CAPÍTULO 65

―¿No decías que en la vida ibas a comprar en Walmart? ―le digo en broma a John mientras nos acercamos al gigantesco bloque de hormigón.

―Dije que me ibais a ver comprar aquí «cuando las ranas criaran pelo» ―contesta―. Supongo que «cuando los muertos deambulen por ahí» es casi lo mismo. Además, tampoco voy a comprar, sino a saquear ―añade con una sonrisa y sigue explorando la carretera.

Ana y Peter van en el asiento de atrás. Nelly, James y Penny nos siguen en el SUV policial. Llevamos los dos vehículos con el depósito lleno de gasolina que hemos ido chupando de otros coches por el camino. El proceso nos ha llevado un par de horas, aun usando una bomba de sifón eléctrica. No sabes si el depósito de un vehículo está vacío hasta que intentas arrancarlo, así que hemos perdido mucho tiempo.

―Tengo la convicción de que ya no es saqueo, porque no hay nadie alrededor a quien le importe ―digo.

―Igual tienes razón.

El aparcamiento está repleto de coches abandonados, como si, al llegar aquí, sus ocupantes hubieran salido corriendo. El sensor de la puerta automática ha dejado de funcionar, pero no será difícil pasar por el boquete del cristal.

―Ya ha estado alguien aquí ―dice John cuando nos detenemos a la entrada.

―Obviamente ―masculla Ana.

Está impaciente por coger un acondicionador. Por lo visto, el nuestro le deja el pelo aplastado. Me fastidió un montón oírla quejarse de las carencias del alojamiento.

John se baja de la camioneta y nos hace una seña para que nos acerquemos. Me acerco a los pegotes de barro que examina.

―Huellas de calzado, aún húmedas, pero no demasiado recientes. Son de las últimas veinticuatro horas, pero no de las últimas diez o así. No creo que corramos peligro, pero, por si acaso, hay que ser superprecavido. Nos organizamos por parejas: uno compra y el otro vigila. Dos de nosotros se quedan aquí.

Comprueba nuestras armas. Parecemos un variopinto grupo paramilitar. James, Penny y John se meten en el oído el auricular de radiofrecuencia y lo prueban. Todos llevamos pistolera, machete o ambos al hombro o la cadera. John nos insiste en que nos los pongamos por casa también para que nos acostumbremos a hacer cualquier cosa armados. Además, no sabemos en qué momento puede asomar algo por el bosque.

Yo llevo mi fiel revólver a un lado de la pistolera, la nueve milímetros al otro y un machete bien afilado a la espalda. Penny se cuelga al hombro un rifle y se asoma nerviosa al boquete de la puerta de cristal. Entramos en la tienda y preguntamos si hay alguien; nuestras voces resuenan por todo el establecimiento. Nada a la vista.

John hace equipo con Peter fuera y nos manda a James y a mí a la sección de parafarmacia, droguería y perfumería. Nelly y Penny van a la de moda, porque tanto cavar hace mella en el guardarropa de uno. Ana se queda sola dentro por si la necesitamos.

Al pasar por el boquete de la puerta, encendemos las linternas frontales y las de mano. Las numerosas líneas de caja están desiertas y a oscuras. Ya me resultan ajenas, como reliquias de un mundo antiquísimo. Todo está en silencio y produce sensación de abandono, pero no de esas que te erizan el vello de la nuca, aunque huela fatal. Aquí dentro hay algo muy pero que muy muerto. En otras circunstancias, eso me tranquilizaría.

Nos adentramos con sigilo. El ancho pasillo frontal es un desastre: hay cajas de galletitas saladas y cereales tiradas por el suelo, mezcladas con ropa y líquidos que se han solidificado y convertido en una especie de gelatina marrón. Penny y Nelly se dirigen al fondo, pisando cereales crujientes. Los ojos oscuros de Ana forman círculos perfectos y está pálida. John la tiene a la vista y la oye, pero es la única que está sola. Lleva el arma en la mano y el dedo se le desliza sin querer hacia el gatillo.

―Ana, ten cuidado con el dedo ―le advierto―. Con que grites una vez, nos tienes ahí en diez segundos, te lo prometo. Aquí no hay nada. Estate tranquila.

Retira el dedo, el blanco de los ojos le brilla en la penumbra, y asiente.

―Daos prisa… ―Iba a tranquilizarla cuando la oigo terminar la frase―: Que quiero coger yo mis cosas también.

Le hago una seña a James, doy media vuelta y suspiro.

―Vamos.

Enfilamos el pasillo principal, procurando hacer el menor ruido posible. Los crujidos de los cereales se oyen muchísimo en el silencio. No era consciente de la cantidad de ruido que nos rodeaba hasta que ha desaparecido. Las puertas metálicas de la farmacia están dobladas y retorcidas. Los frasquitos de pastillas están todos revueltos y amontonados, y hay estantes enteros vacíos.

―Seguro que ya se han llevado todo lo bueno ―susurra James cuando pasamos por delante.

Llevo los vaqueros pegados a los muslos, del sudor, a pesar de que aquí dentro no hace tanto calor. Me late tan fuerte el corazón que me extraña que James no haya comentado nada aún.

Lleno de guantes de látex y cosas varias la bolsa que llevo al hombro mientras James vigila. El olor a descomposición es peor aquí y hay manchas oscuras de porquería en el suelo. Estoy convencida de que son de sangre reseca, pero, con la linterna frontal, cuyo resplandor led hace que todo parezca una peli en blanco y negro, las veo negruzcas. Parece sirope de chocolate, que es lo que usaban como sangre en las películas de terror antiguas. ¡Menudas guerras de comida se debían de montar! Me tapo la boca para contener la risa floja que me da.

James me mira intrigado.

―¿Qué te hace tanta gracia?

―Nada, nada ―digo con sinceridad―. Es que esto me puede.

―Apesta. Y aquí es todavía peor ―dice sujetándose el auricular―. Vamos a la sección de motor. John dice que está todo despejado, pero que nos demos prisa.

A nuestra izquierda hay una puerta que conduce a la sección de jardinería, en la que han colocado los productos de temporada. El hedor es tremendo aquí: me llena la boca y me forra la piel como una baba. Nos dan náuseas y respiramos por la boca, pero ahora me lo noto en la lengua, que es mucho peor que olerlo. Me apoyo en un estante y me da una arcada, pero no sale nada. Cuando levanto la cabeza, mi linterna frontal ilumina la zona.

―¡La hostia! ―exclama James.

Habrá unos cuarenta cadáveres apilados allí, con los brazos y las piernas estirados y enredados unos con otros de tal forma que no somos capaces de ver dónde termina uno y empieza otro. Nos acercamos un poco, preparados para salir corriendo al menor movimiento. Cuando James enciende su linterna grande, vemos la piel gris y las heridas abiertas. Todos y cada uno de ellos tienen alguna herida en la cabeza: alguien ha matado a todos los eleequis de la tienda.

―¡La hostia! ―repite James y luego habla por radio―. Alguien ha matado a todos los contagiados. Hay una pila de ellos en la sección de jardinería. Vamos a la de motor. Cinco minutos como mucho.

Agradezco que alguien haya hecho esto y me alivia muchísimo pensar que hay otras personas por ahí peleando y sobreviviendo. Ojalá estuvieran aquí ahora. Veo dos cadáveres separados y me dispongo a sacar la linterna. Dos chicas, de no más de dieciocho años, medio apoyadas en las estanterías. Una de ellas no lleva más que un top de tirantes desgarrado; la otra aún tiene la cazadora puesta. No tienen el aspecto grisáceo y coagulado de los demás cadáveres. Tienen los muslos y la cara magullados e hinchados, pero se ve que no llevan muertas mucho tiempo. Me pregunto si se habrán contagiado, si les habrán mordido hace poco, pero descarto la idea de inmediato. Una está sentada en una alfombra de sangre, con un disparo en el pecho, no en la cabeza; a la otra parece que la hayan estrangulado con la cuerda que aún lleva anudada al cuello. Además, son las únicas a las que sobrevuelan las moscas y en las que aterrizan, como si fueran una especie de aeropuerto de insectos. De pronto, me alegro mucho de que quienquiera que se haya cargado a esos eleequis no esté aquí, porque seguro que son los responsables de esto también.

Me dan ganas de llevármelas a rastras a algún sitio, lejos de la pila de contagiados, de taparles el cuerpo desnudo para que conserven algo de dignidad, pero ya no hay tiempo para hacer cosas así. Me brota en el vientre una rabia intensa que se propaga por todo mi cuerpo. Han sobrevivido solo para que algún hijo de puta inhumano las violara y las asesinara. Como si no hubiera ya inhumanidad de sobra deambulando por ahí.

―Vamos ―dice James tirándome de la manga―. Nel y Penny ya han terminado y nos están esperando.

Buscamos guantes de conducir en la sección de motor y nos dirigimos a la salida. Ana, Penny y Nelly nos esperan junto al boquete de la puerta, con las bolsas llenas. Engullo el aire fresco del exterior y me hurgo en el bolsillo en busca de algo, lo que sea, que me quite el sabor de la boca. Encuentro unos chimos de menta cubiertos de pelusas y el anillo de Adrian. Acaricio el anillo, me meto un caramelo en la boca y le ofrezco uno a James, que parece que lo necesita tanto como yo. Lo acepta agradecido y escupe el trago de agua con el que se estaba enjuagando la boca.

John, que se ha hecho una idea de lo que hemos visto, no pierde el tiempo.

―¡Todo el mundo a los coches, vamos!

No ha parado de mirar a todas partes y aprieta fuerte la boca. Volvemos a la carretera. En la cima del monte, me vuelvo y veo entrar en el aparcamiento del Walmart una furgoneta roja destartalada y un deportivo.

―Puede que sean ellos ―digo, estremecida de pensar en lo cerca que hemos estado de tener que enfrentarnos a personas que violan y matan a chicas jóvenes.

―He tenido un presentimiento ―contesta John.