CAPÍTULO 109

Al despertar, Ana se sienta fuera, en la hierba, e ignora los intentos de Penny de hablar. No sufre una conmoción, al menos no en el sentido clínico del término. Si fuera una tienda, tendría puesto en el escaparate el cartel de Cerrado al público . Penny y James se ofrecen a ir en busca de un reemplazo para la camioneta. No me gusta la idea de que ella ande por ahí. Penny le toca la frente a Nelly y, cuando se yergue, le veo los ojos hinchados y la cara de resignación.

―Pen, igual deberías quedarte tú y voy yo ―le digo tocándole la manga―. No estás…

No quiero que vaya, pero tampoco quiero dejar a Nelly.

―Sé disparar bien ―contesta, encogiéndose de hombros, pero se acaricia la patilla de las gafas―. Si James va, no quiero quedarme aquí sentada.

―Buscad antibióticos. Que sean más fuertes. ―Ya he hecho esa misma aclaración una decena de veces, pero supongo que una más tampoco hace daño a nadie―. Y tened cuidado.

Asiente mientras se hace un moño. Desde el incidente de Ana con el pelo, también yo me recojo el mío en dos moñitos cuando estamos en algún sitio peligroso. Nelly me llama «princesa Leia» y James me gasta bromas de superfán de Star Wars que no pillo.

Sonríe.

―Oye, pensaba que lo de ser mamá gallina era cosa mía. Tú cuida de Nelly.

Me esfuerzo por devolverle la sonrisa.

―Vale.

Nos abrazamos fuerte y se van.