Son las siete de la mañana, pero ya hace calor, humedad y no corre una gota de aire. Nelly lava los platos del desayuno mientras los demás nos repantigamos en el salón. Hay muchísimo que hacer, pero a ninguno le apetece moverse.
―Hace calor ―lloriquea Bits, tumbada en el suelo.
―Cierto ―coincide Peter―. Me parece que estás empezando a derretirte. Mírate, te estás colando por la madera.
La cría ríe como una boba. Yo la abanico con una revista vieja y ella cierra los ojos y jadea cuando pasa la ráfaga de aire.
―Hace demasiado calor para hacer nada ―dice Penny y me mira con un ojo fruncido, como hacía en el instituto―. ¿Hacemos pellas?
Es la mejor idea que he oído en toda la mañana.
―¡Me apunto! Deberíamos ir a la poza.
Bits se incorpora.
―¿A la poza? ¿A nadar?
Asiento con la cabeza.
―Sip. Hay que caminar como un kilómetro y medio y está llena de barro y sucísima, pero podemos coger ranas y salamanquesas. Y nadar, si no te da mucho asco.
―¡No me da! ¿De verdad podemos? ―pregunta, levantándose de un brinco sin acordarse ya del calor.
Miro a John, que me responde con una cabezada afirmativa.
―Primero hay que echar un vistazo, Bits, comprobar que es segura, pero no veo por qué no. Aún tengo en casa las redes con las que los niños cogían ranas.
―¿Podemos hacer un pícnic? ―pregunta la niña―. Y Cassie, ¿podemos pintar?, ¿afuera, como me decías tú que lo hacías?
―Claro. ―Me encanta verla tan ilusionada y lamento por enésima vez que no vaya a tener una infancia normal―. Se lo colgamos todo a nuestra mula de carga ―propongo señalando a Nelly.
―Yiiijaaa ―dice él.
―¡Eso es un burro, bobo! ―ríe Bits y sale corriendo a buscar algo que ponerse.
John y Peter nos avisan por radio de que podemos bajar. La poza es un afluente diminuto del riachuelo que cruza las tierras de mis padres y termina en una represa. En esta época del año está repleta de libélulas y ranas, y rodeada de espadañas.
Cuando llegamos a la poza, chorreamos sudor. John y Peter vigilan los alrededores. Yo me quedo en bañador y me rocío y rocío a Bits de protector solar.
―¡Eh, blanquito! ―le dice Penny a James con acento puertorriqueño―. Ven, que te echo un poco de esto.
Rocía a James y yo la miro, celosa de su bronceado.
―Te odio ―le digo y me responde con una sonrisa.
Nelly suelta las bolsas en la hierba y se quita la camiseta.
―Yo me meto ya. ¿Vienes, Bits?
―¡Sí! ―grita la niña, entra corriendo en el fango de la orilla y se vuelve hacia nosotros―. Uf, es asqueroso, pero no demasiado. El agua está buena, eso sí. ¡Venid!
Me meto en el agua. Me encanta este sitio, aunque estar tan lejos de la casa sin sistema de alerta me inquieta.
Bits chilla cuando las ranas saltan al agua mientras entramos despacio, con el barro colándose entre los dedos de nuestros pies.
―¡Hay una, Cassie! ¡Y otra! ¡Hay como un millón!
Nelly pasa corriendo y se zambulle. Sale a la superficie escupiendo agua y vuelve a sumergirse. Bits nada al estilo perrito a mi alrededor, sin parar de parlotear. El agua está fresca y es una maravilla. Estoy a punto de zambullirme cuando algo me agarra del tobillo. De pronto, me veo el agua hasta el cuello. Cojo aire para gritar. En cuestión de segundos, veo cómo va a terminar todo: el mordisco en el tobillo, la muerte lenta, a mis amigos liquidándome cuando por fin he muerto para que me quede así. Doy patadas hasta conseguir zafarme y agarro a Bits justo cuando emerge Nelly, masajeándose un ronchón en el pecho.
―Perdona ―se disculpa con una sonrisa tontorrona―. Se me ha olvidado que estas cosas han dejado de tener gracia. Me va a salir un moratón, ya verás. Buen karate el tuyo, por cierto.
―¡Ay, Dios, Nelly! ―digo llevándome la mano al corazón―. ¡Me has dado un susto de cojones!
Le salpico todo lo fuerte que puedo. Bits me ayuda y ríe mientras Nelly acepta su castigo con una sonrisa. Peter, que se ha acercado corriendo al ver que pasaba algo, coge en brazos a la niña y la estrecha contra su cuerpo. Ella cabecea y él la vuelve a tirar al agua, salpicando. La pequeña sale a la superficie entre chilliditos.
―¡Otra vez, Peter!
John sigue vigilando el bosque. No hemos visto ni un solo eleequis cerca de casa porque estamos en lo alto de un monte empinado, pero no hay garantía de que eso vaya a seguir siendo así. Cuando me he refrescado lo suficiente, me dirijo a las mantas y preparo las pinturas. Enseño a Bits a mezclar colores y nos sentamos al sol con nuestros pinceles y el cuerpo fresco del agua.
Se cierne una sombra sobre mí, por la espalda.
―¡Eh, eso está genial! ―dice Peter.
Resisto la tentación de tapar lo que he pintado.
―Ay, no, qué va. Es horrible.
Se acuclilla a mi lado.
―Bueno, en treinta minutos has hecho algo mejor de lo que yo podría hacer en un año, así que para mí es bueno. No había visto ninguna de tus obras.
―Sí, claro que sí. ¿El cuadro del salón?
Es una pintura de un huerto en flor, con una mujer, mi madre, entre las sombras, ocupándose de él.
―¿Ese lo has hecho tú? Guau. Siempre que paso por ahí pienso en lo mucho que me gustaría meterme en ese mundo. Los colores son como de sueño: luminosos y difusos pero cremosos.
Sonrío y asiento. Mi madre siempre me decía que así era como ella soñaba que debía de ser el cielo.
―Gracias. Ese cuadro me gusta, pero estoy oxidada. Hay que practicar para mejorar, ¿verdad, Bits?
Asiente y señala su lienzo, donde ha pintado tropecientas ranas sentadas en la orilla.
―Mira el mío, Peter.
Peter se acerca a ella y se queda allí plantado, con la mano bajo la barbilla, como si fuera un marchante de arte muy serio.
―Me encanta. Me gusta mucho el uso que has hecho de la rana. Habrá que colgarlo cuando lo termines.
―¡Cassie me ha dicho que vamos a montar una galería! Y yo voy a exponer en ella. ―Limpia el pincel y se quita el sudor de la frente―. ¿Me puedo bañar otra vez? Tengo calor.
Nelly y Ana están en la poza, así que le digo que sí.
―Claro, y luego comemos.
La vemos acercarse al agua a grandes zancadas y sonreímos cuando Nelly la lanza por los aires.
―Adoro a esa niña ―digo―. Me preocupaba que todo esto la marcara demasiado, pero se lo toma con filosofía. No sé si yo podría ser tan fuerte ―digo negando con la cabeza.
―Ya ―contesta Peter mientras la ve reír como una boba cuando Ana la arrastra por el agua―. Me asombra.
―¿No te da miedo? ―Necesito saber si es solo cosa mía―. ¿Que no seamos capaces de protegerla?
Cabecea, muy serio.
―Haría lo que fuera por mantenerla a salvo. La quiero muchísimo. No lo creía posible… ―Se interrumpe y mira a otro lado, parpadeando rápido.
Le pongo en el hombro la mano pringada de pintura.
―Lo sé. Y ella también lo sabe. A lo mejor por eso es tan feliz, porque todos la queremos. ―Peter me cubre la mano con la suya y sonríe. Parece contento, al menos todo lo contento que se puede estar pensando en cosas así―. Haremos todo lo posible ―le digo, sintiéndome menos sola en mi temor―. Bueno, ¿pelea en el agua? ―espeto tirándole de la mano para que se levante―. ¿Tú y yo contra Nelly y Ana, que seguro que se apuntan?
Sonríe enseñando los dientes.
―Bah, les vamos a dar una paliza.