John termina de instalar la nueva puerta corredera de cristal justo después de que se ponga el sol. Le quita el plástico protector y aplaudimos.
―Gracias, John ―digo y le doy una cerveza. Hoy hemos encontrado unas cuantas también.
―Lo del pueblo ha sido tremendo ―dice John dándole un trago a la cerveza y limpiándose la barba.
Hemos esperado a que Beth se quedara dormida para hablarlo. Lo ocurrido durante los últimos días debe de haberle pasado factura por fin, porque se ha quedado dormida con la cabeza en mi regazo a los diez minutos de cenar.
―Entonces, ¿no hay contagiados? ―pregunta Nelly.
Le habría gustado venir y, cuando hemos vuelto, se ha puesto a andar cojeando por ahí para que viéramos que estaba bien. Cuando ha empezado a dolerle cada paso, se ha sentado por fin y ha hecho como que le apetecía leer un rato. Nosotros hemos hecho como que no nos dábamos cuenta.
―Ni uno ―contesta John―. A ver, seguro que se les han escapado algunos atrapados en sus casas, pero habrán matado a centenares de ellos, millares quizá. Debe de ser lo único bueno que han hecho esos tipos en su vida.
―Salvo por la forma en que lo han hecho ―digo yo.
John les cuenta lo que nos ha dicho Beth sobre sus métodos. Se hace un silencio horrorizado mientras todos pensamos en la posibilidad de convertirnos en cebo de un juego enfermizo.
―Bueno ―dice Ana abrazándose las rodillas―, si cabía alguna duda de que merecían morir, ya no la hay. ―Aún duele verle los moratones de la cara, pero tiene el ojo mucho menos hinchado―. John ―añade, volviéndose hacia él―, ¿podríamos ir al campo de tiro mañana? Quiero corregir lo que sea que hago mal.
―Vamos a esperar a que se te cure el ojo, cielo. Te prometo que en cuanto veas bien te llevo, ¿vale? ―Ana hace un puchero y John ríe―. Te lo prometo, Ana. Vamos a empezar un entrenamiento regular. Además, ya tengo casi terminada la herramienta que estoy haciendo. Pero necesitas descansar.
Parece desilusionada, pero no protesta como lo habría hecho antes. Penny la mira intrigada y luego me mira a mí de reojo. Me encojo de hombros, pero estoy convencida de que Ana tiene un nuevo proyecto. Siempre ha sido obsesiva, pero antes lo era con la ropa y el dinero, no con el combate armado. Esto va a ser interesante.
―Beth no sabía que iba a vivir con nosotros ―les digo―. No sé dónde pensaba que iba a ir, pero hay que dejarle claro que la queremos aquí. Aunque se empeña en ser fuerte, tiene miedo de que vuelva a ocurrir algo horrible.
―¿Y te extraña? ―pregunta James desde el suelo, donde está sentado con Penny entre las rodillas.
―Hasta yo tengo miedo de que vuelva a ocurrir algo horrible. Porque es casi impepinable, entre los contagiados y lo que decían por la radio…
Los comunicados nocturnos han pasado de ser simples listados de zonas seguras a ser una especie de informativo con descripciones de cómo funciona cada una. La emisión se hace siempre desde el aeropuerto de White Mountain, en Whitefield, pero hace unas noches tenían a alguien de la zona segura de Maine. En algunas de ellas tienen avionetas y están sobrevolando las zonas peligrosas por razones de abastecimiento y repostaje.
Esta noche, Matt Burns, el locutor de Whitefield, ha recomendado que los grupos de menos de cuarenta personas no informen de su ubicación. Por lo visto, les están llegando supervivientes de sitios asaltados por hombres que supieron de su emplazamiento por las emisiones de radio.
Mi esperanza de contactar con Adrian se desvanece, pero casi me siento aliviada. Recuperar el contacto significaría saber lo que piensa de mí, para bien o para mal. Cada vez que empiezo a ilusionarme recuerdo lo que me dijo Peter y se me encienden las mejillas de humillación. Pero no puedo dejar de querer a Adrian solo porque él a lo mejor ya no me quiera. Eso es básicamente lo que el propio Adrian me dijo la noche en que corté con él.
Acaricio el contorno del anillo en el bolsillo, que me ha dejado en los vaqueros una leve marca circular de desgaste. Me lo quiero poner, pero no puedo. Solo me lo pondré cuando lo sepa con certeza. O me desharé de él para siempre, según corresponda. Pienso en el otro anillo, el que le devolví aun después de que me dijera que me lo quedara por si acaso cambiaba de opinión.
Hacía ya un año de la muerte de mis padres. Habíamos pasado los últimos meses prácticamente separados, en parte porque Adrian estaba terminando el grado en una universidad del noreste y en parte porque yo me había recluido en un mundo monótono y monocromo. Hacía lo mínimo imprescindible. Iba a trabajar todos los días. Salía a tomar una copa los viernes y no me quedaba otra. Adrian bajaba a verme en su coche viejo los fines de semana que no tenía prácticas e intentaba convencerme de que hiciera algo, lo que fuera, con él. Pero yo nunca quería. Habíamos dejado de hacer excursiones para ver solares y granjas. Yo no quería irme de la ciudad. En realidad, no quería marcharme jamás de aquella casa. Imaginar el futuro había perdido todo su atractivo para mí. Ahora sé que había caído en una depresión, pero entonces me parecía que la humanidad entera había venido al mundo para instarme a hacer cosas que no me apetecían. No entendía por qué no me dejaban en paz. Sola estaba bien, creía yo. Eric solía llamarme para preguntarme qué tal mi semana.
―La mía bien ―le contestaba―. ¿La tuya?
―Cassie ―suspiró un día―, sé que no estás bien. ¿Qué ha pasado con la exposición? No la has vuelto a mencionar.
Me había llamado la propietaria de una galería del noreste que estaba interesada en mis pinturas. Era una galería muy conocida y en otra vida había sido un sueño hecho realidad, pero llevaba un año sin coger un pincel porque ya no sentía esa necesidad. Al final dejó de llamarme.
―He estado liada ―mentí.
―No, no es verdad. Adrian dice que ya casi no hablas con él y que no lo llamas a menos que te llame él, que te da igual verlo o no. Entiendo lo mal que lo estás pasando, créeme, y sé que es difícil, pero te estás aislando de todo el mundo. Igual tendrías que hablar con alguien.
Me fastidiaba que Adrian y él hablaran de mí como si fuera una especie de adolescente problemática.
―No tengo que hablar con nadie, Eric. Igual lo que necesito es que dejéis de hablar de mí. Me va bien. A lo mejor es que he cambiado. ¿Se os ha ocurrido pensarlo?
Un suspiro más al otro lado de la línea.
―Genial, Cass. Has cambiado. Has perdido la vitalidad y me revienta verlo. Piénsalo, por favor. Sabes que te quiero, ¿verdad?
―Sí, lo sé. Yo también te quiero. Ha venido Adrian, tengo que colgar.
Adrian entró y soltó la bolsa en el salón con una sonrisa. Me tendió los brazos y me arrojé a ellos, pero sentí que me asfixiaba. Siempre me había sentido a salvo y querida en sus brazos, pero, en aquel momento, solo quería huir. Al segundo, me zafé.
―¿Tienes hambre? ―le pregunté sin mirarlo―. ¿Quieres que pidamos algo?
―Había pensado que podíamos salir ―contestó, bajando los brazos que aún tenía en alto mientras yo procuraba ignorar su cara de pena―. ¿Llamar a Nel quizá?
No me apetecía ir a ningún sitio ni hablar con nadie.
―Eeeh, me parece que Nelly tiene planes.
Me miró con sus ojos de un verde intenso, desafiantes.
―No, no tiene. Lo he llamado cuando venía para aquí.
―Mejor nos quedamos en casa.
―Igual a mí me apetece salir y quedar con él.
―Pues ve tú ―le propuse―. No me importa.
―Es obvio que no ―masculló, tan bajito que casi no lo oí.
Si venía con ganas de bronca, la iba a tener. Aún me duraba el cabreo de saber que Eric y él se estuvieran llamando para hablar de mí. Me planté en la alfombra del centro del salón, con los brazos en jarras.
―¿Qué has querido decir?
―Pues que ya nunca te apetece verme ni hablar conmigo. Ni siquiera hablar de casarnos. Sé que este año ha sido horrible y no digo que no tengas derecho a estar triste o deprimida…
―¡No estoy deprimida! ―le grité―. Ya me ha dicho Eric que andáis entretenidos hablando de mi depresión. ¡Estoy bien!
―Pues sí, hemos hablado. Porque los dos te queremos y queremos que vuelvas a ser la Cassie de antes.
Me hablaba con voz suave, aunque yo le berreara, y con cara muy triste. No podía soportarlo.
―Bueno, a lo mejor esto que ves es la nueva Cassie ―repuse, extendiendo los brazos como para presentarme―. Y, si no os gusta, pues… ―No terminé la frase.
Estaba en lo cierto: no quería tenerlo por allí y llevaba meses intentando averiguar por qué. Recordaba lo mucho que lo había querido, lo mucho que me había gustado estar con él, pero aquello había pasado a la historia. A veces casi lo notaba, como cuando, después de que se te pase un dolor de muelas, te sigues hurgando en la zona con la lengua, sin tener claro que aún te notas el pinchazo. Lo miré fijamente, no dispuesta a decirle lo que había estado pensando.
―¿Qué quieres que haga? ―me preguntó, dejándose caer en el sofá y mirándome desesperado―. Necesito saberlo. Necesito saber si aún quieres estar conmigo, si todavía me quieres.
Entonces es cuando tendría que haber dicho: «Pues claro que sí, pero ten un poquito más de paciencia conmigo, por favor». Porque, en el fondo, pensaba que a lo mejor no había dejado de quererlo del todo. Pero, si lo decía, iba a tener que procurar recuperar ese amor y, por consiguiente, liberar todos los demás sentimientos que había encerrado con él.
―No… ―Esperaba expectante mi respuesta―. No sé si aún te quiero. ―Me miró como si acabara de darle un puñetazo a traición. Y era lo que había hecho. De todas las cosas que podría haberle dicho, jamás se habría esperado que le dijera eso. Apretó la mandíbula y miró a otro lado con una cabezada afirmativa―. Lo siento ―añadí. Quería consolarlo, pero supuse que no sería de mucho consuelo para él.
Se volvió hacia mí con las manos extendidas y los ojos llenos de lágrimas.
―¿Por qué? ¿Podrías decirme por lo menos eso?
―No… ―No sabía qué decir―. Se ha esfumado. No queda… nada.
―Nada ―repitió con inmensa tristeza.
Contemplé el pequeño diamante del anillo que llevaba puesto. Era perfecto. Se había recorrido los anticuarios de todas partes hasta que había encontrado el anillo que pensaba que me iba mejor. Yo no quería que se gastara un dinero ganado con mucho esfuerzo en un anillo, pero me juró por lo más sagrado que era una ganga. «Y te vale ―me dijo―. Estaba escrito, como lo nuestro.»
Lo hice girar hasta que por fin conseguí quitármelo. Me apenó causarle tanto dolor a Adrian, pero, sobre todo, me sentí aliviada. Por entonces, creí que significaba que había tomado la decisión correcta, pero luego descubrí que lo que me aliviaba era poder seguir escondiéndome y no tener que volver al mundo de los vivos, no tener que reconocer que en algún momento del último año había olvidado cómo ser yo. Le di el anillo.
―¿Podemos hablarlo? ―me dijo estupefacto―. No puedo creer que…
―Podemos hablar ―contesté de mala gana, porque no quería que el alivio se esfumara―, pero ya hace un tiempo que me siento así. No sé qué es lo que hay que hablar.
No sé cómo pude ser tan cruel. Me cargué todos aquellos años con unas frases, sin ganas de hablarlo siquiera. Después de aquellos diez minutos, Adrian estaba destrozado, derrotado. Me odié por hacerle algo así, pero me dije que había que hacerlo. Yo ya no lo quería. Él aún no había cogido el anillo que le daba.
―Quédatelo ―me dijo, mirándome como si fuera una desconocida―. Era para ti. A lo mejor algún día vuelves a quererlo.
Cerré el puño con fuerza y nos miramos unos segundos. Su semblante, siempre transparente, se tornó indescifrable. Sacudió la cabeza como para salir de un ensueño y se levantó del sofá.
―Será mejor que me vaya.
Yo quería que aquello terminara.
―Vale.
Cogió su bolsa y se quedó allí plantado, como esperando a que le dijera que había sido todo una broma.
―Lo siento ―repetí―. De verdad.
Se encogió de hombros como si no me creyera y se echó la bolsa al hombro. Enfiló el pasillo, pero luego se volvió. Jamás lo había visto tan triste y me dieron ganas de desdecirme. Pero no lo hice.
―Yo aún te quiero ―me dijo él―. Hasta el fin del mundo.
Y se fue.