CAPÍTULO 68

Hemos gastado toda la munición que nos ha parecido oportuno, a pesar de que, entre el arsenal de mi padre y el de John, creo que podríamos tomar un país pequeño. John le pide a Ana una ronda más antes de terminar. Ha visto por qué algunos de sus disparos no hacen blanco. Pero Ana enfunda el arma en la pistolera que lleva a la cintura y cruza los brazos.

―No, estoy cansada y no quiero disparar más.

―Entiendo que estés cansada, Ana, pero no tenemos muchas ocasiones de hacer esto, así que es preferible hacerlo ahora ―contesta John―. Luego ya nos vamos.

John le tiende la mano para pedirle la pistola, pero Ana está haciendo el mismo mohín que cuando tenía diez años y le decían que era hora de irse a la cama.

―¡No! ¡Estoy harta! ―dice gesticulando mucho y se sienta en una piedra. Penny se arrodilla para hablar con ella, pero Ana vuelve la cabeza hacia otro lado―. No quiero saber nada ―insiste―. No voy a seguir disparando. Solo quiero que las cosas vuelvan a ser como antes. No pienso continuar con todo esto.

Esto tiene que acabar. Una cosa es que se porte como una cría cuando tiene que ayudar en casa y otra muy distinta que se niegue a aprender a protegerse, porque eso la convierte en un peligro cuando es ella la que tiene que cubrirnos las espaldas. Estoy cansada de que todo el mundo se lo consienta todo. Va siendo hora de que Ana y Peter maduren de una puñetera vez.

―Ana, las cosas ya no son como antes ―le digo―. Ni volverán a serlo, al menos durante una buena temporada.

―Déjala en paz ―salta Peter―. No todos estamos cumpliendo nuestro sueño de ser Laura Ingalls.

Me escuece el comentario, en parte porque es cierto y también porque me conoce y está sirviéndose de ese conocimiento para hacerme daño, y me fastidia que sepa tanto de mí como para podérselo permitir, pero, sobre todo, me escuece porque, si es eso lo que piensa, ¿qué clase de persona cree que soy?

―Sí, me gusta la horticultura, la costura y preparar conservas, Peter, pero ¿crees que por ese motivo me hace feliz vivir así?

Me mira con crueldad, con los ojos de un desconocido, y se encoge de hombros. Veo lo mucho que me desprecia en este instante y me duele en el alma, más de lo que me apetece reconocer.

―Yo solo digo que algunos queremos que las cosas vuelvan a la normalidad, que esperamos que eso ocurra en breve y que no es ninguna locura pensar que podría ser así. Tú, en cambio, pareces disfrutar muchísimo con todo esto, como si lo hubieras estado esperando.

Es un capullo integral y me dan ganas de berrearle que claro que es una locura pensar que las cosas van a volver a la normalidad en breve. Es un auténtico disparate. Me arde la cara y me tiemblan las manos.

―Vaya, qué calada me tienes, Peter. Solo que en mi sueño jamás imaginé que tendría que aguantar las mofas constantes de un par de niñatos malcriados a mis espaldas. Lamento no andar todo el día lloriqueando por ahí ni comportándome como si cada puñetera cosita que tengo que hacer fuera un suplicio. ―Ana frunce los ojos al oír esto, pero me da igual: es la verdad y ya era hora de que alguien lo dijera―. ¿Se te ha ocurrido pensar que estoy muerta de preocupación por Eric? ¿Que mi hermano anda por ahí? ―digo subiendo la voz. Miro a Ana―. ¿Y María? ¿De verdad piensas que me apetece que estén en peligro? ―Se me llenan los ojos de lágrimas traidoras. Nadie se toma en serio a una loca que llora y me frustra mucho que mi rabia esté vinculada a mis lagrimales. Pienso en algo perverso que decir y, en vez de contenerme como haría normalmente, lo suelto. Eso es lo que hace Peter―. Igual piensas eso. Igual ya no te acuerdas de lo que es querer a alguien ¡y que la gente te quiera a ti!

Me alegra verlo estremecerse. Quiero hacerle daño. Lo voy a tratar como la persona que me acusa de ser. Se recupera de mi réplica y se le oscurece la mirada.

―Bueno, por lo menos yo no ando penando por alguien que ya no me quiere.

Confundida, tardo un segundo en entenderlo, hasta que caigo en que se refiere a Adrian. Penny se queda boquiabierta. Me adelanto con la mano en alto, pero Nelly me agarra por la cintura.

―Vale, ya está. Peter, se acabó. Ya ―le dice Nelly con el semblante imperturbable, salvo por la mirada, una mirada gélida.

Peter se muestra triunfante hasta que le ve la otra mano a Nelly, con el puño apretado. Retrocede un paso.

―Vosotros dos ―espeto, señalando a Peter y a Ana con un dedo temblón―, puede que no queráis creer que las cosas son distintas, pero lo son. Lo son y, si os comportáis como si no lo fueran, terminaremos todos muertos.