Agradecimientos

Escribir una novela es emocionante, difícil, frustrante y divertidísimo. Y cuando por fin tienes algo que enseñar, tu cerebro te hace dudar de cada palabra que has escrito (al menos el mío). Por suerte, he contado con personas que me han animado y me han dicho que de verdad tenía una buena historia que contar y una forma decente de contarla.

Mi madre, Linda Isaacs, que ha leído encantada, adorado y criticado todos los borradores. Bueno, salvo este primero, que solo vamos a ver mi ordenador y yo. No ha parado de preguntarme cuándo tendré terminado el siguiente y me ha dicho que la historia no la ha aburrido en ningún momento. Me cuesta creerlo, pero parecía sincera, aunque sea mi madre.

Mi padre, Bill Lyons, que ha leído y releído la novela y me ha dicho lo increíble que soy (aunque igual no es muy imparcial). No sería el ser alocado que soy si no hubiéramos acampado juntos en un cobertizo durante un mes ni me hubiera pasado Malevil aquel verano en que apenas tenía diez años.

Gracias a mis primeros lectores:

Rachel Greer, mi primera lectora extrafamiliar, que me animó muchísimo en un correo electrónico largo que habré leído como diez veces.

Jamie Arest McReynolds, que se sentó al ordenador y devoró la novela en tres días, desatendiendo a sus hijos y todo lo demás, y luego me dijo lo que le encantaba y lo que se podía mejorar. Shawn, su marido, un tío al que espero poder conocer antes de nuestro encuentro posapocalipsis zombi, me dio excelentes consejos mecánicos. ¡Un cubo y un destornillador, obvio!

Allie Brichler y Danielle Gustafson, cuyos consejos en algunas partes clave de la novela la han mejorado mucho. Paulette Letson, mi suegra, que la ha leído y se ha unido a las filas de los encantados. Larry «Big La» Isaacs, mi padrastro y un tío excepcional.

Will Fleming, el Rey de la Gramática (alias mi marido). Sus observaciones, sugerencias y correcciones gramaticales siempre son sesudas, sinceras y astutas. Si la novela contiene algún error gramatical o estilístico, es culpa mía, seguro. Además, siendo un buen conocedor del arte de escribir, su aliento y sus amables palabras me han hecho creer que igual esta novela no estaba nada mal. ¡Gracias, Ruggles! (Le pondría muchísimas más exclamaciones, pero ya sé que no es correcto.) Dudo que sea posible expresar lo mucho que valoro tu opinión y tus consejos.

Y a Sadie y Silas, esos niños que solo duermen la siesta con los pies en el regazo de mamá: si no me hubierais tenido atrapada estos años, quizá jamás me habría decidido a escribir una novela. Así que gracias, chiquitines. Aunque no estaría mal que durmierais toda la noche de un tirón. Ahí lo dejo.