CAPÍTULO 63

En la mesa, el ánimo es mucho más sombrío. Al principio soy todo felicidad, pero la excitación no tarda en desvanecerse. Saber (vale, sospechar) que Adrian está a salvo me basta para darme por satisfecha de momento, pero la esperanza de llegar hasta él se disipa cuando calculamos lo alta que debe de ser ya la tasa de contagio.

Peter y Ana se sientan, abatidos, mientras nos oyen a los demás manejar cifras y se estremecen al pensar en lo que tenemos a solo unos kilómetros de distancia. Sé que Penny intenta disimularlo, pero no deja de pensar en su madre. Confío en que María pueda aguantar lo que haga falta. Y ahora está clarísimo que eso va a ser mucho más de lo que pensábamos, y eso corrobora lo que a John le había dicho su colega. No entiendo cómo es posible. La gente se descompone. Si están muertos, cuesta creer que no se estén pudriendo.

―Eso es lo que nadie ha podido explicar jamás de las historias de zombis ―dice James―. Y me siento estúpido por mencionar siquiera la cultura popular como marco de referencia, pero la teoría solía ser algo así como que los microbios que favorecen la descomposición evitan la carne infectada. Todos los eleequis que hemos visto parece que se están descomponiendo, solo que no lo hacen deprisa. Así que puede que algunos duren seis meses. A lo mejor depende también del clima. Es posible que en invierno se congelen y los músculos no les respondan en primavera.

―Como la carne del congelador ―dice Nelly, sosteniendo en alto un trozo de ternera que ha pinchado con el tenedor―. Esta ternera es músculo, como nosotros. Cuando se congela, las células revientan, ¿no? Si eso ocurre, igual cuando llegue la primavera no pueden moverse. Además, podríamos matarlos mientras están congelados.

Ana suelta un pequeño sollozo al oír eso y va corriendo al salón de John. Penny la sigue.

―Lo siento ―dice James―. Se me olvida que no todo el mundo soporta hablar del tema.

―Pues van a tener que hacerlo ―espeto yo, evitando a propósito mirar a Peter―. Después de oír lo que ha dicho ese hombre, hay que tener claro que nada volverá a ser como antes.

John ha estado callado, recostado en su asiento. De pronto se levanta para recoger la mesa, pero, antes de que lo haga, le veo los ojos rojos. Me levanto de un brinco para ayudarlo y me planto junto al fregadero, donde se propone fregar los platos.

―Apuesto lo que sea a que Jenny lo conseguirá ―digo.

Me estruja la mano con la suya enjabonada y asiente con la cabeza. Habría apostado lo que fuera por Eric también, pero no está aquí y ya debería estar. Intento presentirlo ahí fuera del mismo modo que me parece presentir a Adrian, pero lo único que consigo es que se me haga un nudo en el estómago.