―¿Puedo hablar contigo? ―me pregunta Peter.
Levanto la cabeza tan bruscamente que le doy a Flora en el costado y esta suelta un balido de protesta. Dejo de ordeñar y me vuelvo. Peter está apoyado en la pared, con las manos en los bolsillos.
A mí me tiemblan las mías cuando las junto.
―Vale.
―¿Podríamos intentar ser amigos?
Recuerdo haberle preguntado lo mismo no hace demasiado.
―Pensaba que no querías que fuéramos amigos.
Su cara no me dice nada, pero en sus ojos rebosa una emoción que no sé interpretar.
―Bueno, ahora me gustaría que lo fuéramos. Tenemos que convivir. Estoy haciendo un verdadero esfuerzo, Cassie ―contesta, como si lo irritara que no valore su empeño.
―Solo alguien como tú tendría que «esforzarse» por ser agradable. Te has pasado el último mes siendo un miembro activo del grupo, sí, muy bien, pero con eso no borras la forma en que me has tratado ni las cosas que me has dicho.
―¿Me puedo disculpar? Me parece que Adrian…
No me puedo creer que se atreva a mencionar a Adrian. Me levanto tan rápido que vuelco el taburete de ordeñar.
―No digas ni una palabra más, Peter. Ya sé lo que piensas. Lo cierto es que lo has dejado muy claro y ni siquiera es asunto tuyo, joder. ―Sé que estoy colorada como un tomate y estoy a punto de ponerme a gritar. Contengo las lágrimas. No pienso llorar delante de él. Se revuelve incómodo contra la pared―. Además, uno no se ofrece a disculparse ni pregunta si puede hacerlo. Si de verdad lo sientes, te disculpas y punto.
Ahora se ha puesto colorado él, de rabia o de vergüenza, ni lo sé ni me importa.
―¿Puedo empezar de cero? ―pregunta.
―Puedes hacer lo que te venga en gana, Peter. Sin repercusiones de ningún tipo. Eso me ha quedado clarísimo.
A lo mejor no es del todo justo, pero se lo digo igual. Lo veo abatido por un segundo, pero enseguida recupera su gesto normal. Agarro el balde de la leche y me voy airada para la casa.