CAPÍTULO 103

Bits se empeña en que me vende los ojos y luego me quita la venda al tiempo que gritan todos:

―¡Sorpresa!

En la mesa hay una tarta preciosa, algo inclinada y cargadísima de glaseado, sin duda obra suya, rodeada de pizza casera y cerveza. Pero lo mejor de todo es el gramófono de mi padre. Cuando abro los ojos, James baja la aguja y suena «Happy Birthday Sweet Sixteen» a todo trapo por el altavoz. Ha arreglado el aparato para que funcione con discos de cuarenta y cinco revoluciones.

―¡Es un baile! ―dice Bits―. Penny me dijo que querías uno.

Se me empañan los ojos cuando Penny me sonríe. Soy muy afortunada de tener amigos que saben lo que quiero y hacen todo lo posible por conseguírmelo. Los abrazo a todos, uno a uno.

―Tranquila ―tercia James respondiendo a la pregunta que no he llegado a hacer―, John ha comprobado el volumen: no se oye desde el caminito de acceso a la finca.

Me relajo. Crecí con esta música, que es con la que se criaron mis padres, y al oírla siento que de verdad he vuelto a casa. Le enseñamos a Bits el twist, el swim y el mashed potato. El estado de ánimo es tan contagioso que hasta John baila, aun habiendo jurado que no lo haría. Hacemos una pausa mientras Bits rebusca entre los discos y nosotros comemos.

―¿Qué tal este? ―pregunta―. ¿«This Magic Moment»?

Penny se lo quita con delicadeza y me mira de reojo para ver si me he dado cuenta. Me noto un pellizco en el corazón, pero asiento con la cabeza.

―Es una de las canciones más bonitas del mundo. Era la canción de mis padres. Ponla.

Suenan los primeros acordes y se me encoge aún más el corazón. Esa canción es mi madre y mi padre, y es Adrian. Pero entonces se me acerca Nelly con la mano tendida y me pongo en pie. Duele, pero de pronto comprendo que es mejor sentir algo que no sentir nada en absoluto y descubro que, una vez que te rindes, el dolor va remitiendo y lo que queda es amor.

 

Peter está en la cocina, cortando zanahorias y pepinos en daditos. Me subo de un brinco a la encimera y balanceo los pies. Él me da una tobita en la corona y sonríe.

―Hola, princesa cumpleañera.

―Hola ―digo―. Bueno, ¿qué?, ¿vas a besar algún día a esa pobre chica?

Deja de hacer lo que está haciendo.

―Cassie, tengo mucho dinero. Mucho. Y puede ser todo tuyo.

―El dinero me da igual ―contesto con un manotazo al aire.

―Lo sé ―replica, y le brillan los ojos―. Siempre me pareció reconfortante, pero ahora se me hace fastidioso.

Me río a carcajadas. Reanuda su tarea.

―No, en serio ―le digo tocándole el brazo―, ¿a qué esperas?

Contempla por la ventana la oscuridad de la noche, angustiado.

―Es que no quiero estropearlo todo.

Recuerdo que eso fue lo que me dijeron a mí. Si él siente lo mismo por ella, es solo cuestión de tiempo.

―Pero sois perfectos el uno para el otro ―arguyo―. No vas a estropear nada. ¿Te preocupan los besos? No hay de qué preocuparse, Pete. Lo sé por experiencia.

Se pone coloradísimo. Me oigo hablar y pienso que a lo mejor podría haber prescindido de esa última cerveza, pero no me siento borracha. Me siento bien y boba.

―Piensa que podríais abrir juntos la primera boutique posapocalíptica del planeta ―digo, y formo un marco con las manos, como si pudiera verlo.

Ríe muy a su pesar.

―Cass, ¿qué bicho te ha picado esta noche?

―Estoy contenta, nada más.

No me puedo borrar la sonrisa de la cara y él esboza una también. Peter siempre parece reprimirse un poco, como si tuviera miedo de reír demasiado fuerte, pero esta sonrisa es auténtica.

―Me alegra mucho oír eso. Aunque, en consecuencia, te comportes de forma aún más extraña de lo normal.

―No lo vas a estropear ―digo, no dispuesta a cejar en mi empeño.

―Somos muy buenos amigos. ¿Y si nos quedamos aquí diez años? Necesitaba asegurarme de que es de esas cosas que pueden durar diez años.

Pero lo dice en pasado, lo que me hace pensar que ya se ha decidido.

―Así es como debe ser. Tenéis que ser amigos para que funcione. Entonces, ¿Ana es una chica de las que dan para diez años?

―Sí. ―Lo dice con timidez y eso me hace sonreír más―. Sí, creo que sí.

―Pues deja de esperar. Igual no nos queda mucho tiempo, no lo malgastes. ¡Regálamelo por mi cumpleaños! ―propongo, aplaudiendo mi propia idea.

―Quieres que tu exnovio se líe con otra chica como regalo de cumpleaños… ―dice meneando la cabeza con incredulidad mientras coge el plato y se dispone a salir.

―Solo quiero que seáis felices los dos ―contesto apenada, y se vuelve a mirarme, intrigado―. ¿No hemos perdido ya los dos demasiados años de nuestra vida siendo infelices?

Sonríe con tristeza.

―Tienes razón.

―Pero ya no.

―No, ya no.

Pasa entre nosotros una corriente de esa nueva felicidad. Nos sonreímos y caigo en la cuenta de que Peter se ha convertido en uno de mis mejores amigos. Me alegro mucho de que esté aquí. Asiente y se vuelve otra vez.

Bajo de un salto de la encimera.

―¡A por ella, tigre! ―digo dándole una palmada en el trasero.

Intenta pegarme con una patada que no me alcanza.

―¿Sabes?, creo que me gustaba más que no me hablaras.

―No es verdad.

―No, no es verdad ―confiesa sonriente.

Bailo unos cuantos temas más y me siento a descansar con el siguiente. Bits decide poner «Breaking Up is Hard to Do». Peter saca un disco del montón.

―Después viene una lenta ―le dice a Ana, que se está comiendo un bastoncito de zanahoria cubierto de hummus―. ¿Me reservas el baile?

Ella deja de masticar y sonríe satisfecha. Luego traga saliva y bebe agua.

―Peter sabe bailar el vals, el foxtrot y todo ―le digo guiñándole un ojo―. Lo tuvo que aprender para un baile de gala.

Él pone los ojos en blanco.

―No era un baile de gala, Cassandra.

Ya lo sabía, solo que me gusta vacilarle con lo de que es rico.

Ana ríe y se muerde el labio.

―No te voy a poder seguir.

Peter sonríe.

―Si, además, casi no me acuerdo de los pasos. Lo harás de maravilla.

Miro a otro lado para ocultar mi enorme sonrisa. Al final voy a conseguir juntarlos, y ni siquiera me ha hecho falta la pistola. Ya empezaba a considerarlo una opción. Nelly hace girar a Bits, muerta de risa, cuando empieza la canción que ella ha elegido. Yo me como la tarta y decido que, a su manera peculiar, este es el mejor cumpleaños de mi vida. Hay muchísimo que celebrar, aunque también haya muchísimo que lamentar.

―¡Nelly! ―grita Bits.

Su voz de miedo hace que se me caiga el tenedor y me gire enseguida. Nelly la coge en brazos. La niña señala los ventanales, con la boca abierta en un grito mudo. Es exactamente como yo lo había imaginado todos estos años cuando evitaba las ventanas por la noche por miedo a ver una cara fantasmal mirando desde fuera. La mosquitera de la ventana de encima del sofá cede ante la presión de los contagiados, que pegan la boca en ella, gruñendo y gimiendo.

―¡Copón! ―grita John, que jamás usa ese lenguaje, y no sé si es un juramento o una súplica―. ¡Coged las contraventanas!

Nos ponemos manos a la obra enseguida. Esas piezas de madera siempre me parecen muy pesadas, pero las levanto como si nada. James viene corriendo a ayudarme y aprieta los tornillos. Peter y Ana tapan la otra ventana del porche y aguantan, haciendo un gran esfuerzo para contener la embestida. Deben de haber rasgado la mosquitera.

Nelly, que ha dejado a Bits en el suelo, carga con las contraventanas de las puertas correderas por toda la habitación. La pequeña se queda plantada en la alfombra, pálida y llorosa. Corro a echar una mano a Nelly y ponemos las maderas en el preciso instante en que se rompe el cristal. Deben de estar por todas partes. Una manada.

Neil Sedaka termina de cantar sobre ser sincero y, en el silencio, oigo a Flora y a Bert y a las gallinas chillando y cloqueando. Y, por supuesto, esos gemidos horribles y espeluznantes.

Las contraventanas se nos vienen encima. Me pongo de espaldas y empujo la madera, pero me resbalan los pies, milímetro a milímetro, por el suelo. Justo cuando empiezo a pensar que no aguanto más, veo a Ana a mi lado y conseguimos que la madera encaje en el marco. Las manos firmes de John aprietan los tornillos.

En las otras ventanas más altas, unas manos van dejando huellas pringosas. Aparecen rostros que intentan morder el cristal y caen de espaldas; a lo mejor se han subido encima de otros contagiados. Penny ha arrastrado las contraventanas hasta sus respectivas ventanas y nosotros las atornillamos. Me tranquiliza un poco que ya no los veamos y ellos tampoco nos vean a nosotros. Tengo la boca seca y el sudor que me corre por la espalda se me congela cuando caigo en la cuenta de que nos tienen completamente rodeados. Atrapados.

―Joder ―dice Nelly―. Estamos jodidos.

―No sabemos cuántos hay ahí fuera ―tercia John―. Voy al desván a mirarlo. Que todo el mundo se ponga las botas y las mangas protectoras.

Hacemos lo que nos dice. Los porrazos retumban por toda la casa. Se rompe la ventana de uno de los dormitorios, pero no saben trepar y Penny ha cerrado las puertas. Me calzo la pistolera y atiendo a Bits, que está allí de pie, como en trance. Le pongo los zapatos y le subo la cremallera de la cazadora.

―No va a pasar nada ―le digo abrazando su cuerpecito agarrotado.

John se asoma desde el desván.

―Son demasiados, y vienen más por el bosque. No podemos coger la furgoneta. ―Subo la escalera de mano. Están por todas partes. Se amontonan en el porche y van de un lado a otro del acceso a la finca. Rodean la furgoneta, aparcada junto a una esquina de la casa―. Si encontramos un modo de traerlos a todos hasta aquí, yo puedo salir por la ventana del pasillo a por la furgoneta ―dice John.

―Podemos romper la ventana del desván, disparar o tirar una lámpara ―propongo―. A lo mejor el fuego los atrae.

John asiente en la penumbra. Volvemos a bajar y él les explica el plan.

―Yo espero arriba, en el desván ―digo―. En cuanto oiga la furgoneta, tiro la lámpara y vengo corriendo.

―Venimos corriendo ―me corrige Nelly―. Yo voy contigo.

Penny se arrima a Bits a la cadera y asiente, con los ojos como platos. Cojo la lámpara que voy a usar y que ilumina nuestros rostros con un resplandor titilante, como si estuviéramos contando historias de miedo en un fuego de campamento. No hay tiempo para decir más: los porrazos son cada vez más atronadores y, aunque las contraventanas aguantan, se desplazan con cada embestida. Nos han servido para ganar tiempo, pero quizá no mucho más, menos aún habiendo tantísimos ahí fuera.

Nelly y yo subimos al desván. Reviento los cristales con mi carnicero y él lanza afuera los cristales rotos con la ayuda de una silla. Salimos al mirador.

―¡Eh, aquí arriba! ―grito.

Nos arrodillamos al borde del mirador y les apuntamos a la cabeza, aunque lo único que pretendemos es llamar su atención. No podemos matarlos a todos ni de coña y no tiene sentido malgastar munición. Levantan la cabeza y la mecen como si estuvieran en un concierto de rock. El aire está cargado, impregnado de su hedor a muerte. Están pisoteando las flores de mi madre, que debería ser la menor de mis preocupaciones, pero los odio aún más por eso. Nelly se quita la manga protectora y le veo un destello de metal en la mano.

―¿Qué haces? ―pregunto.

Se pasa la hoja del machete por el brazo y le empieza a salir sangre.

―Darle al pueblo lo que pide ―contesta sacando el brazo.

La sangre corre y gotea sobre los contagiados. En cuanto les llega, se vuelven locos. Los gemidos y los gruñidos sibilantes son tan fuertes que atraen a los rezagados de la entrada principal, que, al oler la sangre, se suman a la aglomeración.

Arranca el motor de la furgoneta y Nelly sacude el brazo por última vez. Agarro la lámpara para arrojarla a un espacio vacío. Vuelvo a acordarme del año que hice béisbol. No me habría venido nada mal entrenar más. En la vida se me habría ocurrido pensar que esas aptitudes me podrían salvar la vida; siempre creí que jugar al béisbol terminaría matándome. Lanzo la lámpara, que se hace pedazos, y el aceite prende al lado de uno de los contagiados. Nos deslizamos por la escalera de mano y corremos hacia el pasillo.

El culo de la furgoneta está pegado a la ventana. Peter y Ana la guardan a ambos lados y disparan a todo lo que se acerca demasiado. Vienen más eleequis hacia nosotros; la distracción ha durado poco. James ayuda a Penny y a Bits a subir a la furgoneta. Se oye un estallido de madera seguido de los gruñidos aterrados de Bert y de las cabras. Bits se tapa los oídos y me mira fijamente con los ojos muy abiertos mientras los demás subimos al vehículo.

La furgoneta se bambolea y los que vamos dentro chocamos contra sus paredes como animales enjaulados. John pisa a fondo el acelerador. Me agarro al asiento mientras cruzamos el césped dando botes y llevándonos por delante todo lo que se cruza en nuestro camino. Me pregunto si algún día volveré a ver mi querida casa y, cuando me vuelvo a echar un último vistazo y veo que el fuego prende los harapos de los contagiados y las llamas les trepan por la espalda hasta el porche, pienso si quedará siquiera algo que ver.