Nelly se recuesta en el sofá con una cerveza en la mano.
―Qué maravilla ―dice, le da un trago a la cerveza y hace una mueca.
―Lo dirás por la compañía, no por la cerveza ―replica Penny.
Ana y Peter duermen en casa de John esta noche. Les ha prometido una película durante las escasas horas en que tiene encendido el generador. Seguro que están tan contentos de estar allí como yo de que no estén aquí. Después de escuchar por radio el comunicado de la noche, nosotros cuatro nos hemos ido. Han dicho lo mismo de siempre, pero cuando han mencionado la granja Kingdom Come no he tenido esa sensación de bienestar de antes; solo me ha recordado lo imbécil que soy.
Penny levanta su botellín. James, Nelly y yo alzamos los nuestros, brindamos con ella y bebemos. El amargor del líquido me produce un escalofrío, pero es mejor que nada.
―¿Tiene que saber así? ―pregunto.
Nelly niega con tristeza.
―En absoluto. Pero, para la próxima, creo que ya sé lo que hemos hecho mal.
Le doy un buen trago a la mía. Jamás me voy a pillar un pedo como no me tome en serio lo de la bebida. Y esta noche voy en serio. Estoy deseando que se acabe el día y dudo que vaya a conseguir dormirme salvo que me emborrache y pierda el conocimiento. Cuando he apurado hasta la última gota, abro los ojos, que había cerrado muy fuerte, y me los encuentro a los tres mirándome fijamente.
―Esto sí que te desinfecta el paladar ―digo, me limpio la boca con el dorso de la mano y alargo el brazo para coger otra.
―Más bien te lo destroza ―tercia James y da unos tragos―, pero, oye, cuanto más bebes, mejor sabe.
Asiento con la cabeza, pero no contesto porque me estoy zampando la segunda cerveza. Nelly sostiene la suya en el regazo.
―Venga ya, Nels ―le espeto con un manotazo al aire―, ¡bebe!
Penny y él se miran y luego Nelly se vuelve hacia mí con el ceño fruncido. Penny tuerce la boca. Yo escudriño a uno y después al otro.
―¿Qué?
―No te olvides de que hay que hacer guardia esta noche ―me recuerda Nelly.
Nos habíamos relajado un poco con la vigilancia, pero los Franklin iban en pijama. La radio funciona bien entre nuestra casa y la de John y va a estar encendida toda la noche.
―Me toca el último turno. Para entonces ya estaré bien ―respondo, encogiéndome de hombros, y cambio de tema―. ¿Sabéis lo que nos falta? La música. Se me hace raro que estemos aquí sentados, bebiendo, sin música.
Tengo la sensación de que Nelly quiere decir algo más, pero, para alivio mío, lo deja estar. Como me hagan hablar de Adrian o pensar en él un segundo más, voy a empezar a gritar.
―Sí ―dice con aire soñador―. ¡Lo que daría por poder conectar mi iPod y escuchar una de mis listas de canciones!
―Yo estoy harta de que me ronden la cabeza las canciones más absurdas del mundo ―tercia Penny, que casi siempre anda canturreando tonadillas de anuncios y de programas de televisión.
Nos pasa a todos. No tengo ni idea de por qué se me ha metido en la cabeza el tema de Las chicas de oro, pero, por lo visto, es lo que pasa cuando se te niega otra música.
―En el sótano hay un gramófono antiguo, de los de manivela ―digo―, pero solo reproduce discos de setenta y ocho revoluciones. Mi padre tenía pensado adaptarlo para que reprodujera también discos de cuarenta y cinco, de los que tiene centenares. ¡Vamos a por él! ―espeto levantándome de un brinco, dejando de golpe la botella vacía en la mesita de centro y casi volcando la lámpara de aceite que hay en ella y que Penny agarra a tiempo―. Ven conmigo, James.
Sé que me estoy pasando de entusiasmo, pero necesito hacer algo. Agarro una tercera cerveza y me dirijo al sótano. James me sigue con una lámpara. Veo el cajón de madera en un estante de un rincón del fondo del sótano.
―Aquí está ―digo sacándolo y señalando la cantidad ingente de discos que hay encima―. Nos llevamos los de setenta y ocho.
Ya arriba, abrimos el cierre del cajón y ponemos un disco en el gramófono. Se oye un ruido de engranajes procedente del interior, pero el disco no gira. James lo inspecciona.
―Si lo desmonto, igual consigo que funcione, pero necesitaría mejor luz.
Nuestras noches son oscuras, como antes de que la luz eléctrica fuera corriente. Las lámparas que tenemos nos dan luz suficiente para leer, pero no para realizar tareas en las que sea necesario ver piezas minúsculas. Y no malgastamos baterías en cosas que pueden esperar a que sea de día. Suspiro y apuro la cerveza. No me siento la nariz, señal inequívoca de que me estoy emborrachando.
―Vaya, con lo que me apetecía bailar ―le digo a Penny, que se levanta las gafas y me sonríe compasiva―. Una cosa tan tonta e insignificante como bailar.
Sé que parezco una quejica, pero si no puedo tener las cosas grandes, quiero una pequeña. Me abro una cuarta cerveza.
―Cass y yo siempre nos hemos organizado nuestros bailes, desde que éramos pequeñas hasta…, bueno, hasta ahora ―le explica Penny a James; luego me sonríe y levanta la botella.
―¡Que vivan nuestros bailes! ―grito.
Choco mi botellín con el de Penny y me lamo la espuma que me ha salpicado en la mano. Bebo y dejo la cerveza medio vacía. Así es como voy a ver las cosas a partir de ahora, decido: el vaso medio vacío en vez de medio lleno.
―¡Por nuestros bailes! ―me secunda.
―¡Ay, Señor! ―tercia Nelly.
Nuestras risitas se convierten en carcajadas, pero las mías terminan en sollozos.
Nelly me mira preocupado.
―No ―le digo y me limpio la lágrima que se me ha escapado. No quiero que nadie me compadezca, que vean lo débil que he sido―. Por favor. Ya he cubierto el cupo de depres, ¿recuerdas? Estoy bien. ¿No podemos beber y divertirnos sin más?
Me da la impresión de que va a decir algo más y me preparo, pero se rinde.
―Sí, creo que eso se puede arreglar.
Se acaba la cerveza de un trago mientras Penny y yo lo animamos.