Capítulo 5

 

Jake esperó cuatro días y luego, cuando se hubo hecho de noche, para no despertar mayores habladurías, volvió a ir a la casa de invitados de los Winslow. En vez de entrar con el coche al jardín y aparcar en un sitio visible a los transeúntes, lo dejó en la carretera y entró por una puertecita que había en el muro que rodeaba la propiedad. Se aproximó al chalet. Una suave luz se filtraba por la ventana del salón. La nieve, que amortiguó el sonido de sus pasos, le permitió acercarse hasta el porche y mirar dentro sin ser descubierto.

Aunque el resto de la estancia se encontraba a oscuras, las llamas de la chimenea y una pequeña lámpara mostraban a Sally hecha un ovillo en un sillón frente al fuego, con el mentón apoyado en las rodillas. Llevaba una bata verde oscuro y blancas zapatillas peludas; el cabello no permitía que se le viese la cara, sin embargo, Jake percibió su desaliento.

Al igual que le había sucedido el día del funeral y nuevamente en la taberna, le sobrevino un impulso casi animal de protegerla. Conteniéndolo, se acercó a la entrada y llamó. Cuando ella le abrió, agitó una gran bolsa de papel delante de sus narices.

–Antes de que me mandes a paseo, huele esto. Lo traigo del restaurante japonés de Beach Street y es un seguro contra la tristeza invernal.

Sally le obedeció y le lanzó una mirada por debajo de las pestañas.

–¿Has traído sake también?

–Por supuesto.

Sin decir nada, tomó la bolsa, le hizo un gesto de que entrase y se dirigió a la cocina.

–No creía que capitularías tan rápido –dijo Jake, siguiéndola, tras quitarse el abrigo y las botas y dejarlos en el perchero de la entrada.

–No me puedo permitir ser exigente con las visitas. Los amigos están un poco escasos en este momento.

–¿Has tenido un nuevo altercado con tu hermana?

–¡Con mi hermana y mi cuñado! –dijo ella, abriendo los recipientes con comida–. ¡Mmm, qué rico! Arroz, salsas y pollo yakatori! ¡Tempura de gambas también! ¡Qué bueno!

–Supongo que no habrás comido –dijo él, sonriendo.

–No porque no haya tenido la oportunidad –dijo ella, haciendo una mueca–. Pero si llego a ver otra taza de caldo en mi vida, me da un ataque. Tiré lo último por el fregadero.

–¡Desagradecida! –rio él, abriendo la botella de vino de arroz–. ¿No tendrás en qué servir esto, por casualidad?

–¡Por supuesto! –dijo ella, imitando la forma en que él lo había dicho cuando le preguntó si había llevado sake y, rebuscando en el fondo de un armario, sacó una frasca de porcelana y dos vasitos–. Esta cocina está perfectamente equipada para toda ocasión. ¿Quieres traer el carrito del comedor? Podemos poner todo allí y comer junto al fuego.

Se dio la vuelta hacia él y la luz más brillante de la cocina le mostró que, aunque se le había deshinchado la cara, la seguía teniendo amoratada. Una furia sorda lo volvió a invadir y agradeció tener una excusa para irse un segundo y controlar sus emociones.

–Quizá te interese saber que el bestia que te atacó está entre rejas y probablemente se quede a la sombra un tiempo –le dijo cuando entró nuevamente a la cocina empujando el carrito. Procedió a cargarlo con las fuentes y los platos mientras ella calentaba el vino–. Le negaron salir bajo fianza: tenía demasiados cargos por peleas anteriores. Esta vez la ley le caerá con todo.

–Intentaré que eso me dé ánimo mientras pienso qué puedo hacer en el futuro.

Jake habría preferido no admitir lo pesimista que le había parecido su comentario, pero tampoco podía simular que no la había oído.

–No me digas que piensas marcharte del pueblo nuevamente.

–No era exactamente lo que quise decir –dijo ella, encogiéndose delicadamente de hombros–, pero ahora que lo dices, ¿por qué no? Después de todo, a pesar de mis esfuerzos por agradar, lo único que hago es molestar y avergonzar a todo el mundo. ¿Qué me retiene aquí?

–Estoy yo –se oyó Jake decir antes de que pudiese darse cuenta de la tontería que decía. ¡Cielos! ¿Qué le pasaba?

–Bastantes problemas tienes ya.

–Siempre he tenido tiempo para los viejos amigos.

Ella no hizo comentario y nuevamente se reflejó la melancolía en su rostro.

Jake sintió deseos de tocarla, de pasarle un brazo por los hombros, como un hermano, y darle un apretón para reconfortarla. Pero ella se apartó para verter el sake caliente en la frasca, lo cual quizá fuese mejor. Tocarla bajo cualquier pretexto era como jugar al fútbol con una bomba.

–¿De veras –dijo ella, lanzándole una mirada relampagueante de sus maravillosos ojos verdes, que nunca habían sabido esconder sus emociones–. ¿Por eso no te he visto el pelo en los últimos cuatros días?

–Me pareció mejor esperar un poco a que se calmase el jaleo.

–No se calmará, Jake –dijo ella, lanzando un suspiro–. La gente de este pueblo no olvida fácilmente. Hace años me tacharon de adolescente rebelde que se aprovechaba de los privilegios con los que había nacido y lo que ha sucedido en las dos últimas semanas no ha hecho más que confirmar la opinión de la gente de que no he mejorado en absoluto.

–Entonces, ¿vas a huir?

Ella hizo una mueca de desagrado al oír el desprecio en su voz.

–Llámalo así, si te parece bien.

–¡No me parece bien, Sally!

–¿Qué pretendes que haga? ¿Qué me plante frente al Ayuntamiento para que los mojigatos de Eastridge Bay me tiren tomates podridos como castigo por mis pecados reales o imaginarios?

–No –dijo él, alimentando la rabia que usurpaba el sitio al torbellino de emociones menos admisibles que lo invadía–. Deja de arrastrarte para lograr aprobación y comienza a exigir respeto, para variar.

–No resultará fácil.

–Yo no dije que lo fuese. Comenzar de nuevo requiere agallas, y yo lo sé.

Al pasar a abrirle la puerta de la cocina, ella le tocó la empuñadura al bastón que él había dejado apoyado contra la pared e hizo un gesto hacia su pierna.

–Entonces, ¿eso ha puesto punto y final a tu carrera militar?

–Ajá. Mis días como piloto de F14 han acabado –reconoció él, empujando el carrito hasta el salón–. Pero, si sigo así, seré un mayordomo perfecto.

La risa de ella, la primera señal de genuina diversión que había oído desde que se habían vuelto a reunir, le hizo recordar los viejos tiempos. Se habían reído mucho cuando salían juntos.

–¿A quién quieres engañar, Jake? Nuestras familias contratan sirvientes, no los producen. Tu padre está cumpliendo su sexto mandato como alcalde y tu madre es famosa por sus veladas y sus reuniones de caridad –lo contempló pensativa antes de echar un nuevo leño al fuego–. Además, tú, un héroe condecorado de la Guerra del Golfo Pérsico… después de lo emocionante que habrá sido aquello, no te imagino contentándote con una vida rutinaria.

–No te creas –dijo él. Acercó dos sillas al carrito para que se pudiesen sentar y sirvió el sake–. Ya he tenido suficiente. Estoy harto de violencia –le dirigió otra mirada al rostro magullado–. Estoy cansado de ver víctimas inocentes de la brutalidad de los hombres.

–Pareces quemado, Jake, lo cual no me sorprende –dijo ella, sin hacer caso a la referencia que él hacía a sus heridas–. Quizá sea mejor que no hagas nada por un tiempo, hasta que te recuperes. Puedes permitírtelo.

Jake extendió la pierna y se palmeó el muslo.

–Dentro de poco esto no será más un problema, y el dinero nunca lo ha sido. Mi pensión militar es más que suficiente para mí, sin contar con las inversiones que hice cuando recibí mi herencia a los veintiún años. Pero no me gusta estar desocupado. En cuanto arregle mis asuntos, estaré preparado para aceptar desafíos nuevos.

–¿Y qué tipo de retos serán? –preguntó ella, mojando un trozo de tempura de gamba en salsa–. ¿La política? ¿La abogacía? ¿Las finanzas?

–No –dijo él, negando con la cabeza–. Busco algo un poco más práctico que el tipo de tareas que realiza mi familia.

–¿Vas a romper la tradición? –le preguntó ella, sorprendida–. ¡Dios santo, te convertirás en un marginado peor que yo!

–Me da igual –era increíble la forma en que fluían sus pensamientos, cómo ideas que habían estado fermentando en su subconsciente durante días, de repente tomaron forma–. Quiero construir, no destruir; crear trabajos lucrativos para hombres que no tienen demasiado pero están dispuestos a trabajar honestamente para ganarse su sustento. Quiero ser recordado como alguien que cambió la vida de la gente corriente, en vez del rico de la colina a quien le daba igual la forma en que vivían los demás –le dirigió una sonrisa irónica–. Te doy permiso para que te rías, si quieres.

–No me apetece reírme –le dijo ella con seriedad–. Me has llegado al corazón. Mi conciencia también me dice lo mismo. Nunca me ha faltado de nada. Ayudar a la gente que nunca ha disfrutado de los privilegios con los que yo nací es lo que hizo tan gratificante trabajar en el Caribe.

–¿No sientes lo mismo trabajando en la Academia?

–Supongo que no te habrás enterado de que me han despedido –dijo ella con una mueca.

–Lo siento, Sally. Me temo que ha sido culpa mía. Si no te hubiese llevado a la taberna de Harlan…

–Habrían encontrado algo más que no les gustase de mí –dijo ella, restándole importancia–. No encajo en el tipo de imagen que la escuela quiere dar.

–Quizá sea verdad, pero ese no es motivo para permitir que te echen del pueblo. Habrá otras escuelas que necesiten profesores.

–No quiero otra escuela, la verdad es que no me inspira demasiado enseñar aquí. Lo hice en Santa Lucía porque era algo que yo les podía ofrecer.

–Estoy seguro de que tus alumnos te consideraban una excelente profesora.

Ella se encogió de hombros. Se metió un dedo manchado de salsa en la boca y se lo chupó, sin darse cuenta de lo sensual que ello resultaba. Recordó una vez que habían ido a las atracciones de las fiestas del pueblo y compartido una bola de algodón de azúcar. Luego ella le había quitado con la lengua los hilos que le habían quedado pegados en el mentón. Él se había sentido terriblemente excitado y sintió que lo mismo amenazaba con sucederle ahora. Apartó la vista y se movió en la silla, intentando que no se le notase.

–Entonces, si enseñar no te motiva, ¿qué es lo que te gusta realmente?

Ella eligió un pincho de pollo y lo miró pensativamente.

–Luchar por los menos favorecidos –dijo finalmente–. Defender el derecho a ser diferente del que no encaja en los patrones tradicionales, o son incapaces de defenderse por sí mismos.

–Son unos ideales bastante elevados, Sally.

–No menos que los tuyos.

–Supongo que no, pero es verdad que siempre estuvimos en la misma onda.

Se hizo un repentino silencio, palpable como si alguien hubiese entrado por la puerta y los hubiese encantado, paralizándolos. Hasta las llamas de la chimenea parecieron perder la energía.

–No, no siempre fue así –dijo ella, rompiendo el hechizo.

–Si te refieres al verano en que fuiste a París, nunca hablamos de ello, y en varias ocasiones yo…

–No tiene sentido sacar a relucir el pasado.

La mujer que había hablado con tanto entusiasmo de sus ambiciones hacía un momento se transformó frente a sus ojos en una extraña en menos que canta un gallo. No importaba. No había ido a su casa a desenterrar cosas viejas. Bastante tenían con lo que había que resolver del presente.

–Entonces, ¿qué te parece si clarificamos algunos puntos sobre el pasado reciente, especialmente los hechos de la otra noche? –le sugirió con calma.

–A mi parecer –dijo ella, con los ojos velados–, lo único que no está claro es cómo puedes justificar que me dejases sola en el antro aquel.

–No sabes lo mal que me siento cada vez que lo pienso.

–¿Qué pasó?

–Cuando iba al cuarto de baño, me encontré a un chico de dieciocho años totalmente borracho y lo llevé a su casa con idea de estar de vuelta antes de que me echases en falta. El problema fue que se desmayó en mi coche y la madre pensó que yo había sido quien le habría proporcionado la bebida. Cuando logramos aclarar todo y la ayudé a meterlo en la cama, me di cuenta de que habían pasado quince minutos, no cinco. Pero si hubiese sabido que tú…

–Hiciste bien en ayudarlo –lo interrumpió ella suavemente–. Y, de no haberte perdonado antes, lo hago ahora.

–Pero yo no me he perdonado a mí mismo. Me dieron deseos de matar al bestia aquel cuando vi lo que te hacía. Y, si la policía no hubiese llegado a tiempo, quizá lo habría hecho. Suerte que los había llamado después de dejar al chico para denunciarlos por servir licor a menores de edad. Mucho hablar de despreciar la violencia y luego, cuando se trata de defender a la mujer que…

¿Qué? ¿Estaba por decir: «a la mujer que amo»? ¡Estaba loco! Llevaba años sin enamorarse de ninguna mujer.

Atónito, la miró, pensando que ella estaría divertida, pero lo sorprendió una expresión de una vulnerabilidad tan manifiesta, que sintió deseos de tomarla en sus brazos.

Como si ella se hubiese dado cuenta de que se había traicionado, se puso pálida. Pero ya era tarde. Algunas cosas no cambiaban con el tiempo y una de ellas era la forma en que ambos se conocían.

No había necesitado acabar la oración para que ella se diese cuenta.

–Lo que tendría que haber dicho… –comenzó, atropellándose con las palabras.

–Era que actuaste guiado por el instinto masculino de proteger al más débil –lo interrumpió ella, que se había recuperado más rápido.

–Algo por el estilo –dijo él decidiendo que había llegado el momento de cambiar de tema–. Volví a la taberna ayer. La han cerrado por violación de la ley de venta de alcohol, pero logré dar con el dueño y le mostré una foto de Penélope. Me costó un poco de dinero, pero finalmente reconoció que ella había sido cliente habitual durante meses, mucho antes de que tú volvieses al pueblo.

–¿Ah, sí? –dijo ella, mirando el arroz como si temiese que le fuera a morder.

–Sí –dijo él, observándola, aunque ella no demostró más lo que sentía, así que él decidió poner toda la carne en el asador–. Me dijo que era «como una perrilla en celo». Me parece que es bastante descriptivo, ¿no?

–Sí –dijo ella, con voz apagada–. Supongo que sí.

–Me sorprendes, Sally –dijo él con calma–. Imaginaba que lo refutarías, y con mucha más energía de la que demuestras. Lo cual me hace preguntarme… ¿por qué? ¿Cuánto más sabes que no quieres decirme?

Por fin logró el resultado que pretendía. Agitada, Sally dejó con un golpe seco el cuenco de arroz sobre la mesa, se levantó de la silla y se dirigió a la ventana, de modo que él lo único que le podía ver era la espalda.

–¿Por qué iba a saber nada? –dijo ella–. Ella no me contaba sus cosas.

–Una vez vosotras fuisteis inseparables. Tú la conocías mejor que nadie.

–Eso fue antes.

–¿Antes de qué?

Sally apretó los labios como si se arrepintiese de haber hablado precipitadamente y eligió sus palabras con mayor cuidado.

–Antes de que nos fuésemos separando poco a poco. No nos mantuvimos en contacto mientras yo estuve fuera. No tengo ni idea de los sitios que ella frecuentaba. Salimos aquella única vez para ponernos al día con nuestras vidas y ya sabes cómo acabó la noche. Eres viudo debido a mi imprudencia.

–¿Realmente te sientes culpable por la muerte de mi mujer? –preguntó él, levantándose para acercarse a ella.

–¿Y quién iba a serlo? –dijo ella, apartándose como un potrillo temeroso–. Yo era quien iba conduciendo.

–Claro. Ibas conduciendo su coche. ¿Y quieres que te diga por qué? Porque ella estaba demasiado borracha como para conducir, así que tú te hiciste cargo del coche. A ella no le gustó la idea. Probablemente intentó que no le quitases las llaves… ¿qué tal voy, Sally?

Ella no respondió, y tampoco necesitó hacerlo. La palidez de su rostro, que era más evidente por el contraste con los moretones, hablaba por sí sola.

–Probablemente tuviste que forzarla para que se quedase en el asiento del pasajero –prosiguió él–. Y, o no te diste cuenta de que no se había puesto en cinturón, o ella se negó a abrochárselo, por lo cual, cuando te diste contra el poste de electricidad, tú casi saliste ilesa mientras que ella salió despedida y murió.

Finalmente había encontrado la fórmula para hacerla hablar, y una vez que ella comenzó a hacerlo, no hubo forma de pararla.

–No quería marcharse del bar –dijo ella, con voz ahogada–. ¡Oh, fue terrible… vergonzoso! Montó una escena terrible, gateando por el suelo y soltando tacos. Era como un animal. Casi no la reconocí. No quería que nadie supiese que la conocía. Cuando finalmente la conseguí sacar de allí, se le cayó el bolso y así logré quitarle las llaves. Tuve que pelearme con ella para lograr meterla en el coche. Estaba furiosa… fuera de control. Se tiraba en contra de mí para quitarme las llaves, intentaba agarrar el volante… el coche comenzó a patinar… pensé que las ruedas nunca acabarían de chirriar… y no pude… no pude…

–Sé que no pudiste –dijo él, odiándose por lo que le estaba causando, pero demasiado dominado por sus propios fantasmas como para dejarlo–. A mí me sucedió lo mismo con ella más veces que las que quiero recordar.

–Pero tú no acabaste matándola.

–Fue un accidente, Sally, un accidente causado por ella. Si hubieses permitido que ella condujese, estaríais las dos muertas. No podría vivir con ello.

–Tendría que haber evitado que bebiese tanto. Me debes odiar por lo que dejé que sucediese.

Sin pensar en las consecuencias de lo que estaba por hacer, él acortó la distancia que los separaba y alargó la mano para acariciarle el cabello. Pero cuando las hebras de seda se deslizaron entre sus dedos y le rozó el rostro, toda su control, toda su cautela se desintegraron como cenizas.

Sally levantó los brazos como para empujarlo, pero en vez de ello se volvió hacia él y lo agarró por la pechera del jersey mientras cerraba los ojos y emitía un ahogado gemido. Sus labios se unieron, guiados por un ansia tácita y fue como si el ayer no hubiese existido nunca. Las compuertas se abrieron y dejaron libre todo el anhelo acumulado. La apretó entre sus brazos y le dio una serie de besos que puntualizaba con palabras que no tenía derecho ni a pensar ni a decir en voz alta.

–Nunca podría odiarte –murmuró, angustiado al pensar en que ella se le pasase por la cabeza–. Tú fuiste mi primer amor… mi único amor.

–¡No! –exclamó ella–. ¡No puedes decir cosas como esas! ¡Acabas de enterrar a tu mujer!

–Lo sé… lo sé .

Pero seguía besándola, rozándole con sus labios la línea de la mejilla y la garganta. Y ella seguía dejándolo que lo hiciese. Lo rodeó con sus brazos y echó la cabeza hacia atrás, dejando su largo y bonito cuello expuesto. Le agarró la rodilla entre las piernas abiertas y apoyó sus caderas contra él con una desesperación que igualaba la suya.

Sally lloraba todo el tiempo y estaba hermosa, tan hermosa que cortaba la respiración.

–Mañana odiarás esto –susurró ella, con lágrimas corriéndole por las mejillas–. Te sentirás tan arrepentido…

–Nada podrá igualar los remordimientos que sentí por lo del lunes.

–No fue culpa tuya.

–Sí que lo fue –dijo él, recorriéndole con el dedo las mejillas húmedas–. Y deseaba tanto compensarte, echarme a tu lado en la cama, abrazarte toda la noche. Cuidarte y no dejarte ir nunca.

–Es porque no quieres aceptar lo de Penélope –sollozó ella–. No quieres aceptar que ella te traicionó. Por eso dices todo esto. Necesitabas alguien de quien agarrarte y yo pasaba por ahí.

Ojalá hubiese sido así. Las cosas serían mucho más fáciles. Pero estaba cansado de simular dolor. Harto de representar una farsa que hacía tiempo que se había acabado.

–No cualquiera, Sally –dijo, meciéndola en sus brazos–. Solamente tú. Cuando estamos juntos, creo en el mañana. Tú me haces sentir otra vez. Haces que desee vivir.

Ella se fundió con él y sus protestas se convirtieron en un suspiro cuando él la besó. Jake le acarició la garganta y luego su mano siguió descendiendo por la bata. Debajo de ella, infinitamente más suave que la más suave seda, estaba su piel, como crema.

¡Quién sabe lo que habría sucedido entonces si una brillante luz no hubiese iluminado la ventana desde fuera, mostrándolos en una actitud que la sociedad consideraba indecente!

–¿Qué diablos…?

Jake la cubrió con su cuerpo, consciente de que aunque pudiese protegerla de más dolor físico en aquel momento, no podía hacer nada para evitar que se dañase su reputación. Una figura corrió por la nieve, dirigiéndose al portón de la entrada. Segundos más tarde, el ruido de un coche acelerando por la calle rompió el silencio de la noche. Quien se había acercado a la casa había encontrado lo que estaba buscando y Jake dudaba que se guardase el secreto.

–Lo siento, Sally –dijo–. Me temo que los problemas que tenías antes se han multiplicado por mil.