Sally encontró una manta y se tapó con ella, cubriendo también a la desesperada niña. Se abrazaron, dos extrañas unidas por la misma angustia, rezando juntas para salvar las vidas del bebé y del hombre que arriesgaba la suya para salvarlo.
Sus propias palabras, mentiras dichas para herirlo, le seguían resonando en la mente:
«Lo que tú quieres hacer es desembarazarte de todos esos adolescentes… estamos empatados… vete». Y la peor de todas: «¡Hemos acabado!»
Un grito surgió del gentío. Temiendo averiguar qué se debía, rodeó con su brazo a la chica y se acercó con ella al conductor de la ambulancia.
–Han sacado a alguien –le dijo este–. Pero no vaya, que solo será una molestia. Apártese y deje que los expertos hagan su trabajo. Ya nos enteraremos de lo que pasa.
–¿Es mi bebé? –gimió Lisa.
–Espero que sí, cariño –dijo Sally. A pesar de que se estiró todo lo posible por ver, lo único que pudo distinguir fue un paramédico corriendo hacia la ambulancia. Solamente cuando estuvo lo bastante cerca y pudieron oír el llanto, se dio cuenta de que él llevaba al bebé en sus brazos.
Se subió a la ambulancia, envolvió al niño en una manta aislante y le puso una mascarilla de oxígeno.
–Tienes suerte –le dijo a Lisa, que sollozaba a su lado–. Parece que está muy bien. No se ha quemado, solo tiene unos arañazos. Al estar en el suelo, probablemente se salvó de lo peor pues no inhaló demasiado humo. Pero lo llevaremos a urgencias de todas formas para que lo revisen. Sube, niña, que nos vamos.
–¿Esperamos al tipo que entró a buscar al niño? –preguntó el conductor al darse cuenta de que Sally esperaba ansiosamente.
–No –dijo el paramédico alargando la mano para cerrar la puerta de la ambulancia–. Ese no tiene prisa. Los demás pueden ocuparse de él.
Al oír aquello, el mundo se le derrumbó a Sally a su alrededor y, aunque intentó mantener el equilibrio, no lo logró. Cayó al suelo con un golpe que la dejó sin aliento.
Una mano sucia apareció en su campo de visión y Sally levantó la mirada. Un chico se inclinaba hacia ella, probablemente uno de los que había estado viviendo en la nave. No tendría más de quince años y tras la fachada de duro con que se enfrentaba al mundo, Sally percibió el rostro de un niño asustado.
–¿Se encuentra bien, señora?
–No –dijo ella–. Nunca más me encontraré bien.
–No necesito un hospital –dijo Jake, apartando la mascarilla de oxígeno que intentaban ponerle–. Ocúpense de alguien más. Bien sabe Dios que hay suficientes chicos aquí a quienes podría irles bien un poco de cuidado y atención.
–Muchas veces se comportan así –dijo el médico a cargo, metiéndose el estetoscopio en el bolsillo–. Átenlo si es necesario, y llévenselo. Ha inhalado mucho humo.
–Y usted qué sabe –quiso decir Jake y acabó en un acceso de tos.
–Tranquilo, hombre. Los chicos están todos bien. La única víctima es su nave. No queda nada.
Mejor que mejor. Algunas cosas no valían la pena guardarse. Y había otras por las que no valía la pena luchar, decidió, mientras lo envolvían y metían en una ambulancia que esperaba. Le daba igual todo.
Olió su perfume antes de oírla. Se despertó del sueño más reparador que había tenido en semanas y reconoció la fragancia. Diva era la que siempre usaba.
–Jake, ¿me oyes? –murmuró ella con voz trémula–. Abre los ojos, Jake –le rogó y le tomó la mano entre las suyas.
También la podía sentir, por suerte. Había conocido a muchos hombres que se habían despertado en un hospital sin poder sentir nada porque habían perdido trozos de su cuerpo en combate o en la mesa de operaciones.
–Tengo mucho que decirte –prosiguió ella y se debió de apoyar en la cama, porque esta se hundió un poco bajo su peso.
Jake pensó en responderle, pero decidió hacerse el dormido.
–¿Jake? –insistió ella, y la voz le tembló con un sollozo.
Se la imaginaba, con los labios trémulos y los ojos relampagueantes llenos de lágrimas.
–¡Infiernos, Jake! –dijo y sus palabras salieron como disparos: ¡pum, pum, pum!– ¡Abre los ojos y mírame! ¿Te quiero, me oyes? Creo en nosotros. ¡Nosotros! ¡No te atrevas a privarme de la oportunidad de probártelo! –remarcó la orden con un golpe en el hombro–. ¡Ni se te ocurra!
Lentamente, Jake abrió los párpados.
–¡Oh, estás despierto! –dijo ella, y aunque intentó controlar la risa floja, su voz estaba húmeda de lágrimas–. ¿Recuerdas que hubo un incendio en la nave? –le acarició el pelo.
–Sí –dijo él–. Y encontré al bebé.
–No solo lo encontraste, sino que también le salvaste la vida.
–Qué bien, ¿no?
–¡Desde luego!
–Entonces, ¿por qué estás tan trágica?
–Porque los paramédicos dijeron que no había prisa por llevarte al hospital –dijo ella y le temblaron los labios nuevamente–. Pensé que se referían a que estabas muerto.
–¿Y estás molesta porque no lo estoy?
–Estoy molesta conmigo misma –dijo ella, perdiendo la batalla con las lágrimas, que le corrieron por la cara como ríos–. Me mentí y a ti cuado dije que no te quería y casi se hace demasiado tarde para arreglarlo.
En ese momento, él decidió no hacerse el duro más. Lo hubiese deseado para cobrarse lo que ella lo había hecho sufrir, pero las lágrimas femeninas fueron su perdición. Bastantes se habían vertido ya. Era hora de que se acabasen de una vez.
–Yo tampoco he sido del todo honesto contigo –le dijo–. Oí todo lo que decías cuando creías que estaba inconsciente. Y, por si lo dijiste movida por la culpabilidad, te prometo que no lo tomaré en serio. Todos decimos y hacemos cosas que no queremos cuando estos presionados.
–Pero lo dije en serio –dijo ella–. Con todo mi corazón. Y si hubieses muerto anoche sin oírlas, me habría muerto contigo. Eres mi vida, siempre lo has sido.
Jake le agarró las manos. No quería separarse de ella nunca más.
–Hazme un favor –le dijo–. Vete a buscar mi ropa y alguien que me dé de alta. Salgamos de aquí antes de que me ponga en ridículo.
–Ni lo pienses. Necesitas descansar.
–Te necesito.
–Me tienes.
–Entonces, demuéstramelo y encuentra mi ropa. Tenemos que hacer las paces de forma seria y este no es sitio para ello.
–¿Estás seguro de estar en condiciones?
Él intentó quedarse serio, pero le entró la risa.
–Mira por debajo de la sábana, cielo mío, y comprueba si estoy en condiciones o no.
Fue suficiente para convencerla a ella, pero al personal del hospital le llevó más tiempo. Cuando se dieron cuenta de que él se iría tanto si le daban el alta como si no, lo dejaron marcharse a regañadientes con un montón de consejos que él no estaba dispuesto a seguir.
El sol comenzaba a salir cuando Sally giró por la entrada de coches de la casa de él.
–¿Quieres aparcar en el garaje? –le preguntó Jake.
–No –dijo ella, mirándolo con sus ojos tan profundos y misteriosos como el más valioso jade–. Mis prioridades han cambiado. Ya no me importa que me vean aquí.
Jake se inclinó a besarla en la mejilla con admirable control.
–Llevo meses esperando oírte decir eso, Sally, pero ahora que lo has hecho, ha valido la pena esperar cada minuto.
Comenzaron con una ducha. Una larga, caliente y reconfortante ducha en la que los cuerpos se rozaron y se quitaron los restos de la terrible noche con esponjas llenas de espuma. Ella le frotó la espalda; él le lavó el cabello. Ella apoyó sus manos sobre los planos contornos de su pecho, él le abarcó las nalgas con las manos y la apoyó contra sí.
–Te quiero –le dijo.
–¡Cuánto deseaba que me lo dijeses! –dijo ella, con un suspiro, sintiendo que la recorría una oleada de felicidad.
–Si te prometo pasar los próximos cincuenta años compensándote por lo que ha sucedido, ¿querrás casarte conmigo?
–Sí, oh, sí –dijo ella y rompió a llorar, algo que últimamente se le daba muy bien.
Jake se ató una toalla a la cintura y, envolviéndola en una enorme toalla, la llevó hasta la cama.
–No tengo ni champán ni rosas –dijo, depositándola sobre el colchón–. No tengo ni sortija ni violines. Ni siquiera las sábanas están limpias. Todo eso tendrá que esperar a otra vez que esté más preparado. Ahora, cielo mío, lo único que puedo darte es mi persona.
–Tú eres todo lo que necesito o deseo –dijo ella dulcemente, abriendo los brazos para recibirlo–. Lo único que lamento es que casi tuve que perderte para siempre para darme cuenta del tesoro que tenemos.
Él se acercó a ella con una urgencia y un calor que fundieron la fría separación que había reinado en el corazón durante tanto tiempo. Le brindó pasión y ternura. En una unión de mente y cuerpo le devolvió la tempestuosa alegría de vivir que hacía años que había creído perder.
Más tarde, cuando hubieron saciado momentáneamente su ansia, se quedaron descansando. La sangre ya no corría acelerada por las venas de ella, sino que circulaba en suave y dulce armonía. Por fin habían recobrado la dicha que les había faltado en los encuentros previos. Volvió hacia él los ojos soñolientos de pasión.
–Hemos hecho otro bebé, Jake –dijo suavemente–. Te apuesto lo que quieras.
–No me sorprendería –dijo él, apoyándola contra su pecho–. Pero esta vez, lo haremos como corresponde.