Ya he terminado los protectores de todos y vamos a salir a hacer prácticas de tiro con ellos puestos. El porche parece una jungla. Las diminutas plántulas se están convirtiendo deprisa en alimentos que podremos trasplantar dentro de uno o dos días. Ahora mismo se están acostumbrando al aire exterior durante el día, de forma que luego estén lo bastante fuertes para aguantar fuera todo el tiempo. Ana deja la regadera y se dirige al SUV. Creo que no le importa hacer labores de jardinería; juraría que la he visto hablar con las plantas algún día, claro que tampoco lo va a reconocer.
Sale Peter y la mosquitera se cierra de golpe. Lleva botas de trabajo y uno de los dos vaqueros que se trajo de la ciudad. Le habrán costado una fortuna, pero tengo que decir que le están aguantando bastante bien; mis vaqueros, más baratos, han envejecido ya tres años. Quizá sería una ventaja comercial si algún día el mundo vuelve a ser lo que era: se les podría ocurrir una especie de eslogan posapocalíptico para sus vaqueros de cuatrocientos dólares.
Hay una cosa que no echo de menos: que te inunden de publicidad destinada a hacerte comprar más, a no estar nunca satisfecho. Tampoco es que me guste más así, pero, en el fondo, me encanta esta vida; es algo que siempre he querido. Me chifla estar en el bosque, cultivar alimentos, hacer las cosas que necesitamos en vez de comprarlas. Ojalá esas cosas no fueran machetes afilados y mangas de cuero con las que protegernos de los zombis.
Al bajar los escalones, Peter me esquiva la mirada. Lleva el pelo más largo y tiene un aspecto más dejado, pero le sienta bien. Siempre ha ido demasiado arreglado y acicalado. Comprueba su pistolera y engancha los dedos en la correa del rifle.
Nunca hemos sido almas gemelas, pero nos divertíamos juntos. A veces hablábamos de verdad, como la noche en que nos conocimos. Una noche, después de beberse unas cuantas copas de más, se quejó de tener que ir a fiestas pijas llenas de gente de plástico. Habría montones de fotos en las páginas de sociedad. Recuerdo cuando me dijo que aún existían las páginas de sociedad, que yo pensaba que se habían extinguido hacia finales de la ley seca. No me lo creía hasta que me enseñó pruebas y entonces me dio el ataque de risa con los nombres y los pies de foto, mientras él me miraba con una media sonrisa y los ojos brillantes.
―Pues no vayas. Ven a mi casa a ver pelis de chicas ―bromeé―. ¿Quién te obliga a ir?
Sabía que yo jamás me acercaría siquiera a ese evento social y hacía semanas que había dejado de pedírmelo. Tenía los párpados a media asta y la cabeza apoyada en el respaldo de su sofá.
―Si no haces acto de presencia, se olvidan de ti, Cassie ―me susurró―. Tú no lo entiendes. No quiero ser invisible.
Cuando cerró los ojos, lo vi tan vulnerable que le pasé el dedo por las sombras picudas que las pestañas le hacían en las mejillas.
―Peter, tú no eres fácil de olvidar. No te hacen visible ellos. Yo te veo.
Pero siguió con los ojos cerrados y empezó a respirar tan profundamente que llegué a pensar que no me había oído. A la mañana siguiente, yo estaba sentada en su sofá con las piernas cruzadas y una taza de té en las manos mientras él se había instalado en el sillón grande y miraba por el ventanal de su apartamento prebélico heredado. Le sonreí, pensando que quizá la noche anterior habíamos dado un paso más en nuestra relación.
―No me acuerdo de nada de anoche. Debí de quedarme traspuesto ―dijo y miró a otro lado enseguida, pero me pareció verle la mentira en los ojos, el temor de haber hablado más de la cuenta y que yo lo supiera.
―Sí, te quedaste dormido y te llevé a la cama ―confirmé, pero volví a intentarlo una vez más―. ¿Seguro que tienes que ir a la fiesta de esta noche?
Me contestó con desenfado, aunque con mirada algo triste quizá. El sol no me dejaba verlo bien.
―Sí, tengo que ir.
El Peter que baja ahora los escalones parece distinto, pero actúa igual. A lo mejor es que aquí no hay nadie que lo haga sentirse visible. A lo mejor por eso se rebela contra todo esto. A lo mejor le desagrado tanto precisamente porque estoy al tanto de esa faceta suya.
Pasa volando por mi lado y se sube de un brinco a la parte delantera del SUV. Como tiene tan buena puntería, ahora él también disfruta de privilegios de tiro. Yo me subo a la camioneta de John. Psicoanálisis de saldo aparte, Peter se está portando como un capullo. Y parafraseando a no sé quién: si alguien te muestra su verdadero yo, créetelo. Además, aquellos momentos, esos en los que creí ver al auténtico Peter, fueron demasiado escasos y demasiado distanciados para tenerlos en cuenta.