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TERROR EN LA NOCHE

Un siervo avitualló a los ingleses con jarras de agua y vino, una albarda cargada de dátiles con miel, ciruelas de Siria y frutas exóticas, melocotones de Campania y uvas de Labico. Allí se hallaban encerrados en unas dependencias con ventanas de arco apuntado y cristales ahumados en medio de la noche, ante un muro bajo ellos de varios pisos donde se abarcaba toda una panorámica de vastos bloques y torreones, almenas, puentes levadizos y troneras de entrada y salida de la guardia, entre garitones y saeteras difusas con poternas y un conglomerado monolítico de aquel bastión en medio de la nada, aquella nada que los había aglutinado y absorbido en sus fauces y que ahora les sería harto difícil poder escapar. No podían hacer nada al respecto pues se interponían unos elementos y obstáculos los cuales eran prácticamente imposible de poder salvar o evitar en una hipotética huida fuera de las márgenes y perímetros, con aquellas estrellas espantosas destellando desde los cielos, eran unas dependencias destinadas a confinar a los presos, las mazmorras de palacio, algo que ya supusieron a su llegada y que les parecía prácticamente inevitable.

Lo que no atinaba a discernir Juan eran las verdaderas intenciones que movían a aquella bruja a actuar de esa manera en contra de sus imperiosas necesidades, no comprendió el eslabón que realmente la unía a su reino, allá dejado de la mano de Dios, la de la propia Inglaterra, algo que debería averiguar más pronto o más tarde; era obvio que habían transgredido un umbral prohibitivo para el hombre, fuera de toda razón y lógica, como una bestia parapetada y pertrechada desde una nociva ratonera a punto de saltar sobre su presa, así es como la veían y sentían, atrapados como simples y vulgares malhechores, pero entre aquellos conglomerados de hormigón y roca, la conciencia de sus destinos se preparaba para un porvenir inusitado, la de un viaje a lo meramente irracional y espantoso, algo difícil de concebir para la mente humana, todo era un lugar de analogías, pero tan distante que no podían ubicarse ni en tiempo ni espacio ante aquellos enormes sardios que se discernían en la cúspide estrellada desde los arcos de sus aposentos, había fallas impropias y adjuntas a aquel galimatías tan arduo de descifrar, algo no encajaba y era su obligación el llenarse de coraje para lograrlo. Aquella mezcolanza entre acero y azufre parecía proveniente del mismo Averno incomprendido, daba la sensación de hallarse en su mismo epicentro, donde toda disertación se convertía en algo tan insustancial como banal, ante aquellas gruesas nubes tan anaranjadas y magentas que parecían aglutinar ácido sulfúrico en esos atardeceres tan sangrientos, estaban en una tierra extraña y fuera de los límites de lo imaginado, a pesar de aquellas vicisitudes trataron de sacar fuerzas de flaqueza y lidiar con aquellos obstáculos tan adversos que se habían interpuesto como un inmenso muro ante sus narices, todo estaba en sus manos, su propia vida y tal vez la salvaguardia de su reino, si se hacía evidente que algún complot traía entre manos aquella bruna y fúnebre anfitriona de ojos felinos que, aunque capaz de extasiar con su hermosura al más atrevido efebo, también detentaba el poder de atesorar todo aquello que precisase como valioso y meritorio, como era el entresacar información al respecto de sus vidas allá en tierras ajenas y su verdadera identidad, entonces era algo que deberían evitar a toda costa, por el bien de ellos y de su añorada tierra, jamás el futuro de tantos había estado en mano de tan pocos, era una evidencia palpable si se ajustaba a los parámetros que Juan elucubraba en su mente. Juan deambulaba de un lugar a otro tratando de calibrar en su mente todo aquel enigma tan arduo de descifrar, su verdadera esencia, causa y real propósito, pues tras aquel dosel se ocultaba una verdad que podía poner en peligro no solo a su reino sino a todo lo humanamente abarcable, en ello debía de meter en el mismo saco tanto a reinos periféricos y adyacentes a su dichosa tierra, como a los más lejanos de entre los mapas del mundo conocido, los que abarcaban los más doctos cronistas, todo a manera de especulación, pues ni los más antiguos escribanos griegos se hacían eco de este espantoso lugar, reencarnado en la malicia y bajo ese firmamento sangriento y bermellón carente de luna en sus noches de recogimiento, al fin y al cabo, debía de asegurarse que no era un mero espejismo y fiel a la realidad, pero era esa extraña sensación la que conturbaba todo su espíritu. Los ojos de su escudero no le quitaban ojo de encima bastante preocupado por sus vidas y pensando en cómo eludir aquellas estancias en las que los permanecían cautivos. No perdió la cordura ni se dejó invadir por el pánico, trataron de mantener la mente fría a ese respecto, pues era lo más aconsejable en ese momento, ¿a dónde les conduciría todo a aquel enrevesado galimatías del que era tan difícil hallar un referente preciso a tener en cuenta?, para así poder ir atando cabos, aquellos cabos sueltos que eran tan difíciles de aferrar a sus manos, ahora apegado y confinado a esos muros del terror entre aquellas deleznables estancias, con esa purulenta sensación de estar en medio del torbellino y no poder escapar; aun así, para Juan sus días parecían languidecer al igual que aquellos sangrientos atardeceres que cubrían sus cielos, y los cuales se eternizaban ante las manecillas del reloj, desde luego que la noche les causó la sensación de ser mucho más larga de lo normal en aquellos lares, despertó la curiosidad de Juan, porque parecían no tener fin, o haber olvidado el temprano canto del gallo matutino o es que realmente era una tierra fantasmagórica paralela al mundo de los vivos, no es que la realidad estuviera o se encontrará ausente o anduviera distorsionada sino que las mismas leyes naturales conocidas, no se regían por los mismos parámetros de lo humanamente concebible, pues subyacían como una inquebrantable forma de vida muy peculiar, esas potestades no parecían converger en el mismo punto que siempre postula cualquier ley física, todo era tan fuera de lo común como espectral.

Un lejano viento susurraba un lenguaje místico a las afueras al igual que un hada de mortecino aliento que sucumbiera una y otra vez desde un pretérito suceso del que quisiera hacer partícipe a la humanidad, un horrible sobrecogimiento le sobrevino a Juan, helándole la sangre al igual que a su escudero, pues parecía llamar a sus ventanas una y otra vez alertándoles de un crimen primigenio acontecido en un ayer ya olvidado por las mismas musas, petrificado como un carámbano al igual que la noche misma se hallaban entre aquellos muros y aquel recinto.

―Atrapados y confinados andamos ante esta terrorífica panorámica que nos tantea con la ojeriza del despropósito, pues con garganta de carrasca arrastra su agonizante eco, con esa lid retadora donde esa bruja malparida languidece desde su gélido y aislado retiro ―se percató Juan.

―Este fantasmagórico erial levanta mis sospechas e incredulidades, tan inhóspito en su raíz que aboca al engaño, y despeja los méritos más loables de la indagación y la prudencia. Destapando un testimonio tan irracional, un sofisma de ignorancia capaz de ocultar con esa greguería ininteligible lo verdaderamente locuaz ―respondió sir Geoffrey.

―¿Estáis pensando lo mismo que yo, sir Geoffrey, que estamos en tierra de nadie?

―Mirad esas constelaciones y estrellas, milord, esas pétreas aristas y rompientes que, con sórdido sortilegio, ya levantan sospecha, sin cúpulas ni templos que lucir, estirpe réproba y execrable la de esta tierra sin límites ni fronteras, ¡qué fúnebre reposo para el deleite de un mortal!, pues yergue sus crines con gemidos grotescos, deshonestos son sus cómplices, ocultando el brioso acero con el arte fingido y solapado del más prudente. Todo esto se auspicia tan extraterreno como una Odisea, donde muerte y mar componen una simbiosis inherente e indivisible. Hollamos sobre este atracadero y cubil de escorpiones, donde los temores más atávicos suscitan inclemencia y hostilidad ―lo persuadió sir Geoffrey.

―Bien declamado, sir Geoffrey, todo esto aflige mi ánimo y desconcierta mis razones, incoherencias y desazones los que cohabitan entre sí, ni los lejanos emporios del Ponto y Borístenes1 en los confines del orbe ostentan semejante devastación que escapa a toda realidad y coherencia, soterradas ruinas milenarias de tan escuetos fragmentos, jamás citada por cronistas, pedestres o andariegos ―expuso el rey Juan, meditabundo y dando vueltas en derredor de la cámara.

―Impronunciables son los méritos de aquel que tributa bajo el auspicio del que teje a las sombras tan engorroso telar, entre cardas y estambreras con este tallo de cardencha, deberemos de expurgar la felpa que se atora en las márgenes de este dédalo de la locura y erradicar así su mal ―puntualizó sir Geoffrey.

―Recobrad el resuello apesadumbrado, sir Geoffrey, aún debemos cruzar este osario de calamidades y anteponernos a las discrepancias y a este eufemismo puesto en bocas blasfemas, las que trata de soliviantar esa bruja malparida, que a la muerte ahuyenta con solo mirarla; este abismo paradisíaco encierra entre hormazas a todo aquel que se aventure a allanar su morada, como una camada hambrienta asidos a sus riendas; si sobre estas márgenes del olvido la veracidad fuese equitativa a lo meramente lícito, quebrantaría la exorbitancia de ese mal que late inherente en él ―le exhortó Juan.

―Bien que bostezan esas fumarolas que escupen como volcanes extinguidos con el negligente espurio puesto en la ardura de sus compungidos befos, ved esas vomitivas chimeneas, milord, desde sus torres de marfil y minaretes, descifrando y perfilando un busto riente y maquiavélico bajo este espectro tan mugriento, ese etéreo cielo estrellado y bermejo, donde constelaciones sin igual se alinean trazando planes de conquista, esos arcontes del firmamento que insuflan e influyen en su magnetismo con el arte de la persuasión y la sumisión en la misma exégesis del alma, repercutiendo con su nociva y ponzoñosa esencia sobre esta cuarentena de ayuno que aquí sufrimos ―le desveló sir Geoffrey.

―La sacralidad de este granito cortado a fuego y agua, solidifica las pretensiones de esta bruja que regenta estas potestades de locura, donde el tormento se apodera de putrefactos vestigios de lo que una vez fue una lejana civilización tardía, ese mundo periférico que escapa a nuestros sentidos, ¿quién puede refutar tan lasciva paradoja? No sé qué presiento, mas esconden una verdad capaz de ahogar el vicio pertinaz de los bardos cantores ―puntualizó el rey, observando la ventana ojival.

―¿Por qué lo intuís, milord? ―le preguntó sir Geoffrey, contrariado.

―Esta obcecada ausencia de la realidad, con esa verborrea mística y alegatos cargados de ira, negando pábulo y culto a dios soberano alguno, se escabulle cual riachuelos cargados de siluros de la simple percepción e intuición, ni el resplandeciente Orión logró discernir bajo esa cúspide celeste todo esto ungido por ese aceite rancio y hereditario que trata de encubrir sobre sus ancestros, debilitando la voluntad de todo aquel que se adentra tras las puertas de esta mustia morada ―confesó el rey Juan.

―¿Qué os hace sospecharlo, milord? ―preguntó, extrañado, sir Geoffrey.

―¿Divisasteis algún cuadro o escultura u otros objetos alusivos a algún soberano en especial, en esos revestidos murales o sobre esas suntuosas columnas de mármol proconesio, quizá en esas decoraciones de estuco rememorando algún antepasado fiel referente a su real genealogía? ―sir Geoffrey lo negó con la cabeza―, ¿verdad que no?, todo fue borrado bajo su orden y mando ―recapituló el rey Juan.

―¿Y por qué razón, milord? Que yo sepa solo logré distinguir un cuervo como heráldica en los escudos y blasones de la guardia, y otro labrado en el cetro que portaba sobre su diestra.

―Eso es lo que pretendo averiguar, sir Geoffrey, luchar contra los designios premonitorios de esta diosa de presagios mal zurcidos y, en su doblez y recelo, los que rehúsa mostrar en su propósito más desvaído ―lo puso al corriente el rey Juan.

―Categórico, milord, qué arrogante compañía para gozar con tan infructuoso desdén, el que siempre acompaña con ese garbo premeditado y ensayado, cruda moraleja para desentrañar tan severo dictamen. ¿Quién puede postrase ante esa semilla turbadora tan envuelta en desasosiegos y engaños?, ya las fútiles controversias socavan nuestra integridad, destilando esos ojos envilecidos de Atenea, cáustico y mordaz es su lenguaje, libertino y jactancioso, desde este estéril erial tan agreste y desubicado en el tiempo, nadie es capaz de razonar lo irrazonable ―se expresó locuazmente sir Geoffrey.

―Ambiente sórdido e impetuoso, la de este templo desubicado en tiempo y realidad, esta decrépita estrechez que oprime el palpitante alma de los bienaventurados, esta lánguida soflama que constriñe y reverbera sobre la cándida ingenuidad de aquellos osados que lograron traspasar sus umbrales, buscando la serena placidez y topando con el macho cabrío que refrena las pasiones y se adueña de los más incautos corazones ―dedujo el rey Juan―. Este proceso mitificador que reviste un escenario de ensueño, en una dualidad donde bien y mal dirimen sus discordancias, poniendo en duda la honra y castidad de mi distinguido reino, hoy nos acecha desde estas potestades indefinibles con el vituperio puesto en su ceño, los rumores son contradictorios e impregnados de tribulación, los que ostenta esa bruja que elucubra y socava mi integridad en pos de un propósito tan solapado como dura la cornamenta que reviste su retribuido trono.

―Cierto es, milord, todo este artificio que se adivina y perfila en manos de esa pérfida ramera sin compasión, se nos presenta más escabroso que la misma Quios,2  bajo esta estricta custodia a la que hemos sido abocados por esa insana progenie tan impregnada de molicie y desventura, la misma que conturba nuestros ánimos y apetencias, privándonos de esa aguda lucidez la que nos ha de llevar a la verdad de todo este engorroso galimatías.

Se produjo en ese instante un grito gutural que desgarró la noche, hasta los ensamblajes de la compuerta se desencajaron, lady Mortem se encontraba en la cámara de aislamiento, conjurando por sus labios un extraño rito frente a un espejo velado por una fina gasa, el «espejo prohibido», así era apodado, sus palabras eran inteligibles, ya que aquel conjuro la iba a llevar más allá de aquel umbral que quería traspasar con sus manos y cuerpo; se concentró cerrando los ojos y exhalando un vapor por sus labios mientras pronunciaba frases de difícil traducción y dicción, estiró sus negros guantes y allanó aquel velado espejo el díscolo «espejo prohibido», despojando su gasa pegajosa al igual que una tela de araña, mantenía su concentración puesta en aquel refractario y pulimentado cristal desde el cual su superficie no reflejaba su propio bulto, extendió su brazo y se hundió en cuerpo entero tras el cristal, una figura fue tomando forma ante ella, luego introdujo su cabeza y medio torso topando con aquel umbral y otra segunda gasa toda ella polvorienta y con viejas telarañas; lady Mortem apartó con las manos unas telas sedosas que emanaban adheridas cubriendo el sedicioso espejo.

La luz de las velas iluminó la cada vez más oscura y tétrica garganta que se introducía por aquel umbral descubierto tras la tela una especie de masa fibrocartilaginosa color bergamota. Apartó aquellos telares de araña de su vista, adhiriéndose a sus manos, se desquitó con violencia de aquella cortinilla pegajosa.

Lady Mortem anduvo prevenida ante cualquier contingencia que pudiera suceder. Volvió su mirada hacia la boca de entrada y atestiguó cómo de los poros de las paredes emergieron filas y filas de espinas, las mismas comenzaron a estrecharse entre sí inexorablemente.

Agudizó el enfoque de sus sentidos movió los labios paralizada como si estuviera recitando una plegaría, entre las paredes de vísceras que se juntaban tras ella entre aquellas agujas que arrancaban de una garganta ávida de carne fresca. De repente paró de avanzar y pudo atestiguar ante sus retinas entrelazarse a una masa difusa, un ser en medio del pasadizo de gran esbeltez, estaba plantado inmóvil en medio del mismo, a unos metros, parecía la figura de una vieja dama antaño conocida y algo encorvada por el paso del tiempo, la hizo estremecer de pies a cabeza, quedó muda por unos segundos y precavidamente comenzó a retroceder, pues vio que se había alejado demasiado del umbral, miró hacia el frente y esa figura monstruosa aceleró el ritmo también en su dirección. De pronto en segundos vio ante ella una presencia fantasmal de gran altura, mantuvo la respiración, su pulso cardiaco se aceleró, pensó que fuera a sufrir un colapso, o a desfallecer, pero se mantuvo firme en su posición, atestiguando fielmente como un animal furtivo al siniestro personaje que extendía su mano por el interior de aquel receptáculo. Frente a ella surgió la cabeza mugrienta de la hechicera de Osterburg, su némesis y vieja rival, mientras se divisaba una extraña nube con forma vampírica que estaba a punto de engullirla en sus fauces. Era blanca y sus dientes se hacían cada vez más grandes, temió que sería el fin, que la localizaría, pero pasaron los segundos y el misterioso ser no avanzó ni un milímetro, lady Mortem aún se mantenía yerta, agazapada justo al comienzo del umbral o antecámara y aquel ser verificando y sondeando sus contornos; sintió una sacudida, un estremecimiento, hubo un tira y afloja entre ambas tratando de forcejear entre fuerzas imperiosas, pero la atracción siniestra de la vieja hechicera aún era superior a las artes depravadas de lady Mortem, que vio como aquellos dedos largos y huesudos la estrangulaban por su cuello, ahogándola entre voces de desesperación y desgarradores, en aquel trance y estado de simbiosis y agitación, el forcejeo duro varios minutos en el interior del «espejo prohibido», porque ella trataba de desprenderse del poder que la succionaba, mientras hacía por salir de aquel umbral fantasmagórico reculando su ímpetu inicial y lanzando conjuros contra la bruja de Osterburg, sus pupilas se dilataron ante la mirada aterrada de lady Mortem, que forcejeaba una y otra vez con aquella bestia indómita a la cual aún le era imposible poder domeñar, y con el suficiente poder para acabar con su vida, aunque las distancias se habían acortado, los artes oscuros de la bruja de Osterburg ostentaban una sustancia densa y de más arraigo a la hora de poner en juego aquella retadora lucha de poderes, una lucha que se había alargado durante generaciones desde tiempos inmemoriales por esa ansia de poder que corroía a lady Mortem, y que no se daba por vencida en su vehemente criterio, la de dar jaque a aquella bruja que se le resistía y de la cual una vez quedó presa de sus garras, salvándose de milagro, pero aquello se había venido repitiendo hasta la extenuación, pues lady Mortem había crecido en poder con el tiempo y los lustros, y esa egomaniática intención de postularse como dueña y señora de todos los territorios que abarcaban sus conjuros, la hacían ser partícipe de estas luchas imperiosas con lances mortales en los límites y en las fronteras donde el pie humano jamás había hollado y puesto el pendón de conquista y predominio. Cuando salió por fin del espejo, la inmensa oscuridad de la cámara, la noche y las estrellas lo envolvieron todo en un impertérrito silencio, nada se oía, nada se escuchaba, solo el páramo de Sverresborg se divisaba y la hilera de las altas torres y fortines entre antorchas que se perdían en la distancia.

Mientras tanto, en la cámara de reclusión:

―Esta vetusta lápida sepulcral que, cual cómplice del vientre de una harpía, nos aprisiona y reduce a simple ácimo, desechando nuestra figura a simple menudencia, especulación y culpa, trasnocha y suplanta a las horas tardías su condición de huésped, por la de una abominación difícil de concebir en el normal raciocinio de un mortal ―confesó el rey con un escalofrío.

―¿Oísteis ese grito desgarrador, milord?, ¿qué acecha tras estas paredes que nos apresan y no nos dejan ver lo que los mudos silencios son cómplices?, pues si ya existe una desfiguración toponímica de este arcano lugar en los mapas que hasta aquí nos guiaron, sería menester averiguar su paradero y de qué dependencias sobrevinieron tales ecos portadores de aciagas premoniciones e infortunios ―sopesó sir Geoffrey.

―Eso haremos, sir Geoffrey, con la más precisa y necesaria diligencia, tanto en cuanto logremos sortear la guardia y franquear las gruesas puertas que nos recluyen y encierran, sin dar clara evidencia de lo que se cuece realmente desde esas reales armerías, torres o mazmorras, eso haremos, siguiendo la estela de este severo censor de áspero resuello, el que ya barrunta tempestad a las horas infaustas e intempestivas de la noche ―le contestó el rey Juan.


1 Borístenes: (Hdt. IV, 24)

2 Quios: (Odisea, Canto III)