Sally no respondió y se quedó junto a la puerta sin saber si salir corriendo o rendirse.
Como Jake no tenía ni la más remota posibilidad de correr tras ella si decidía escaparse, la hizo dirigirse a un reservado del otro lado de la pista de baile.
–Agradable, ¿a que sí? –dijo, deslizándose junto a ella en la deslucida banqueta de vinilo, con lo que ella quedó atrapada entre él y la pared. Ojalá no tuviese que pegar su boca a la oreja femenina para hacerse oír. No quería que el turbador perfume de su cabello lo hiciese olvidarse de que su objetivo era sacarle la verdad como fuese.
–¿Qué va a ser? –les preguntó un gigantón con brazos macizos cubiertos de tatuajes que salió de atrás de la barra y limpió la mesa con una sucia bayeta.
–Cerveza y nachos –dijo Jake, sin molestarse en preguntarle a ella.
–No me gusta ni la cerveza ni los nachos –dijo Sally altaneramente en cuanto el hombre se fue.
–¿No? –dijo Jake, buscando su cartera–. ¿Qué tomaste la última vez que estuviste aquí, champán y ostras frescas?
–¿Qué te hace pensar que he estado aquí antes?
–Por si no te acuerdas, he leído el informe de la policía.
Sally se apoyó contra la pared, vencida.
–¿Por qué haces esto, Jake? –le preguntó, levantando la voz por encima del ruido de la gramola–. ¿Qué pretendes?
–Quiero saber por qué mi mujer frecuentaba sitios como este mientras yo estaba en combate. Y si tú no me lo dices, encontraré alguien aquí que lo haga.
–Pierdes tu tiempo. Penélope y yo estuvimos aquí solo una vez, y cuando me di cuenta del antro que era, insistí en que nos fuésemos.
Él paseó la mirada por la estancia. Al otro extremo de la pista de baile, una mujer mayor se había subido a una mesa y giraba lascivamente ante el aplauso de los parroquianos que se hallaban junto a la barra.
–¿Fue idea tuya venir aquí? –le preguntó a Sally, volviendo la mirada hacia ella.
–¡Desde luego que no! –soltó ella para añadir luego, al darse cuenta de lo mucho que había revelado con su indignación–: Aquella noche habíamos decidido salir a comer a un mesón en el campo. Cuando volvíamos, comenzó a nevar, peor todavía que esta noche, y buscamos un sitio para esperar que pasase la tormenta. ¿Por qué te resulta tan difícil creerlo?
–Porque eso no explica por qué decidisteis retomar el camino antes de que mejorase el tiempo. Os habría bastado asomaros a la puerta para daros cuenta de que estaríais arriesgando vuestra vida al poneros tras el volante.
–Ya te lo he dicho. No nos gustó el ambiente.
El gordo tatuado, volvió con las bebidas y deslizó una jarra de cerveza hacia Sally.
–¿Dónde está tu amiga? –le preguntó–. Los clientes la echan en falta. Esa sí que sabe divertirse.
–Ya sabe lo que se dice –terció Jake antes de que Sally pudiese hablar–. Tres es multitud.
–No creo que la rubita esa te estropease la cita, tío. Hay más de uno aquí que estaría dispuesto a sacártela de entre las manos.
–Me parece que voy a vomitar –dijo Sally con un hilo de voz mientras el gordo se marcaba a buscar los nachos.
–Eso suele suceder cuando una persona que ha mentido se ve confrontada con la verdad desnuda –dijo él, despiadado, bebiéndose la mitad de su cerveza–. Te apuesto que te sentirías mucho mejor si hubieses dicho la verdad en vez de inventarte la sarta de mentiras que has intentado que creyese.
–¡Te merecerías que lo hiciese! –exclamó ella, con sorprendente pasión–. Si te interesa tanto que te diga la verdad, ¿qué te parece esto? No sé qué es lo que te ha convertido en semejante matón, pero lo que sí sé es que no me gusta cómo eres ahora.
A él tampoco le gustaba. Atosigar a una mujer de aquella manera no era su estilo. Traumatizarla tanto que parecía igual de aturdida que una víctima civil atrapada en fuego cruzado lo llenaba de desprecio por sí mismo. No había vuelto a casa para proseguir con las prácticas inhumanas de la guerra, sino para buscar un poco de paz.
–Tú tampoco me atraes demasiado –dijo sin embargo, sin dejarse enternecer–. Esperaba que ya no intentases más escabullirte cuando te encontrabas en un atolladero.
Sally agarró la jarra de cerveza y, por un momento, Jake pensó que se la tiraría en la cara, pero ella la dejó a un lado.
–¡Me ofende que me digas eso! Acúsame de lo que quieras, pero de mentirosa, no. Nunca te he mentido en el pasado.
–¿Nunca, Sally? ¿Ni siquiera una vez? ¿Ni una mentira para evitarme sufrimientos?
Ella abrió la boca para responder, pero finalmente se lo pensó mejor. Los ojos se le agrandaron, angustiados, y se le arrasaron en lágrimas.
Jake deseó enjugárselas, tomarla en sus brazos y decirle que lo sentía, que no era su intención remover el pasado porque no importaba. Nada importaba. Quiso decirle que le podía perdonar lo que fuese con tal que ella lo liberase para poder vivir el presente y ser capaz de enfrentarse al futuro sin que la culpa le pesase como una losa. Y la profundidad de su deseo lo estremeció. Cerrando de golpe la puerta a ideas que no podía permitirse pensar, se acabó la cerveza de un trago.
–No sé a quién crees que proteges, Sally –le dijo–, pero para probarte que no soy totalmente cruel, te propongo un trato. En vez de atormentarte para que traiciones secretos que evidentemente consideras sagrados, te explicaré lo que creo que sucedió la noche en que murió Penélope. Solo te pido que me digas con sinceridad si estoy equivocado o no. Si accedes, nunca más lo mencionaré después de esta noche.
Ella se humedeció los labios y mantuvo los ojos fijos en sus manos, pero Jake se dio cuenta de que titubeaba.
–Te doy un momento para que pienses en ello –ofreció. Se puso de pie y agarró el bastón–. Pero no tardes demasiado. Enseguida vuelvo.
El servicio de caballeros se encontraba al fondo de un pasillo oscuro. Un chico de no más de dieciocho años se tambaleó en la puerta con la mirada vacua y el rostro cerúleo.
–Oye, chico –le dijo Jake, agarrándolo antes de que se cayera de bruces en el suelo mugriento y llevándolo a la salida posterior del edificio–. ¿Qué te parece un poco de aire fresco?
Había dejado de nevar y en el límpido cielo brillaban las estrellas. En otras circunstancias, habría sido una noche magnífica.
Apoyando al muchacho contra la pared, Jake le restregó la cara con un puñado de nieve. El pobrecillo boqueó y se estremeció, doblándose en dos. Al darse cuenta de lo que estaba por suceder, Jake se apartó.
–¿Te sientes mejor? –le preguntó, cuando el chico acabó de vomitar.
–Supongo que sí.
–¿Cómo te llamas?
–Eric –respondió el muchacho, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
–¿Vives por aquí?
–A una milla de aquí por esta calle.
–Venga, que te llevo –dijo Jake, pensando que tardaría cinco minutos en llevarlo a casa. Podía estar de vuelta antes de que Sally lo echase en falta. Y dormiría con la conciencia limpia aquella noche.
Si Sally no hubiese estado tan preocupada, habría visto al hombre antes. Pero cuando se dio cuenta de que él se interesaba en ella, el tipo se le había sentado al lado y le había pasado por los hombros un brazo sudoroso.
–¿Buscas compañía, muñeca?
–No –dijo ella, apartándose al sentir el fétido aliento–. Estoy acompañada.
Él hizo la pantomima de mirar hacia un lado, al otro y bajo la mesa con exagerados gestos.
–Pues, a mí no me lo parece –dijo, lanzando una risotada de borracho. Se levantó la camiseta para rascarse la barriga peluda–. Me da la impresión de que estás solita y que esperabas a que Sid viniese para que nos lo pasásemos bien.
Asqueada, ella se alejó todo lo que pudo de él, sin hacer ningún esfuerzo por esconder su disgusto. Craso error. Los ojillos de cerdo de Sid se entrecerraron amenazadoramente. Se deslizó contra ella, apretándola con el muslo.
–¿Qué te pasa, muñeca? ¿Te crees que eres demasiado para un chicarrón como yo?
–En absoluto –dijo ella, girando el rostro–. Estoy segura de que eres un hombre muy agradable.
–Será mejor que lo creas, nena –le agarró el mentón con la mano y la forzó a mirarlo. Acercó su cara a la de ella y se humedeció los labios. Le apoyó la otra mano sobre la rodilla y comenzó a subirle la falda–. Más te vale ser buenecita con Sid, si sabes lo que conviene.
¡Dios santo! ¿Dónde estaba Jake?
La gramola comenzó a tocar a Patsy Cline cantando Crazy. ¡Qué apropiado! Incapaz de contenerse, Sally lanzó una carcajada histérica.
Sid le apretó el muslo.
–Así me gusta, nena. Trátame bien y yo haré que te sientas como una reina.
–Baila conmigo –le dijo Sally, rogando que él no se diese cuenta de que estaba muerta de miedo y que lo hacía para salir del rincón en el que él la había confinado.
–¡Pues claro, muñeca! –sonrió él maliciosamente y con una fuerza terrible la levantó del asiento y la tomó en brazos, aplastándola contra su pecho–. Muévete un poco, nena –le dijo–, es aburrido bailar con un palo.
Si hubiese quedado en eso, quizá ella se habría librado más fácilmente, pero no se le ocurrió mejor cosa que meterle la lengua en la oreja. Tan asqueada que le resultó imposible pensar en las consecuencias, Sally reaccionó levantando la rodilla y golpeándolo con todas sus fuerzas en los testículos mientras le arañaba la cara.
Él rugió como un oso herido y levantando la mano le arreó un golpe en la cabeza. Sally sintió que todo le daba vueltas y, mareada, vio cómo se acercaba nuevamente el puño que la golpeó en la mejilla, causándole un terrible dolor. Se cayó al mugriento suelo y sintió en la boca el sabor de la sangre, pero él la agarró del pelo y le dio un tirón feroz que la hizo incorporarse nuevamente.
De repente Sid retrocedió al recibir un golpe por detrás. Jake, con el rostro descompuesto de furia y los ojos relampagueantes, apareció en escena. Una mujer lanzó un alarido, alguien más, un juramento.
Sin necesidad de mayor excusa para comenzar una riña, la mitad de los hombres de la estancia se unieron a la escaramuza, repartiendo puñetazos a diestro y siniestro, aunque se cuidaron bien de atacar a Jake, quien, blandiendo el bastón, parecía dispuesto a romperle el cráneo al primero que se cruzase en su camino.
Sorteando a la gente que se golpeaba indiscriminadamente, Jake alargó el brazo y tomó a Sally de la cintura, apretándola contra él. Hasta aquel momento, ella había estado tan concentrada en defenderse que no había tenido tiempo para dejarse llevar por el terror que la embargaba, pero se derrumbó al sentir el contacto masculino, su limpio y fresco perfume, y la sólida seguridad de su cuerpo protegiéndola.
–¡Creía que iba a matarme! –sollozó, hundiendo su rostro en el cuello masculino.
Jake le acarició el cabello, musitó su nombre y a Sally le pareció maravilloso sentirlo como antes, con la misma ternura. A pesar del caos y del alboroto a su alrededor, él había creado un pequeño refugio de seguridad que ella no quería abandonar nunca.
–Salgamos de aquí mientras podamos –dijo él, más práctico–. Las cosas empeorarán antes de que acabe la noche.
Sin embargo, cuando estaban llegando a la puerta, esta se abrió de golpe y media docena de policías irrumpieron en el local, impidiéndoles salir.
–Quieto todo el mundo. Nadie se mueve de aquí hasta que yo lo diga –dijo el oficial que llevaba el mando.
A pesar de su estado, Sally lo reconoció: era uno de los primeros policías en llegar a la escena del accidente la noche en que había muerto Penélope. Él también la reconoció, lo cual no era extraño, dada la cantidad de publicidad que había recibido el accidente en las noticias locales.
–¡Usted otra vez! –dijo, exasperado mientras sus colegas intentaban restaurar el orden–. Oiga, señorita, ¿cuánto le costará aprender que tiene que mantenerse alejada de sitios como este?
–Será mejor que deje las preguntas para otro momento –dijo Jake–. La señorita necesita un doctor inmediatamente.
El policía la miró de arriba abajo.
–Mientras pueda andar por sus propios medios, tendrá que esperar –decidió finalmente–. Tendrán que venir conmigo, al igual que todos los gamberros que hay en el local.
–¡Pero si yo fui quien lo llamó, so imbécil! –espetó Jake–. Si quiere acosar a alguien, hágalo al camarero, que sirve alcohol a jóvenes menores de edad. O al bestia ese de allí, al que le sangra la nariz, que se divierte pegándole a mujeres que ni le llegan al hombro. Presentaremos cargos en contra de él, por si le interesa saberlo, pero lo haremos mañana.
–Lo hará ahora y, de paso, será mejor que se controle –le advirtió el oficial–. Bastante fastidiado estoy ya.
–No pasa nada, Jake –dijo Sally al darse cuenta de lo enfadado que se encontraba él–. No me importa ir a la comisaría a hacer una declaración. No he hecho nada malo.
–Eso es lo que dicen todos –dijo el policía.
–Lo único que tengo que hacer es llamar por teléfono a mi abogado para que posponga todo hasta mañana –dijo Jake, tocándole levemente la mejilla a Sally, que tenía un ojo entrecerrado por la hinchazón–. Bastante has pasado ya por hoy.
–Prefiero quitármelo de encima ya, si no te importa –dijo ella, decidida a no dejarse ablandar. A punto había estado de olvidar el terrible precio que había pagado por amar a Jake en el pasado.
–Espera aquí, entonces, mientras recojo tu abrigo, y nos vamos –le dirigió una mirada al oficial de policía–. ¿Está bien si vamos en mi coche o va usted a insistir en que nos lleve el camión celular?
–¿Cuánto ha bebido?
–Media cerveza.
–De acuerdo. Llévese su propio coche. Pero por si cree que puede engañarme, iré tras usted.
Eran más de las diez cuando acabaron de firmar sus declaraciones en la comisaría y pasar por el Hospital Eastridge Bay para que revisasen a Sally en urgencias. Y casi las diez y media cuando llegaron a la casita de invitados. Para entonces, a Sally se le habían calmado un poco los dolores de su cara y de cabeza gracias a lo que le había recetado el médico de guardia.
–Vamos –dijo Jake, apagando el motor y abriendo la puerta de su lado–. Será mejor que entremos para que te meta en la cama.
–Me las puedo arreglar sola –le informó, sintiendo como si tuviese la boca llena de algodón.
–Estás tan dopada que dudo que puedas siquiera mantenerte en pie sola, cariño –rio él.
–¿De veras? –dijo ella, decidida a demostrarle lo contrario, pero efectivamente, cuando intentó salir del coche, sintió que tenía las piernas como de gelatina.
Jake la ayudó a incorporarse.
–¿Dónde tienes las llaves? –le preguntó, llevándola hasta el porche y apoyándola contra la barandilla.
–En el maletín.
Pronto él volvió con el maletín y las llaves, abrió y la ayudó a entrar. Cerró con el pie la puerta y esperó que ella diese al interruptor. Los dos apliques de las paredes llenaron el vestíbulo de suave luz.
Nunca se había sentido tan feliz de entrar en casa, nunca tan dispuesta a meterse en la gran cama con su edredón de plumas y dormirse.
–Ya te puedes ir –le dijo.
–Por supuesto, Sally. En cuanto estés lista para dormir.
La hizo entrar al salón y la dejó caer en el sofá frente a la chimenea.
–Quédate aquí. Enseguida vuelvo.
Como desde muy lejos, lo oyó moverse por la casa. La caldera rugió en el sótano y el agua corrió en la cocina cada vez más lejanos…
–No puede dejarla sola esta noche –le había advertido el médico de urgencias–. Alguien tiene que despertarla cada dos horas y si no responde, traerla aquí corriendo. Las radiografías no muestran ninguna fractura, pero no quiero descartar una contusión. Ha tenido suerte de no estar peor de lo que está.
Un cómodo sillón con apoya pies se encontraba junto a la ventana de la elegante y amplia habitación. Jake los movió sobre sus ruedecillas hasta llevarlos junto a la cama de Sally y se sentó. Con una mueca de dolor, puso la pierna en alto. Llevar a una mujer de aquí para allá, aunque fuese un peso pluma, como Sally, no estaba incluido en el programa de rehabilitación, y lo estaba pagando caro.
Por otro lado, tendría que estar agradecido. De no ser por su herida, estaría detrás de rejas en aquel momento. Su limitación física y no la prudencia había sido lo que le había impedido satisfacer el deseo de matar al bestia que la había atacado. Lo que más le costaba era olvidar que había sido por su culpa que ella estuviera en el suelo cuando volvió a entrar a la taberna.
No era aquella la forma en que se suponía que acabase la noche, sin lograr que ella diese respuesta a ninguna de las preguntas que él tenía. Además, se encontraba a poca distancia de verse envuelto en la red de sentimientos que le suscitaba Sally Winslow. Pero no quería quererla. Como pareja, hacía mucho que habían acabado.
Pero al verla respirar, al ver el suave movimiento de sus pequeños pechos y recordar la sensación bajo sus dedos al desvestirla hacía unos minutos, sintió un ansia incontrolable. Y demasiados recuerdos.
Ella siempre había tenido la piel como de crema, siempre había sido así de esbelta. Podía rodearle la cintura con sus manos. Siempre había olido como un prado en verano, incluso cuando, como aquella noche, se había pasado el día enseñando y luego la habían arrastrado por un suelo mugriento.
Pero ya no eran los mismos. Los separaban demasiados años y demasiados errores. Era una locura desear acostarse a su lado y protegerla con un abrazo hasta que amaneciese un día mejor.
Ella se movió y gimió suavemente, haciendo que él se incorporase de golpe. Apoyó la pierna herida con sumo cuidado en el suelo y se inclinó hacia ella. Le alisó el cabello oscuro y sedoso, apartándoselo del rostro y volvió a hacer una mueca al ver el moretón que tenía en un costado de la cara.
–¿Sally?
Ella abrió los ojos y le sonrió sin verlo realmente. Así sonreía cuando acababan de hacer el amor.
–Hola –le dijo, confusa.
Se volvió a dormir con la sonrisa en los labios.
¡Ojalá él pudiese haber hecho lo mismo con igual facilidad! Pero la puerta se había abierto un resquicio, lo suficiente para que las preguntas que él había reprimido durante tanto tiempo volviesen a aparecer.
«¿Qué fue lo que cambió las cosas entre nosotros, Sally? ¿Era el francés que me reemplazó un amante mejor? ¿Te prometió más que yo? ¿Por eso cortaste de manera tan drástica conmigo? ¿O éramos los dos demasiado jóvenes como para darnos cuenta de lo frágil que es el amor y no supimos cuidarlo correctamente?»