―¿Me acompañas a revisar la cerca? ―me pregunta John.
Me yergo de los lechos de flores de mi madre, donde estoy agachada, y me limpio las manos en los vaqueros.
―Claro.
La primera parada es el árbol de los mensajes. John se sube a una raíz nudosa y mete la mano en el hueco. Abre la antigua lata de café y saca un papel doblado.
―Les escribí una nota a las niñas y a Eric, advirtiéndoles de que venía Neil. Les dije adónde podíamos ir si teníamos que marcharnos, pero tenemos que ponernos de acuerdo en eso, para que sepan dónde encontrarnos.
Me maravilla su previsión. Cuando pienso que ya le he cogido el tranquillo a las cosas, él me lleva tres pasos de ventaja.
―Yo también quiero meter una nota para Eric.
Han pasado más de dos meses ya. No puedo evitar pensar que se topó con algo de lo que no pudo escapar. Eric escala montañas, ha hecho travesías por el sendero de los Alpes, no es fácil pararlo. Tiene que estar bien.
Sé que el paseo de John tiene un motivo oculto y espero a que lo verbalice.
―Entonces, Cassie, si tenemos que largarnos, ¿vamos a Kingdom Come o a Whitefield? Estamos a la misma distancia de ambas, así que a mí me da igual, pero tengo la sensación de que a ti no.
Me hace un favor entreteniéndose con la lata. Cuando hablo, lo hago con un hilo de voz.
―A mí me gustaría ir a Vermont.
Cabecea una vez.
―Pues ya está decidido. Vamos a seguir la cerca.
Avanzamos por el bosque, asegurándonos de que la cerca sigue tensa y no se ha quedado nada atrapado en ella o en la zanja. John me señala unos excrementos de ciervo y un nuevo nido, pero yo estoy pensando en la última vez que corrí por estos bosques. Según nos acercamos al sitio, se me seca la boca y creo ver al Neil de mis sueños enredado en el alambre. Pero el bosque está como de costumbre. Solo las calvas en la hojarasca indican que aquí ocurrió algo.
John apoya una mano en el alambre de espino y me mira a los ojos.
―Hiciste lo que había que hacer.
Piensa que me asalta la incertidumbre, pero no es exactamente eso. Intento explicárselo.
―Lo sé y no me arrepiento, volvería a hacerlo cien veces más, pero eso no impide que ese tipo se me cuele en los sueños, que no pare de darle vueltas.
―Cassie, yo he matado antes, a hombres malos que merecían morir y, en Vietnam, a otros que probablemente no lo merecían. Los llevas contigo para toda la vida. Te persiguen. Te lamentas de haber tenido que hacerlo, pero lo hiciste y buscas el modo de vivir con ello.
―Pero yo sí quería hacerlo. No es que supiera que era lo que había que hacer, es que quería matarlo. Disfruté haciéndolo, John. Un poquito ―digo, mirando aún al sitio concreto, y levanto la cabeza esperando encontrarme una cara de sorpresa, pero lo que veo es compasión.
―No disfrutaste matándolo, cielo. Te alegró ver que una amenaza de ese calibre dejaba de serlo. No todo el mundo consigue eso. ¿Sabes lo que solía decir tu padre de ti? ―Me da un brinco el corazón y niego con la cabeza. A veces lo más difícil es que lo único que tengo son recuerdos―. Tu padre decía que si alguna vez necesitaba que alguien le cubriera las espaldas en un callejón oscuro, se lo pediría a Eric, pero que si lo que necesitaba era alguien que apretara el gatillo, recurriría a ti. Sabía que tú ibas a hacer lo que hubiera que hacer. Él también era así. ¿Por qué crees que te quería en el granero conmigo?
Enmudezco. Jamás me cupo la duda de que mi padre haría cualquier cosa por protegernos, pero no era consciente de haber heredado ese rasgo. De pronto, ya no me siento una asesina en serie, solo alguien que protegía lo suyo. Y la sensación no me desagrada.