Capítulo 8

 

Sally conducía por el solitario camino a eso de las ocho de la noche del día siguiente. Nunca habría sospechado que había una casa escondida tras el alto seto si Jake no le hubiese dibujado un plano mostrándole la entrada de coches que serpenteaba entre una densa plantación de arces.

–Cenaremos –había dicho él–, y hablaremos. Y si hay algo más después es porque tú eliges que así suceda.

En aquel momento le había parecido razonable. Ambos eran seres adultos y sabían que la mente domina la materia. En aquel momento se daba cuenta del riesgo que resultaba aquella aventura. Pero era demasiado tarde para cambiar de opinión. La puerta del garaje se abría ya para dejarla entrar y, sintiendo una mezcla de ansiedad y excitación, aparcó su coche junto al de él.

En cuanto apagó el motor, Jake apareció de entre las sombras para saludarla. Le estrechó las manos y le dio un beso en la mejilla.

–Hola, me alegro de que estés aquí.

Muy agradable. Muy civilizado. No resultaba amenazante en absoluto, entonces, ¿por qué le temblaban a Sally las piernas y se le aceleró el pulso?

–No te he traído nada para la casa –parloteó, desesperada por llenar el silencio–. Pensé que sería mejor esperar hasta ver el tipo de decoración que habías elegido. No hay nada peor que tener que simular que te gusta algo que nunca te habrías comprado, ¿verdad?, especialmente cuando se trata de adornos. Son algo muy personal. Algunos tienen montones y otros no pueden soportarlos, ¿no crees?

–Lo que creo –dijo él, haciéndola pasar por una puerta lateral a la casa y guiándola por un estrecho pasillo tenuemente iluminado–, es que tienes miedo de haber cometido un error al venir aquí y estás intentando desesperadamente buscar una excusa para no quedarte.

Ella intentó reír, pero solamente logró emitir una risilla histérica.

–¿Tan obvio es?

–Solamente para alguien que te conoce tan bien como yo –se detuvo frente a un armario antiguo y le quitó la pashmina de seda de los hombros–. No me tengas miedo, Sally. Lo que te dije iba en serio. Tú eres quien marca las reglas de ahora en adelante.

–Gracias por ser tan comprensivo –dijo ella, sintiéndose una tonta.

Él colgó su chal en el armario y la guió por un pasillo más ancho hacia un amplio salón con ventanas a ambos lados de una chimenea de piedra. Las paredes estaban pintadas de blanco y una hermosa alfombra turca de suaves colores cubría la mayoría del suelo de roble oscuro. Un tresillo tapizado en pana rayada color azul marino rodeaba una mesita de café de cristal frente al fuego. A un lado había un mueble sobre el que se encontraba un cubo de hielo con una botella dentro y, junto a él, dos copas altas de champán. Sobre la chimenea había un cuadro de galgos sobre un fondo de árboles oscuros.

Él encendió la chimenea. Las llamas se extendieron y chisporrotearon, iluminando la estancia, que solo recibía la luz de gruesas velas situadas en lugares estratégicos. Su efecto era tan cálido que Sally se olvidó de los nervios.

–¿Has decorado todo esto solo?

–Me temo que sí –dijo él, agarrando la botella.

–¡Me parece que has hecho un trabajo estupendo!

–A mí me gusta –dijo él, levantando la botella para que ella la inspeccionase.

–¿Te parece bien Perrier Jouet?

–¡Desde luego!

Sirvió el champán y levantó la copa en un brindis.

–Por los viejos amigos y un buen principio.

–Sí –dijo ella, sorbiendo de su copa.

Aunque ambos intentaban disimularlo, la estancia hervía con una emoción que era mucho más que amistad.

Sally no aceptó su invitación a sentarse y recorrió la estancia. Se detuvo frente a un escritorio en un rincón y se inclinó a oler un jarrón de anémonas escarlata y púrpura que había sobre una mesita.

–Recordé que eran tus flores favoritas –dijo él, observándola.

–¿De veras? –una oleada de placer la recorrió, hundiéndola más todavía en aguas peligrosas–. Son encantadoras y tu casa también. ¿Es muy antigua?

–Unos ciento cincuenta años. Si quieres, luego te la muestro entera.

–De acuerdo –dijo ella, volviendo a recorrer la estancia–. Me alegro de haber venido.

–¿Lo bastante como para relajarte y pasártelo bien?

Ella levantó la mirada rápidamente. Estaba apoyado en la chimenea, sus ojos inescrutables.

–Supongo que sí, pero preferiría que no me mirases de esa forma.

–No lo puedo evitar. Estás adorable. ¿Tienes hambre?

La mera idea de tragar algo casi le daba arcadas, pero sería todavía peor si solo bebía.

–La verdad es que sí.

–Bien –dijo él–. Yo también. Pero no te voy a comer, así que deja de pasearte como una fiera enjaulada y ven a sentarte junto al fuego mientras acabo algunas cosas en la cocina.

–¿Quieres ayuda?

–Esta noche, no. La próxima vez, quizá.

¿Habría una próxima vez?

Seguía pensando en una respuesta a la pregunta quince minutos más tarde cuando él volvió, anunciando que la cena estaba lista y la guió al comedor.

–¡Cielo santo! –exclamó, deteniéndose en el umbral–. ¡Qué bonito!

El comedor era circular, con un techo abovedado del que pendía una delicada araña de bronce. En el centro había una mesa flanqueada por dos sillas. Velas titilaban allí también, pero a diferencia de las del salón, se reflejaban una y otra vez en las ventanas sin cortinas, por las que se veía el oscuro cielo nocturno.

–No te preocupes, nadie nos puede espiar aquí –dijo él–. Lo único que hay es cielo y océano. Esta parte de la casa está al borde del acantilado. Esta noche no nos molestará nadie.

–¡Qué alivio! –exclamó ella, plenamente consciente de su presencia mientras él la ayudaba a sentarse arrimándole la silla. Le apoyó brevemente la mano en el hombro antes de sentarse en su sitio frente a ella–. Me daría mucha rabia que nos volviesen a arruinar otra velada.

Pero nada se la arruinó. Conversaron los dos solos con un nocturno de Chopin como música de fondo. La combinación de champán y ambiente crearon una magia especial, ayudados por la excelente comida; la Vichyssoise, seguida por la langosta Mornay y los tiernos espárragos estaba perfecta.

–La encargué en un restaurante –confesó él, cuando ella lo felicitó–. Solo tuve que poner el horno. Lo único que sé hacer bien es una buena barbacoa.

Pero lo más importante de la comida fue el postre: una tarta deliciosa de espuma de naranja y nata con chocolate blanco. La habían comido por primera vez cuando comenzaron a salir y luego se había convertido en el símbolo de todo lo bueno que tenía su relación.

–También te acordaste de esto –se maravilló ella, abrumada.

–Recuerdo todo de aquella época, Sally.

–Yo también –suspiró ella–. Celebramos cada ocasión especial con esta tarta: nuestro primer mes juntos, nuestra primera Navidad, el día de San Valentín, nuestros cumpleaños…

–La primera vez que hicimos el amor… –prosiguió él, con sus ojos azules clavados en los de ella–. Y la última.

Lo dijo con tanta pena que cuando ella habló, lágrimas bordaban su voz.

–Por favor, no –rogó–. Tú mismo dijiste que no se consigue nada desenterrando fantasmas.

–De acuerdo –se encogió él de hombros–. Cambiemos de tema. ¿Qué fue lo que realmente hizo que reaccionases de aquella manera ayer por la tarde, Sally? ¿El hecho de que la chica estuviese embarazada?

–No. El hecho de que fuese una cría y no tuviese a quién recurrir.

–Si llevas a cabo tu idea de abrir un centro de acogida, ayudarás mucho a otras como ella.

–Pero llegaré demasiado tarde para ayudarla a ella. Su bebé estará a punto de nacer, lo cual significa que pronto habrá por ahí otro niño sin hogar.

–¿Es eso lo único que te preocupa?

–No –dijo, recordando con pena lo sola y asustada que se había sentido al encontrarse en circunstancias similares a las de aquella chica.

–¿Pero no puedes decirme lo que es?

¿Podría aprender a confiar en él lo bastante como para compartir el secreto de su embarazo?

–Quizá algún día –dijo–. Pero esta noche no.

–De acuerdo –dijo él, sin insistir. En vez de ello, cuando acabaron de comer, retiró la silla y alargó la mano–. Ven, tomaremos café en el salón.

–Deja que te ayude a recoger primero.

–Lo que quieres es ir a la cocina a ver el jaleo que he montado –bromeó.

Sally rio, aliviada al ver que la tensión disminuía.

–¿Cómo lo has adivinado?

–Te olvidas de lo bien que te conozco.

Después de tomar el café, él la llevó a ver el resto de la casa mientras hablaban de sus planes para revitalizar el norte de la ciudad.

–¿La zona donde estuvimos ayer?

–Exactamente. Desde que la fábrica de conservas de pescado cerró, la mayoría de los edificios de la zona se han venido abajo, lo cual es una pena. Y muchos de ellos se han convertido en chabolas.

–Y querrías que produzca dinero nuevamente, ¿no?

–Haces que la palabra «dinero» parezca sucia, pero no tiene por qué serla. El dinero puede hacer mucho bien cuando se lo utiliza para una causa justa.

Recorrieron el despacho, subieron las escaleras y él abrió la puerta de la primera habitación del piso superior.

–¿Llamas «causa justa» a echar a la gente de la única casa que tiene? –replicó ella, no tanto por hablar del tema en aquel momento, sino por distraerse de la visión de la enorme cama doble, con su connotación de intimidad.

–No intentes discutir –le dijo él, haciéndose a un lado para que ella entrase a la habitación–. Piensa en nosotros haciendo el amor aquí cuando estés lista, cuando confíes en mí lo bastante como para compartir todo tu ser conmigo.

Ella estaba a punto de decirle que cuando la confianza se pierde es muy difícil recobrarla, pero se quedó muda cuando vio la foto que colgaba sobre la cama.

Era una foto de ella, tomada durante el último verano que habían pasado juntos. Miraba hacia la cámara con una expresión inocente y despejada, la boca entreabierta en una sonrisa.

–Sí –dijo Jake con voz ronca desde la puerta–. Esa eres tú, en la época en que eras inocente.

–No era tan inocente –dijo ella, trémula–. Hacía un año que éramos amantes.

–Y lo seguiríamos siendo si no hubiésemos permitido que otras personas nos separasen –se aproximó por detrás y la tomó de los hombros–. ¿Cómo sucedió, Sally? –le preguntó, dándole un tierno beso en un costado del cuello.

–Te cansaste de salir con una adolescente y fuiste a buscar a alguien más sofisticado –dijo ella sintiendo que comenzaba a ceder.

Sintió cómo él lanzaba un grito ahogado, la aferraba de los hombros y le daba la vuelta para mirarla a los ojos.

–¿Que yo hice qué? –le preguntó él, con tal expresión de perplejidad que ella casi dudó de la verdad. Casi.

–Que comenzaste a salir con alguien más –dijo con firmeza.

–No, señorita –dijo él, negando con la cabeza, como para aclararse los pensamientos–. Tú fuiste quien comenzó a salir con alguien más, el tipo ese en París… el hermano de tu compañera francesa, que te mostró la ciudad y te llevó a disfrutar de la vida nocturna…

–¿Vida nocturna? ¿Con Emile? –preguntó ella y estalló en carcajadas–. ¡Pero si era un cura católico, por Dios, su única pasión era su vocación y los pintores franceses del siglo XVII!

El silencio mortal con que Jake recibió su revelación expresó su sorpresa mejor que si hubiese gritado. Se dio la vuelta y se dirigió a la ventana, mirando la oscuridad con la espalda rígida como si fuese de acero.

–¡Un cura! –repitió con la voz helada–. Supongo que eso es algo que Penélope se olvidó de decirme cuando me contó tus andanzas.

No fue necesario preguntar a qué se refería. Sally lo comprendió inmediatamente, aunque ocho años antes no lo habría hecho. Entonces todavía pensaba que Penélope era su amiga.

–¡Bruja! –exclamó finalmente Jake, furioso, agarrando un libro de la mesilla y arrojándola a través de la habitación–. ¡La mataría yo mismo si no estuviese muerta ya!

–No es ella quien tuvo la culpa –dijo Sally, a quien su propia estupidez le parecía peor que la enormidad de la manipulación de Penélope–. La culpa fue nuestra. Si hubiésemos creído el uno en el otro…

–¡Éramos un par de críos, por Dios! Mira la foto, si no me crees. Eras la única chica con quien yo había estado en mi vida. Yo era tu primer… –golpeó la pared con un puñetazo–. ¿Qué sabíamos de la vida?

–Obviamente, poco, o habríamos reaccionado de otra forma. Pero no podemos volver atrás para cambiarlo, así que mejor será que lo olvidemos.

–No estoy de acuerdo contigo. Negar algo que pasó no sirve de nada, hace que te hagan daño nuevamente.

–No creo que me vuelvan a hacer nunca tanto daño –dijo ella, y se le quebró la voz al continuar–: Cuando nos volvimos a encontrar las navidades después de que yo volviese de Francia, estuviste muy frío. Y la chica con quien estabas… la forma en que me miraste, el modo en que me la restregaste por la cara… te comportaste como si me odiases, Jake.

–Desde luego que hice todo lo posible porque así fuese –de tres zancadas, cruzó hasta donde ella se apoyaba contra el poste de la cama y la abrazó tan fuerte que la dejó sin respiración–. Pero no lo logré. Lo que viste no era odio, mi cielo, era rabia y orgullo herido. Y la chica… –dijo, besándola en el pelo y apretándola más todavía–, era solo eso, una chica que buscaba pasárselo bien. Era divertida, pero ninguno de los dos buscaba nada serio.

–¿Te acostaste con ella? –le preguntó ahogadamente, recordando la forma en que la chica lo había mirado, tal como ella lo había hecho en una época; de una forma privada, íntima.

–¿Qué más da, después de tanto tiempo? –dijo él, apretándola contra su pecho.

–¿Sí o no? –insistió ella, que necesitaba saberlo.

–Sí –reconoció él con un suspiro–. Durante poco tiempo. Hasta la noche en que la llamé «Sally» por error. Allí se acabó –la apartó de sí para mirarla–. No tengo derecho a preguntártelo, pero, ¿ha habido otros hombres?

–No –dijo ella, y una lágrima le corrió por el rostro–. Lo he deseado, lo he intentado, pero en el último momento no he podido. Hiciste que no pudiese acostarme con nadie más.

–Déjame compensarte por ello ahora –susurró él con voz ronca, llevándola consigo hacia la cama. Le besó los párpados, las mejillas, la boca–. Hemos perdido tanto tiempo, cariño mío. No perdamos más.

Parecía tan seguro de que podrían recobrar lo que habían perdido, que Sally deseó desesperadamente creerlo, pero, ¿cómo podía mantener en secreto que había estado embarazada? Había sido su bebé también y tenía derecho a saber la verdad. Quizá no se lo tomase bien, quizá no quisiese saber nada más con ella. Mejor averiguarlo antes de que él le rompiese el corazón nuevamente, porque ese tipo de secretos siempre salía a la luz, tarde o temprano.

–Me parece que tenemos que hablar más. Han pasado tantas cosas…

–Eso puede esperar –murmuró él, haciéndola ponerse boca arriba y mirándola como si nunca pudiese cansarse de hacerlo–. Hay una sola forma de borrar todos esos años perdidos, y es que seamos uno nuevamente. Quiero sentirte desnuda debajo de mí, Sally. Quiero mirarte, dormirme en tus brazos y despertarme a tu lado por la mañana. Y, más que nada, quiero perderme dentro de ti una y otra vez, porque será la única forma en que pueda olvidar lo imbécil que he sido.

Sus palabras, sus besos, la hicieron perder la cautela y le robaron la voluntad de resistirse. Como en sueños, sintió que él le quitaba la blusa, la camisola, el sujetador. La miró con ojos ardientes, dejando sobre su piel una galaxia de sensaciones tan densas como una lluvia de estrellas.

La tocó de la forma en que ella recordaba. La redescubrió con caricias de sus dedos y su boca hasta que el deseo surgió despiadado y, con un calor fluido y tempestuoso, exigió que lo liberasen.

Sin embargo, ella no pudo silenciar su conciencia e intentó desahogarse nuevamente.

–Quizá no me quisieses si supieras…

Él le tomó la mano y la llevó hasta su sexo, tan rígido de excitación, que las ropas no podían esconderlo.

–¿Te parece que no te deseo, cariño mío? –gimió, con los ojos relampagueantes cuando la mano de ella lo agarró instintivamente, posesivamente.

–Corres con ventaja –susurró ella, sintiendo su ardiente fuerza contra su mano.

–Lucho por lo que creo, y creo en nosotros.

–Yo también lo hice, pero algo salió mal, Jake…

–Porque cometimos errores –dijo él–. Pero ahora los solventaremos.

Ella se entregó tanto a la pasión que no se dio cuenta de que él casi la había desnudado del todo hasta que le deslizó el pulgar dentro de las braguitas y le acarició el húmedo y satinado centro de su feminidad. Al sentirlo, reaccionó como una tigresa, arrancándole la camisa, desesperada por volver a sentir la textura de la piel masculina y los músculos que antes la habían cautivado.

Jake lanzó un profundo rugido de triunfo y acabó de desnudarla. Luego se fundieron piel con piel. Sally se aferró a él, deseando que el tiempo volviese atrás, que nada ni nadie se hubiese interpuesto ente los dos. Se entregó al profundo y desesperado ritmo que él impuso, sintió que estaba al borde de la entrega total, pero finalmente la culpa se lo impidió. Lo único que logró hacer fue abrazarlo fuerte mientras él iba hasta un sitio donde ella no pudo seguirlo.

Se dio cuenta de que ya no era lo mismo. El tapiz de sus emociones tenía una textura más rica, un diseño más complejo. Nunca recobrarían la seguridad y el idealismo de cuando eran dos críos. La única opción que les quedaba era avanzar hacia el territorio sin demarcar de una relación adulta con la esperanza de poder sortear los baches que encontrasen en el camino.

Finalmente, cuando la respiración de Jake se calmó, él levantó la cabeza para mirarla a los ojos.

–No has llegado al clímax –le dijo, apartándole el cabello del rostro–. ¿He perdido facultades, cielo mío?

–No –dijo ella con tristeza–. Ha sido culpa mía. Estaba demasiado tensa, demasiado preocupada. Oh, Jake, sucedió algo el último verano que pasamos juntos… algo que debí decirte en aquel momento, pero no lo hice. Pensé que podría olvidarlo, pero ahora que nos hemos vuelto a encontrar, me persigue. Pero tengo temor de decírtelo, por si arruina…

El le tomó el rostro entre sus dedos y cuando ella quiso soltarse, la forzó a mirarlo a los ojos, que la contemplaban serios.

–Mírame, Sally, y deja de sufrir innecesariamente –le dijo severo–. Si lo que te preocupa es el bebé, no es necesario que me digas nada. Ya lo sé. Hace años que lo sé.