándole una palmada en el hombro―. Si sigues disparando así, algún día lo harás mejor que yo.

Peter se esfuerza por permanecer inmutable, pero se le iluminan un poco los ojos. Me complace que haya encontrado algo que se le da bien y le sonrío. Hace una mueca de desdén.

―Tampoco tiene mucho misterio ―replica de forma que solo lo oiga yo―. Apuntas bien y aprietas el gatillo. Cualquiera con medio dedo de frente lo podría hacer.

Se esfuma mi sonrisa cuando se aparta para recargar. Sé que se siente orgulloso de sí mismo. Lo he visto. Será porque yo he dicho algo. Agarro un rifle e imagino que le apunto a él, pero con eso incumpliría la regla número uno, salvo que le dispare de verdad. Resulta tentador, pero, en cambio, hago como que el blanco es él y acierto en el blanco todas las veces.

John y Nelly cogen la camioneta de John y se dirigen a una granja cercana mientras los demás nos vamos a casa. Solo nos ha dicho adónde van, pero no cuál es la sorpresa porque, según él, no quiere desilusionarnos si vuelve con las manos vacías. De nuevo en casa, James comenta emocionado la experiencia; lo ha hecho bastante bien. Hasta a Ana parece que le ha gustado. Creo que ahora les parece que ya tienen un poco más controlada la situación.

Y tampoco se equivocan del todo: las armas nos salvaron la vida ayer. Aunque habría sido preferible tener silenciadores. No tiene sentido invitar a más eleequis a la fiesta si puede evitarse. Además, aunque ayer comprobé que puedo aguantar el tipo, no me siento valiente ni me parece más manejable la situación. Estoy convencida de que quien dijo que plantar cara a tus miedos te hace más valiente no se enfrentaba a la perspectiva de millones de muertos vivientes.