El pueblo está aún espeluznantemente tranquilo. Nos dirigimos a Walmart por la misma razón que el resto de la humanidad antes de que el mundo se acabara: porque allí tienen casi todo lo que necesitamos.
Continúa teniendo el mismo aspecto, aunque es posible que huela peor. Nelly y yo vamos al fondo en busca de munición, mientras John y Ana se dirigen al extremo opuesto. Cogemos lo que queda y le pillamos a Bits una mochila para hacerle su equipo de supervivencia. En la sección de perfumería y droguería el hedor es insoportable, pero esta vez vengo preparada con una pañoleta perfumada. A Nelly le da una arcada hasta que accede a coger la otra pañoleta que le ofrezco.
―Solo un par de cosas más ―digo.
Echo a la bolsa de Nelly champú y jabón. Lo gastamos que da gusto, a pesar de que ya no nos duchamos tanto como antes. Agarro todas las cajas de condones que encuentro. Nelly me mira sorprendido.
―He pensado que podríamos empezar a ser amigos con derecho a roce ―le digo. Ríe y se le infla el pañuelo que le cubre la cara―. Son para Penny, bobo.
―Por lo menos alguien tiene suerte.
―En serio.
Ana parece desilusionada cuando nos marchamos sin haber tenido un solo altercado con un muerto viviente. Estamos cargando las cosas cuando oímos el zumbido de una moto que se acerca rápido. John gira la llave de contacto y preparamos las armas. No hay tiempo para escapar.
La moto entra en el aparcamiento, seguida de una caravana. Con poquísima antelación, el motorista le hace una seña a la caravana para que se detenga. Es un tiarrón de melena gris vestido de cuero negro, pero parece más o menos amistoso.
―¡Hola! ―grita―. Me llamo Zeke. ¿Os importa que me acerque? ―Se abre la cazadora para enseñarnos la pistolera―. Llevo un arma en la pistolera, pero, lo siento, no me la voy a quitar. ―John asiente con la cabeza y se enfunda el arma, pero nos indica que no guardemos las nuestras. Zeke baja de un salto de la moto y se aproxima despacio. De cerca parece cincuentón―. Sois las primeras personas vivas que vemos en días ―dice con una sonrisa―. Me alegro muchísimo de veros. ―Nos presentamos. Zeke nos cuenta que viene desde Kentucky―. Vamos a Whitefield, New Hampshire. ¿Habéis oído hablar de la zona segura de allí? Hemos pensado en unirnos a ellos.
―Kentucky queda bastante lejos ―dice John.
―Ya te digo. Hemos tenido que ir dando esquinazo a todas las grandes ciudades. Nueva Jersey era una auténtica pesadilla.
―Entonces, no ha cambiado mucho ―tercio con una sonrisa sin poder contenerme.
Zeke me mira fijamente y, por un momento, tengo la sensación de haberlo ofendido con la broma, pero luego se echa a reír a carcajadas, enseñando sus dientes blanquísimos y perfectos, hasta que se le ponen coloradas las mejillas y se le inundan de lágrimas.
―Ay, tío, qué falta me hacía echarme unas risas ―dice Zeke secándose la cara con una pañoleta.
John le insiste a Zeke en que haga bajar a sus acompañantes a estirar las piernas. En cuanto el motero les da la voz, empiezan a salir todos como payasos de un vehículo diminuto. Hay una familia con dos niños, tres hermanas, dos parejas casadas y un surtido de solteros. Intercambiamos anécdotas.
―Escapamos por los pelos ―dice la madre de la familia―. Casi perdemos a mi marido, pero Zeke vino a ayudarnos.
Zeke protagoniza todas las historias y yo lo observo con creciente fascinación. El hombre ha ido recogiendo a este grupo variopinto de personas y los lleva a un sitio seguro. Es como el anti-Neil. Les hablamos de Neil y de lo que se van a encontrar en la tienda, pero les decimos que no teman porque hay bastantes cosas aún.
―Gracias. Nosotros también nos hemos topado con algunos asesinos. Entonces, ¿tenéis pensado ir a alguna zona segura? ―pregunta Zeke.
―Estamos bastante bien instalados aquí ―contesta John―, pero tenemos previsto ir si es necesario.
Zeke se acaricia la barbilla y asiente con la cabeza.
―Ahora mismo tenéis muchísima suerte, no hay devoradores por aquí, pero hemos observado que se están formando grupos inmensos. Los llamamos manadas, ¿como los grupos grandes de animales? No se hacen ningún caso unos a otros, pero van juntos. Además, están en movimiento. Igual buscando más humanos vivos, ahora que las grandes ciudades están prácticamente desiertas.
―¿Sabéis algo de Nueva York? ―pregunta Ana desesperada―. ¿De Brooklyn, en particular?
Zeke niega con la cabeza.
―No, lo siento, salvo que hay un grupo emitiendo desde la ciudad. Pero estad atentos a esas manadas que se están formando. Suponemos que estaremos más seguros con mucha más gente en el norte, sobre todo cuando llegue el frío.
―Zeke, ¿a qué te dedicabas antes de todo esto? ―pregunto―. ¿Eras militar o algo?
―Qué va. En realidad, no me llamo Zeke. Me empezaron a llamar así en broma por la abreviatura de matazombis en inglés, Zombie Killer, Z. K., ¿lo pilláis? Martin George, doctor en Odontología, para serviros.
―¿Eres dentista?
Vuelve a reír a carcajadas.
―Sip, así que, si os duele una muela, ya sabéis a quién acudir.
Les deseamos suerte y los vemos entrar en el Walmart antes de irnos. Pienso si no deberíamos haberles propuesto que se alojaran con nosotros, pero ¿dónde íbamos a meterlos a todos? John debe de estar pensando lo mismo.
―Ojalá nuestro grupo fuera más grande ―dice―. A lo mejor deberíamos plantearnos en serio lo de mudarnos a una zona segura antes del invierno, pero viajar hasta allí va a ser peligroso y me fastidiaría correr ese riesgo, a menos que no nos quede otro remedio.
―A mí me gusta estar donde estamos ―tercia Ana―. Aunque me apetezca probar estas armas, aún no he perdido el juicio.