―Unos sesenta kilómetros ―dice James cuando Bits le pregunta por enésima vez «¿Falta mucho?».
Nos ha estado sirviendo agua, unas gotas cada vez, con tal de tener una excusa para usar el fregadero todo el rato. Hemos tenido que apartar algunos coches, pero a medida que nos adentramos en una zona menos poblada va habiendo menos obstáculos.
El paisaje es precioso. Adrian y yo soñábamos con vivir aquí arriba algún día. Las montañas son verdes, como en la parte baja de Vermont, pero más escarpadas y agrestes. Parece que, si te apartas un poco del sendero, podrías perderte para siempre. Pero también es una zona de suaves valles y campos de cultivo, ahora abandonados, con las granjas desiertas. Cuento los kilómetros y los traduzco a minutos. Estamos a cuarenta y cinco minutos. Treinta y cinco. Tengo la boca seca y me aprieto las manos tan fuerte que me duelen los antebrazos.
―¿Más agua? ―pregunta Bits.
Me obligo a sonreír y cabeceo afirmativamente. Se acerca al fregadero dando brincos a buscar más. En sueños, llora por Peter y, como él la consolaba casi todas las noches, cuando despierta y se da cuenta de que la pesadilla es real, el golpe es mucho mayor. Pero es una niña resistente, espero que lo bastante para este mundo.
Treinta minutos. El agua me pasa por la lengua acorchada sin rozarla. Ojalá me ahogue las mariposas que tengo en el estómago. Veinticinco minutos. Veinte.
―Alguien ha apartado los coches de la calzada ―dice John señalando las cunetas en las que yacen los vehículos abandonados.
La carretera punteada de granjas da paso a los jardines y las casas del pueblo anterior a Kingdom Come. Nos preparamos para los contagiados. Hay por lo menos un grupo en todas las localidades pequeñas y a veces salen cuando oyen un coche. Dejamos atrás el ayuntamiento y un ejido, pero no nos persigue ningún eleequis. La tienda del pueblo tiene un cartel de un sándwich a la entrada. Al lado hay un bidón metálico con una bomba de mano y una manguera. El cartel reza:
Gasolina en el bidón. Comida dentro de la tienda.
Coge lo que necesites.
Por favor, piensa en los que vienen detrás.
―Guau ―dice James―. Han limpiado el pueblo y hasta tienen un puesto de avituallamiento. Deben de tener todas sus mierdas… ―mira a Bits, que sonríe―, sus cosas muy bien organizadas, ¿no?
Tomamos una carretera secundaria que serpentea por el bosque y desemboca en una pequeña granja. El rótulo indica que se trata de la granja Cob Creek, pero no la vemos porque el acceso punteado de árboles termina bruscamente en una valla alta de madera que rodea la casa y los edificios anexos. En los campos del exterior de la valla, se ha plantado maíz. Pasamos otras granjas fortificadas: una tiene una malla metálica y otra una tapia de cemento. Nuestro alambre de espino y nuestras contraventanas parecen un juego de niños en comparación.
Forzando la vista, John lee el siguiente rótulo:
―Kingdom Come Road. Aquí es.
Toma el desvío. En un claro del bosque se alza una cabaña encaramada a un armazón con patas. Una escalera de mano conduce a una plataforma a la entrada de la cabaña. El hombre que se encuentra en la plataforma levanta la mano y John detiene el vehículo. Baja por la escalera una mujer rubia. Lleva un rifle, pero sonríe cuando nos pide que bajemos de la furgoneta.
―Hola. Perdón por las armas. ―Ve el brazo vendado de Nelly y su sonrisa se desvanece―. ¿Alguno de vosotros está contagiado?
―No ―dice Nelly, y se retira el vendaje para enseñarle la herida, que sin duda se está curando―. Me he cortado con un cuchillo.
Afloja el agarre del rifle.
―Perdonad, pero tenemos que ser cautos. Me llamo Shelby. Bienvenidos a Kingdom Come. Seguid por la carretera como medio kilómetro y veréis la puerta. Avisaré por radio.
La puerta de metal corrugado tendrá unos tres metros de alto. Hay dos tíos vestidos con vaqueros y camiseta junto a una portezuela abierta en el muro contiguo. Una valla metálica se adentra en el bosque hasta donde alcanza la vista. No sé cómo habrán conseguido todo esto, aunque supongo que, con gente suficiente, se puede hacer cualquier cosa.
El guaperas de rasgos duros y ojos azules apoya un brazo en la ventanilla de la furgoneta.
―¿Qué hay? Me llamo Dan. ¿Venís a quedaros o solo estáis de paso?
―Confiamos en poder quedarnos ―contesta John―. Somos amigos de Adrian Miller. ¿Lo conoces?
Dan ríe.
―Pues claro. La granja es suya y de Ben. Todos los demás estamos de visita ―dice, nos guiña el ojo a Bits y a mí, y sonríe cuando la niña le devuelve el guiño de medio lado―. Veréis una puerta pequeña un poco más adelante. Maureen os recibirá allí ―nos explica Dan―. Nos vemos. Bienvenidos.
Penny se inclina hacia delante y me pone una mano encima de la mía para que la relaje.
―Todo va a ir bien.
Ojalá tuviera su confianza.