Nunca una mañana de primavera había sido más hermosa. El sol se reflejaba en el brillante suelo de madera de su cocina, la cafetera gorgoteaba a ritmo con los pájaros y Jake, con solo un par de vaqueros sin abrochar a la cintura, mezclaba champán y zumo de naranja para hacer unas mimosas. Sally removía algo en el fuego.
–Podíamos convertirlo en un hábito –dijo Jake, dándole un beso en la nuca–. Podrías mudarte aquí y vivir los tres felices para siempre.
–¿Los tres?
–Tú, yo y esto –dijo, probando la salsa holandesa que ella preparaba para los huevos a la Benedictine. Chasqueó los labios–. No te preocupes. Anoche usé preservativo, no estás embarazada.
–Antes también tuvimos cuidado y, a pesar de ello, me quedé embarazada.
–A veces suceden accidentes –le dijo, acariciándole el pelo.
–Tenía mucho miedo de que te enfadaras cuando te enterases.
–Me puse furioso en aquel momento –dijo él, poniéndola un poco nerviosa con su seriedad–. Pero lo superé. Eras joven y tenías miedo. Si Penélope me lo hubiese dicho antes, en vez de esperar hasta después, podría haberte acompañado. No habrías tenido que pasar por ello sola. Pero no lo hizo y tú tampoco, así que no vale la pena sentirse culpable ocho años más tarde.
Había algo indescifrable, frío y duro en la forma en que lo dijo, y la brillante mañana se ensombreció.
–Pero era nuestro bebé, Jake –dijo ella suavemente–. Una personita creada por amor, como todos los bebés tendrían que concebirse. Ojalá que muchas cosas hubiesen resultado de otra forma. Quizá si hubiese recurrido a ti…
–Pero no lo hiciste –dijo él y se dio la vuelta abruptamente para mirar lo que había en el horno–. Déjalo, Sally. Yo ya lo he hecho. Lo mejor que podemos hacer es asegurarnos de hacerlo de otro modo si algo similar sucede en el futuro. ¿Cómo van esos huevos?
Ella no quiso entristecer la mañana más todavía diciéndole que la primera vez no lo podían haber hecho de otra forma porque aquel embarazo había estado condenado a malograrse desde el principio. Pero él tenía razón. Ahora que tenía la conciencia limpia y no había más secretos entre Jake y ella, tenía que mirar hacia delante.
–Ya están –dijo, sonriendo.
–Entonces, comamos –dijo él y, para alivio suyo, sonrió también–. Un hombre necesita recuperar fuerzas cuando hace tanto ejercicio como el que me hiciste hacer anoche. Por cierto, ¿le he mencionado lo guapa que está esta mañana, señorita Sally?
Cohibida, Sally se arremangó la camisa de Jake con que se había vestido después de darse la ducha. Deseó haberse puesto braguitas.
–Te estás ruborizando –dijo Jake con malicia–. Pero no deberías ponerte a contraluz, cariño mío. Se te trasluce todo y me estás volviendo loco. Quizá debiéramos olvidarnos del desayuno y seguir nuestra conversación en el dormitorio.
–¿Después de haber trabajado como una esclava para hacerte el desayuno? ¡Ni lo sueñes! –echó salsa sobre los huevos y le pasó los platos–. Toma, lleva esto.
Cuando se sentaron ante la mesa del desayuno, él chocó su copa contra la de ella en un brindis.
–Gracias por quedarte anoche, Sally. Fue muy importante para mí.
–Para mí también, aunque no podré volver a mirar a tu suegra a la cara.
Inmediatamente, se dio cuenta de que había cometido una torpeza. La dulzura de Jake se convirtió en frialdad e ironía.
–¡Ah, claro! ¡Colette está en la comisión organizadora también! ¿Te da mucho la vara?
–No, supongo que será porque siempre obedezco sus órdenes, ayudo en lo que puedo e intento apartarme de su camino. Acúsala de lo que quieras, pero una cosa que sabe hacer es organizar gente.
–Supongo que eso es mejor que su otro pasatiempo –dijo él enigmáticamente–. ¿Qué hará cuando se acabe todo este jaleo?
–Dudo que haya pensado en ello. Supongo, que como todos los demás, intenta vivir el día a día. ¿Piensas venir?
–¿A la gala? –inspeccionó su mimosa pensativamente–. No había pensado hacerlo, pero iré ahora que sé que vas tú.
–¿Aunque no podamos estar juntos?
–¿Qué quieres decir, que tendremos que simular que no nos hablamos?
Ella rio, pero fue un esfuerzo, porque estaba claro que él no le veía la gracia.
–No es necesario llegar a ese extremo. Podemos ser educados, pero, para mantener las apariencias, el hermano de Tom, Francis, será mi acompañante. Es lo que la sociedad espera.
–¿Qué sociedad? –explotó él, soltando sus cubiertos y apartando el plato a medio comer–. ¡La sociedad con la que pasé la mayoría del año, no podía darse el lujo de mantener las apariencias! Y si algo aprendí de ellos es esto: La vida es un tesoro, no se la puede hacer esperar, es demasiado corta para que la desperdiciemos.
–No me refiero a siempre, Jake –dijo ella, intentando combatir con dulzura su enfado.
–¿Cuánto tiempo pretendes que espere? ¿Seis meses, un año?
–Más o menos, sí.
–No sé tú, pero yo preferiría que sepan con quién salgo y soportar las críticas.
–Yo no estoy tan segura –dijo ella, un poco triste–. Prefiero que me acepten a que me traten como la paria del pueblo. Es mejor que cuando tenía miedo de que la gente se enterase de que había deshonrado a mi familia al quedarme embarazada siendo soltera.
–En cierta forma, una mujer tiene suerte. Ningún hombre va a presentarse ante su puerta cuando esté retomando las riendas de su vida para decirle: «–¡Eh, tuviste un bebé y nadie te lo dijo!» ¿Qué te parece?
–¡Cómo puedes decir una cosa tan cruel!
–Lo único que sé –dijo él con amargura–. Es que el qué dirán te preocupa más que yo. Me hace pensar si realmente te importa que estemos juntos nuevamente.
–¡Yo no he dicho que no me importe, así que no tergiverses mis palabras! ¿Crees que me habría quedado aquí anoche, o que habría hecho el amor contigo si no atesorara cada instante que compartimos?
–¿A mí me lo preguntas? Empiezo a pensar que no conozco a la persona en que te has convertido. Antes no te interesaba complacer a todo el mundo.
–Quizá es que he madurado –dijo ella, descorazonada al verlo enfadado nuevamente.
–¿Madurar es esconder nuestra relación como si fuese un secreto oscuro y sucio?
–¡Oh, Jake! –suspiró ella, sin saber qué decir–. Mira, comprendo tu frustración por tener que esperar un tiempo razonable antes de poder reanudar una vida «normal». Pero los Burton han perdido a su única hija y, al margen de que Penélope haya causado su propia muerte, hacer alarde de nuestra relación cuando están todavía de luto sería insultante para ellos.
–¡Y pensar que a mí me parecía que había llegado el momento de tener una relación responsable, generosa, de descubrimiento y compromiso! Está claro que me equivoqué.
–Estás haciéndome chantaje emocional y me niego a ello –replicó Sally.
–¿Y si yo me niego tomar parte en un engaño?
–Entonces, me parece que hemos llegado a un punto muerto –dijo ella, con voz trémula.
–¡Por fin estamos de acuerdo en algo!
–Me parece que ha sido un error. Yo no soy la única que he cambiado, Jake –dijo Sally, con enorme dignidad, negándose a que la tristeza la venciese–. Tú también estás diferente. Me enamoré de un hombre compasivo y de buen carácter. Y parece que no tienes ninguna de esas dos cualidades.
–Lamento haberte desilusionado –dijo él con ironía–. Está claro que a ti se te da mejor fingir que a mí.
–¡No es cuestión de fingir!
–Ponle el nombre que quieras –dijo él, con un encogimiento de hombros–. Actuar en público y simular que somos solo conocidos es deshonesto, lo llames como lo llames.
–Eso no es lo que dijiste ayer. Ayer estabas a favor de mantener nuestra relación en secreto.
–Atribúyelo a la desesperación de un hombre que creía equivocadamente que no tenía nada que perder cuando, en realidad, lo único que ganó fue un montón de irritación que no necesita –se pasó la mano por el pelo–. Perdona, Sally, pero llevo cuatro años viviendo una mentira y eso es más que suficiente para cualquier hombre. No puedo seguir haciéndolo. Me niego.
–Entonces, supongo que no hay nada más que hablar.
–Nada en absoluto –respondió él con hiriente indiferencia–. Si quieres esperar a que anochezca antes de marcharte para no arriesgarte a que te vean en pleno día, quédate, pero estoy seguro de que me disculparás si no te hago compañía.
–Ni se me ocurriría pedírtelo –dijo ella–. Me iré ahora con todo gusto. Quedarme aquí es demasiado arriesgado.
Aquella tarde se acercó una tormenta proveniente del mar que duró una semana. Cayó con tanta ferocidad que dobló los narcisos que acababan de abrirse, que hundieron sus flores en el fango. Sally se sentía igual cada vez que pensaba en lo fácilmente que se había acostado con Jake y lo rápido que se había arrepentido de ello.
Otra mujer quizá se hubiera contentado pensando en que, durante unas pocas horas, había experimentado la maravilla de conectar con él nuevamente, a todos los niveles. Después de descargar su conciencia, sus inhibiciones se esfumaron y se entregó a él sin preocupaciones, como antes.
No había habido secretos entre ambos, ni cuestiones sin resolver. En muchos aspectos él había sido como lo recordaba: cariñoso, apasionado, fuerte… fue fácil convencerse de que no importaban los otros aspectos de su personalidad que habían cambiado.
Habían hecho el amor y luego hablado, intentando ponerse al día con los años de separación.
–¿Qué opinaba Penélope de que conservases esa foto? –le había preguntado, con la cabeza en el pecho de él.
–No lo sabía –dijo él, acariciándole la columna con tanta delicadeza que ella tembló de placer–. Me había olvidado de que la tenía. La encontré cuando comencé a hacer la mudanza. Estaba metida en una viejo anuario del instituto. Llevabas el pelo largo entonces. ¿Cuándo te lo cortaste?
–Cuando me mudé a California. Quería empezar de cero, sin nada que me recordase lo que había dejado atrás.
–¿Me olvidaste? –le preguntó él, enroscando un mechón de pelo en su dedo y dándole un tironcito.
–Lo intenté, pero no eres fácil de olvidar –dijo ella disfrutando del roce de sus cuerpos desnudos al ponerse boca arriba.
–Tú tampoco.
Y volvieron a hacer el amor con ternura y confianza.
Pero había sido un sueño, un espejismo que se desintegró por la mañana. Demasiado pronto se dio cuenta de que Jake y ella llevaban mucho más tiempo separados de lo que habían estado juntos, y que se había lanzado de cabeza a acostarse con un hombre que era un extraño en vez de un amante que conocía bien.
El joven se había convertido en hombre y, en ese cambio, había adquirido una dureza, una impaciencia y una ira que a ella le resultaban extrañas. Lo peor de todo era que se había dado cuenta de ello antes, y, sin embargo, cegada por el deseo, había permitido que él atravesase su guardia para reclamar su sitio en su corazón.
La vergüenza la atormentaba hasta tal punto que consideró la posibilidad de huir nuevamente. Pero, en vez de ello, se mantuvo en sus trece, escondió su tristeza a los que la rodeaban y se concentró en los preparativos para la gala. También hizo proyectos para el futuro, porque sabía que necesitaba una meta más sólida que ponerse una vez que pasase la fiesta.
La idea de abrir algún tipo de centro de acogida, que había madurado en su mente durante semanas, tomó una nueva urgencia al enterarse de que los planes de Jake Harrington para modernizar el distrito de las naves industriales había avanzado tanto que pronto una docena de adolescentes «ocupas» se quedarían sin techo. Hizo averiguaciones sobre el monasterio del otro lado del río, descubrió que el precio estaba dentro de sus posibilidades y quedó en inspeccionar la propiedad.
El sitio era ideal: tranquilo, bonito, y lejos de la zona más sórdida de Eastridge Bay, que la mayoría de los residentes ricachones del pueblo prefería ignorar. El edificio requeriría algunas modificaciones, pero la distribución general, con muchas habitaciones pequeñas arriba y la gran cocina y los salones en la planta baja, se prestaba bien a la idea que ella tenía en mente.
Habló con su abogado y, entre los dos, elaboraron una oferta que él presentó al Ayuntamiento. A finales de mayo recibió la aprobación para proseguir con sus planes, así que cerró la compra.
Le dio la noticia a su familia en una cena en casa de Tom y Margaret el martes antes de la gala.
–Estamos muy orgullosos –le dijo su padre.
–Ojalá que no te hayas metido en camisa de once varas –dijo Margaret, que, típico en ella, siempre veía todo lo negativo de las cosas–. Los jóvenes que quieres recibir no se van de su casa porque sí. La mayoría son delincuentes.
Por una vez, Tom no compartió las dudas de su mujer.
–Pues, a mí me parece que tiene futuro, Margaret –dijo–. He visto cómo se relaciona con los chicos. Sabe cómo tratarlos.
–Yo conozco gente en el mundo de la hostelería. Te puedo poner en contacto con ellos, si quieres –dijo Francis.
–Acepto tu oferta. Ya te lo diré cuando lo necesite. Estoy muy ilusionada.
–No tanto como lo estoy yo al pensar en el sábado por la noche.
Francis era un hombre agradable y modesto, sin la pomposidad que caracterizaba a Tom. Y, dentro de su discreto estilo, era muy atractivo. Le había gustado conocerlo y se habían hecho buenos amigos.
Quizá hubiese una vida después de Jake Harrington, después de todo. Y quizá había sido necesaria una noche más con él para lograr acabar con la relación, algo que no había logrado hacer la primera vez. Había sido una lección cara, pero, a la larga, quizá valiese el sufrimiento que conllevaba.
Había estado tan ocupada que no había encontrado el momento de buscar nada que ponerse la noche de la gala, pero, llevada por un raro optimismo, convenció a su madre de que fuese de compras con ella. A la mañana siguiente, subieron al primer tren para dirigirse a la ciudad, a ciento cincuenta kilómetros del pueblo, y se pasaron el día explorando las boutiques en busca del vestido perfecto.
Lo encontraron casi inmediatamente: un vestido que acababa de llegar de Europa. De gasa de seda blanca, sin tirantes y con el cuerpo bordado con rosas blancas, le caía en diáfanas capas hasta el tobillo en picos irregulares.
–Necesitas zapatos –decidió su madre cuando celebraban el hallazgo con una comida de cangrejo fresco acompañada de vino blanco en un encantador restaurantito francés del puerto–. Blancos, de cabritilla, con tacón. Y joyas. ¿Los pendientes y el collar de la tía abuela Miriam, quizá?
–Creo que solo los pendientes. Si no recuerdo mal, son prácticamente del tamaño de huevos de petirrojo. El collar sería demasiado. ¿Qué miras, mamá?
–Estás radiante. ¿Se debe a Francis Bailey?
–No –dijo ella con sinceridad–. Me siento en paz conmigo misma. Hace años que no podía decir lo mismo y lo digo en serio. He vuelto a casa en más de un sentido.
–¿Podrás alguna vez hablar de lo que te hizo marcharte? Tu padre y yo siempre pensamos que fue porque las cosas no salieron bien entre Jake y tú, pero siempre me he preguntado si no habría algo más.
–Lo hubo –dijo Sally, alisándose la servilleta sobre las rodillas y preguntándose cuánto debería decir–. Fue algo más que una relación de novios, mamá.
–Lo sé. Fuisteis amantes.
Atónita, Sally miró a su madre y encontró sus ojos llenos de amor y comprensión.
–¿Cómo lo supiste?
–Aunque no hubiese sido la comidilla del pueblo, tendría que haber estado ciega para no ver lo que había entre los dos. Pero hubo algo más, ¿no?
–Sí. Cuando estaba en París, descubrí que estaba embarazada.
–¡Oh, pobrecilla! –su madre miró al mar y cuando volvió los ojos hacia ella, los tenía arrasados en lágrimas–. Me pregunté en aquel momento si esa no sería la razón. ¿Por qué no recurriste a mí?
–Lo perdí al poco tiempo de volver a casa. Me pareció tonto cargarte con algo que ya no tenía remedio.
–Habrás estado deshecha.
–Sí, pero quizá fuera mejor así. Lo mío con Jake no tenía futuro.
–¿Estás segura?
–Durante mucho tiempo, no. Pero lo estoy ahora. Han pasado ocho años, mamá. Y el tiempo no ha pasado en vano para ninguno de los dos. Nos hemos apartado. Ahora cada uno tiene su propio camino.
–Está armando bastante revuelo en el mundo financiero. Cuando su padre se hallaba al timón, Harrington Corporation iba bien, aunque de una forma conservadora. Pero las cosas han cambiado desde que Duncan le pasó las riendas a Jake. Está esforzándose al máximo para cumplir sus sueños.
–No me sorprende. Siempre ha sido una persona resuelta y nunca ha creído en las medias tintas –acabó el vino y dejó la copa en la mesa con delicada firmeza–. Me alegra que haya encontrado en qué canalizar sus energías. Le deseo toda la suerte del mundo y espero que encuentre la vida civil plena y gratificante.
Lo dijo con convicción porque creía a pies juntillas en ello.
Sus ideas para decorar el pabellón se convirtieron en una realidad que superó sus expectativas. Metros y metros de tela semitransparente de color rosado cubría las paredes y engalanaban las vigas del techo. Cientos de pequeñas estrellas de papel de plata reflejaban la luz de una enorme araña de luces rescatada de la buhardilla de una de las casas más antiguas del pueblo. Ramos de gardenias y rosas perfumaban el aire. Velas blancas y rosadas iluminaban las mesas cubiertas de manteles de hilo.
–¡Has hecho un pequeño milagro! –exclamó la gente.
–¡Fabuloso! –se entusiasmaron otros–. ¡Increíble!
Hasta Collete Burton la honró con una cabezadita de aprobación.
–Muy bonito –murmuró al pasar–. Y tu vestido es precioso, querida. Nos haces sentir orgullosos de ti.
–Por si no he dejado bien claro que estoy totalmente de acuerdo con ella –dijo Francis, que la oyó–, permíteme decirte que eres decididamente la mujer más hermosa de la fiesta, Sally –le ofreció su brazo–. ¿Damos una vuelta por la subasta silenciosa antes de sentarnos a cenar? Quiero asegurarme de que nadie me ha superado en tu carné de baile.
–¡No bromees! –exclamó ella, todavía atónita por el cumplido de la señora Burton–. Alguien propuso que todas las señoras que habían participado en organizar la fiesta se subastaran para recaudar fondos, pero no creí que nadie les hiciese caso.
–Ven a verlo tú misma –dijo él–. No solo se ha hecho realidad, sino que es tal éxito que probablemente se convierta en una tradición.
Aturdida, lo siguió al club de oficiales donde, sobre mesas largas cubiertas de terciopelo, había objetos donados para la subasta. Como siempre, la gente había sido generosa. Se ofrecía de todo: reliquias, arte moderno, bonos para restaurantes, fines de semana en hoteles, entradas para el teatro, carnés de socio de gimnasios… y, aunque resultase increíble, carnés de baile impresos con los nombres de todas las mujeres que habían contribuido con su tiempo y esfuerzo a que la velada resultase un éxito.
–Veo que alguien me hace la competencia –dijo Francis al leer el carné de Sally. Escribió una cifra y su firma bajo la última oferta–. La mitad de los hombres del pueblo me están haciendo sudar la gota gorda.
Pero lo que dejó a Sally estupefacta fue la cantidad de dinero que estaban dispuestos a gastarse. Aunque la apuesta inicial había sido establecida en cincuenta dólares, ya había alcanzado una cifra de cuatro dígitos. Y ella no era la única; los otros carnés mostraban cifras similares.
–Nadie en su sano juicio debería pagar dos mil dólares por un vals de cinco minutos –exclamó–. ¡Es una locura, Francis!
–Cuando se trata de apoyar una causa noble, no –le recordó él–. Y menos aún cuando la gente que puja se lo puede permitir.
–¡Caramba! –dijo Sally, halagada. La alivió el pensar que se había gastado un buen dinero en el vestido. Se alisó la delicada falda–. ¡Qué increíble! No sé qué decir.
–Y la fiesta solo acaba de empezar –dijo Francis, apretándole la mano–. Quién sabe lo que queda todavía.
¡Desde luego que ella no lo sabía! De haberse imaginado la sorpresa que la esperaba, se habría escapado a su casa por una puerta lateral. Cuando recordó que nunca había que fiarse demasiado, ya era tarde para evitar al hombre que la observaba desde el otro lado del pabellón e ignorar a la mujer que se colgaba del brazo de él como si tuviese miedo de que se le escapase.
Sally no la culpaba; Jake vestido de frac estaba para comérselo. Verlo fue como un mazazo, algo que iba mucho más allá de su gallardo aspecto.
Hacía casi diez semanas que se habían visto por última vez. Un lapso suficiente de tiempo, pensaba ella, como para superar su dolorosa tendencia a sufrir una recaída cada vez que lo veía. Sin embargo, una sola mirada a sus inescrutables ojos azules bastó para que se debatiese nuevamente en una ciénaga de anhelo imposible.
–¿Te pasa algo, Sally? –le preguntó Francis mirándola solícito–. Te has puesto pálida de repente.
–Me siento perfectamente bien –dijo ella, hundiéndose las uñas en las palmas de las manos.
No era verdad, desde luego. Estaba hecha un lío. ¿Por qué diablos habría aparecido Jake para destruirle la ilusión de que se encontraba a salvo de él?