CAPÍTULO 78

John me encuentra contemplando los restos de lo que fuera la cabeza de Neil y me dice que ya está, que hemos ganado. Volvemos a pie por el bosque, yo con su brazo por los hombros. Pasamos por delante del cadáver del que ha perseguido él, que tiene una perilla de espumarajos de color rosa por la barbilla. James y Peter salen del bosque, al otro lado del camino de acceso a la casa, cuando llegamos a los escalones de entrada.

―Con los dos vuestros, ya están todos ―dice James―. La niña, Beth, dice que no había más.

―Bien ―contesta John.

Pensaba que la casa estaría peor de lo que está. Los cristales de la puerta corredera producen destellos mientras Penny los barre con una escoba y también se ha roto uno de los ventanales de la fachada principal. Sé que habrá agujeros de bala en las paredes y cosas agrietadas y rotas, pero esas ya las buscaré luego. Nelly está sentado en el sofá con la pierna encima de la mesita de centro y Beth acurrucada a su lado, envuelta en un edredón, con los ojitos cerrados. No sé si duerme, pero no quiero molestarla. Él me sonríe, pero la expresión de sus ojos es de dolor.

―Déjame ver ―le digo en voz baja y me arrodillo. La bala no le ha rozado solamente; le ha atravesado el gemelo y le ha salido por el otro lado, pero la herida es superficial, con lo que es posible que el músculo no haya sufrido grandes daños. Alguien se la ha limpiado y le ha puesto una pomada―. Te tiene que doler de cojones.

Nelly ríe.

―Un poco.

―Razón por la que mis padres guardaron reservas de hidrocodona. Voy a buscarla.

―Adoro a tus padres ―dice Nelly y, descansando de nuevo la cabeza en el respaldo, cierra los ojos.

Cuando vuelvo con las pastillas, Penny está tirando un recogedor lleno de cristales a la papelera que James le sostiene. Me aseguro de que Nelly tiene agua y voy a ayudarles. No me hace falta preguntarle a Penny cómo está: con una mirada me indica que está bien.

―¿Dónde anda Ana? ―pregunto. Quiero verla con mis propios ojos para asegurarme de que sigue aquí.

―Tumbada. Le duele mucho la cabeza ―responde Penny―. Tendrías que haberle visto la cara. Siéntate. Esto ya lo hacemos nosotros. Mientras te limpio, cuéntame qué ha pasado.

En cuanto me siento a la mesa, el agotamiento se apodera de mí. Me noto los muslos como si los tuviera atados a la silla. La cosa no habrá durado más de una hora, pero juraría que me he pasado la noche entera corriendo. No he entendido qué ha querido decir Penny con «te limpio»…, hasta que me miro los brazos y me los veo llenos de raspones y arañazos, desde los hombros hasta las yemas de los dedos. Debo de haberme quitado la cazadora en algún momento.

Como era de esperar, ahora que me he visto los cortes, me empiezan a escocer. Puede que me haya metido entre las zarzas; esas espinas siempre son las que más me irritan. Me arden la cara y el cuello también. Seguro que los tengo como los brazos, pero no me apetece levantarme de la silla para mirármelos. Oigo a Peter y a John en el porche, charlando y limpiando. Todos hablamos en voz baja para no molestar a Beth, pero el tono es casi reverencial. «Estamos bien; lo hemos conseguido» es lo que subyace a nuestras palabras. Cierro los ojos. «Laddie.» Vuelvo a abrirlos.

―¿Dónde está Laddie? ―le pregunto a Penny, que se ha sentado a mi lado con la pomada antibiótica y un paño limpio.

Mira alrededor.

―No sé. No ha vuelto aún.

Me obligo a levantarme, recordando de pronto que lo he visto correr hacia el granero. Con un gesto, Penny me pide que espere, pero niego con la cabeza y cruzo el umbral de la puerta. Aunque silbo y lo llamo, no me sorprende no oír un tintineo de respuesta. Encuentro su cuerpo inerte detrás del granero, con el pelaje pardo apelmazado por la sangre. Podría estar durmiendo. Me acuclillo a su lado y le acaricio la cabeza inmóvil, deseando que suelte uno de sus gruñiditos de satisfacción.

―Lo siento, chico ―le digo, notándome las lágrimas calientes en las mejillas―. Tú solo querías ayudar.

Lo voy a echar muchísimo de menos. Estoy furiosa con los tipos que lo han matado, que nos habrían matado a nosotros.

John y Peter vienen detrás de mí. John suspira y se arrodilla en el suelo. Le acaricia el lomo a Laddie y le rasca detrás de la oreja. La piel arrugada del contorno de los ojos se le ha quedado blanda y rosada.

―Buen chico ―dice John con la voz ronca de contener las lágrimas.

Peter levanta la mano como si fuera a posarla en el hombro de John, pero la baja de nuevo.

―Lo siento mucho, John.

John se pasa dos dedos por los ojos, se levanta y se sacude las rodillas.

―Lo sé, hijo. Gracias a Dios, estamos todos bien. Eso es lo más importante. No es culpa de nadie.

Peter contempla el cadáver de Laddie, con los labios apretados. Ahora que ha ocurrido algo terrible es cuando lo siente. No se le ocurrió pensarlo antes. No se molestó en ver si sus actos podían perjudicar a alguien. Le dio igual, porque pensó que saldría tan bien parado como siempre. Aun en pleno fin del mundo, se ha comportado como si tuviera derecho a cualquier cosa que se le antoje.

―No, ¡la culpa es tuya! ―digo señalando a Peter―. Te advertí que podías terminar muerto, pero, como de costumbre, hiciste lo que te dio la gana. Nunca te ha importado nada salvo tú mismo.

―Eso no es cierto ―replica Peter en voz baja.

Río amargamente y me siento cruel. Me apetece devolvérsela por ponerme en la tesitura de tener que volarle la tapa de los sesos a alguien, por decirme que Adrian ya no me quiere, por mentir sobre mí, por detestarme tanto.

―Ojalá te hubiera dicho de verdad que no vinieras con nosotros cuando estábamos en Jersey. ―Me mira espantado porque sabe que le he pillado la mentira. Asiento―. No nos hace falta que vengas a estropearlo todo. Aquí no pintas nada.

―Cassie, sé que estás disgustada… ―empieza.

Por la cara que pone, tengo la sensación de que quiere enmendar sus errores, pero no es la primera vez que me ha parecido sincero. Levanto las manos para callarlo.

―Estoy mucho más que disgustada. ¡Mucho más! Mantente alejado de mí, Peter ―le digo y salgo furibunda hacia la casa, medio deseando que fuera él el del balazo en el costado, en vez del tierno y protector Laddie.