Nelly me trae otra bandeja de guisantes secos. Los vierto en un frasco y saco el exceso de aire con la bomba. James corta judías verdes y Penny las mete en frascos para la envasadora. Cuando ya nos hemos puesto al día, entra Bits con otro cuenco.
―Peter dice que hay montones más en la parte alta a la que él llega ―dice.
―Chachi ―masculla Penny.
Tiene el pelo pegado a las sienes, del sudor. Hoy hace mucho calor y todas las ventanas están abiertas, pero no sopla ni una gota de aire. Como, además, están encendidos todos los fogones, la cocina es un horno.
―Gracias, Bits ―digo y cojo el cuenco.
La niña agarra unas cuantas judías y se las come, que es lo que lleva haciendo todo el día.
―Oye, Bits, tampoco comas demasiadas.
Me mira preocupada y mastica más despacio.
―¿Por qué?
―Porque, si comes demasiadas judías frescas, te vuelves verde ―contesto, procurando no sonreír―. Supongo que no lo sabías.
Medita lo que le acabo de decir y me observa con atención.
―¡Cassie, sé que me estás tomando el pelo!
Nos sonreímos.
―Cuando yo era pequeña, mi madre estuvo a punto de pillarme con esa, pero tú has sido más rápida que yo.
Arranca de un mordisco el extremo de un puñado de ellas, como desafiándolas a que la vuelvan verde, y se escabulle por la puerta despidiéndose con la mano. Hemos estado leyendo los libros de La casa de la pradera y está entusiasmada de hacer las mismas cosas que Laura. Lleva un tiempo dándonos la lata para que consigamos un cerdo que podamos matar en otoño y que construyamos un ahumadero. John le ha dicho que a ver qué podía hacer.
―Dios, me estoy muriendo ―dice Penny levantándose el pelo y abanicándose el cuello―. ¿Cómo podían hacer esto tus padres todo el verano?
―Te imaginas todos los frascos alineados en los estantes en invierno y se te pasa el calor ―contesto. Me mira con recelo―. Vale, sudas como un cerdo, pero merece la pena de todas formas.
―Además, hay que hacerlo sí o sí ―tercia James―. Vamos a necesitar comida ―añade, corta el último lote de judías y silba.
―¿Te has enfadado alguna vez en tu vida, James? ―le pregunto, porque me encantaría coger una pizca de él y espolvoreármela por encima.
―Pues claro ―responde confundido. Por el rabillo del ojo, ve a Penny negar con la cabeza y, agarrándola de la cintura, le dice―: Contigo no me enfado nunca porque eres perfecta.
Penny se ruboriza. Yo hago una mueca, aunque me parece una monada.
―Sí, sí, claro, lo que hace el amor ―digo―. En serio, aun cuando te cabreas, solo pareces medio cabreado.
Se encoge de hombros.
―No suelo exaltarme mucho con nada. Nunca lo he hecho. La vida es demasiado corta, sobre todo ahora.
Sé que tiene razón. No paro de decírmelo con la esperanza de asimilarlo.