CAPÍTULO 83

La mano de Neil sale de debajo de los escalones del porche y me agarra el tobillo. La sigue lo que queda de su rostro sonriente. Grito, pero me sale un silbidito. Adrian mira entre los árboles, sordos a mis súplicas de ayuda. Despierto y me encuentro a Beth sentada a mi lado, mirándome desde arriba en la oscuridad.

―¡Cassie! ―chilla.

La he asustado. En mi sueño era un susurro, pero yo misma he podido oír el final de un alarido al tiempo que me despertaba.

―Estoy bien ―digo, procurando quitarme el sueño de la cabeza―. Perdona, he tenido una pesadilla, cielo. No pretendía asustarte.

Le cojo la manita caliente y doy unas palmadas en la almohada para que vuelva a tumbarse. En cuestión de minutos, se ha vuelto a dormir y los brazos le cuelgan inertes. Voy al salón y le digo a James que descanse un rato. Me da que ya he dormido bastante por hoy, así que ya hago yo la guardia.

Aún tengo el corazón desbocado. Ahora me arrepiento de no haberle dicho a James que se quedara un rato hablando conmigo de nimiedades que me calmen los nervios, porque, aunque sé que Neil está muerto muertísimo, aún me noto su mano gélida en el tobillo. Si Laddie estuviera aquí, sabría qué decirme.

Las fresas están en su mejor momento y trituro un cuenco entero para hacer otro lote de mermelada. Nos hemos estado atiborrando de ellas. Entre la parcela de John y la nuestra, no paramos de envasar un frasco detrás de otro. Beth aplaude cada vez que suena la tapa de un tarro al salir de la envasadora. Peter y ella hacen apuestas tontas sobre cuál será el siguiente frasco en hacer clonc.

Peter pregunta qué puede hacer y ayuda a John con todo y con nada. Todos le tienen cariño. Supongo que ellos lo pueden perdonar porque no les afecta de forma personal, pero yo sé lo que piensa de mí y no puedo perdonárselo ni perdonarle lo que ha dicho y hecho.

Ana suplica las prácticas de tiro y, cuando no lo consigue ni están haciendo tareas domésticas, practica con el arma nueva de John. La llamamos «el carnicero». Se compone de un mango de medio metro que termina en una hoja de cuchillo de carnicero, pensada para la decapitación instantánea. Rebana casi cualquier cosa que le pongas delante, incluido, esperamos, el cuello de un eleequis. En el otro extremo tiene una punta metálica, perfecta para clavarla en la base del cuello o en un ojo. Cuando John nos lo explicó, Penny se puso blanca, pero procuró tomárselo con calma.

Mezclo las fresas con pectina y las pongo al fuego. Mido el azúcar y empiezo a preparar las gachas de avena. Al menos mis pesadillas me conceden tiempo de sobra para hacer las cosas. En cuanto se despiertan todos, nos sentamos a la mesa del desayuno y comemos gachas a cucharadas, con mermelada de fresa, claro.

Beth me mira.

―Cassie, ¿te parece bien que duerma en una de las camas del cuarto de Peter? Es que…, bueno…

Me pongo como un tomate.

―Claro, cielo. Si a él le parece bien. Siento estar despertándote todo el rato.

―Tranquila, yo también tengo pesadillas todas las noches ―dice con cara de solemnidad―. ¿Puedo, Peter?

Peter sonríe.

―Por supuesto, Bits.

Ahora la llamamos Bits. Peter nos hizo creer que pensaba que la niña decía «Lilly Bits» cuando le preguntaban su nombre, en vez de «Elizabeth» y se ha quedado con ese apodo. La pequeña le ha cogido cariño a Peter y, aunque sigo sin aguantarlo, puedo entenderlo. Él la adora, bromea con ella y se empeña en ponerle nombre a todas sus pecas.

Levanta la mano para chocar los cinco con ella.

―¡Fiesta de pijamas todas las noches! Pero vas a tener que preguntarle a Nel, porque la cama es suya.

Bits ríe y choca los cinco con Peter, posiblemente el último ser humano al que podía imaginarme pidiendo un choca los cinco. Ya no sé qué pensar de él.

Nelly sonríe y traslada sus cosas a mi cuarto.

―Estoy de vueeelta ―canturrea.

Sé que no le puedo pedir a Bits que me aguante toda la noche, pero me siento como un monstruo. Puede que Nelly termine durmiendo en el sofá.

―Prepárate para el suplicio ―le digo―. Está claro que no hay persona en su sano juicio que quiera compartir cuarto conmigo por las noches.

―Bueno, nadie dice que esté en mi sano juicio ―replica y me pellizca la nariz.