Sally se debatió en sueños. No quería despertarse y dejar de oír una voz, la voz de Jake, profunda y ronca, murmurando palabras tiernas mientras las manos masculinas se movían por sus piernas, sus brazos, sus hombros… calmándola… sanándola… cautivándola. Pero la luz fría y blanca que procedía del exterior, signo seguro de que seguía nevando, le penetraba los párpados, indicándole que ya era la mañana y que ya hacía rato que se tendría que haber levantado.
Pero… los días de clase se levantaba a las seis y media, horas antes de que amaneciese. Y… ¿por qué había aroma a café recién hecho en el aire?
Intrigada por el esfuerzo que le costó darse la vuelta, miró el reloj que había sobre la mesilla. ¿Las nueve cuarenta y cinco? ¡Imposible! Las clases comenzaban a las ocho y media. La política de la Academia era que los profesores llegasen como muy tarde a las ocho y las sanciones que Tom Bailey imponía a los profesores que perdían las primeras horas de clase bastaban para que nadie faltase.
Preguntándose por qué el más ligero movimiento que hacía le causaba dolor en la cara, por qué se sentía como si un camión la hubiese atropellado, por qué el despertador no había sonado a su hora, volvió a mirar el reloj y, al darse cuenta de que ya eran las nueve cuarenta y seis, abrió la cama con la idea de levantarse a la carrera para ir al cuarto de baño y darse una rápida ducha muy caliente para despejarse. Pero, cuando intentó incorporarse la acometió un dolor tan fuerte que se volvió a echar hacia atrás con un gemido ahogado.
Le dolía todo. Todo. Desde la punta del pelo hasta las uñas de los pies. Incluso le dolían los dientes. Y, mientras luchaba por controlar los dolores que tenía por todo el cuerpo, los recuerdos de la noche anterior volvieron con tal brutalidad que se quedó sin aliento. Se tocó la cara suavemente. Tenía la mejilla izquierda tan hinchada que sentía la piel lisa y tensa como si estuviese demasiado estirada. Se puso de pie y, tambaleándose, se dirigió a la cómoda. Cuando se miró al espejo, casi se desmayó. Apenas pudo reconocerse, de lo hinchada y amoratada que se encontraba, con un ojo inyectado en sangre.
En aquel momento, el ligero chirriar de ruedas aproximándose por el pasillo le llamó la atención. Segundos más tarde, Jake apareció empujando el carrito de bronce con el desayuno. Se encontraba descalzo, con la camisa azul abierta sobre los pantalones, el cabello todavía húmedo por la ducha y recién afeitado. Cómodo y perfecto. En una palabra, ¡la antítesis de cómo se sentía ella, sucia y desaliñada!
–Ah, no, eso sí que no –la recriminó, dejando el carrito a un lado para apartarla del espejo–. Métete en la cama ahora mismo. Es una orden.
Si no hubiese estado en bragas y sujetador, lo cual era casi como estar desnuda, le habría dicho que ella no aceptaba órdenes de nadie, aunque fuese un militar de alto rango. Pero al ver el interés con que él la miraba, se metió corriendo en la cama.
–¿Quién me ha dejado así? –preguntó con desconfianza, tapándose con la sábana hasta el mentón.
–¿Quieres decir que no recuerdas la taberna, ni el tipo que…?
–¡No, eso no! –lo interrumpió ella–. Por supuesto que recuerdo eso. Me refiero a cómo es que llegué a esta cama casi sin ropa.
–Yo te la quité.
¡Dios santo!
–¿Cuándo?
–Cuando te desmayaste –dijo él, llevando el carrito junto a la cama. Le sirvió un zumo de naranja y se lo alargó–. Pero no te preocupes, no miré nada, si eso es lo que te pone tan frenética. Y, si lo hubiese hecho, ¿qué? Ya te he visto más de una vez como Dios te trajo al mundo, aunque tengo que reconocer que estás un poco más rellenita que la ultima vez que te vi. Y creo que el relleno está en el sitio adecuado y en la medida que corresponde, si me permites añadir.
–Me da igual lo que pienses –dijo ella, conteniendo el cosquilleo de placer que le causaron sus palabras–. No quiero zumo, así que por favor, no insistas. Lo que sí quiero es una explicación de por qué estás todavía en mi casa.
–Primero el zumo y luego la conversación. Y, de paso, tómate esta pastilla –dijo, volviéndole a alargar el vaso y, además, una píldora blanca.
–¿Qué es? –preguntó ella, mirándola con desconfianza.
–No es un afrodisíaco, si eso es lo que esperabas. Es una medicina que te recetó el médico que te atendió anoche –luego, al darse cuenta de que ella parecía querer resistirse, añadió–: Por favor, no me des la vara, Sally, que no estoy de humor para ello. No eres la única que ha pasado una noche de perros. Puede que ese sillón sea cómodo para unas horas de lectura, pero no está diseñado para dormir en él.
–Yo no te pedí que hicieses de niñera.
–¡Mira que eres ingrata! –dijo él, irritado–. Anoche te salvaste por los pelos de que te hiriesen seriamente.
–¿Y de quién es la culpa?
–Mía –dijo él–. ¡Y bastante imbécil me siento ya sin necesidad de que me lo refriegues por las narices!
–Perdona –dijo ella, avergonzada. No sabía lo que había sucedido exactamente, pero la furia y el horror reflejados en la cara de él cuando apareció a rescatarla se le habían quedado grabados –. Tienes razón.
–Tómate la pastilla y el zumo, Sally, que se enfría el desayuno –dijo él, encogiéndose de hombros.
–Te agradezco la molestia que te has tomado –dijo ella al ver que en el carrito había huevos escalfados y tostadas además del zumo y el café–, pero no tengo tiempo para esto. Ya he faltado a las clases de la mañana. A Tom Bailey le dará un ataque.
–Y también faltarás a las de esta tarde. En realidad, tendrá que apañárselas sin ti por unos días, como le dejé claro cuando llamé a las escuela a primera hora. Y son las órdenes del médico, no mías –le tocó la mejilla lastimada suavemente con la punta del dedo–. Además, ya has visto el aspecto que tienes. ¿Te imaginas el revuelo que causarías si fueses a la escuela con un ojo amoratado y la mitad de la cara inflada como un balón?
Por supuesto, tenía razón. Aunque a los alumnos les diese igual, a Tom sí que le importaría. No consentiría que uno de sus profesores tuviese ese aspecto y Sally no se sentía con fuerzas para enfrentarse a él.
–¿Me alcanzarías la bata, al menos? Está colgada detrás de la puerta del baño.
Él hizo lo que le pedía, luego la ayudó a ponérsela para que estuviese más decente y le acomodó las almohadas. Si alguien lo viese diría que era un esposo devoto cuidando a su mujer enferma.
–Ya me va gustando más el tema –dijo, asintiendo con la cabeza cuando ella se tomó la pastilla con un trago de zumo y atacó los huevos–. Te sentirás mucho mejor con algo en el estómago. Estás un poco delgada, sabes. ¿Comes bien o eres de esas mujeres que solo se alimentan de tofu y apio?
–Como como una lima nueva –le dijo ella, disfrutando más de la comida de lo que estaba dispuesta a reconocer, aunque masticar le resultase molesto–. Y me pareció que habías dicho que me había rellenado donde corresponde.
–No me refería a esas partes, sino al resto.
–Eso es lo que sucede cuando se vive en una isla tropical durante años –dijo ella, restándole importancia.
–¿Te faltaba de comer?
–No, pero llevaba una vida bastante activa. Natación, submarinismo, volley playa, tenis…
–¿Tenías muchos amigos, entonces? –le preguntó él, sirviendo las dos tazas de café antes de comenzar también a comer sus huevos.
–Bastantes. La colonia de compatriotas era bastante grande.
–¿Amigos varones?
–Algunos.
–¿Algún novio?
–Hace tiempo que eso a ti no te concierne.
–Es verdad –dijo él, poniéndose serio–. Nunca ha habido mucha duda al respecto, ¿verdad?
Ella sintió curiosidad por preguntarle por qué se había puesto tan serio, pero la prudencia le indicó que dejase el tema. No solo podía abrir viejas heridas, sino también desvelar secretos que nunca podría compartir con él.
–No tuve la suerte de encontrar a nadie que me hiciese desear abandonar la soltería por los placeres de la vida de casada –dijo, decidiendo mantenerse en territorio neutral.
–El matrimonio también tiene sus pegas. No es para todo el mundo.
«¡Pero para ti sí, Jake! Solo que no lo quisiste compartir conmigo. E incluso ahora, duele pensar lo fácilmente que me dejaste por otra».
Dejó el plato a un costado porque el apetito le había durado mucho menos que los recuerdos.
–Gracias por hacer el desayuno. Lamento no poder hacerle la justicia que se merece.
–De nada. ¿Más café antes de que me lleve el carrito?
Ella negó y parpadeó, horrorizada al darse cuenta de que su amabilidad la enternecía al punto de hacerla llorar. Serían los medicamentos que la tenían alterada; hacía años que no lloraba por él.
–¿Quieres algo más?
Rescribir la historia, pero para ello se necesitaría un milagro.
–Un baño –dijo ella, peinándose el cabello con los dedos y estremeciéndose de asco al sentir la mugre que tenía en el cuero cabelludo–. Quiero frotarme hasta que se me vaya toda la mugre de anoche.
–Es comprensible –se inclinó hacia ella, dispuesto a retirarle las mantas–. Te ayudo.
–¡De ninguna manera! –dijo ella, aferrándolas y sujetándolas contra el pecho–. Puedo apañármelas perfectamente solita.
Sally pensó que él iba a discutir con ella.
–De acuerdo –dijo él, después de un momento de indecisión–. Mientras dejes la puerta del cuarto de baño abierta…
–¡Ni lo sueñes! No vas a…
–Mira, Sally. Eso sí que no estoy dispuesto a discutir. O dejas la puerta abierta, o te quedas en la cama.
–¡De acuerdo! –capituló ella, porque estaba exhausta y quería volver a la cama cuanto antes–. Lo que sea con tal de no pelearnos.
–¡Así me gusta! –dijo él, empujando el carrito hacia la puerta–. Y mientras tú te lavas, yo me pondré un delantalito mono y haré lo mismo con las cosas del desayuno. Llama si necesitas algo.
En cuanto él desapareció, ella salió de la cama, abrió un cajón y sacó ropa interior y un suave camisón de algodón y corrió al cuarto de baño. Abrió el grifo de la bañera de hidromasaje y echó un generoso puñado de sales dentro. Mientras se llenaba, aprovechó para meterse en la ducha y lavarse la cabeza y quitarse lo más gordo.
Luego puso el temporizador y se metió en la bañera de agua tan caliente que cuando saliese parecería una langosta, pero no le importaba. Con los chorros de agua masajeándole los doloridos músculos, se habría pasado horas metida en el agua.
Pronto oyó la voz de Jake al otro lado de la puerta.
–Ya has estado lo suficiente, Sally –dijo él, levantando la voz para que se lo oyese por encima del ruido del hidromasaje–. Ya es hora de que te vuelvas a meter en la cama.
–Vete –le dijo ella, irritada–. Saldré cuando esté lista, ni un segundo antes.
Jake le movió el picaporte, como amenazándola con lo que podía suceder.
–¡No te pases!
Como si se hubiese puesto de acuerdo con él, el temporizador detuvo la máquina con un «¡Plin!» y los chorros se quedaron igual de silenciosos que el expectante mutismo del otro lado de la puerta.
–¡Vale, de acuerdo! ¡Tú ganas esta vez! –dijo ella, lanzando un suspiro.
Pero en vez de regodearse en su victoria, él aceptó sin comentarios. Ella oyó sus pasos desparejos que se alejaban en dirección a la cocina.
Sin perder un segundo, no fuera a ser que volviese, salió del agua, se secó rápidamente y se vistió de prisa.
Hizo bien en no perder el tiempo. Acababa de abrocharse los botones del camisón cuando la puerta del dormitorio volvió a abrirse.
–Ya estoy casi lista –anunció, pasándose el peine–. Si me hubieses dado un minuto más en vez de ser tan impaciente, habría vuelto a la cama y no habrías tenido de qué quejarte.
El silencio que respondió a su comentario no presagiaba nada bueno. Y, en cuanto salió del cuarto de baño, se dio cuenta del motivo. Jake no era la única persona que la esperaba en el dormitorio.
Su madre y su hermana también se encontraban allí, y a juzgar por la expresión escandalizada del rostro de Margaret, era evidente que había sacado sus propias conclusiones. Su mirada se dirigió de la vestimenta de Sally a la cama deshecha, del jersey de Jake en el suelo junto al sillón, hasta Jake.
–¿Has pasado la noche aquí? –le preguntó, indignada.
–No de la forma que tú imaginas –respondió él con calma.
–¿Y qué crees que me imagino, si se puede saber?
–Que por poco no nos has encontrado revolcándonos en la cama como un par de conejos enloquecidos.
Margaret, poco acostumbrada a que se la confrontase directamente, lo miró horrorizada. Su expresión hizo que Sally lanzase una risita.
–¡Ya dejarás de reír, ya, cuando la noticia llegue a ciertos sitios! –le dijo Margaret, furibunda–. Logré que Tom no se enterase de ello a la hora del desayuno, pero estoy segura de que ya se lo habrán dicho, y si piensas que no te costará tu…
–¡Por el amor de Dios! ¿Quieres, dejar de preocuparte por cosas irrelevantes y prestar atención a lo que verdaderamente importa? Honestamente, me siento agradecida. Cualquier tonto puede darse cuenta de que Sally necesitaba a alguien que la cuidase durante la noche y, como ninguno de nosotros sabía que estaba herida, me alegro de que él estuviese aquí para ocuparse de ello –acarició con cariño los moratones de Sally–. Lo siento, cariño. No supe lo que había sucedido hasta leer el periódico esta mañana.
–¿Salí en las noticias?
–¡Más que eso! –bufó Margaret, blandiendo el periódico–. No te bastó con salir en la primera página la semana pasada por algo que hizo que muriese la hija de una de las familias más importantes del pueblo. No, tuviste que repetir esta semana y además, con su marido, para recordarnos a todos lo mucho que te gusta llamar la atención. Nuevamente nos has humillado a todos con tu comportamiento intolerable. Lo que es yo, ya estoy harta. No pretendas que te vuelva a defender, Sally Winslow. Esta vez, apáñatelas sola.
–Eso es lo que me gustaría en este momento… estar sola.
–Bueno, ¡que no se diga que no me doy por aludida cuando me sueltan una indirecta! –se fue Margaret muy ofendida y cerró la puerta de entrada con un portazo para indicar su enfado.
–O te vienes a casa a reponerte, Sally –dijo su madre, sin ceder–, o te mando a Edith para que te cuide. Pero me niego a dejarte sola hasta estar tranquila de que puedas valerte por ti misma nuevamente.
–Me alegra su actitud, señora Winslow –dijo Jake, recogiendo su jersey–. Alguien tiene que hacer que su hija entre en razón. El médico que la atendió insistió en que había que tenerla en observación durante veinticuatro horas, pero es una paciente difícil, como imagino que usted ya sabe.
–Oh, sí –dijo ella, poniendo los ojos en blanco–. ¡Si te contara! Pero veo que estás ansioso por irte.
–Tengo que ocuparme de algunas cosas –dijo él.
–Claro que sí. ¡Qué recibimiento terrible has tenido, Jake! Pero gracias por todo lo que has hecho. Nos sentimos muy agradecidas, ¿verdad, Sally?
–Sí –dijo ella dócilmente, dispuesta a estar de acuerdo con cualquier cosa con tal de poder volver a meterse en la cama. La cabeza comenzaba a dolerle nuevamente.
–Entonces, os dejo –dijo él, esbozando una sonrisa que le recordó a Sally tanto a los viejos tiempos que se le aflojaron las rodillas–. Intenta portarte bien, ¿vale?
–¡Qué hombre tan agradable! –observó su madre, estirando las sábanas. La llevó a la cama–. Cuando te sientas mejor, tendrás que decirme qué fue lo que te hizo salir con él anoche, y a ese antro, justamente, porque sabes bien, hijita, que Margaret no está tan equivocada. No le ayuda nada a tu reputación que te vean frecuentando semejante establecimiento.
–Sí, mamá. Estoy segura de que tienes razón. No volverá a suceder.
Incapaz de aguantar otro sermón, Sally cerró los ojos y no le resultó difícil volver a sumergirse en un mundo de sueños silencioso y pacífico.
Un par de veces, en las horas que siguieron, oyó a Edith rondando por la casa, pendiente de ella. Una vez, sintió que el ama de llaves la sujetaba para que tomase una bebida fresca y tragase otra píldora. Pero mayormente durmió mientras su cuerpo se curaba.
–¡Cómo has podido tener tan poco respeto! – se oyeron las voces que daba Colette Burton en medio vecindario. Sacudió el periódico local bajo las narices de Jake y pasó, deteniéndose en el medio del opulento vestíbulo–. Mi hija te adoraba, Jake. Eras su vida entera. Le rompería el corazón si supiese lo rápido que has comenzado a salir con alguien más, apenas una semana más tarde de su muerte –se disolvió en estridentes sollozos–. ¡Y justamente con esa mujer! ¡Ni te imaginas el daño que le has hecho a tu reputación!
Dado lo que sospechaba y lo poquito que se había enterado la noche anterior, hubiese deseado decirle que quien corría más riesgo de hacer daño a su reputación era Penélope. Pero no le causaba placer hacerle daño.
–Las cosas no son siempre lo que parecen, Colette –se contentó con decirle–. El motivo por el que estuve con Sally Winslow anoche era puramente comercial.
–¿En una taberna de baja estofa? –dijo ella despectivamente–. ¿Por qué clase de tonta me tomas?
Jake no podía culparla de que no lo creyese. La excusa era bastante débil. Se encogió de hombros.
–Si optas por no creerme, poco puedo hacer.
–Podrías intentar comportante como un hombre que acaba de enviudar. Quizá ello hiciese que tus protestas resultasen más convincentes. Toda tu forma de comportante desde que volviste a casa está levantando comentarios, Jake. Has estado tan frío y distante que parecías cruel. No derramaste ni una sola lágrima en el cementerio. Desoíste mis expresos deseos y nos refregaste a Sally Winslow por las narices en el funeral en casa –volvió a sacudir el periódico y lo miró, con los ojos hundidos–. Y ahora, a tres días del funeral, ¡sucede esto! ¿Qué quieres que pensemos?
–Que puede que la situación no sea tan sencilla como parece.
Colette dejó de llorar súbitamente y lo miró, inquieta.
–¿A qué te refieres? ¿Qué intentas hacer?
–Encontrar un poco de tranquilidad de espíritu.
–¿A costa de mi hija? ¡No te lo permitiré, Jake!
–No digas algo que yo no he dicho, Colette. Y no me amenaces.
–¿Amenazarte, yo? –su astuta expresión se trocó por una compungida– ¡Jake, intento ayudarte!
–Concéntrate en ayudarte a ti misma –dijo él–. Cada uno de nosotros se enfrenta a la tragedia de una forma distinta. Tienes que aceptar que tu forma no es necesariamente igual a la mía.
–Tendríamos que estar apoyándonos mutuamente para sobrellevar este momento terrible. Tiene que haber algo que pueda hacer.
–Podrías comenzar por explicarme por qué te pareció bien venir y llevarte todas los objetos personales de Penélope, en vez de dejar que yo me ocupase de ello. Y puedes decirme por qué disteis instrucción en la policía de que enviasen los resultados de la autopsia a la oficina de Fletcher en vez de a mí.
–Pues, ¡para evitarte el trago, por supuesto! Has pasado tanto en los últimos seis meses, Jake, y volver a casa por fin para tener que enfrentarte a tantos recuerdos no me pareció justo. Queríamos aliviarte lo más posible la tarea. Sabías de qué había muerto, así que ¿para qué tener que enfrentarte a los detalles desagradables del informe? En cuanto a sus cosas, tener que decidir qué hacer con la ropa de una mujer no es algo que les gustaría hacer a muchos hombres. Si lo que te preocupa son sus joyas…
–No, en absoluto –dijo él–. No sabría qué hacer con ellas ni con su ropa. Lo que intento decir de la forma más delicada posible es que estás interfiriendo en cuestiones que no te incumben.
–¡Penélope era nuestra hija!
–Sí, pero como no dejas de recordarme a cada momento, también era mi esposa.
Indignada, Colette se puso los guantes y abrió de un tirón la puerta de entrada.
–Siento que lo consideres así, Jake. Pensaba que éramos la misma familia y, como tal, gozábamos de los privilegios que ello conlleva. Es obvio que estaba equivocada. En el futuro intentaré no molestarte.
Jake sabía lo que se suponía que debía hacer: impedir que ella se fuese, rogarle que lo perdonase, decirle que ella siempre sería una parte importante de su vida y demostrárselo permitiéndole que hiciese lo que quisiese en su casa. Era el tipo de precio que le exigía a Fletcher cada vez que el pobre desgraciado se atrevía a no estar de acuerdo con ella o intentaba ejercer un poco de independencia. Pero él no era Fletcher.
–Es una pena, pero quizá sea inevitable –dijo, haciéndose a un lado para dejarla pasar–. Adiós, Colette, te llamaré si hay algo más que discutir. Dale recuerdos a Fletcher.