Nunca has logrado engañarme», había dicho él, pero estaba totalmente equivocado. Lo había engañado sobre algo mucho más crucial que los hechos que llevaron a la muerte de Penélope. A Sally se le daba muy bien guardar secretos, incluso aquellos que habían marcado un antes y un después en su vida.
Así que guardar este último secreto sería fácil, siempre que consiguiese que él no la hiciese bajar la guardia. Y la única forma de lograrlo era evitándolo. Porque, en su caso, el dicho: «Ojos que no ven, corazón que no siente», nunca había funcionado con Jake Harrington. Justamente lo contrario. A pesar de los kilómetros y los años que los habían separado, nunca había podido olvidarlo. Lejos de ello. La distancia había aumentado su encanto y verlo otra vez no había cambiado eso en absoluto. Seguía habiendo magia.
Parecía mayor, por supuesto, ¿acaso no lo estaban todos? Pero los años le sentaban bien. El joven atractivo se había convertido en un hombre apuesto. Más ancho de hombros, con un pecho más fuerte, tenía una figura estupenda, especialmente vestido de uniforme. Bastaba con mirarlo para darse cuenta de que había tenido su cuota de sufrimiento y que este lo había fortalecido. Se notaba en su actitud, en su porte, lleno de autoridad. Aquel no era un hombre que temiese a la verdad o se derrumbase ante la adversidad.
En ese aspecto, pensó Sally al circular por los pasillos llenos de alumnos de Eastridge Academy el lunes siguiente, no era tan diferente del chico que le había robado el corazón hacía muchos años en aquella misma escuela. Con dieciocho años, él ya tenía el tipo de valentía que era la verdadera impronta de un hombre.
Sin embargo, Sally no se imaginaba diciéndole lo de Penélope. El orgullo masculino era un fenómeno extraño. Para un hombre no era lo mismo subirse a un bombardero que enfrentarse a la traición más grande por parte de su esposa, en particular si se daba cuenta de que era el último en enterarse de ello.
La secretaria la llamó cuando pasaba por la secretaría de camino a la sala de profesores.
–Buenos días, Sally. Te acaba de llamar un hombre por teléfono.
–¿Ha dejado mensaje?
–No, dijo que trataría de ponerse en contacto contigo más tarde.
–¿No dejó ni siquiera el nombre?
–No –dijo la secretaria, lanzándole una miradita significativa–. Pero, ¡qué voz! Grave y profunda, como si necesitase aclararse la garganta. ¿Te suena?
Una premonición le hizo a Sally un nudo en el estómago, pero se negó a prestarle atención. Había muchas voces graves y profundas. Era mera coincidencia que la de Jake fuese también así.
–Probablemente era algún padre para quejarse de que mando demasiados deberes. Si llega a volver a llamar, por favor pídele un número de teléfono donde se lo pueda localizar. Estaré ocupada con alumnos todo el día.
–De acuerdo. Ah, y algo más –dijo la secretaria, señalando una puerta cerrada hacia su izquierda con una cabezadita–. El señor Bailey quiere verte en su oficina antes de que comiencen las clases.
¡Genial! ¡Una sesión privada con el director de la escuela, que, por cierto, resultaba también ser el marido de su hermana y decididamente no una de sus personas más queridas! No era una forma muy halagüeña de comenzar el día.
–¿Querías verme, Tom?
Tom Bailey levantó la vista de la carta que leía con expresión irritada al ver interrumpida «una cuestión administrativa muy importante».
–Esta no es una reunión familiar, señorita Winslow. Si insiste en no respetar el protocolo profesional, al menos cierre la puerta antes de abrir la boca.
–También te deseo los buenos días a ti –respondió ella, y se sentó sin esperar que él se lo indicase–. ¿Qué pasa, señor Bailey?
–Margaret me ha dicho que lograste que te invitasen al funeral en casa de los Burton el sábado.
–Prefiero decir que me empujaron a ello, y tu esposa fue una de las personas que lo hicieron.
Él se reclinó en su silla y le clavó la mirada azul pálido que utilizaba para intimidar a sus alumnos.
–Sea como fuere, permítame recordarte lo que dije cuando se inició todo el jaleo con Penélope Harrington. Nuestra escuela está orgullosa de la buena reputación que tiene y no toleraré que la manches con un escándalo. Bastante malo resulta ya que al mes de comenzar a trabajar aquí tu nombre apareciese en todos los titulares de los periódicos de un kilómetro a la redonda sin necesidad de que vuelva a haber problemas ahora que comenzaba a calmarse el tema. Te hice un favor cuando conseguí convencer al Comité de Dirección de la escuela de que te diese un puesto, porque…
–La verdad –lo interrumpió Sally– es que soy yo la que te hizo un favor, Tommy al aceptar el puesto en el último momento cuando mi predecesora se tomó la baja de maternidad antes de tiempo.
Tom se puso rojo de rabia. Los subordinados no interrumpían al director de la escuela, y menos aún, cuestionaban la certeza de sus palabras.
–¡Llegaste a la ciudad sin trabajo!
–Vine a casa a tomarme unas bien merecidas vacaciones, que interrumpí para echarte una mano –lanzó una significativa mirada al reloj de la pared–. ¿Algo más o puedo ir a cumplir con mi trabajo? Tengo que dar una clase de Arte a los mayores en diez minutos.
–Mientras me hayas comprendido… –dijo Tom, todavía enfadado.
–Nunca me ha costado comprenderte, Tom –dijo ella, dirigiéndose a la puerta–. A la que no puedo entender es a mi hermana. Jamás he podido imaginarme el motivo por el que se casó contigo.
En cuanto dijo las palabras, Sally se arrepintió de haberlas dicho. Cuando era joven tenía fama de alocada, pero le gustaba pensar que había madurado y se había convertido en una persona mejor. Aquel comportamiento ya no resultaba normal en ella. Pero desde que había llegado a la ciudad, nada había resultado normal, comenzando por el día en que se encontró con Penélope Burton Harrington en la plaza del Ayuntamiento.
–¡Sally! –había gritado Penélope, corriendo a abrazarla como si el lapso de casi diez años nunca hubiese roto su amistad–. ¡Es maravilloso volverte a ver! ¡Ha sido como un cementerio vivir aquí, pero ahora que estás de vuelta, es como en los viejos tiempos!
La cruel ironía de sus palabras la había atormentado durante las largas noches de insomnio desde el accidente, pero gracias a que Tom la había contratado, el trabajo le impedía sumergirse en una inútil culpabilidad. Lo menos que podía hacer era pedirle disculpas a su cuñado más tarde.
Tenía el horario completo ese día, lo que la hizo olvidarse de lo que había sucedido por la mañana y también de Tom y de la llamada del hombre que no había dejado mensaje.
Eran después de las cinco de la tarde y el edificio se hallaba casi desierto, excepto por el personal de limpieza. Cuando oyó abrirse la puerta estaba tan segura de que era el portero que ni siquiera levantó la vista de los deberes que metía en el maletín para corregir por la noche.
–Enseguida me voy y no molesto más –dijo, sin darse cuenta de que la puerta se cerraba, lo cual tendría que haberla alertado de que era alguien más.
–No hay prisa. Tengo todo el tiempo del mundo –fue la respuesta que dio la voz grave de Jake, que tan bien había descrito la secretaria del colegio.
La pila de papeles que Sally sujetaba se le escurrió de entre los dedos y se le cayó al suelo. Ruborizada, se puso de rodillas para recogerlos.
–No sabía que los profesores trabajasen hasta tan tarde –dijo Jake, y el bastón golpeó suavemente el suelo mientras se acercaba–. Deja que te ayude con eso.
–¡No, gracias! –exclamó ella y, al oír el pánico en su voz, inspiró para calmarse y prosiguió–: No tendrías que estar aquí. Si se llega a enterar Tom Bailey…
–No se enterará. Se marchaba cuando yo llegué. Estamos solos, Sally. Nadie nos molestará. Los de la limpieza están en el gimnasio y no llegarán a esta parte del edificio hasta dentro de una hora –alargó la mano y le cubrió la suya–. Te tiembla la mano. ¿Vas a desmayarte otra vez?
–¡Desde luego que no! –dijo ella retirándola antes de que él se diese cuanta de cuánto la alteraba su contacto y le despertaba recuerdos que era mejor olvidar–. No me gusta que la gente aparezca sigilosamente y me tome por sorpresa, eso es todo.
–Yo diría que no me resulta demasiado fácil ir sigilosamente –dijo él, tocándose con el bastón la pierna herida–, y no pretendo tomarte por sorpresa, sino que me des información, cielo mío.
«Cielo mío»… así la llamaba cuando estaban enamorados, cuando habían hecho el amor. Y oírselo decir nuevamente, después de tantos años, le devolvió recuerdos que la hicieron estremecerse. A finales de agosto del verano en que ella había cumplido diecisiete años; semanas antes de que ella comenzase la universidad a doscientos cincuenta kilómetros de distancia… las gaviotas contra un cielo azul, el murmullo de las olas, el sol en su piel y Jake deslizándosele dentro. «Te echo tanto de menos cuando estamos separados», le dijo él. «Siempre te amaré».
Pero no lo había hecho. Trece meses más tarde ella había ido a estudiar Arte en Francia durante ocho semanas. Cuando volvió, se enteró por Penélope de que en su ausencia él había estado saliendo con una compañera de la facultad.
La noticia la había destrozado, aunque, en realidad, había habido suficientes señales de que tenían problemas. Las llamadas telefónicas de Jake se habían espaciado y no había ido a buscarla al aeropuerto, como había prometido. Ni siquiera apareció para el día de Acción de Gracias. Y, finalmente, cuando no pudo evitarla en navidades, le había restregado a su nueva novia en las narices sin contemplaciones.
«Jake Harrington es un desgraciado», le había dicho Penélope, dulce y comprensiva. «Y tú eres demasiado inteligente para permitir que ese imbécil te rompa el corazón. ¡Olvídalo! Hay muchos hombres mejores en el mundo».
Pero ella no quería a nadie más. En cuanto a olvidarlo, no había sido fácil. Acababa de darse cuenta de que estaba embarazada. De aquello hacía casi diez años.
–Ya hemos hablado de esto el sábado –dijo ahora, metiendo los papeles de forma desordenada en el maletín–. Ya te he dicho todo lo que había que saber.
–De acuerdo –dijo él, encogiéndose de hombros–. Entonces, no te volveré a preguntar.
–Me alegro de que me creas finalmente –dijo ella, sintiendo una oleada de alivio.
–Por supuesto –dijo él–. No eres del tipo de persona que me mentiría en algo tan importante como esto, ¿no?
Su anterior alivio se debilitó por la culpabilidad y la desconfianza.
–Entonces, ¿para qué has venido?
–Principalmente para averiguar si me has perdonado por causarte tantos problemas el sábado. Si hubiese sabido que Colette te atacaría de aquella forma…
–¿Cómo podías saber que ella se lo tomaría tan mal? Considérate perdonado.
–Muchas mujeres no serían tan comprensivas –dijo él, con cierta timidez–. Pero tú nunca has sido como las demás mujeres.
Al oírlo, Sally sintió una desconfianza todavía mayor. ¿Jake Harrington tímido? ¡Estaba tramando algo!
–¿Y? –le preguntó–. Has dicho que has venido principalmente a ver si te había perdonado. ¿Y la otra razón?
Él intentó parecer avergonzado. Si hubiese podido, se habría ruborizado.
–¿Me creerías si te dijera que me dio nostalgia? Cuando me enteré de que trabajabas aquí, no me pude resistir a venir –se apoyó contra uno de los armarios y esbozó una sonrisa que a ella le derritió el corazón–. Aquí fue donde nos conocimos, Sally. Nos enamoramos aquí. Te besé por primera vez junto a los armarios que hay fuera de esta clase. Tenías una mancha de pintura azul en la punta de la nariz.
–Me sorprende que te acuerdes de ello –dijo ella, sintiendo una oleada de calor que fundió su desconfianza.
–Me acuerdo de todo lo referente a aquella época. Nada de lo que he conocido desde entonces puede compararse a ello.
Muy a pesar suyo, Sally deseó creerlo. Parecía tan sincero que le daba que pensar. ¿Estaría tendiéndole una trampa o sería que ella veía trampa donde no la había? Decidió que mejor sería tener cautela.
–Tengo que irme –dijo, indicando el maletín rebosante de deberes para corregir–. Tengo mucho trabajo esta noche.
–Yo también. Todavía estoy ordenando las cosas de Penélope y decidiendo qué hacer con ellas, y la casa. No necesito todo ese espacio.
Mirándolo renquear hacia la puerta, ella sintió un poco de pena que él aceptase tan fácilmente el rechazo. ¿Y qué si su sonrisa le hacía temblar las rodillas? Ya no eran unos adolescentes. El primer amor no sobrevivía un invierno de ocho años de abandono para luego florecer nuevamente en cuanto apuntaba la primavera.
Sin embargo, verlo aparecer tan inesperadamente la había turbado tanto como cuando lo vio en el funeral. Le removía demasiados sentimientos enterrados.
Su voz, la curva de su boca, la pasión latente en su directa mirada azul la hacían ansiar cosas que no debería desear y que decididamente no podía tener.
Esperó que él se hubiese ido antes de ponerse el abrigo en la sala de profesores. El cielo había estado despejado al ir a trabajar por la mañana y había disfrutado la caminata de dos kilómetros desde la casita de invitados en el jardín de la residencia de sus padres hasta la escuela. Pero se había nublado y ahora caía una lluvia helada. Traicionero hielo negro cubría la rampa para salir de la escuela.
Se habría caído dos veces de no ser por la barandilla de hierro que corría paralela a la senda. Pero el verdadero problema comenzó cuando llegó a la escurridiza acera y le resultó imposible andar en ella sin el calzado adecuado.
No tuvo otro remedio que comenzar a andar por la nieve apilada junto al camino por la máquina quitanieve. ¡Lo único que le faltaba! ¡Bastante mal había comenzado ya el día, que había ido empeorando hasta llegar a aquello! Exasperada, se despachó a gusto lanzando una serie de improperios que resonaron en la calle desierta.
Excepto que la calle no estaba tan desierta como ella había creído. Un coche deportivo color negro con la ventanilla del pasajero bajada se le acercó lentamente y se detuvo junto a ella.
–En mi época, los profesores no sabían semejante lenguaje –anunció la voz de Jake afablemente–. Ahora que lo pienso, me parece que yo tampoco lo sabía.
–¿Me estabas acechando? –le gritó ella, dándose cuenta con rabia de que estaba de lo más ridícula metida hasta los tobillos en la nieve.
–En absoluto. Me he detenido para ofrecerme a llevarte.
–No gracias, prefiero andar.
–¡Señorita Winslow, si insiste en usar zapatos de verano durante el invierno, se va a romper la crisma de un golpe! Venga, no seas obcecada y súbete al coche. Yo mismo te abriría la puerta, pero me cuesta trabajo moverme en estas condiciones.
Ella se debatió entre hacerlo y decirle lo que podía hacer con su oferta, pero sus pies helados prevalecieron sobre su orgullo.
–¡Mejor que hayas decidido no hacerte el caballero! –masculló, abriendo la puerta de golpe para subirse al coche, que tenia una agradable calefacción–. ¡Quizá sintiese la tentación de hacerte una zancadilla!
–¿Ves? –comentó él, acelerando suavemente–, por eso es que la gente que no te conoce tan bien como yo habla de la forma en que lo hace. Dicen que has vuelto y que has traído una bolsa llena de problemas contigo. ¿Es verdad?
–¿A mí me lo preguntas? Estoy segura de que su versión será mucho más interesante que la mía.
–Por cierto… ¿dónde has estado todos estos años?
–En la universidad en la Costa Oeste y luego en el Caribe.
–¿Haciendo qué? –le preguntó él, divertido.
–¡Pues, si crees que fue tejiendo sombreros con hojas de palma o cantando rancheras con un grupo de mariachis, estás totalmente equivocado!
–No tienes ni idea de lo que estoy pensando, Sally. Y no has respondido a mi pregunta. ¿Qué te retuvo en el Caribe todo este tiempo?
–Lo mismo que me mantiene ocupada aquí. La enseñanza. Con la diferencia que los chicos de allá tenían tan poco que enseñarles era un placer.
–Tiene mérito por tu parte. ¿Cuánto tiempo estuviste?
–Dos años en México. Y dos años en la isla de Santa Lucía después.
–¿Y por qué allí?
–Necesitaban profesores tanto como yo necesitaba marcharme de aquí.
–¿Qué? –exclamó él, con risa tiñéndole la voz–. ¿Nunca ansiaste establecerte en la pintoresca Eastridge Bay, seguir los pasos de tu hermana y casarte con un hombre decente y sólido, de buena familia?
«¡Una vez lo deseé, pero tú elegiste ponerle la alianza al dedo de Penélope en vez de al mío!»
–No todas las mujeres creen que el matrimonio es el único medio de lograr la felicidad. Algunas la encontramos en una carrera profesional.
–Pero no todos huyen a una isla tropical a encontrarla.
–Intentaba escaparme de los inviernos del norte. Pero esta ciudad es mi pueblo y me gustó volver a ella, hasta que todo comenzó a salir mal –había comenzado a nevar y se dio cuenta de que en vez de girar hacia su casa, seguían por el bulevar que llevaba fuera de la ciudad–. ¡Te has equivocado, Jake!
–Es verdad –dijo él, alegremente–. Y, ya que estamos, podríamos dar un paseo.
–No quiero ir a dar una vuelta –dijo ella enfáticamente–. Quiero ir a casa.
–Ya lo harás, cielo mío, cuando llegue el momento.
–¡Ahora mismo! –dijo ella agarrando el picaporte–. Detente inmediatamente, Jake Harrington. Y deja de llamarme así.
Él no se molestó en responderle. Lo único que se oyó fue el ruido del cierre de puertas centralizado que él accionó y el rumor de los neumáticos sobre el pavimento. Aturdida, Sally se volvió a mirarlo. El serio rostro masculino se veía iluminado por las luces del salpicadero.
–¿Me estás raptando? –le preguntó.
–No seas ridícula.
–Entonces, ¿qué haces?
–Busco un sitio donde podamos tomar algo caliente. Es lo menos que puedo hacer para compensarte por no llevarte a casita a dormir.
Sus palabras parecían inocuas, pero no había nada afable en su tono de voz. El hombre que la había hechizado con su sonrisa y sus recuerdos tiernos hacía menos de media hora, que se había ofrecido a llevarla a casa para evitarle una caminata en las calles heladas, se había convertido en un extraño frío y amenazador como la noche que los envolvía.
–Lo habías planeada desde el principio, ¿verdad? –dijo Sally, conteniendo con esfuerzo el miedo que comenzaba a invadirla. ¡Había aceptado que su antiguo amor la llevase en el coche, el héroe local que había vuelto de la batalla con heridas para demostrarlo, no un extraño sin rostro, por el amor de Dios! Era absurdo pensar que él resultase una amenaza–. Era lo que tenías intención de hacer desde que apareciste en mi clase.
–Sí –dijo él.
–Pues, no era necesario que llegases a estos extremos. Habría accedido con gusto a tomar un café contigo en cualquier cafetería del pueblo.
–Demasiado arriesgado. Piensa en las habladurías si nos hubiesen visto juntos. ¡El viudo y la alocada mujer haciendo alarde de su relación! Es mejor encontrar algún sitio apartado donde nuestros conocidos no se dejarían ver ni muertos. Un sitio tan sórdido que ninguna mujer respetable desearía que la viesen en él.
¿Sórdido? ¿Por qué habría elegido aquella palabra? Aturdida, miró hacia adelante, nuevamente presa de aquella sensación de inquietud. La nieve había comenzado a hacerse más espesa y los cristales del coche estaban blancos a excepción de las medialunas que hacían los limpiaparabrisas. No podía ver nada del paisaje, ni por dónde pasaban ni adónde se dirigían.
Luego, a un lado, a unos cien metros, una luz de neón color naranja taladró la oscuridad. Se hizo más brillante a medida que se acercaban, hasta que se pudo leer claramente lo que ponía: La Taberna de Harlan. Cervezas-Comidas-Billares.
La premonición de Sally se hizo realidad: ¡Había visto aquel cartel antes, y Jake lo sabía!
Él aparcó el coche en batería al lado de la puerta de entrada y apagó el motor. Inmediatamente el sonido sordo de la música country se oyó en la noche silenciosa, su ritmo compitiendo con el del corazón acelerado de Sally.
Jake se bajó del coche y, a pesar de que había dicho que no estaba en condiciones de actuar como un caballero, dio la vuelta al coche y abrió la puerta del pasajero. Cuando ella no hizo ningún movimiento para unirse a él, él se inclinó para desengancharle el cinturón de seguridad y tomarla del codo.
–Ya hemos llegado, Sally –dijo con peligrosa suavidad–. Bájate. Deprisa, ¿quieres?
–Preferiría no hacerlo.
–Preferiría que sí. Y no te llevaré a casa hasta que lo hagas.
Era increíble cómo la furia que lo embargaba se hacía notar sin que él levantase la voz ni un ápice. Y lo más extraño era que una persona pudiese encontrarse respondiendo hipnóticamente a una orden que sabía que solo resultaría en desastre.
Como sonámbula, Sally se bajó del coche y pisó la nieve, sin darse cuenta del frío que hacía, ni de que caminaba junto a Jake y pasaba al lado de las camionetas oxidadas y coches destartalados hasta entrar en el edificio.
–Pasa –le dijo él abriendo la puerta de madera llena de arañazos para que ella entrase al interior cargado de humo.
El sonido estridente de la música les dio la bienvenida. El olor a cerveza y perfume barato mezclado con sudor y tabaco asaltó sus sentidos.
–¡Por favor, no me obligues a hacer esto! –rogó, volviéndose hacia Jake.
–¿Por qué no? –preguntó él, mirándola con frialdad–. ¿No te guste el sitio?
–No, no me gusta –logró decir ella–. Me ofende que me lo preguntes.
–Pero te pareció bien la noche en que viniste aquí con Penélope, la noche en que ella murió, ¿verdad? –dijo él–. Entonces, ¿por qué no te gusta ahora que estás conmigo?