Jake se había preparado, seguro de que se encontraría con Sally en la gala y que saldría airoso de la ocasión con tanta elegancia que a ella se le caería la baba al verlo y se arrepentiría de haberlo dejado.
¡Cielos! ¡Qué poco se conocía! En cuanto posó los ojos en ella, el cerebro se le paralizó y la lengua se le pegó al velo del paladar. ¿Dónde había encontrado aquel vestido y cómo diablos hacía para sujetarlo?
–Hola –dijo ella rígidamente, sin mirarlo a los ojos, su boca, esa boca con la que él había soñado con demasiada frecuencia desde la última vez que la había besado, fruncida, como si, en vez de champán como todo el mundo, hubiese bebido vinagre–. Qué bien volverte a ver.
–Lo mismo digo –replicó él, y su intento de resultar indiferente se ahogó en un gruñido inarticulado.
Sally arqueó las elegantes cejas en un gesto de ligero desdén y dirigió su atención a Úrsula.
–Tu cara me suena –le dijo–. ¿Nos hemos visto antes ?
–Unas mil veces, más o menos –dijo Úrsula–. Fuimos juntas a la escuela, Sally. Noveno curso. Soy Úrsula Rushton, aunque mi apellido de soltera era Phillips.
–¡Por supuesto! Qué tonta he sido de no acordarme –dijo, esbozando una encantadora sonrisa y haciendo un gesto a su acompañante–. Permitidme que os presente a un amigo muy querido, Francis Bailey. Oh, y este es Jake Harrington, Francis. También fui a la escuela con él.
–Yo diría que hicimos un poco más que eso –soltó Jake, picado porque ella lo hubiese presentado de aquella forma–. Había una época en que Sally también me consideraba a mí «un amigo muy querido».
Ella se dio cuenta de la entonación deliberada que él utilizó para decirlo y se le subieron los colores. Lo miró un segundo directo a los ojos.
–Tienes razón –dijo–. Había una época en que sí.
Él unió sus ojos a los de ella y sintió un dolor y un vacío enormes dentro de sí.
–Pero los tiempos cambian, ¿no es verdad, Sally?
–Es verdad –dijo ella y le sonrió a Francis–. Me parece que tendríamos que reunirnos con el resto de nuestro grupo, ¿no te parece?
–Estupendo –dijo él, con tal mirada de adoración, que Jake creyó ahogarse.
–Me alegro de haberte visto, Úsula –dijo Sally y se colgó del brazo de Bailey–. Que os divirtáis.
–Así que así están las cosas –dijo Úrsula, viéndola alejarse–. Después de todos estos años, todavía estás coladito por Sally Winslow.
–Cuesta mucho quitarse un hábito, como bien lo sabes –ironizó Jake–. ¿Quieres más champán?
–Sí –dijo ella, dirigiéndole una última mirada a Sally–. Para quitarme el regusto de la envidia. Ninguna mujer tiene derecho a resultar tan irresistible. ¿Has visto la forma en que Francis la miraba?
–Sí –dijo él, ceñudo.
–¿Qué tiene ella que yo no tenga, Jake?
–No lo sé –dijo él, mirando cómo Bailey le apoyaba a Sally la mano en la espalda. Pero antes de que acabase la noche, tenía intención de averiguarlo.
Aunque los ganadores de la subasta se mantuvieron en secreto hasta que la orquesta comenzó a tocar las últimas piezas de la noche, la puja acabó justo antes de la cena. En ese intervalo, Sally logró recobrar un poco la compostura. Contribuyó a ello que Jake y Úrsula se marchasen en medio de la cena, después de que un camarero le alcanzase a Úrsula una nota.
También la ayudó encontrarse con muchos de sus amigos de la escuela. Y, entre ponerse al día con todas las noticias de quién se había casado con quién y bailar casi todas las piezas, algunas con Francis y otras con hombres que conocía desde que eran niños, descubrió que, al fin y al cabo, se estaba divirtiendo, y que no le resultaba tan imposible dejar de pensar en Jake.
Justo antes de la medianoche tuvo lugar lo que resultaría el gran éxito de la noche, cuando llamaron al estrado a las mujeres cuyos nombres se habían escrito en los carnés para que las reclamasen sus compañeros de baile.
La tarjeta de Sally fue una de las últimas que llamaron. Francis había estado vigilando tan atentamente la subasta que, seguro de que había sido él quien había hecho la última puja, prestó poca atención al movimiento que hubo ante una de las puertas laterales cuando la gente se apartó para dejar entrar a alguien. Lo cierto es que Sally ya había comenzado a bajar los escalones hacia donde Francis la esperaba, cuando el maestro de ceremonias anunció que el ganador había sido el capitán Jake Harrington.
–Es imposible –dijo ella–. Hace horas que se ha ido.
–Pero ha vuelto a reclamar su premio –le dijo, señalando al otro lado del pabellón.
Sally, presa de una mezcla de indignación y ansiedad, vio cómo se acercaba Jake entre la gente.
–¿Quieres hacer el favor de sonreír un poco? –murmuró él, haciéndola bajar los dos últimos escalones. La estrechó con firmeza entre sus brazos–. Están tocando nuestra canción.
Si ella no hubiese sabido que todos los ojos del salón se hallaban fijos en ellos, le habría clavado un tacón en el pie y dicho que ni se le ocurriese acercarse a ella, pero se vio forzada a seguirlo hasta el centro de la pista, donde él comenzó a bailar un impecable foxtrot.
–Espero que te merezca la pena haberte gastado todo ese dinero –dijo ella en voz baja, furiosa–. Pero que quede constancia de que a mí no me gusta nada.
–Sí, si, desde luego –replicó él, con voz inexpresiva–. Ya veo lo mucho que sufres con ello. Probablemente esperas que intente mirarte el escote, a ver si veo algo, pero sería un poco tonto, ¿no?, considerando que yo ya conozco perfectamente lo que cubre ese encantador trozo de seda.
–¡No seas grosero!
–¿Grosero? Eso no es demasiado amistoso de tu parte –le dijo y la hizo hacer un giro que la estampó contra su pecho con tanta fuerza que ella sintió los botones apretándose contra su piel–. Y pensar que una vez fuimos buenos amigos, ¿verdad, Sally?
–Podríamos seguir siéndolo, si tú no estuvieses tan pendiente de tus propios deseos que nunca piensas en nadie más.
–Eso no es verdad –le dijo él, sin alterarse–. He seguido el progreso de tu última empresa con muchísimo interés.
–¿Qué quieres decir con eso?
–Que me siento muy orgulloso de ti porque te has mantenido en tus trece respecto a ayudar a chicos que nunca han disfrutado de los privilegios con los que nacimos tú y yo.
–Alguien tenía que hacerlo, y, por lo que he oído, no serás tú. ¿No podrías esperar a que comience a funcionar mi centro antes de pasarles una niveladora por encima?
–Es por su propia seguridad. La mayoría de esos edificios están a punto de caerse a pedazos. Eso me quita el sueño casi más que pensar en ti –respondió, volviendo a hacer unas figuras que la obligaron a aferrarse a él para poder seguirlo–. Como ves, Sally, no soy tan egocéntrico.
–¡Sí que lo eres! El único motivo por el que has pujado todo ese dinero en la subasta es para alimentar tu propio ego! Sabías perfectamente que quería bailar con Francis, pero no podías soportar que otro hombre te ganase.
Jake dejó caer el brazo, le soltó la mano y se separó de ella.
–Si eso es lo que crees, ve con él. Si él es a quien quieres realmente, no intentaré separarte.
Ella intentó luchar contra la verdad, pero no logró silenciarla.
–No… no lo es –reconoció finalmente, acabando con un gemido.
–Me da pena el pobre. Sería capaz de donar sus dos riñones si se lo pidieses.
–Mientras que a ti te importo tan poco que te faltó tiempo para reemplazarme por alguien más.
–¿Úrsula? –dijo él y la volvió a tomar entre sus brazos–. Solo le he servido de apoyo esta noche. Ha roto con su marido hace poco.
–Entonces, ¿por qué se marchó pronto? ¿Os habéis peleado?
–No, cielo mío –dijo él, con la voz temblándole de risa–. Tú eres la única mujer que se dedica a pelear conmigo. La llamaron porque uno de los niños no se encontraba bien.
–Lo siento. Espero que no fuese nada serio.
–Parece que comió demasiadas fresas de postre, según tengo entendido. ¿Por qué no cambiamos de tema y hablamos de nosotros?
–¿Qué sentido tiene? No existe eso que llamas «nosotros». Ya lo dejaste bien claro la última vez que estuvimos juntos.
–Porque me dejé llevar por mi carácter. Intenté ver tu punto de vista, Sally, pero me tomaron por sorpresa sentimientos que pensé que podía controlar. Me dije que estaban mal, que eran indecentes, imperdonables. Pero la única indecencia consiste en ignorarlos; la única indecencia es mentirte a ti y mentirme a mí.
Ella se encontraba tan hipnotizada por sus palabras que apenas notó que él la había sacado bailando del pabellón al jardín, hasta que se le clavaron los tacones en la hierba y se tropezó.
–¿Por qué me has traído aquí? –preguntó, ligeramente alarmada.
–Porque voy a besarte y no me pareció que te fuese a gustar que lo hiciese frente a todo el mundo.
–No quiero que me beses –dijo ella, intentando apartar débilmente las manos que le enmarcaron el rostro.
–¿Por qué te molestas en decir algo que ninguno de los dos se cree? –le dijo él, rozándole los labios con los suyos.
–¡Yo me creo! –dijo ella, inyectando una fuerza considerablemente mayor a su voz–. He descubierto que me gusta mucho la vida sin ti.
–¿De veras? –dijo él, sin arredrarse. Le recorrió el labio inferior con la punta de la lengua–. Yo detesto la mía sin ti.
–Lo que tú detestas, Jake –dijo ella, entusiasmándose con el tema–, es no haberte salido con la tuya. Detestas que yo no volviese corriendo a tus brazos y te pidiese otra oportunidad. Odias que yo no me conformase con una aventura ilícita, con ser tu amante secreta.
–Dime que no has echado en falta esto –dijo él, con la voz súbitamente ronca, deslizándole las manos hasta hundirlas en la suave gasa que cubría sus caderas para acercarla a sí y apretarla contra él–. Atrévete a decirme que no has extrañado que estemos juntos.
De repente, la indignación de ella se convirtió en ardiente y sensual calor. Se fundió con él y entreabrió sus labios para recibirlo con un suspiro.
–Aquí estamos muy expuestos al público –gruñó Jake, apartando la boca. Antes de que ella se diese cuenta de lo que iba a hacer, la agarró de la muñeca y la llevó detrás de una valla cubierta de una espesa enredadera.
Ella debería haberse sentido ofendida, tendría que haberse resistido. Sin embargo, claudicó, trémula de anticipación por lo que sabía que sucedería.
La hierba era suave como el terciopelo, y olía a verano.
–No quiero arruinarte el vestido –dijo él, tirando de ella hacia abajo y tironeándole impaciente la suave tela–. No quiero hacerte daño. Pero, Sally, te necesito tan desesperadamente que me temo que haré ambas cosas.
–El vestido no importa –susurró ella, y cerró la mente a la voz de cautela que le advertía que las dudas que él tenía presentaban un riesgo mayor.
–No te tendrías que haber puesto algo así –gimió él, inclinándose para besarle un hombro desnudo–. Toda esta piel desnuda… ¿Lo has hecho a propósito, para atormentarme?
–Sí –dijo ella, y la fea verdad surgió de repente, sorprendiéndola–. Quería llamar tu atención.
–¿Y también querías que hiciese esto? –preguntó él y con menos delicadeza, tironeó del cuerpo del vestido sin tirantes. La seda resistió un instante, pero luego se deslizó para dejarle los pechos al descubierto. Jake se inclinó y le mordisqueó los pezones, que se le pusieron duros y sensibles.
–¡Te deseaba! –dijo ella–. Todo lo que hago, todo lo que soy, siempre acaba en que te deseo. Pero no creía que sintieses lo mismo. Me echaste… estabas enfadado conmigo.
–Ya lo sé –dijo él, levantando la cabeza para depositarle ligeros y tiernos besos por la cara–. Intenté convencerme de que eras joven y tenías miedo, de que era culpa mía además de la tuya. Si hubiese sabido, si tú hubieses sabido que podías contar conmigo, todo habría sido diferente y no te habría importado lo que los demás pensaran. Nos defraudamos entonces, pero cuando te negaste a que te viesen conmigo después de que finalmente nos encontrásemos nuevamente… ¡rayos!, Sally, no pude soportarlo una segunda vez.
Sally no comprendió bien a lo que se refería. ¿Habría bebido demasiado? Insegura, lo único que sabía era que él sufría.
–Siempre he querido estar contigo, Jake.
–Entonces, ven a casa conmigo. Déjame hacerte el amor toda la noche –dijo él y añadió a la persuasión de su ruego el gesto de acariciarle el muslo por debajo de la falda y presionar la mano entre sus piernas, contra el satén humedecido de pasión. El íntimo contacto hizo que ella se excitase tanto que se habría ido con él en aquel momento si del otro lado de la valla no se hubiese oído una risa que la volvió a la realidad como si se tratase de un cubo de agua fría.
¿En qué estaría pensando, echada en el suelo al alcance de la vista y del oído de cientos de personas, que unos minutos antes la habían aplaudido? ¿Por qué se exponía a que la volviesen a criticar y censurar, después de haberse esforzado tanto en recobrar su reputación?
Horrorizada, apartó su mano y juntó las piernas.
–¡No puedo! –dijo, poniéndose de pie–. ¡No está bien! Quizás no te resulte importante a ti, Jake, pero a mí me gusta ser respetable… y respetada. Me gusta poder mirar a la señora Burton a los ojos sin ruborizarme y sabiendo que ella ya no me tiene tanta hostilidad.
–Eso es porque Fletcher la ha hecho leer el informe de la policía y la autopsia y se ha dado cuenta de la verdad y de que no puede culparte a ti de lo que sucedió.
–Me da igual el motivo que sea. Me basta que haya cambiado de opinión.
–Me parece muy correcto por tu parte –dijo él, poniéndose de pie de un ágil salto y sacudiéndose la chaqueta con la mano–. Y dime, ¿queda algún hueco para mí en ese cuadro tan encantador?
–Solo si podemos contemporizar.
–¿Contemporizar? ¡Qué pena que no se te ocurrió pensar en ello cuando decidiste deshacerte de mi bebé! Si lo hubieses hecho entonces, mi hijo estaría a punto de cumplir ocho años, y no estaríamos hablando de este tema.
–¿Me acusas de haber abortado? –preguntó ella, incapaz de creer lo que oía–. ¿A eso te referías hace unos minutos? ¡Eso no es verdad!
–¿Qué, que estabas embarazada? ¡Demasiado tarde, Sally! Ya has reconocido que lo estabas. Además, Penélope me lo contó todo, con pelos y señales.
–Perdí al bebé. ¡Fue un aborto involuntario, natural, no provocado!
–Sí, sí –se burló él–. Desde luego que sí.
–¡Ay! –se tapó la boca con las manos, destrozada por la ironía–. Y pensar que estuve a punto de entregarte mi corazón!
Una terrible desesperanza la embargó. Siempre sería así para ellos: la potente sexualidad que nunca descansaba y luego el triste pesar que la seguía.
Sally se miró el vestido, el bonito bajo en picos, ahora sucio, el delicado bordado, que la hierba había manchado de verde.
Estaba arruinado. Igual que ellos.
–Nunca confiamos lo bastante en el otro –dijo él.
–Tienes razón –sollozó ella–. Nunca lo hicimos.