CAPÍTULO 117

La ducha no es más que agua caliente que cae de un barril a través de un cabezal de ducha, pero me sienta de maravilla. Me enjabono el pelo, se lo enjabono a Bits y siento que parte del horror de la última semana se va con la espuma y corre por debajo del palé en el que estamos subidas. Antes de marcharse, Maureen me ha preguntado si quería que nos viéramos en el restaurante cuando el avión estuviera en camino. Al verme asentir, me ha apretado la mano y me ha prometido que vendría.

Deshacemos las mochilas en la tienda antes de ir a almorzar. El comedor tiene vigas a la vista y un surtido de mesas, bancos y sillas. Los que trabajan en la cocina reponen constantemente la comida de las mesas del fondo. Estamos en pleno verano, así que todo es fresco. Le sirvo un vaso grande de leche de vaca a Bits, que se lo bebe de golpe y me pide más.

―Me parece que quieres más a ese café que a mí ―le dice James a Penny, que se está bebiendo una taza de café con crema fresca como si fuera una experiencia religiosa.

Ella abre de golpe un ojo y lo vuelve a cerrar.

―Igual tienes razón.

Mi comida tiene una pinta estupenda, pero no me entra. La hora punta del almuerzo ya ha pasado, pero el comedor sigue lleno de gente. La mayoría andará entre los veinte y los cincuenta años, aunque también hay algunos niños y ancianos.

Por cómo hablan y ríen, parece que aquí se llevan todos muy bien. Siempre que nuestras miradas se cruzan con la de alguien, nos sonríe y nos saluda con la mano. Los que pasan por nuestra mesa se aseguran de darnos la bienvenida, pero no intentan sonsacarnos información, probablemente porque estamos aquí sentados, con los ojos como platos y conmocionados de la cantidad de gente que hay y de lo increíble que es que estemos a salvo. Ya no tenemos que estar pendientes a todas horas del traqueteo de las latas o del chasquido de cualquier cosa que se mueva por el bosque.

Maureen entra por la amplia puerta del comedor y yo me tenso. Niega con la cabeza. Aún no viene el avión. Se acerca una silla y sonríe.

―¿Os habéis aseado bien? ¿Os vais adaptando?

―Perfectamente ―dice John pasándose una mano por el pelo mojado―. Oye, me estaba preguntando cómo funciona aquí lo de los trabajos.

―Pues procuramos que cada uno haga lo que le interesa. A ver, están los huertos y los cultivos, por supuesto. Luego está la construcción, la gestión del sistema eléctrico, las guardias y las patrullas, el agua, el ganado, la cocina y las conservas… Muchos hacen un poco de cada cosa. Hay unos horarios para apuntarse.

―A mí me gustaría trabajar en los huertos ―dice Ana―. ¿Se puede ser vigilante y hacer eso también?

―Claro. Casi todos los adultos hacen turnos de guardia. Lo más peligroso son las patrullas. ―A Ana se le iluminan los ojos al oírlo―. Entonces, ¿sabéis de horticultura?

John le habla de los huertos que teníamos en casa.

Maureen parece impresionada y después iluminada.

―Eso explica por qué no os habéis abalanzado sobre los alimentos frescos como si llevarais meses sin verlos, que es lo que les pasa a casi todos cuando llegan aquí. Entonces, si ya sabéis de esto, todo el mundo os va a querer en su equipo, seguro. Antes de llegar aquí, yo sabía un poco de jardinería, pero este sitio ha sido toda una experiencia de aprendizaje. Lo único que había hecho en mi vida era abrir latas, no meter cosas en ellas y cocinarlas. ―Ríe y se vuelve hacia Bits―. Y tú eres Beth, ¿no?

―Sí ―contesta Bits con una galleta en la boca―, pero ahora me llaman Bits, como Little Bits, el gatito de la serie.

―Bueno, Bits, sé de al menos dos niños de tu edad a los que les encantaría jugar contigo. ¿Quieres venir con alguno de tus amigos a conocerlos después de comer?

Bits dice que sí con la cabeza y se termina la leche. Maureen le hace una seña a alguien para que se acerque. Es más bien bajito, pero todo músculo, con el pelo castaño rizado y una cara amable que recuerdo bien. Ben, el socio de Adrian.

―Ben, estos son unos amigos de Adrian que han llegado hoy ―nos presenta Maureen.

―Hola ―contesta él sonriente―. Había oído que había venido alguien, pero no sabía que conocierais a Adrian. ―Nos estrecha la mano según nos va presentando Maureen. Yo soy la última―. A Cassie sí la conozco ―dice, y le veo cierto destello en los ojos cuando me sonríe, de incertidumbre quizá. «Bienvenido al club, Ben.»

―Hola, Ben ―digo―. Este sitio es precioso. Entiendo que lo escogierais.

Me da las gracias y habla un minuto más hasta que lo llaman. Cuando se despide, se queda mirando a Ana. Ella le dedica una sonrisa de cortesía y baja la vista a su servilleta de tela. A mí se me da fatal ligar, pero Ana lo lleva en la sangre. Sin embargo, no levanta la vista hasta que Ben se ha ido.

Ayudamos a llevar los platos a la cocina. Es inmensa, con varios fogones de leña y una despensa. De camino al enorme fregadero, me detengo a mirar por la ventana. Todas tienen unas vistas preciosas de las montañas; en mi vida he visto nada parecido.

Se acerca Maureen.

―El avión llega dentro de unos treinta minutos. La pista de aterrizaje no está lejos. Hay un cobertizo para las herramientas que hace las veces de guarida del piloto. Puedes esperarlo allí si quieres.

Tengo los pies clavados al suelo. Nelly me arranca la bandeja de las manos, la lleva al fregadero y vuelve.

―¿Quieres que te acompañe? ―pregunta.

Niego con la cabeza. Aunque quiero muchísimo a Nelly, no me apetece que sea testigo de algo de lo que probablemente no voy a volver a hablar con nadie.