CAPÍTULO 98

Menos mal que me gusta el huerto, porque a veces tengo la sensación de que vivo en él. Cuando no estamos desbrozando, estamos regando o recogiendo o abonando o secando o procesando lo que hemos recogido. Las tomateras tienen ya metro y medio de altura y están cargadas de esferas rojas y verdes. La parcela de los melones huele dulce y ya nos han madurado unas cuantas sandías. Nelly ha enseñado a Bits a escupir las pepitas y ella se enorgullece de ostentar el récord mundial. Cortar la piel fina del primer melón ha sido una experiencia religiosa. Antes, la fruta fresca era algo que cogías en las tiendas; ahora es algo que comes cuando está madura y saboreas todo lo posible hasta el año siguiente.

Las cuatro chicas estamos en el huerto cogiendo judías. Los chicos, como los veo yo, han ido a por propano para la cocina. Yo quería ir, pero luego me he preguntado por qué quería ayudar a cargar con una bombona que pesa cien kilos. Mientras busco entre la maraña de tallos de la planta trepadora me preocupo. No he olvidado nuestra última excursión, precisamente por eso quería ir. Tengo la sensación de que, si estoy allí, puedo controlar las cosas y conseguir que salgan bien, a pesar de que sé que es un auténtica falacia.

Procuro deshacerme de la preocupación. En las últimas semanas, he aprendido a dejar correr las cosas. No puedo hacer que Adrian me siga queriendo, no puedo cambiar el curso de este virus, no puedo proteger a todos mis seres queridos, no puedo ir por ahí clavándome las uñas en la palma de la mano del estrés que me produce todo eso. Pero sí puedo darles la lata a Ana y a Peter hasta que terminen juntos.

―Oye, Ana ―digo―, ¿qué hay entre Peter y tú?

Se queda muy quieta.

―Nada. ―Se yergue y me mira con los ojos muy abiertos―. Te lo juro, Cassie.

Cree que me voy a enfadar. Me lo he estado planteando de la forma equivocada.

―Ana, Ana… ―le digo frenándola con una mano―, que no pasa nada. Sé que te mola desde siempre. Y tú le gustas a él, ¿sabes?

Relaja el gesto y se muerde el labio inferior.

―Ah. ¿Tú crees?

―Lo sé. Se lo he preguntado.

Agacha la cabeza y el pelo le tapa la cara mientras sonríe.

―Ah, ¿sí? A mí también me lo ha parecido, como un par de veces, pero mírame ―dice señalándose el top manchado y pasándose, vergonzosa, una mano por el pelo corto. Lleva los brazos llenos de porquería y de arañazos y no se ha puesto ni una pizca de maquillaje. Está preciosa.

―Ana, tú sabes que eres guapa. Tienes la piel de un dorado luminoso y te brilla el pelo. ―Se va animando según hablo―. Tus manos son delicadas y tu trasero regordete. Siempre hueles a rosas y… ―Me tira una judía, riendo―. No, en serio, no te hace falta nada de eso: le gustas y él te gusta a ti.

―¿Y a ti eso te parece bien?

En lo que respecta a los chicos, a Ana jamás le ha preocupado lo que tuviera que hacer para conseguirlos.

―Insisto: me estáis volviendo loca entre los dos, con tanta miradita lánguida y tanta caricia mal disimulada. Puaj ―digo como si fuera a vomitar y me atizan con diez judías.

Bits viene corriendo desde la entrada de la casa.

―¡Ya han vuelto y traen una sorpresa para todos! ―grita, da media vuelta y rodea la casa de nuevo a toda velocidad.

La zona de carga de la camioneta está hasta arriba de cosas. Hay dos bombonas de propano sujetas con correas y una maraña de metal que de pronto veo que son bicicletas y una baca. Bits chilla al ver la de color púrpura, que es para ella. Se sube de un brinco y da vueltas alrededor.

―Hay una para cada uno ―dice John―. En el pueblo había un tío que las arreglaba y las vendía. Fijaremos la baca al techo de la furgoneta y dejaremos un par de ellas allí. Esta es para ti, Cassie ―añade ofreciéndome una bici roja.

Penny mira a John y luego me mira la cara y se echa a reír.

―Cassie no sabe montar en bici ―les explica cuando se vuelven todos a ver dónde está la gracia.

Seis rostros me miran incrédulos. Me pongo colorada como un tomate.

―Siempre me caigo. Consigo montar, pero, de repente, me pongo nerviosa y pierdo el control.

―¿Nerviosa? ―repite Nelly con una sonrisa burlona. Me alegra mucho que mi ineptitud lo divierta tanto―. ¿Por qué será que no me sorprende?

―Es fácil, Cassie ―dice Bits dando otra vuelta―. Igual necesitas ruedines hasta que les cojas el tranquillo, como hice yo. ―Su comentario provoca tales risas que termino riendo yo también. Siempre he ansiado subirme a una bici y llegar adonde fuera como un rayo, pero al final termino cayéndome. No sé qué pasa: tan pronto estoy bien como me subo a un bordillo o me estampo contra un árbol, y eso me desespera―. Yo te puedo ayudar ―continúa la pequeña―. Me acuerdo de cómo se hace.

―Gracias, Bits ―digo, esforzándome por no reír―. Voy a necesitar toda la ayuda que pueda conseguir.

 

Mi primera clase de montar en bici, en la pista de tierra, termina con la tragedia de siempre. Pongo los pies en los pedales y mantengo el equilibrio, pero la rueda delantera topa con una piedra, el manillar se tuerce y yo cierro los ojos y me meto en una zanja.

―¿Por qué te da miedo la bici? ―grita Peter desde el caminito de acceso a la cabaña mientras salgo despacio de la zanja.

Me pregunto cuánto tiempo llevará mirando. Bits, mi animadora personal, se planta a su lado.

―Porque me quiere matar ―contesto.

Peter ríe. Me da tanta vergüenza tener otro público que no sea Bits que vuelvo a pie, con la bici de la mano.

―Yo enseñé a montar a Jane ―me dice. Es la tercera vez que menciona a su hermana pequeña en el último mes. En el año entero que estuvimos juntos, ni siquiera me dijo cómo se llamaba―. Si una niña de seis años lo puede hacer, tú también. Solo recuerda una cosa: la bici es tu amiga. La bici no te quiere matar. ―Sonríe al verme dudar. Pues claro que me quiere matar, me pasa con todas―. Repítelo.

―Ni de coña ―digo riendo.

―De coña. Dilo, Cassandra.

Esto no va a salir bien. Pongo los ojos en blanco y repito con todo el sarcasmo de que soy capaz:

―La bici es mi amiga. La bici no me quiere matar.

―Bien ―dice Peter fingiendo que no parezco una niña de dos años―. Ahora súbete. Y no cierres los ojos, que es lo que estás haciendo, ¿vale?

―¿Y tú cómo lo sabes?

Le guiña el ojo a Bits.

―Porque mi hermana hacía lo mismo. ¡Venga, sube!

No quiero público porque así no voy a poder ni mantener el equilibrio.

―Pero no mires ―le digo―. Cierra los ojos.

Bits ríe como una boba y Peter se dobla para que ella le tape los ojos.

―Vale. Ya no veo.

Me subo otra vez. La bici coge velocidad y tengo la sensación instantánea de haber perdido el control, pero resisto la tentación de cerrar los ojos y aterrizo de forma más o menos segura. Agarro el manillar y sigo. El viento me azota el pelo y me refresca el cuello. Esa debe de ser la razón por la que la gente monta en bici. Mola muchísimo más que correr. Cuando llevo un trecho pedaleando, paro y giro poniendo los pies en el suelo. No pienso arriesgarme a hacer una maniobra que me parece diabólica aunque Bits y seguramente todos los niños de siete años del mundo la sepan hacer. Luego regreso al punto de partida.

Tengo los ojos clavados en la carretera y solo cuando oigo silbidos y vítores levanto la vista. Bits está demasiado ocupada aplaudiendo para taparle los ojos a Peter y los dos son testigos atentos de mi llegada. Freno delante de ellos, sintiéndome a un tiempo orgullosísima de mí misma y la mayor imbécil del planeta.

―¡Ya sé montar en bici! ―exclamo―. Más o menos.

―¡Lo has hecho genial! ―dice Bits―. ¡Entrenaremos juntas!

Lo dice con tal sinceridad que me agacho y le doy un beso.

―Gracias por el consejo ―le digo a Peter―. Ha funcionado. Ahora estaría bien que tú siguieras el mío.

―Lo voy a hacer, Cassandra, pero deja de agobiarme.

―Hecho y hecho ―contesto.

Pero los dos sabemos que no pienso hacer semejante cosa. Me mira muy serio, aunque le vibran los labios, y yo me lo quedo mirando también hasta que esboza una sonrisa. Les dirijo a los dos un saludo militar y vuelvo a la casa en mi bici, sin caerme ni una vez.