CAPÍTULO 73

A última hora de la tarde, salgo al granero a ordeñar a Flora. El ordeño tiene su propio ritmo sereno cuando le pillas el tranquillo. Me encanta el olor del heno y el sol que entra en franjas por las ranuras de entre las tablillas y hace que las cabras parezcan cebras. Casi he terminado cuando oigo a Ana y a Peter discutir al fondo del granero. No saben que estoy aquí, fuera, en la zona resguardada, donde me gusta ordeñar.

―Tenemos que contárselo, Ana ―dice Peter con rotundidad―. No es algo que podamos ocultar. ¿Y si descubren adónde fuimos?

―Estuvimos vigilando ―dice ella―. No pasó nadie. Estoy convencida de que no hay peligro. No sabemos seguro si son ellos siquiera. ¿Tú sabes lo que se cabrearían si se enteraran? Mi hermana ya ha estado a punto de matarme.

Cojo el balde de leche y me acerco con sigilo al umbral de la puerta.

―Ana, el sheriff dijo que era un tío problemático. No podemos arriesgarnos.

Ella está en actitud beligerante. No va a ceder hasta que Peter consienta. Carraspeo. Ana se gira sorprendida, con los ojos fruncidos.

―Estaba ordeñando ―digo, sosteniendo en alto el balde a modo de prueba. La leche chapotea de la rabia que trato de contener. No puedo creer que hayan querido ocultarnos algo tan importante―. Ya nos estáis contando lo que pasó.