CAPÍTULO 112

Me arden los muslos de subir la cuesta a la vuelta, pero ignoro el dolor. Cada pedalada me acerca un poco más a Nelly, al que puede que no le quede mucho tiempo. Una vocecilla interior me dice que a lo mejor ya lo ha agotado, pero la ignoro también. Las sombras empiezan a alargarse cuando llegamos a la cabaña y vemos una cámper clásica de Volkswagen aparcada a la entrada. Dentro, James y Penny están sentados con Nelly, mientras Bits y John abren una lata de sopa que han birlado.

―Nos hemos quedado sin gasolina ―nos explica Penny después de abrazarnos―. Hemos tenido que caminar, pero al final hemos encontrado la casa de unos jipis mayores. De ahí hemos sacado la cámper y todo lo demás ―dice, señalando un montón de sacos de dormir, lámparas y comida. Es un buen alijo, pero no parece contenta―. No había medicinas. Hemos parado en todas las casas que hemos podido. Había demasiados contagiados en el pueblo. Lo siento, chicos.

―Ya las tenemos nosotras ―dice Ana meciendo su mochila―. Hemos encontrado algunas.

―¿Algún problema? ―pregunta John.

―Nada que no hayamos podido resolver. Hasta los contagiados sabían que no está para tonterías hoy.

Sonrío con tristeza y recupero mi puesto junto a Nelly. Tiene peor aspecto. La herida está de un púrpura intenso y huele. La vocecilla interior me susurra que huele igual que los eleequis, pero la mando a hacer puñetas. Tiene la piel seca: ha sudado hasta la última gota de líquido de su cuerpo. Ana vacía su mochila y yo me dispongo a aplastarle algunos comprimidos a Nelly, pero ella me detiene, enseñándome una jeringuilla.

―Deberíamos pinchárselo.

―Temo que no sirva de nada si lo hacemos mal.

―Ya lo hago yo ―contesta resuelta―. Sé hacerlo. —Coge uno de los frasquitos y destapa la aguja―. De pequeña, mamá me llevaba a las clases que daba. Veía a las enfermeras aprender a pinchar y a sacar sangre ―dice y clava la aguja en el vial y tira del émbolo hasta llenarla del medicamento transparente―. Algunas se desmayaban, pero a mí me fascinaba, aunque tenía claro que no iba a ser enfermera en mi vida. ―Aprieta el émbolo para sacar el aire―. Pero recuerdo los pasos: buscar la vena. ―John le aprieta el brazo bueno a Nelly con ambas manos, a modo de abrazadera, hasta que las venas son más prominentes. Ana cabecea afirmativamente―. Vale, ahora se introduce la aguja justo con esta inclinación ―añade, y pincha sin que le tiemble la mano. Un rizo de sangre de Nelly forma un remolino en el cuello de la jeringuilla―. Ya está. Ahora hay que inyectar.

Aprieta el émbolo despacio. Cuando retira la aguja, yo presiono la gota se sangre con una torunda de servilletas. Le cojo la mano a Nelly y me sobresalto cada vez que lo recorre un escalofrío. No me he quitado la pistolera porque sé que me la estoy jugando. Tengo que ser realista.

John propone que traslademos a Nelly al otro cuarto para no molestarlo, pero sé cuál es la verdadera razón: si se transforma, podremos detenerlo antes de que haga demasiado daño. Me pregunto cuánto tardará. ¿Te mueres primero y luego, al cabo de unas horas, te transformas o es instantáneo?

Los demás se van sentando por turnos con Nelly y conmigo. Le limpiamos la cabeza con un paño frío. Penny me pasa un tazón de sopa, que ignoro después de la primera cucharada. Miro fijamente a Nelly, deseando que su pecho se eleve. Ana le inyecta otra dosis de antibióticos y se lleva a Bits a dormir. Penny le da un beso en la frente a Nelly y le susurra algo que solo él puede oír. Luego me besa a mí en la cabeza y se marcha.

John se acuclilla a mi lado.

―Ya hago yo la primera guardia de Nelly.

―Despiértame si… ―Asiente ante de que termine la frase―. Es que…, ya sé que, en el fondo, no será él, pero merece que haya alguien… ahí, ¿sabes?

―Te aviso, te lo prometo.

John me pone una mano en el hombro. Es tan bueno que de pronto me siento culpable.

―Siento lo de antes, John. Ojalá tuviera una fe tan firme como la tuya en algo.

Menea la cabeza.

―Ay, cielo, esto ha puesto a prueba mi fe, pero, cuando creo, cuando confío en algo superior a mí, puedo con lo que me echen. Así conseguí superar la muerte de Caroline. Alguien me dijo hace mucho tiempo que hay muchos caminos al cielo. Y así lo creo.

―Yo no soy capaz de creer en nada de esa manera ―digo, aunque ahora mismo me gustaría de verdad poder hacerlo.

―No tienes por qué aferrarte a una sola creencia. Dudo que a Dios le importe. ¿Lo que tú has hecho hoy? ¿Arriesgar la vida por un amigo? No se puede ser más cristiano que eso. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos», Juan 15,13. ―Se refiere a Ana y a mí, pero sé que los dos estamos pensando en Peter―. Échate un rato, cielo. Ya me encargo yo.

Le doy un beso en la mejilla y me meto en el saco de dormir, pero antes de cerrar los ojos, me curo en salud pidiéndole perdón a Dios también. Por si acaso.