Ana tiene la cara fatal: el ojo derecho tan hinchado que no puede abrirlo y la mejilla el doble de grande de lo normal y de tres tonos de púrpura.
―¡Ostras! ―digo cuando entra en el salón, donde yo estoy sentada en el sofá al lado de Nelly y de Beth, que duerme.
Ana sonríe; luego se lleva la mano a la mejilla y pone cara de dolor.
―Tendrías que ver el chichón que tengo en la cabeza. Quería dormir un poco, pero Penny ha estado entrando cada dieciocho segundos para asegurarse de que no lo conseguía. ―No lo dice en su tono habitual de queja. Le acaricia la mano a Penny, que la tiene apoyada en el brazo del sillón, y se vuelve hacia mí, con el ojo bueno inundado de lágrimas―. Cass, la he cagado muchísimo. Sé que estás supercabreada, y es normal, pero lo siento, de verdad, de corazón.
La creo. Me levanto y la abrazo con suavidad, apartándole el pelo de la herida. No sé por qué a ella puedo perdonarla tan fácilmente y a Peter no, pero es así.
―Eh, Banana, ya está todo olvidado ―digo y sonrío y noto que se me tensa más de la cuenta la piel de la cara arañada―. Pero no vuelvas a montarnos un numerito semejante.
―Jamás ―contesta muy seria.
Me parece que a lo mejor la pequeña Ana ha madurado por fin.