CAPÍTULO 105

Los porrazos se oyen menos aquí dentro. Miro por el ventanuco de la puerta al callejón. Hay un aparcamiento justo detrás de nosotros, pero está al otro lado de una valla metálica. La única salida seguramente es a la izquierda, donde el callejón se estrecha y conduce a la otra manzana, pero varios contenedores me tapan el otro extremo.

―Voy a echar un vistazo ―dice John y abre la puerta―. Despejado. Podemos enfilar el callejón hasta la calle. Esperad, que voy a ver por dónde andan Nel y James. ―Les explica la situación por radio y luego escucha―. Han encontrado una furgoneta. La van a coger y vienen para aquí. Nos esperan al final del callejón. Coged solo las mochilas de supervivencia, por si hay que correr.

Le cuelgo a Bits su mochilita a la espalda y saco la mía de la mochila grande. Lleva comida, munición y un botiquín, lo único que no puede faltar. Se oye una explosión de cristales en la entrada. No tardarán en llegar aquí.

―Venga ―dice Ana y cierra despacio la puerta cuando ya hemos salido todos.

―Vamos a… ―empieza John, pero antes de que nos dé tiempo a movernos ya nos ha tirado a todos al suelo detrás de los contenedores. Vienen contagiados por el callejón, pero, gracias a John, no nos han visto―. ¿Dónde estáis? ―susurra John al transmisor―. Cambio de planes. Vais a tener que venir al aparcamiento de detrás del bar. Estamos al otro lado de la valla metálica. ―Hace una pausa―. Habrá que intentarlo. ―Se vuelve hacia nosotros―. Unos minutos más. Nos avisan cuando estén cerca.

Cae uno de los cubos de basura del callejón y rueda con gran estrépito. Miro por una rendija entre los contenedores y veo al menos una docena de eleequis en mi limitado campo de visión. Los tenemos a unos diez metros de distancia.

―¿Cómo vamos a saltar la valla? ―pregunta Penny en voz tan baja que tengo que leerle los labios.

Ella, Ana y Bits están agachadas, pegadas al muro del edificio. Peter está acuclillado a mi lado, pegado a los contenedores, apretando la mandíbula. Me hace una seña para que vuelva a mirar por la rendija. El callejón está atestado. No nos daría tiempo a saltar la valla a todos. John, a mi otro lado, echa un vistazo y se pasa una mano por la cara.

―Hay que distraerlos ―les susurro.

En la cabaña funcionó. Se hace el silencio mientras pensamos. Valoro un montón de posibilidades y las descarto todas. No nos queda otra que correr y confiar en que nos salga bien.

―¿Recuerdas lo que dijiste antes de que saliéramos de Nueva York? ―dice Peter, y su aliento caliente me acaricia el oído. Me mira a los ojos. No tengo ni idea de a qué se refiere ni de por qué saca el tema ahora. Al verme confundida, vuelve a acercarse―. ¿Lo de que a veces, por amor al prójimo, uno hace cosas que podrían poner en peligro su propia seguridad? ―Claro que lo recuerdo―. Yo los distraigo ―susurra lo bastante alto como para que John lo oiga―. Me subo encima del contenedor mientras vosotros saltáis la valla.

No va a funcionar. Lo rodearán en cuestión de segundos. Niego con la cabeza.

―Jamás conseguirás salir.

Me sostiene la mirada y, en la seriedad de su rostro, veo que ya lo sabe. Hago un aspaviento y vuelvo a negar con la cabeza.

―Tres minutos ―susurra John―. Solo disponemos de un minuto antes de que los del lateral del pub vengan para aquí. Nelly se va a pegar a la valla.

Me vuelvo de nuevo hacia Peter y le susurro furiosa al oído.

―¡No!

Peter observa a Bits, que ha levantado la cabeza y nos mira aterrada. Él le sonríe y yo descifro con dificultad las palabras que le dice solo con la boca: «No me va a pasar nada». Se gira otra vez hacia mí y, aunque su gesto es decidido, le veo el miedo en los ojos. Me recuerda a Neil justo antes de que le disparara, aunque en su caso es distinto: a él le brillan los ojos con una luz que me recuerda a las pinturas de santos de las iglesias, a los mártires.

―Es la única forma ―coincide John―, pero ya lo hago yo. Vete tú.

No me puedo creer que estemos discutiendo esto.

Peter niega con la cabeza.

―No, ya os daré alcance. Llévalos tú a la granja, sé que puedes ―dice con desesperación y sus siguientes palabras suenan ahogadas―. Prométeme que los llevarás.

―Lo juro ―dice John. Agarra del brazo a Peter y lo mira a los ojos―. Juro que lo haré.

Peter cabecea una vez y exhala a través de los dientes apretados.

John levanta dos dedos y señala hacia la valla. Dos minutos para encontrar un plan alternativo. Miro alrededor como loca. No podemos dejarlo morir. Tiene que haber otra forma.

Peter está preparado para subirse de un salto al contenedor. Tiene el pelo y la cara empapados, las pupilas dilatadas, más negras de lo que se las he visto nunca. Las lágrimas casi no me dejan ver. Quiero luchar, gritar, pero no puedo hacer nada para cambiar esto.

Le tiendo la mano y le susurro con la voz quebrada:

―Te quiero.

Necesito que sepa que lo queremos tanto como él a nosotros. Mientras nos aferramos el uno a la mano del otro, le noto los dedos helados.

―Te quiero ―me dice solo con los labios, y los ojos irritados.

Luego, a regañadientes, lo suelto. Ana, enfrente de nosotros, no oye nuestros susurros. Confundida, nos mira alternativamente. Abre mucho los ojos, aterrada. Peter señala la valla con la barbilla y le regala una sonrisa tierna. Ella palidece y se queda boquiabierta. Él separa los labios, a punto de decir algo, pero John coge en brazos a Bits y susurra:

―¡Ahora!

Se oye el rechinar de unos neumáticos en el aparcamiento y una camioneta hace un viraje completo y se pega a la valla. Peter se sube de un salto a los contenedores y aporrea con el machete el ladrillo del edificio.

―¡Eh! ―grita―. ¡Aquí!

Los eleequis se vuelven hacia él al unísono. Es la señal para que salgamos corriendo, pero Ana no se mueve. Aún está boquiabierta y se ha quedado en cuclillas, como paralizada.

La agarro del brazo.

―¡Ana!

Se pone en pie. Golpeamos la valla con un clamor metálico. Ana, la más ágil, sube y salta en un segundo. Levantamos a Bits para que la coja en brazos y las dos caen a la zona de carga de la camioneta. La valla se bambolea y chirría cuando trepamos los tres. Se me enganchan los vaqueros arriba y caigo en la camioneta como un saco de patatas, sobre la bici de Nelly. Ignoro el dolor y me incorporo para arrodillarme junto al portón. Disparo a través de la valla a los eleequis que Peter tiene a sus pies.

Peter pelea. Les atiza con el machete y luego retrocede y les dispara a quemarropa en la cabeza. No pueden atraparlo y eso los está volviendo locos. Por un instante, pienso que podemos llegar hasta él, embestir la valla y tumbarla, pero entonces llegan más contagiados al aparcamiento. Sacando medio cuerpo por la ventanilla, James dispara al grupo invasor.

―¡Vamos, vamos! ―dice John nervioso, aporreando el techo de la camioneta.

Rechinan los neumáticos. Ana y yo disparamos a los contagiados que rodean a Peter, pero no sirve de nada. Peter levanta la vista mientras nos alejamos y, antes de que se vuelva de espaldas, juro que le veo un destello de felicidad en el rostro.

Nelly salta el bordillo hasta la calzada. Me agarro fuerte al portón, con los ojos clavados en Peter. Me dan igual los contagiados que nos rodeen. Yo no dejo de mirarlo y observo cómo pelea con todas sus fuerzas, hasta que volvemos la esquina y lo pierdo de vista.