John, Peter y Ana vuelven con un nuevo vehículo después de pasar el día en el pueblo extrayendo gasolina de otros coches y consiguiendo más provisiones. John baja de un salto de la furgoneta y, dando unos golpecitos con los nudillos en el capó, dice:
―Nuestro nuevo transporte. Aquí cabemos todos. Con suministros. De ese modo, podremos marcharnos en cualquier momento.
―Mola ―dice Nelly y se acerca al vehículo sin cojear apenas―. Es como la furgo con la que salimos de la ciudad.
―Peter ha visto el concesionario de coches usados y se le ha ocurrido que podíamos buscar algo más grande. Esta furgo nos viene de perlas y tenía el depósito lleno ―explica John dándole una palmada en el hombro.
Ana sonríe a Peter y él le devuelve la sonrisa. La forma en que se miran me hace pensar que son algo más que amigos. Y amigos son: siempre se ofrecen voluntarios para ayudarse el uno al otro y para reparar la cerca juntos. Siempre están riendo. Ya ni siquiera juegan al Michelin zombi.
Me asalta una especie de ataque de celos, a pesar de que intento convencerme de que no. Parecen felices. Procuro tragarme el sentimiento y fuerzo una sonrisa. Me quedo todo el rato que puedo aguantar y luego me meto en casa.
Trato de ordenar mis sentimientos, pero son demasiados los que me zumban por dentro: celos, rabia, impotencia, miedo…, no me falta de nada. Aún no he conseguido ni mucho menos aclararme cuando entran todos en tropel, riendo. Los oigo contarles a los demás que el pueblo sigue desierto. Con tanto alboroto, no puedo pensar y me dan ganas de gritarles a todos que se callen de una vez.
―¿John? ―digo, acercándome a él mientras mide el cristal del ventanal―. ¿Puedo irme a tu casa un rato?
Se vuelve a mirarme, preocupado.
―Por supuesto, pero enciende la radio para que podamos contactar contigo si hace falta. ¿Estás bien?
―Muy bien ―contesto sin mirarlo a los ojos―. Es que necesito estar sola un rato.
Me siento a la mesa de la cocina y miro fijamente por la ventana. Desde el día en que Peter y yo discutimos, tengo la sensación de que todo ha empeorado. No hay amenaza inminente ni de vivos ni de contagiados, pero no me siento aliviada. Lo único que tengo es esa sensación gris y devastadora que se apoderó de mí a la muerte de mis padres. Subyace a todo e intenta paralizarme de nuevo.
Me niego a permitírselo. Cuando Peter dijo que Adrian ya no me quería, lo creí, pero no sé bien por qué. Tampoco es que él lo sepa. Peter cada vez me fastidia más. Hace lo que le viene en gana y sigue teniendo acólitos. Yo me como sus marrones y no consigo más que sentirme abandonada y triste.
Me quedo allí sentada hasta que vienen todos a escuchar la emisión de radio. Peter, Ana y Bits se han quedado en la cabaña jugando a un juego de mesa. Me pregunto si el que yo me haya ido de la casa tendrá algo que ver. Al menos Peter se ha mantenido alejado de mí como le pedí.
Matt Burns empieza con los informes de costumbre. Nombra todas las zonas seguras, incluidas las de Pensilvania y el noroeste de Nueva York. Después habla de los alimentos que están cultivando en Whitefield, de lo difícil que es llevar agua hasta las plantas y del interminable desbroce.
―Nos hemos convertido en soldados agricultores ―ríe―. Por suerte, contamos con la granja Kingdom Come, que nos echa una mano con la logística. Y hoy tenemos aquí a uno de sus cabecillas o…, no sé, ¿cómo te llamarías tú?
Oigo una risa que conozco bien y se me para el corazón. El universo se ha propuesto fastidiarme hoy. Tengo tantas ganas de oír su voz que debo de haberla imaginado. Pero ahí está, serena y comedida, una octava más grave de lo que te la esperas.
―Yo me llamaría Adrian ―contesta.
Me agarro con fuerza al borde de la mesa cuando se vuelven todos hacia mí. Miro fijamente la radio. Está vivo. Ahora lo sé con certeza.
―Muy bien, Adrian. Adrian Miller ha venido a vernos desde la granja Kingdom Come, en el noreste de Vermont. La granja es tuya, ¿verdad?
―Bueno, mi socio, Ben Sullivan, y yo montamos la granja hace año y medio. Nos conocimos en la universidad y conseguimos una beca para crear una granja experimental. Encontramos una finca vieja y la compramos. Empezamos a trabajar en ella el invierno anterior a este último e hicimos la primera cosecha el verano pasado.
Recuerdo a Ben. Lo conocí antes de que murieran mis padres.
―Háblanos de ella.
Adrian se aclara la voz. Odia ser el centro de atención y está nervioso.
―Bueno, queríamos que fuera un ecosistema en la medida de lo posible: que los cultivos nos alimentaran a nosotros y a los animales y los excrementos de los animales alimentaran la tierra que, a su vez, alimentara los cultivos. Nuestro objetivo era producir incluso el combustible basado en un aceite vegetal con el que funcionarían nuestros equipos agrícolas modificados.
―¿Por qué hablas en pasado?
―Bueno, porque lo seguimos haciendo, pero ahora mismo nos interesa más defendernos y alimentarnos. De momento, hemos acogido a doscientas personas, pero creemos que podemos con muchas más. Lo bueno de esa zona es que está bastante aislada y rodeada de montañas. Tenemos vecinos y, entre todos, nos proponemos ampliar aún más la zona segura.
―¿Cómo?
―Enviamos patrullas a eliminar las amenazas, ya sean vivas o muertas. En eso somos muy muy rigurosos.
Sé qué cara está poniendo ahora mismo: aprieta la mandíbula y le brillan los ojos. Sabía que era como mi padre, pero supongo que nunca caí en la cuenta de que él y yo nos parecíamos también en eso.
―¡Bandidos, tened cuidado! ―bromea Matt―. ¿Qué puede esperar la gente que llegue hasta allí?
―Comida, un lugar relativamente seguro en el que vivir, un grupo de personas verdaderamente extraordinario y muchísimo trabajo. Y lo del trabajo va en serio ―dice riendo y luego suaviza la voz―. Acogemos a todo el mundo que quiera unirse a nosotros. Cuando sobrevolamos las zonas más pobladas y vemos lo que ha sido de ellas, no me sorprende que no nos hayan llegado tantos refugiados como esperábamos, pero confío en que la gente oiga estas emisiones y vaya allí.
―Sé que te necesitan en otra parte, Adrian ―dice Matt―, así que una última pregunta: ¿tu familia ha conseguido sobrevivir?
―Mi madre había ido a ver a mi hermana al oeste. Consiguieron llegar a la zona segura de Idaho. He tenido suerte.
Me alivia saberlo. Esperaba que estuvieran con él, pero eso tampoco está mal.
―Eres afortunado. Entonces, ¿no había nadie más?
Espero algo de vacilación, una señal, pero responde demasiado rápido para que yo pueda imaginar siquiera una pausa en la que quizá fuera a mencionarme.
―No, no hay nadie más. Salieron justo a tiempo.
―Gracias por venir, Adrian. Casi lo he tenido que traer a rastras. Pero la granja Kingdom Come confía en que algunos de vosotros vayáis allí si podéis.
Adrian murmura un «gracias» y Matt se queda solo, repasando de nuevo la lista. Ignorando a todo el mundo, me levanto y salgo al bosque.
La casa está prácticamente a oscuras cuando vuelvo. He infringido nuestras normas quedándome fuera sola después de que se ponga el sol, pero me da igual. John está de guardia, pero se limita a saludarme con la cabeza y sigue leyendo. Me pongo el pijama y me meto en la cama con Nelly. No tengo energía para lavarme los dientes. Allí tumbada, escucho la respiración de mi compañero de cuarto.
―No significa nada ―me dice.
―Igual nada es algo ―contesto.
Calla, pero me coge la mano con su manaza y nos dormimos. Al menos esta vez no tengo que ver a Adrian en mi pesadilla, porque Neil y yo estamos solos en los escalones de entrada.