Nos habían contado que la excursión al pueblo se había producido sin incidentes y que las tiendas estaban vacías. Pensábamos que eso era todo, al menos en lo relativo a peligros, pero resulta que se toparon con alguien.
―No fuimos a Walmart, sino a ese pueblo que hay al otro lado. ―A Peter parece que le cuesta hablar. Está de pie en el salón, mirando por los ventanales―. Queríamos ver qué había allí. Encontramos una peluquería. Esperamos y, al ver que no venía nadie, entramos. ―Bueno, supongo que Ana consiguió el acondicionador. ¿Se puede estar dispuesto a morir por algo más absurdo? Pero, claro, no pensaban en eso. Nos estaban haciendo una pedorreta, demostrándonos que nadie les iba a decir lo que podían o no podían hacer―. Ya habíamos vuelto a la camioneta cuando se nos puso una furgo al lado. Dentro iban dos tíos. El del asiento del copiloto era uno de los que estaban en el control de Bellville, el bajito.
Perro Rabioso. Neil Curtis. Digo su nombre en voz alta y John asiente.
―Neil tuvo problemas hace años en relación con una agresión a una mujer. Desconozco los detalles, salvo que, a pesar de su empeño en averiguar lo ocurrido, Sam no consiguió sacarle nada. ¿La furgo era roja?
La furgoneta roja que entraba en Walmart cuando nosotros salíamos.
Peter asiente.
―Nos preguntaron adónde íbamos y yo procuré no dar muchos datos, como si estuviéramos de paso, pero entonces vieron a Ana. El tipo dijo que nos recordaba, que habíamos dicho que íbamos al norte. Contestamos que ya habíamos estado allí, pero que nos íbamos a otro sitio, que esto no nos interesaba. ―Me mira a mí cuando dice eso. Yo mantengo la vista fija en las librerías que construyó mi madre y leo los títulos de los libros una y otra vez, repitiéndolos mentalmente para no gritar. No solo se toparon con otras personas, sino que esas personas son asesinos―. Me pareció que nos creía. Nos preguntó dónde estaban nuestras cosas. Les dijimos que íbamos a pasar a por ellas. El tipo nos propuso que nos diéramos una vuelta por el Walmart, si no nos importaba retroceder, porque aquella zona era segura y los devoradores estaban todos muertos. Se ofreció a llevarnos con la excusa de que él conocía bien la tienda y dentro estaba todo oscuro. Le dijimos que no, gracias, que nos teníamos que ir ya. No nos quitaron el ojo de encima mientras salíamos. Dimos un buen rodeo para que no pareciera que volvíamos aquí. Después nos quedamos sentados en el coche para ver si nos habían seguido, pero no pasaron en ningún momento por la carretera principal.
Lo dice como si tuviéramos que felicitarlo por sus excelentes aptitudes para el espionaje.
―Da igual ―digo, controlando apenas el tono. Él mira a otro lado, con los labios apretados―. Sabe cómo me llamo por el día que nos vio en el control y ahora le habéis recordado nuestra existencia. No tiene más que buscar «Forrest» en el listín telefónico. O localizarlo en los archivos del ayuntamiento o en cualquier otro sitio.
―Eso será si se acuerda de tu nombre ―me rebate Ana―. ¿Cuántas personas crees que habrán querido pasar el control? ¿Por qué iba a acordarse de tu nombre? ―dice gesticulando mucho, como queriendo decir que con tanto jaleo, ¿quién se iba a acordar de nada?
―Por vosotras tres ―replica Nelly señalándonos a Ana, a Penny y a mí―. Un tipo que ha violado y asesinado a unas adolescentes, probablemente ha matado al sheriff e incluso hecho saltar por los aires el instituto, seguro que se acuerda de tres chicas guapas que es muy probable que sigan vivitas y coleando.
John está sentado con un puño en la mesa y las aletas nasales infladas.
―Hay una clase de hombre al que le produce placer matar. Algunos se meten en el ejército y matan de forma legal; otros son asesinos sin más; y unos cuantos terminan encontrando la ocasión, ya sea aquí o en Sudán, de dar rienda suelta a sus instintos más básicos. Me da que Neil Curtis es de esos. No va a parar, menos aún habiendo encontrado algo que quiere y nadie le va a arrebatar. Se tomará su tiempo hasta que lo tenga todo claro y luego vendrá, pero estaremos preparados para recibirlo.
Debe de ser como vivir en el Medio Oeste y que te digan que se acerca un tornado que va directo a tu pueblo, un tornado que ya ha arrasado una franja de un par de kilómetros de ancho en los tres pueblos anteriores. Es tarde para echar a correr. Además, no hay adonde ir. Así que te preparas lo mejor que puedes y confías en que no te arrebate todo lo que conoces y quieres.