Todo el mundo adora a Flora y a Fauna. Sus travesuras mientras retozan por ahí siempre me hacen sonreír. Una vez leí que, antes de la televisión, la gente se entretenía mirando a sus gallinas. John está proponiendo que traigamos a la mitad de sus gallinas a nuestro gallinero, además de unas cuantas de las que van a poner pronto. Así tendremos dos canales.
No tenemos más refrigeración que la que mantiene el generador de John, así que guardamos la leche en su casa. La leche de cabra es excelente; lo difícil es conseguirla. John ordeña a Flora en cinco minutos, pero nosotros tardamos treinta.
Estamos en la tercera semana de mayo, pero la fecha ya no tiene la importancia de antes. Hemos ajustado nuestro calendario a la temporada de la fresa, así que estamos a unas semanas de la cosecha y contando los días. Hemos plantado espinacas y otras verduras. La planta de los guisantes se ha apoderado del enrejado con sus zarcillos serpentinos. He encontrado las plantas del huerto de mi madre de años anteriores, con sus dibujitos y los comentarios al margen sobre cada una. Casi me parece que la tengo al lado, dándome indicaciones con el cariño de siempre.
Nos hemos repartido las tareas. Los únicos que necesitan el reparto son Peter y Ana, que andan por ahí como autómatas desde que oímos el primer comunicado por radio. Hemos seguido escuchando todas las noches. Siguen mencionando la granja Kingdom Come, lo que significa que aún están bien. Además, se han añadido algunas zonas seguras. Espero todas las noches, con el corazón desbocado, hasta que oigo esas tres palabras: granja Kingdom Come. Luego le doy las buenas noches a Adrian y nos felicito a los dos por haber sobrevivido otro día.
No podemos comunicarnos con el exterior. James dice que puede que el cable tenga algún cortocircuito. Pero escuchamos. Hemos pillado otras emisiones. Hay un grupo en Virginia que dice que la capital, Washington D. C., está destrozada. La bombardearon en un último intento fallido de detener los contagios.
Todos los días oímos algo nuevo de supervivientes que han encontrado el modo de acceder a radios y antenas. Personas que quieren asegurarse de que no están solas. Hay un hombre en Kansas que dice que la cosa no está tan mal por su zona, ahora que ha matado a casi todos sus vecinos, y que agradecería un poco de compañía. Luego toca la guitarra, llora y corta la emisión.
Peter sabe que sospechamos que Adrian está en Vermont y durante estas últimas semanas he llegado a la conclusión de que su felicidad es inversamente proporcional a la mía: cuanto más contenta estoy, más cabreado está él. Me mira siempre con mala cara y responde con indolencia a todo el mundo menos a Ana. Sé que el sueño de Peter y Ana no era vivir en el monte y recoger excrementos de cabra con una pala, pero apuesto a que lo prefieren a estar muertos. Y lo cierto es que estoy tan harta de ellos que me dan ganas de gritar.
Voy al granero a echar un vistazo a las cabras y aporrear una pared después de un comentario particularmente desagradable de Peter cuando Nelly me aborda de pronto.
―¿Te apetece dar un paseo? ―pregunta.
―No, la verdad es que me apetece más recoger cacas de cabra con una horqueta.
Doy media vuelta a medio camino y me dirijo al sendero. Cuando llegamos al árbol de los mensajes, Nelly me aúpa a la plataforma de madera, lo único que queda de la casa del árbol. Mecemos las piernas y vemos corretear a las ardillas rayadas, con las colas tiesas como mástiles.
Es agradable escaquearse del trabajo. Durante el día estamos siempre ocupados. El último proyecto de John consiste en cavar una zanja alrededor de las vallas que hemos puesto. Me recuerda al sistema que usaban mis padres para atrapar a las babosas del jardín: hacíamos montículos de tierra y poníamos un vaso pequeño de cerveza en el centro. En cuestión de uno o dos días, el vaso se llenaba de pringosas babosas ahogadas. Claro que las babosas son pequeñas. Para controlar esta plaga hay que cavar a mano zanjas de metro y medio de hondo por varios metros de ancho, que terminaremos en unos doce años.
Con tanto cavar y cortar leña, tengo los brazos mucho más fuertes que antes. La próxima vez que tenga que cargarme a un eleequis, luego ya no me dolerá todo. Y me parece que habrá una próxima vez, porque mañana vamos al pueblo. John está trabajando en su taller en una hoja de mango largo que podría resultar más útil que un machete.
Ponemos las plantas al sol y luego a la sombra, las regamos y les cantamos. Bueno, Penny y yo les cantamos. Nelly dice que se nos pira la pinza. Llenamos el depósito del generador y hacemos la comida. Limpiamos el gallinero y ordeñamos a Flora. Pero, sobre todo, cavamos. Luego, por las noches, nos sentamos en torno a la luz de la lámpara y hablamos, leemos o jugamos al Scrabble o al Monopoly antes de irnos a la cama, donde, con lo cansados que estamos, nos quedamos dormidos con la palabra en la boca.
Al pensar en juegos, me viene a la cabeza el proyecto de Nelly y John.
―¿Cómo va la cerveza? ―pregunto―. Necesitamos una noche de desenfreno y juegos de esos de beber.
Aún andan por aquí los ingredientes que usaba mi padre y ahora mismo en el sótano hay varias decenas de botellas llenas, tapadas y haciendo lo que sea que hace la cerveza mientras esperas a que se pueda beber. Me muero de ganas de tomarme una. A lo mejor esas personas que arrasan con la cerveza en momentos de crisis saben bien lo que hacen.
―Lo sabremos dentro de unos días ―contesta Nelly―. No me vendría nada mal una noche de desenfreno. Y no me apetece nada tener que ir al pueblo.
Nos faltan unas piezas para la radio y yo quiero coger unas cosas para un proyecto que tengo en mente. Vamos todos. John tiene la idea peregrina de que Ana y Peter se espabilarán en cuanto vean cómo está el pueblo.
―Estás muy callado últimamente ―le digo―. ¿A qué se debe esa cara larga? Ni que se fuera a acabar el mundo…
Nelly sonríe y se tumba en la plataforma, y el sol le dibuja sombras en la cara. Cruzo las piernas y, desde arriba, lo veo observar el suave movimiento de las hojas.
―Será que aún me estoy aclimatando ―contesta―. Ya sabes, creo que me estoy acostumbrando a todo esto y, de pronto, estoy haciendo cualquier cosa corriente, como cortar leña, y me digo: «¡La hostia, está pasando de verdad!», como si la mitad del tiempo estuviera soñando o algo así.
Asiento. A mí me pasa igual. O, a veces, estoy cavando la zanja o arrancando malas hierbas y me pregunto si Adrian estará haciendo lo mismo. Esos son los buenos momentos, esos en los que siento una pizquita de esperanza de volver a verlo. Luego hay otros en los que pienso en Eric y en Rachel, o en María, y me siento impotente. Siempre sé cuando los demás están pensando en sus familias. Se lo veo en la cara: la esperanza, la desesperación y, por último, una mezcla de horror y resignación. Peter es el único que permanece impasible, porque no teme por nadie. No sé qué es peor.
―¿Y tú? ―pregunta―. ¿Qué tal la vida de enemigo público número uno?
Me encojo de hombros.
―Genial, gracias por preguntar. Siempre he querido que me odiara todo el mundo.
Nelly se vuelve de lado y apoya la cabeza en la mano con una sonrisa burlona.
―No te odia todo el mundo. Peter y Ana han decidido hacerte responsable de todo lo que le ha sucedido a la humanidad, nada más. ―Enarca las cejas―. Sé que te molesta más de lo que te apetece reconocer. Así que, como eres incapaz de pedir ayuda, te lo voy a preguntar yo. ¿Quieres que le diga algo a Peter?
Lo que quiero es que Peter entre en razón y sea sensato porque es un ser humano decente, no porque alguien amenace su integridad física. Cuando obligas a alguien a hacer algo que no quiere hacer, casi siempre te sale el tiro por la culata.
―Han estado haciendo sus tareas ―replico―. ¿Qué vas a hacer, decirles que, como no sean más agradables, se van a enterar? Ana nunca ha sido muy maja, la verdad. Y Peter…, supongo que ha tenido sus momentos, aunque conmigo sí se ha portado bien. ¿Cómo puedes obligar a alguien a no ser egoísta? ―digo, enroscándome una de las trenzas en el dedo.
Aunque me hace sentir muy mala persona, a veces sueño despierta que Peter no estuvo en mi apartamento esa noche, que era otra persona con la que ya no tengo contacto. No le deseo la muerte, pero desear que no estuviera aquí se le parece tanto que me hace sentir culpable.
―Me da que no puedes, pequeñaja ―dice Nelly tirándome de la otra trenza y dedicándome una de sus grandes sonrisas―. Pero yo le puedo dar una paliza por ti si aún quieres, hacerlo entrar en razón.
―Estás deseando soltarle un puñetazo, ¿a que sí? ―Se le iluminan los ojos―. No seas tan tío, anda.
Me encantaría aceptar su ofrecimiento, pero eso solo le daría a Peter más motivos para indignarse. Ya piensa que estamos todos en su contra.
―Si sirviera para algo, podrías haberme espabilado a puñetazos a mí hace dos años, cuando rompí con Adrian. Así no habría conocido a Peter.
¿Dónde estaría yo ahora? Seguramente en una granja de Vermont, como habíamos planeado.
―Sí, pero, entonces, ahora andarías por ahí, en algún lugar de la campiña, pintando y viviendo una idílica vida rural y mi cadáver deambularía por la ciudad de Nueva York arrastrando los pies.
―¿Tú? ¡Jamás! ―digo y le alboroto el pelo con la mano.
Pero es muy posible que fuera así. Habría salido por Manhattan esa noche, sin que James y yo se lo impidiéramos. Habría negado la evidencia hasta que ya no hubiera tenido remedio, como la mayoría de la gente.
Se incorpora.
―Te apuesto un millón de pavos a que te equivocas ―me dice en un tono tan de niño pequeño que casi espero que en cualquier momento me saque la lengua.
Me sonríe de esa forma tan suya, de medio lado y con un ojo arrugadísimo, y siento un cariño inmenso por mi amigo, mi defensor en potencia, el tío que sabe cuándo necesito que me den una patada en el culo. Me alegra tanto que esté aquí que no me arrepiento de que sea por mi culpa, aunque eso me tenga lejos de donde me gustaría estar.
―Bueno, entonces, la próxima vez que menees la cabeza porque estoy haciendo una tontería muy gorda, recuerda que mis tonterías te salvaron la vida en una ocasión ―digo con fingido aire de superioridad.
Arruga aún más los ojos.
―Sí, ¡en una!, ¿de cuántas tonterías…?, ¿miles? Menuda estadística, cariño.
En ese momento, yo, siempre tan madura, le saco la lengua.