El interior de la casa es precioso, con grandes ventanas y molduras clásicas. Las escaleras crujen cuando subimos por ellas. Adrian me señala el baño y abre una puerta al final del pasillo.
―Este es mi cuarto ―dice.
Enormes ventanales ocupan dos de las paredes. Debe de haber unas vistas hermosas durante el día. Pulsa un interruptor y se enciende una luz eléctrica. Entro admirada.
―Guau, una luz de verdad de la buena ―digo, y me parece superintensa porque ya me he acostumbrado a los círculos de luz suave que proyectan las lámparas de gas.
―Otro privilegio. Pronto las pondremos en el restaurante también, conectadas a los paneles solares.
Hay una cama grande y un escritorio atestado de papeles bien organizados; una estantería llena de libros; un armario ropero tras cuyas puertas de madera intuyo que hay prendas perfectamente colgadas… Adrian es el ordenado y yo la desastrada. Me llama la atención una pintura colgada entre las ventanas y me acerco a verla.
Es un cuadro que yo le pinté, del primer sitio donde nos besamos, tal como lo vi justo después. En él todo se entremezcla, como cuando no consigues enfocar del todo. Los colores son más intensos. Los amarillos y los rojos de las hojas de otoño y el gris de las piedras con el plata espumoso del agua.
―Lo has colgado ―digo, sorprendida de que no lo enterrara en alguna caja. Pienso en ese contenedor que solo existía gracias a Eric y me siento fatal.
―Pues claro ―contesta, se sitúa a mi espalda y me coge por la cintura, y yo me recuesto en él y cierro los ojos―. No quería renunciar a ti ―dice y me estrecha contra su cuerpo―. Fui a verte a Nueva York la primavera pasada. Quería saber si habías cambiado de opinión. Pensé que igual no querías…
―¿Reconocerlo? ―me adelanto―. ¿Disculparme?
Me daría de tortas.
―Algo así. Pensé que igual me castigarías pensando que, de todas formas, yo ya no te querría. ―Asiento. ¡Qué bien me conoce!―. Pero, al llegar, un viernes, te vi subir al coche de alguien, de un tío. Te dio un beso en la coronilla y tú sonreíste. Me dije que a lo mejor eras feliz otra vez y no quería estropearlo. ―Nelly me dijo que Adrian había dejado de mandarle correos hacía como un año. Debió de ser entonces―. Pero no era eso ―añade, de pronto tenso―. Estaba enfadado contigo, por pasar página cuando yo no quería hacerlo, y tampoco creía que tú fueras a hacerlo, al menos de verdad. Así que decidí creer lo que me habías dicho, confiar en que el tío moreno del coche bonito y tú erais felices…, bueno, eso cuando no estaba furibundo.
«El tío moreno del coche bonito…»
―Era Peter.
No me doy cuenta de que lo he dicho en voz alta hasta que deja de abrazarme y se aparta. Pero quiero que lo sepa. No quiero mentir. Ni siquiera omitirlo.
―¿Era Peter? ¿El mismo Peter que…? ―pregunta.
Se queda pasmado, salvo por los ojos, que se le encienden. Sé lo que debe de pensar de mí en este momento: que como he perdido a mi nuevo novio he venido en busca del antiguo, que casualmente está en un sitio seguro. Aunque Adrian sea confiado, también es humano y yo no he demostrado ser digna de su confianza.
Me vuelvo a mirarlo.
―Estuvimos saliendo un tiempo, pero ya no había nada entre nosotros cuando escapamos de Nueva York. ―No me quiere mirar. Su expresión es similar a la de la noche que lo vi por última vez y, una vez más, es culpa mía. Parece que el día se repite―. Es cierto ―le digo en tono suplicante―. Ana y él estaban más o menos juntos. No éramos más que buenos amigos. ―Intento cogerle la mano, pero tiene los brazos pegados al cuerpo y no se deja―. Adrian, yo nunca… ―Iba a decirle que nunca le he mentido, pero no es cierto. Nunca le mentí hasta que lo hice y la mentira fue enorme―. Solo te he mentido una vez.
―Ah, ¿sí? ―dice muy seco―. ¿Y cuándo ha sido eso, Cassie?
Me revienta la forma en que dice mi nombre, como si fuera una maldición. Quiero que me mire. Le tiro del brazo y se vuelve a regañadientes. No sé qué hacer para que me crea, así que le cuento la verdad.
―Cuando te dije que no te quería.
Rezo para que se me note en la cara mientras espero que me diga que me vaya, pero me lo debe de notar, porque su mirada vuelve a ablandarse y me estruja contra su cuerpo. Nos besamos y esa vez no nos interrumpe nadie.
Me da un vuelco el corazón como aquella primera vez. Los colores de mi cuadro forman un remolino en mis pupilas. Se estremece cuando le quito la camiseta. Mi ropa desaparece entre sus manos toscas. Vamos a la cama y mi último pensamiento consciente es cómo demonios he podido renunciar voluntariamente a esto en algún momento de mi vida.
Y Nelly tenía razón: no lo echo nada de menos.
Despierto al amanecer y voy al baño con sigilo. Me brillan los ojos y tengo los labios hinchados de la barba de Adrian. Cuando vuelvo al dormitorio, sigue dormido, con un brazo en la frente. Me acurruco dentro de la cama y apoyo la cabeza en su pecho.
―Te quiero ―le susurro para no despertarlo.
Me acaricia la espalda.
―Dilo otra vez ―me pide adormilado.
―Te quiero.
―Otra vez.
Le noto la sonrisa en la voz y levanto la cabeza. Me mira con ojos luminosos y una sonrisa en los labios.
―Te quiero ―le digo.
―Una vez más.
Me incorporo. La vista por los ventanales es justo como suponía que sería. Dibujo la curva de su pómulo con el dedo.
―Te quiero. Hasta el fin del mundo.
Se ensancha su sonrisa.
―¿Y después?
Me vuelvo hacia el ventanal y pienso en lo que habrá más allá de la seguridad relativa de esa hermosa cordillera. Luego me giro de nuevo hacia él y le sonrío a pesar del escalofrío que me recorre la espalda.
―Y después, desde luego.