Navegaban en un esquife bogando por los conductos fluviales del Sena, los bosques colindantes estaban atravesados por senderos que serpenteaban entre erosionados bloques de roca, una amalgama sin igual que abarcaba varios acres desde la fortaleza y los altos y espigados pinos, robles y hayas, era cercano al atardecer, y las aguas ya tendían a teñirse de negro bajo un cielo grisáceo y sin apenas luz. La erosión eólica originaba agujeros y figuras extrañas entre las rocas, no existía sendero despejado entre aquellos peones pedregosos tan difíciles de sortear. Sobre los remos estaban el príncipe Eduardo con saya y el conde de Gloucester que iba cubierto con una sobrevesta gris desprovista de bordados y distintivos. Frente a ellos un claro del bosque se despejó donde la hierba crecía a mansalva como un tapiz junto a la orilla, donde el sol se reflejaba en sus aguas con el brillo del latón pulido de los Marajá; los dos bogaban aquel atardecer borrascoso de nubes plomizas tratando de examinar las postrimerías a la fortaleza, unas lomas verdes se levantaban como hileras de dromedarios frente a sus ojos.
Sobre el canal el esquife se deslizaba y sus remeros daban anchas brazadas a sus palas, avanzando bajo la sombra y el afrodisiaco estímulo de sus viejos robles, iban rompiendo los bancos de niebla como nubes que se deshilaran y luego se volvieran a hilar a voluntad, formando ovillos de fino frenesí a sus costados.
De repente una sombra se desveló ante sus ojos, era la de una negra embarcación, la cubierta aparecía vacua y vacía, sumida en silencio, desde una parte no visible de un amarradero de madera cercano, que no dominaban sus ojos, observando enmudecidos la grisácea línea de flotación frente al horizonte, la de aquella vieja carraca de madera y grandes velas, su palo de mesana y el mayor, con su sinuoso timón, la madera era de grueso roble sobre todo el castillo de popa y la quilla mantenía una línea redondeada, las cuadernas, mástiles y vergas estaban elaboradas de pino en su estructura. De la cubierta sobresalía el lujoso alcázar labrado en madera noble y caoba, distribuido en diferentes compartimentos, cabinas y camarotes, con fanales colgantes suntuosos, con grandes vidrieras policromadas bajo el castillo de popa, era una embarcación bella, pero a la vez aterradora en su conjunto, el conde de Gloucester quedó paralizado, entre cofas, obenques y vergas no había duda de que era un barco hecho para ser rápido y navegar sobre aguas someras.
Saltaron de sus posaderas presa del pánico dando un leve impulso a la marcha del esquife, hasta caer al lado contiguo entre la maleza, y desaparecer en sus narices entre la niebla del canal.
El príncipe se maldijo, mientras el conde de Gloucester trató de bogar huyendo y alejándose lo antes posible de aquella inmensa nave de alto bordo. Una vasta nube de burbujas boyantes comenzaron a estallar cerca de su lastre, aquel coloso poseía una poderosa esclusa donde se izaba y echaba el mismo para tener posicionada a la nave. Miles de interrogantes le surgieron e inundaron mientras se alejaban hacia el espigón de palacio, quedó abstraído después de haber presenciado aquella mortuoria visión, aquel embarcadero clandestino construido por el enemigo. ¿Cómo los rebeldes ingleses podían atentar contra su rey y haberse aliado con semejante abominación? Ni él mismo conocía de oídas su existencia. Eran muchas interrogantes sin resolver que quedarían sobre el tintero.
―¡Vos bruja del Averno!, ved, ahí se descubre igual que un rasgado telón sobre la noche, infames y retorcidas son las artes de lo fingido, sacando rédito de la causa que me imagino, en vez de madroños y moras, con la reina ausente y repartida a su suerte, hemos de valernos de la prontitud de Mercurio, y poner alas en pos de su encuentro ―clamó Gilbert de Clare al príncipe Eduardo.
Los dos bogaron a toda prisa presa del pánico de poder ser detectados por los vigías ingleses, sin duda, se trataba del navío de lady Mortem, anclado entre la maleza del río a la espera de tender celada al francés, de alguna forma la reina Leonor estaba en aquellos instantes lejos de aquellas márgenes, entre las altas colinas del Vidossang, algo que preocupó de inmediato al príncipe y al conde. Un frío interior como ríos de hielo los atenazó recorriendo y bifurcándose por todas sus venas, era una visión sobrecogedora e inesperada.
Lady Mortem, en el interior de los compartimentos de aquel vetusto barco, penetró en su camerino arrastrando su capa y percibió cómo el aire hacía mover los visillos, las cristaleras se encontraban entornadas, unos guantes de negra seda y estrecha y larga manga arrancaban de sus brazos de bordado vestido, estaba inmóvil entre trémulas velas y en la oscuridad de sus dependencias privadas, frente a un espejo ovalado donde estaba contemplando la viva imagen de Leonor, recogiendo violetas sola y en la clandestinidad sobre las altas colinas del Vidossang, la observó a través de aquel dosel y alargó sus guantes sacando su mano por entre la superficie del cristal, echó un conjuro largo por su boca expulsando una bocanada vaporosa, con sus manos trataba de recomponer su propia figura y congelar aquel escenario, apropiándose del mismo, al igual que un lienzo sobre la que su artista fuera amo y señor de sus trazos e imaginación, se afanaba en influir de alguna forma en la figura de Leonor, aquella inocente criatura a manos de aquel buitre, esa hechicera que no tenía el menor reparo a la hora de interferir en sus propósitos, se concentraba desde la oscuridad de su alcázar, tanto que no percibió la presencia de aquel pequeño esquife en las inmediaciones donde su barco permanecía amarrado, lejos de los vigías del palacio de Fontainebleau y camuflado entre grandes helechos y la espesura del curso fluvial.
―¡Oh, dioses!, bogad, bogad de regreso, pues allá quedó la reina desguarnecida, cual reclamo del diablo, entre desabridos asperones en la blanca colina del Vidossang ―exclamó, compungido, el príncipe Eduardo.
Allá entre viejos robles, pinos y hayas, en una colina rebosante de campanillas silvestres que daban un estampado violeta a esa alfombra plagada de hongos y hierba fina, entre vastos conglomerados y bloques de piedras que formaban gibas peculiares en el atardecer, se encontraba Leonor; portaba una camisa de lino de anchas mangas con puños sueltos y un corsé dorado, la falda tenía un dobladillo en tul. Cubría la cabeza con un velo y diadema, iba recogiendo campanillas entre sus manos, envuelta en esa áspera fragancia campestre de las flores que desplegaban su aroma en primavera por el bosque, pero es que entre todos aquellos aromas hubo uno que reconoció, el que se desprendía de la colina, esos espacios campestres estaban caracterizados por un alto contenido de arcilla. Se abrió paso entre la maleza nociva del lugar, la que proliferaba como una selva en todo el condado, entre aulagas, hiedras, tanacetos y salicarias, aceleró el paso aterida de frío y, una vez arriba, entre la espesura y los imponentes troncos juró distinguir algo bajo sus sombras. Iba vestida de negro, era una prenda mágica y liviana como la seda y se mecía con el viento, brillando de oro platino en el albor. Añoraba esas prendas de aquellas que solían usar las musas griegas de la mitología, y que desde sus años de juventud le habían hecho partícipe. Se adentró por la frondosidad del bosque, por las laderas escarpadas de las tierras forestales del condado, alcanzando los dominios de su manto verde que por todas partes se empezaba a extender, dejando atrás las últimas casitas de la localidad del Vidossang y muy próxima a la fortaleza.
Sintió volar por aquellos parajes que una vez recorrió de joven bajo las sombras efímeras e intermitentes de los siempre presentes robles centenarios, que balanceaban sus raquíticos cuerpos como candelabros cargados de antorchas que despuntaran de fuego en el crepúsculo. Notó la presencia de alguien muy cerca, aquel lugar encerraba su espíritu, pero a su vez tan arraigado y enclaustrado como una polvera esmaltada guarda en su interior la esencia mágica de un ayer. Avanzó corriendo por la colina perdiéndose en los gigantescos dominios de ese hábitat, de esa esmeralda que se había mantenido tan virgen e incólume con el tiempo. Apenas había cambiado, y a ella se le encogió el alma al ver aquellos contornos tan familiares.
Oyó el peculiar trino y su orquestada armonía allí entre la fecunda y densa arboleda. Sí, otra vez aquella dulce melodía, pensó, ¡cuánto la echaba de menos! Un aire lánguido acarició sus pómulos y estos hirvieron como antaño, irradiando el rosa dulce de la «eterna juventud», y le hizo estremecer todas las fibras de su cuerpo como un volcán que se dispusiera a eructar, y las aletas de su nariz temblaron como pétalos asustadizos ante el fluir del tiempo a su alrededor.
Su blusa flameaba como un frágil pendón que no se izaba desde hacía una eternidad, ante el dulce galopar del viento en sus costados. Era blanca, sí, como blancas de inocencia sus almas y sus corazones, los que la vida dio punto y final igual que una hoja afilada corta de cuajo un fruto exótico, tan fácil como aquello. De repente una sombra se cernió sobre ella. Se volvió dando un giro brusco encontrándose con la cara pálida y blanca de lady Mortem, a la cual no reconoció. Iba envuelta en ropas holgadas y negras con una exagerada gorguera a forma de abanico, y enaguas, así como altas botas. Una capa estrafalaria arrastraba a sus espaldas. La rebasaba en altura, pero no osó tocarla ni palparla, Leonor de mantuvo al margen, quieta e indecisa, con un miedo interior que fue en crescendo mientras aquella intrusa le sonreía a través de unos finos labios brunos. Era realmente hermosa, cargada de maquillaje, pero a la vez, tan extraña, un halo de misterio envolvía su figura, con aquel semblante tan pálido como el jazmín. Aquellos guantes cubrían sus manos y le daban una apariencia fornida a pesar de ser una dama, su mirada felina era algo que distanció a Leonor, esos ojos no parecían humanos que, aunque bellos, carecían de similitud con lo terrenal.
―¿Quiénes sois, oh, dama distinguida?, no os conozco ―le preguntó Leonor entre un campo doselado de campanillas silvestres.
―Soy la condesa Gisela, mi mansión se erige más allá del cantón, y suelo rondar por estos márgenes del Sena, donde la veste violeta surge vestida de seda, a la cual me debo como roble centenario, y es aquí donde prescribo con inflexible tenacidad lo que es por ende mi voluntad, donde las campanillas pacen en su ostento cual ornato y arte engarzado, porque si en el fango donde ha de crecer el zarzo, no suele emerger espíritu alguno, es de allí de donde provengo ―le confesó con voz sutil la condesa.
―Paradójica imagen la vuestra, señora, jamás supe de vos hasta ahora; mas pálida sois cual la luna y negra como ninguna. Esos encajes que os ciñen os hacen ostentar de un bruno pecaminoso. Muchos adictos prosélitos ya anegan con licenciosas y artificiosas invenciones, poniendo en duda la honra y castidad de mi distinguido reino. Es por ello por lo que he de conjeturar hacia todo lo que me es sospechoso o contradictorio ―la hizo partícipe Leonor.
―Susceptible sois en realidad, milady, si negra y hermosa os he de ser, ¿acaso pensáis en vuestro fuero interno que, porque os parezca más negra que la Parca, valga cual juicio de misericordia a esos invertidos que como acólitos seculares en sus horas de recogimiento e introspección, sopesan tanto entre lo lícito e ilícito?, suscitáis demasiada curiosidad si hemos de seguir con esta grotesca representación, amenicémosla con algo más conveniente. ¿No os parece? ―la condesa le sonrío.
―Sois como un espejismo que suscitara la hilaridad de los dioses, una sombra basculante que se adueñara del alma de los inocentes, algo esquiva y a la vez cautivadora. Pues si llegasteis indemne a estas márgenes de lo prohibido, no fue por puro azar sino por algo más ―le expreso Leonor con una sonrisa―. Cogedla.
La condesa rehusó tomar la violeta de manos de Leonor y dio un paso atrás cohibida por algún intrigante motivo que no atinó a discernir la reina.
―Que no os ciegue el raudo arrebato ni el sano juicio, barruntando infortunios, sin apenas dispensar las horas que han de sojuzgar entre lo bueno y lo malo. Con esa voz que hoy se postula tan airosa e ignora los meros principios que dan lugar a los trances más siniestros de la perpetua modorra ―le replicó la condesa.
―Cohibida en algo parecéis, y apresurada por inciertas veredas que, desarraigadas de potestad, suelen transgredir sus fronteras a través de los inveterados vicios de la locura, los que acobardan y nulifican el espíritu orgulloso y purificante del irreductible ego. Mas siendo así, ¿de dónde surgís, sin premisa ni llamamiento? ―inquirió, cautivada, Leonor.
―Con qué gula el cebo aprieta, milady, ¡quién pudiera afianzar los pilares de la certeza!, y con ellos ganaros mi amistad y entereza, por ser conductores de los albures y desgracias los que ahora tanto acobardan y nulifican el espíritu orgulloso y purificante del endurecido venablo, los que ya trenzan entre cuerdas los mejores honderos y los hábitos crueles de la contradicción, influjo de fuentes confusas, cual trocado el foso que al diablo encierra, ¡si tan solo de mí dependiera! ―exclamó la condesa.
―Perturbáis mis ánimos, condesa, parecéis tan vívida y a la vez tan ausente, que si, al menos, pudiera palparos, y con ello mostraros sin fingir vocación con simples vocablos roídos, y con este acto de sosegada quietud, poder deleitar y con ello disipar de la mar bizarra esos prófugos heraldos que despuntan sus crestas con las que se hace acopio el ardid en su inapelable frenesí. Atraeríais mis instintos retraídos cual imberbe mancebo ante su dama ―le confesó Leonor.
―Así, confortados con esta especie de gracia sacramental que configura siempre la penitencia, tras este diligente examen de conciencia, y en virtud de todo aquel a quien se recompensa y presta sentido a lo que no sopesa, sin poner sobre balanza ajena la doliente carnaza de la voluble razón, es por lo que vengo a llevaros conmigo, a que seáis mi fiel convidada bajo la batuta de este anfitrión, y rendir pleitesía, que no recelosa turbación ―le expuso la condesa.
―Vuestra sombra se desdobla por las afiladas aristas de la imprudencia, la pereza, la gula y la codicia, si ello pretendéis. Pues, aunque hermosa seáis para encandilar, cual mil Afroditas de verdad, ni por todos los orfebres y plateros del mundo, me dejaría arrastrar, pues no trasudo de opulencia, ni oro o plata de verdad, más con tendencia a ser princesa sin trono en apariencia, porque no hay candeleros, altares, ni relicarios que puedan engatusarme desde tierra a ultramar ―contestó Leonor.
―Tal vez yo pueda, princesa, si confiáis en mí, pues son solo vientos contrarios los que embravecen la mar en tempestad, no habéis sido convertida a la causa que yo promulgo, ni sois fácil de adoctrinar, pero capaz de cautivaros, cual fingido es el engaño de la más funesta osadía, mas si con todo ello fueseis mía, como la que encerrada en la inherente necesidad del que no profesa de favores ajenos, vacila irresoluta ante la gravosa hospedera de porte licencioso, la que os tantea con la ojeriza del desatino, mientras su lid retadora languidece al regazo de las horas tardías que subyacen en su gélido y aislado retiro.
―Si tan gélido es vuestro retiro, ¿cómo ese inusitado interés envuelto en diatribas, tan preñado de rigores que, cual brumoso Ponto, se interpone por los fatigosos e impetuosos periplos cual insensato Perses1 que fácil se hace a la mar?, decidme ―le refutó, confusa, Leonor.
―Ni el sombrío Tártaro es capaz de desplegar tan voluptuoso velamen, milady, mas si con ello os pudiera suplicar, aparcar vuestros miedos, a fin de evitar prejuicios mayores; cual sagaz Prometeo2 no os he de ocultar la verdad, porque no hay llama que flamee apartando por siempre la injuriosa iniquidad ni nadie que se preste al graznido de la grulla3 barruntando oscuridad, conferid oídos a esta demanda, la que en halagos os fortifica cual égida imperiosa, porque triste y exánime vagáis con paso gallardo, cual efebo que se aferra a la vana esperanza ya falto de sustento; percibo esa tormenta que se agita en vos con la impronta incontrolable de una libido lasciva, no aflojéis las bridas y el ronzal, obstruid sus marejadas entre entrantes y salientes, porque casta e incólume os quiero, vida mía ―proclamó la condesa.
―¿Cómo habréis de quererme, condesa, si con ello atáis mi grandeza, con cadenas más briosas que las impuestas por Odín?, pues embargada entre juicio y razones, no sois sangre de mis devociones. Oh, Sibila,4 no pecad de ingenuidad, aun siendo falto y animoso de figurar, más con miel y adormidera, que barbecho en primavera.
―Bien declamado, milady, ¡con qué apática lasitud soportáis mis agasajos!, si denostados quedaron y de indignos mudaron, con qué primigenia anatema nos censura hoy el recuerdo, desde las brozas más impías, impelidos por el deshonor, con ese porte irreverente tan cubierto de alevosía, como indigesta peroración ―le retomó la palabra la condesa.
―Oh, condesa, tomad esta mi flor cual fiel prenda de gratitud, pues sonaron tan honestas vuestras palabras, pues de ardua tesitura son de figurar.
La condesa se apartó de su mano y de la flor, dándole la espalda y tomando la ruta de vuelta al sendero, haciendo un ademán con su mano para que fuera con ella.
―Seguidme por el sendero a tal manifiesto si es así, señora, y apartaos de esa espiral regresiva y marginal, que solo posterga ese aire jactancioso que os ensalza y solemniza con la pecaminosa adulación y galantería de un desalmado ―manifestó la condesa.
Leonor persiguió a aquella figura para identificarla y cerciorarse mejor, siguiendo la estela de ese fantasma, aquella sombra irrisoria que se desplazaba a gran velocidad con pulida galantería.
Era una imagen muy pareja a alguien en quien pensó, con su misma apariencia, aunque no podía recordarla.
Leonor algo extrañada ante aquel desplante tuvo la tentación de palpar su capa, y cuál fue su sorpresa cuando aquella imagen fue atravesada por su mano, como si se tratara de una simple proyección holográfica, un eco de dolor se produjo en toda la zona, la de un grito gutural dantesco, lady Mortem se había percatado, mientras Leonor arrojó la flor al suelo cual mal presagio, dando varios pasos hacia atrás parando la marcha y apartándose de inmediato de su figura.
―¿Quiénes sois? ―le preguntó Leonor.
Llegaron apresurados a través de los márgenes del río el conde de Gloucester y el príncipe Eduardo al rescate de la reina, ella ya se había percatado y corría alejándose de su presencia, mientras aquella imagen holográfica quedaba observándola después de darse media vuelta, con una cara abominable, arrugando su ceño y gritando inundada de locura. Detrás del holograma tanto el conde como el príncipe atinaron a dilucidar una silueta que se abría paso a gran velocidad en la distancia, era la misma lady Mortem en persona. Sintieron su presencia igual que se percibe al diablo, es por lo que salieron corriendo al encuentro de Leonor, tiraron de la mano de la reina y la arrastraron a toda prisa y sin la menor demora hacia la embarcación.
―¡No caed en sus argucias, majestad, regresad! ―le gritó interviniendo el conde de Gloucester―, que esa negra ninfa ha dispuesto su desnudez, con los sesgos de un felón, como quien tercia la capa y esconde el venablo de la traición.
―¡Volved!, ¡volved! ―exclamó ahora el príncipe Eduardo.
Lady Mortem se manifestó en cuerpo y carne con un grito gutural al fondo, era una heroína disfrazada en el atardecer, el príncipe sintió cómo algo trepaba por las colinas adyacentes acortando las distancias y encaramándose por las escarpadas rocas. El príncipe atrapó los marfileños brazos de Leonor y tiró de ella. Lady Mortem era una tarántula negra que se desplazaba entre sus pilosas patas lentamente ascendiendo hacia su ubicación.
1 (Hesíodo, Los Trabajos y los Días, 618-694)
2 Prometeo: un Titán que robó el fuego a los dioses.
3 Grulla: se acerca el invierno.
4 Sibila: (Eneida, Canto VI )