―Ana ha tenido la cara de quejarse de que todos menos ella «hemos cogido algo» en la tienda. Como si hubiéramos pillado perfumes y cajas de bombones y ella no ―dice Penny con una mueca, levantando la vista de los retales que está haciendo del abrigo de cuero de mi madre, al fondo de la terraza.
―Tu hermana…
No termino la frase.
―Ya, ya. He intentado hablar con ella. Se está poniendo muy farruca. Mi madre siempre decía que, si buscas «terco» en el diccionario, te encuentras una foto de Ana. ―Se me ocurren unas cuantas palabras más en las que podríamos encontrar su foto. Penny me ve la cara y se parte de risa―. Sí, terca se queda corto. No sé qué hacer. A veces la entiendo, esto es aterrador y surrealista, pero es cierto que como excusa ya no le vale. Todos hacemos lo que toca, ¿no?
―Sí ―digo mientras enhebro la aguja de la máquina de coser que hay en la mesa―. No sé, Pen. Ya sabes que Ana es como mi hermana pequeña, o lo era, cuando me dirigía más de dos palabras, pero Peter y ella se han montado una especie de grupito negacionista propio.
Meto bajo la aguja de la máquina unas tiras de elástico y cuero y hago girar la rueda de la derecha con la mano. No es tan rápida como las de pedal, pero cose mejor, más fuerte y más rápido de lo que puedo hacerlo yo sin electricidad.
―Bueno, ¿y qué estamos haciendo exactamente? ―pregunta Penny.
―Una especie de protectores. Mi idea es coserlos a los guantes y hacer unas mangas con las que taparnos los brazos para evitar arañazos y mordiscos, y el contacto con la sangre infectada. Los eleequis tienen dientes normales, como los nuestros; no pueden desgarrar el cuero.
Pienso en el horror que sentí al matar a aquel con el machete y en el miedo que tenía de que el virus pudiera llegar a mi torrente sanguíneo. Yo no era muy obsesiva con los gérmenes, pero ahora me he vuelto una germófoba compulsiva.
―Vale. Este es uno de esos momentos surrealistas de los que te hablaba. Estoy sentada en pleno bosque, al sol, haciendo protectores contra zombis.
James sale a la terraza por las puertas correderas de cristal.
―¿Aún no te has enterado de que no se llaman «zombis»? ―dice con un dedo señalador―. En todos los libros, películas y demás los llaman otra cosa.
―Para los preparacionistas ―tercio yo―, «zombis» son los otros, los que vienen a pedirte cosas cuando la cosa se ha puesto chunga. Pero es verdad: nunca los llaman «zombis». Raro.
Después de ver a las pobres chicas del Walmart, tengo claro que hay dos tipos de zombis que debemos temer.
―También nosotros los llamamos de otra forma ―dice Penny―. A ver…: eleequis, devoradores, caminantes, contagiados, muertos vivientes, sigilosos, tropezones, zetas… Seguro que hay algún otro que no hemos oído o no se nos ha ocurrido aún. Además, por desgracia, esto no es una peli.
―Ya te digo ―contesta él, se sienta y estira sus piernas largas. Lo veo un poco más fuerte, de trabajar aquí, y tiene algo más de color en la cara, pero siempre será un tirillas. Soba con los dedos el cuero que hay en la mesa―. Para hacer protectores, ¿no? Buena idea. No sabemos lo contagioso que es. Si basta con un arañazo para que te lo peguen, habrá que cubrirse, con guantes de cuero largos o ¿con guantes de neopreno? Serían estupendos.
―No te digo que no ―respondo―, pero ¿de dónde sacamos unos guantes de neopreno en el norte del estado de Nueva York? Si nos topamos con alguna tienda de deportes, habrá que entrar a echar un ojo. ―Levanto la vista de la máquina de coser―. Tengo que decir que me decepciona mucho que a mis padres no se les ocurriera hacer acopio de ellos. ¿Cómo es posible que no previeran una emergencia de este tipo?
―Siempre hay que estar preparados para el apocalipsis zombi ―dice James, y sonríe a Penny al decir la palabra―. Y los guantes de neopreno son completamente imprescindibles. Como poco, podría haberse producido un ascenso de los océanos que te dejara la casa al borde del mar y los necesitaras para surfear.
―Dos posibilidades de lo más real ―bromea Penny―. Bueno, en realidad, supongo que solo una de ellas es descabellada. Ya os he dicho que lo encuentro surrealista. Mi cerebro no acaba de procesarlo.
Me calzo el primer guante terminado y me aseguro de que el elástico cierra bien. Las tiras largas de cuero van cosidas al guante a la altura de la muñeca y me suben hasta el codo. Van a dar un calor tremendo, pero me puedo mover bien. Ensayo desenfundando el revólver y apuntando al bosque.
―Oye, molan un montón ―dice James―. Pareces una superheroína. Yo también quiero unos.
Pongo los brazos en jarras y miro al infinito, estilo superheroína.
―Granjera de día, matazombis de noche. Los tuyos son los siguientes ―le digo a James señalándolo con el dedo.
―Guay.
Penny le pasa el patrón y el cuero.
―Toma, papi, haz algo de provecho.
―Sí, mami ―contesta él imitando fatal el acento puertorriqueño.
Penny y yo reímos, y él coge unas tijeras y empieza a cortar, conteniendo la risa. En un diccionario, la foto de James saldría en la palabra «útil».