A la mañana siguiente John le pregunta a Beth si quiere ir a su casa a por alguna de sus cosas. Me lo llevo a un aparte y le digo que es demasiado peligroso, pero me recuerda que la niña ha visto cosas mucho peores que nosotros. Dice que, a lo mejor, tener cosas suyas por aquí la ayuda, sobre todo cuando se despierta gritando como lo ha hecho toda esta última noche. No me ha importado tranquilizarla porque yo me he pasado media noche en vela de todas formas. He vuelto a soñar con Adrian, solo que esta vez la mano muerta de Neil salía de debajo de los escalones del porche y me agarraba por el tobillo, y lo que quedaba de su cabeza sonreía con lascivia.
Beth se sienta atrás, entre James y yo. Peter va delante. Con todo lo que ha conseguido evitarme últimamente, llevo veinticuatro horas sin quitármelo de en medio. Bellville está igual que hace unas semanas, solo que no vemos ni un solo eleequis. John mete el vehículo en el recinto del instituto. Los cadáveres de los contagiados a los que matamos se van disecando lentamente sobre el asfalto. Rodeamos el edificio, dando brincos al pasar por encima de los cascotes, y nos topamos con una montaña de cadáveres de eleequis en el aparcamiento de detrás.
―Ya no hay eleequis por aquí ―comenta John explorando las instalaciones del instituto―. ¿Adónde habrán ido?
―Los han matado a todos ―tercia una vocecita, la de Beth, que tiene el gesto fruncido―. Tenían un juego. Lo llamaban… ―se le atragantan las palabras― «cebo vivo». Ataban a alguien y venían los devoradores. Una vez me obligaron a ver cómo les disparaban.
Le paso un brazo por los hombros delgaditos. No puede contener las lágrimas, que le caen entre pequeños sollozos convulsos. Peter mira a la niña y luego la montaña de cadáveres con gesto oscuro, todo ceño fruncido y dientes apretados.
―¿Podemos irnos? ―pregunto.
John pone en marcha la camioneta.
La casa de Beth es un edificio colonial de ladrillo muy cuco. Volver del colegio a una casa así debía de ser agradable. La cocina da al columpio del jardín trasero y la puerta de la nevera está forrada de fotos, dibujos y todas esas cosas que son señal de una familia feliz y activa.
He traído una maleta, pero, cuando subimos a su cuarto, Beth saca una del armario. Abre los cajones y saca la ropa en silencio.
―¿Quieres que te deje sola para que te puedas cambiar? ―pregunto.
Asiente. Lleva mi sudadera del gatito como vestido. Cuando se la he dado esta mañana, se le han iluminado los ojos, igual que me habría pasado a mí a los siete años.
Me asomo a un despacho y al dormitorio de los padres, cuya cama está perfectamente hecha. La casa entera está como si esperaran visita en cualquier momento, pero parece una exposición de un museo: «Homo sapiens preapocalíptico».
Beth se ha puesto unos vaqueros y una camiseta. Llena la mochila del colegio de libros y mete también un peluche. Lo hace todo superdespacio, pero no voy a meterle prisa, así que me siento encima de la vistosa colcha y espero.
Hay montones de pegatinas de hadas y de flores por las paredes. Del cabecero de la cama cuelga una mosquitera. Es el cuarto completamente mágico de una niña de siete años. En la estantería hay una foto de Beth con una mujer rubia que es una versión mayor de la cría.
―Beth ―le digo con cautela para no disgustarla―, ¿quieres llevarte esto también? ¿O alguna otra foto? ―La guarda con cariño en la maleta. Parece más angustiada con cada minuto que pasa. La veo coger y dejar cosas, sin saber bien qué llevarse―. No hace falta que te lo lleves todo ahora, solo lo que más te apetezca. Mientras sea seguro, podemos volver a por más.
―¿Quién me traerá? ―pregunta, acariciando unos calcetines―. ¿Adónde voy? ―añade en un susurro.
Se le saltan las lágrimas. Pensaba que venía a por sus cosas antes de que nos deshiciéramos de ella de algún modo.
―Ay, cielo ―le digo agarrándola de un hombro―. Te traeremos nosotros. Queremos que te quedes en nuestra casa. Siento mucho no habértelo dicho. Pensaba que lo sabías. Espero que te parezca bien…
Su cuerpecito se desinfla de alivio.
―Sí.
Por eso iba tan despacio, por miedo a lo que la esperaba.
―Te devuelvo tu camiseta, Cassie ―dice señalando la sudadera del gatito doblada.
―¿Te la quieres quedar? ―le pregunto, poniéndola encima de su ropa, en la maleta―. A ti te queda mejor. A mí no me pegan los gatitos. ―Ríe como una boba y cierra la cremallera de la maleta. Ha sido un sonido precioso, esa risita, y me apetece oírlo más―. ¿No te llevas ningún juguete? ―digo y le señalo la casa de muñecas, las Barbies y los juegos.
Los mira como si fuera la primera vez que los ve.
―No, no creo que vaya a querer jugar con juguetes ya.
Me dan ganas de cogerla en brazos y decirle que está a salvo, de insistirle en que no tiene que hacerse mayor tan rápido, pero, al verla tan seria y tan distante, me limito a asentir. Cojo la maleta y ella se cuelga la mochila de los hombritos. La ha llenado tanto que le sobresale como el caparazón de una tortuga. Cuando ya ha salido del cuarto, agarro un estuche de plástico con asa idéntico al que yo tenía de pequeña, de esos que llevan dentro las Barbies con sus accesorios, por si dentro de unos días quiere volver a ser niña.