Nelly se detiene en un claro y baja de un salto del asiento del conductor. A la intensa luz del sol, su pelo parece albino, casi tan blanco como su cara.
―Peter ―es todo lo que dice.
―Ha sido idea suya ―dice John alzando su cuerpo grande para bajar de la camioneta y saltando después a la pista de tierra―. No me ha dejado… ―añade y levanta las manos como si quisiera demostrar su inocencia ante un jurado.
James abraza fuerte a Penny, que lleva en brazos a Bits, con los ojos cerrados. Dudo mucho que se haya quedado dormida en los quince minutos de accidentado trayecto. Menos aún después de lo que ha pasado.
Veo a Nelly mermado, como si fuera encogiéndose poco a poco. Me duelen las rodillas de apoyarlas en la base metálica de la camioneta. Sigo arrodillada, aferrada aún al portón, mirando todavía hacia Peter. Ana también, y respira entrecortadamente.
Nelly abre la boca. Quiero que diga algo, lo que sea, que aplaque esta horrible sensación de vacío, pero en lugar de pronunciar unas palabras de consuelo, traga aire a bocanadas, como un pez fuera del agua. Luego mi amigo, al que jamás he visto más que con los ojos llorosos, se recuesta en la camioneta, entierra la cara en las manos y llora. Le corre la sangre por el brazo, empapándole la camiseta, y eso me saca de mi estupor. Repto hasta él. Es el corte del brazo. Ya no lleva el vendaje y la herida se le ha vuelto a abrir.
―Tu brazo ―le digo arrimándole la cabeza a mi pecho como haría una madre.
Asiente con la cabeza y, cuando remite el llanto, habla.
―Hemos sufrido un altercado cuando hemos cogido la camioneta ―explica, con las mejillas empapadas de lágrimas, y se limpia la cara con el brazo bueno―. Me han arrancado de cuajo el vendaje. La manga protectora me la he dejado en la casa cuando me he cortado el brazo.
―Vamos a curártelo ―le digo, contenta de tener algo que hacer.
Nos sentamos debajo de un árbol. Le echo agua por encima de la herida profunda. Tiene los bordes rojos e irritados. Me pongo pomada antibiótica en el dedo.
Nelly me agarra la mano.
―Ponte guantes ―me pide con rotundidad―. O déjame que lo haga yo.
―Nels ―le digo sonriendo―. Por favor, creo que ya nos conocemos lo bastante…
Se mira el brazo y sonríe para compensar su brusquedad, pero no se le arrugan los rabillos de los ojos.
―Cass, me ha agarrado del brazo antes de que lo matara. Acabo de caer en la cuenta de que podría haberme pegado algo, haberme contagiado.
Me quedo completamente paralizada un segundo. Luego niego con la cabeza. Las posibilidades son mínimas.
―Estás bien, Nelly, pero me voy a poner guantes de todas formas, ¿vale?
Asiente satisfecho y se recuesta en el árbol. John ha convencido a Ana de que se acerque adonde estamos. Se sienta abrazándose las rodillas y mira al bosque, con una mano en su carnicero. Bits descansa la cabeza en el regazo de Penny. Cuando termino, Nelly coge los guantes y se los guarda en el bolsillo.
―Tenemos que alejarnos más de Bennington ―dice John.
―Tenemos que volver a por Peter ―digo yo. Ana me mira enseguida y luego vuelve a mirar al bosque.
―Cassie ―me dice John―, dudo mucho que Peter siga…
―¿Vivo? ―Hacen todos una mueca. Recuerdo cómo lo hemos dejado, acorralado contra la pared, rodeado de contagiados por tres lados―. Ya lo sé, pero no lo podemos abandonar. ―Imagino la cara guapa de Peter poniéndose gris y pudriéndose, y casi no lo puedo soportar. Me dan ganas de darle un puñetazo a algo. Estoy tan furiosa que, por una vez en mi vida, no soy capaz de llorar―. Tenemos que ir ―insisto, arrancando hierba del suelo―. Él querría que… ―No quiero emplear el verbo matar porque ya está muerto y porque suena fatal―. Querría que nos ocupáramos de él. —Ana se levanta de un brinco, sollozando, y se adentra en el bosque.
―Peter no se ha sacrificado para que volvamos y nos pongamos en la misma situación ―dice John con delicadeza.
Y tiene razón, desde luego. No queda otra que seguir adelante, seguir huyendo, preguntándome para siempre qué habrá sido de otro ser querido.
Vislumbro a Ana entre los árboles y me levanto. El suelo forrado de helechos amortigua mis pasos, pero Ana sabe que voy detrás de ella y espera a que le dé alcance. Le tiendo los brazos y se arroja a ellos, llorando desconsoladamente, como cuando era cría y tenía que deshacerse de aquel conejito. Le acaricio el pelo corto y sedoso y le susurro palabras que no sirven de nada en absoluto, lo sé por experiencia, pero se las digo igual.