Capítulo 6

 

Desde que había llegado al pueblo, Sally se había sentido como un imán que atraía problemas, y la tensión ya se hacía notar. Mientras recorría la casa, encontró que se sobresaltaba cada vez que veía una sombra y que, al estar con los nervios de punta, cada sonido le parecía extraño. De repente, las puertas-ventana del salón se le antojaron poco sólidas para detener a un intruso; la ventana de su dormitorio demasiado baja y fácil de forzar.

Un golpe repentino en la puerta de entrada hizo que el corazón le diese un vuelco.

–Soy yo, Sally –llamó Jake, causándole un enorme alivio.

Corrió a abrirle.

–¿Has encontrado algo?

–Solo huellas en la nieve.

–¿Solo eso? –preguntó ella, abriendo el buzón de correos junto a la puerta–. ¿No dejaron ningún anónimo desagradable, ni un ladrillo listo para tirar por la ventana?

–Nada, lo cual me hace pensar que no fue algo planeado. Lo más probable es que fuese algún crío. Es el tipo de cosa que los adolescentes hacen para divertirse –sacó las llaves del bolsillo y se levantó el cuello de la chaqueta–. Nada serio.

–¿Y ya está? ¿Te vas así como así? –preguntó ella, más consternada de lo que en realidad quería reconocer.

–Será lo mejor. Estoy casi seguro de que no te molestarán otra vez esta noche, pero pon la alarma antes de irte a la cama, por si acaso.

–No lo decía por eso –dijo ella–. Jake, antes de que nos interrumpieran, tú y yo…

–Jugábamos con fuego –dijo él, con voz inexpresiva–. Tendrías que sentirte agradecida de que nos interrumpiesen. Mi venida aquí esta noche fue un gran error.

¡No se andaba con chiquitas! No le mandaba indirectas ni intentaba evitarle dolor, sino que la rechazaba directamente, ¡y si con ello la hería, al infierno con ella!

–Ya lo sé –replicó con frío orgullo–. Por si no lo recuerdas, intenté decírtelo, pero no me escuchaste.

–Pues, ahora sí que te escucho. Y gracias por recordármelo.

Se dignó a mirarla a los ojos y a ella le pareció notar un instante de dolor en sus ojos. Pero, seguramente, le dolía la pierna. O la conciencia.

–No te olvides el bastón –le espetó. Corrió a la cocina a buscarlo y casi se lo arrojó–. ¡No vaya a ser que tengas que venir a buscarlo! Quién sabe, quizá lo vuelvas a necesitar la próxima vez que tengas que defender a otra que hayas obligado a acompañarte al antro de peor reputación del pueblo –añadió con ira.

–Siento haberte ofendido –dijo él con calma–. Ya has tenido bastante que lidiar sin empeorar más las cosas.

–No has empeorado las cosas, así que no te ilusiones. De hecho, te agradezco que me hayas recordado lo que nos hizo romper antes. Siempre tuviste talento para iniciar cosas, pero nunca se te dio demasiado bien llevarlas a cabo.

–¿Se puede saber qué quieres decir con eso?

–¡Averígualo tú solito! –le soltó ella, y, sin esperar su respuesta, le dio con la puerta en las narices y apagó la luz del porche.

Ojalá se cayese por las escalinatas y se rompiese la otra pierna. Pero la luna brillaba tanto que si ella no hubiese estado cegada por la pasión, habría visto al merodeador mucho antes de que él tuviese oportunidad de iluminarlos con la linterna y pillarla a punto de cometer el segundo error más grande de su vida.

Jake tenía razón. Por suerte los habían interrumpido. Él le recordaba el pasado de forma muy vívida, como si hubiese tenido lugar el día anterior. Pero lo peor, ¡mucho peor!, era que él pasaba por alto las partes malas y la convencía para que recordase solo las buenas. Hacía que ella fuese imprudente.

Furiosa al darse cuenta de ello, se apartó de la puerta con intención de volver al salón y tirar a la basura los restos de la cena y todo lo demás que le pudiese recordar a Jake. Pero, al pasar, se vio en el espejo del hall.

Horrorizada, observó a la criatura de mirada ausente que se reflejaba en él, la boca henchida por los besos, con las mejillas y garganta enrojecidas por el roce de la barba masculina. Tenía el cabello alborotado y la cremallera de la bata bajada le dejaba al descubierto un hombro y el nacimiento del seno.

La imagen mostraba lo que era: débil, despreciable, estúpida, y tan enfangada en el pasado, que no tenía ninguna esperanza de dejar atrás los tristes recuerdos que la perseguían.

 

 

Las cosas habían comenzado a cambiar entre ella y Jake el mes de septiembre en que ella se marchó para hacer un trimestre en la Sorbona de París. Él había cumplido veinte años en la primavera y cursaba el ingreso a la Escuela de Pilotos de Marina. Ella tenía dieciocho, acababa de terminar la escuela secundaria y estaba radiante después de haberse entregado en cuerpo y alma al hombre que amaba durante el verano.

No le había resultado fácil despedirse de Jake, pero había aceptado la oportunidad de perfeccionar el francés mientras estudiaba Arte en la ciudad más romántica del mundo, una justa compensación por estar tan lejos de él.

Tampoco habrían pasado demasiado tiempo juntos si ella se hubiese quedado en casa. Los seiscientos kilómetros que los separaban desde que él se había marchado a la universidad dos años antes, impedían que se viesen con frecuencia durante el año académico. Y, aunque otras relaciones se podrían haber debilitado, la de ellos se había fortalecido. Nunca habían estado más enamorados, así que Sally se había marchado tranquila, segura de que nada de lo que le pudiese ofrecerle Europa cambiaría aquello.

Y no lo había hecho. El cambio había provenido de él, poco a poco, con cosas tan sutiles que al principio ella había desoído el miedo intuitivo que le había ido invadiendo la mente.

Si él parecía distante al teléfono, sería porque estaba en la otra punta del mundo. Si a veces no estaba en su apartamento cuando lo llamaba, tendría tanto que estudiar que seguramente estaría en la biblioteca.

Cuando él propuso dejar de llamarse dos veces por semana por teléfono y solamente utilizar el correo electrónico, ella accedió por no parecer insegura y posesiva. Después de todo, se tenían confianza mutua, ¿o no?

Cuando las respuestas a sus cartas se espaciaron, continuó justificándolo y viviendo en un mundo de fantasía hasta el día en que la realidad la golpeó de lleno en la cara.

–El motivo por el que tu ciclo no es normal no es patológico, querida –le dijo el amable doctor francés cuando, alarmada por dos meses de regla muy escasa, ella había acudido al médico–. Está embarazada de diez semanas. A veces sucede con algunas mujeres que siguen teniendo un poco de pérdidas durante el tiempo en que normalmente tendrían la regla. Generalmente pasa después del primer trimestre.

La vida se le iba de las manos, y sin embargo, no pudo asimilarlo inmediatamente. No podía decirle a Jake lo del bebé, todavía no. No habría sido justo darle la noticia por teléfono o correo electrónico. Ya le faltaba poco para que estuviesen juntos nuevamente y se lo podría decir en persona.

Él le había prometido que la esperaría en el aeropuerto, que pasarían las vacaciones de Acción de Gracias juntos; la noticia podría esperar hasta entonces, hasta que él la tuviese entre sus brazos nuevamente y ella pudiese ver con sus propios ojos la pasión que lo dominaba, que nunca había sido capaz de esconder.

Pero él no había estado allí cuando ella llegó, y, de repente, no había forma de negar lo que su corazón le decía desde hacía semanas. Destrozada, había confiado en Penélope.

–Algo anda muy mal entre Jake y yo –le había dicho, y le había confiado todas sus dudas.

Penélope no se había reído.

–Sí, algo anda muy mal. Será mejor que te prepares para lo peor, Sally.

–¿Por qué? ¿Qué pasa? –preguntó, con la garganta agarrotada por el miedo–. ¿Está enfermo?

–¡Qué va! Está saliendo con alguien más. Una compañera de la facultad.

Fue como si le hubiesen dado un puñetazo en el corazón. Se quedó sin aliento. Como si se hubiese muerto.

–¿Cómo te has enterado? –logró articular finalmente.

–Por mi prima Thea. Vive en el mismo colegio mayor que ella y me lo dijo cuando fui a verla. Por cierto, lo vi también a él cuando estuve. Comimos juntos.

–¡No te creo! –había exclamado ella, aunque intuía que era verdad–. Yo confío en él. No me engañaría nunca.

–Pues lleva semanas engañándote, Sal. ¿Por qué crees que dejó de llamarte por teléfono?

–Las llamadas a larga distancia son caras.

–¡No me hagas reír! Podría llamarte tres veces al día si quisiese.

–La diferencia horaria hace que sean un incordio. Decidimos que nos escribiríamos.

–¿Y cuánto tardó en cansarse de ello también?

Ella se tapó la boca con la mano mientras las sospechas que había tenido se materializaron por fin, haciendo que las lágrimas le corriesen por las mejillas.

Mostrando una convincente mezcla de rabia y comprensión, Penélope le había alcanzado una caja de pañuelos de papel.

–Es un imbécil, Sally. De buena te has librado.

–¡No! –había llorado ella–. ¡Lo quiero! Y tengo que hablar con él. Tengo que decirle algo.

–No servirá de nada hablar –había suspirado Penélope–. No quiere escuchar.

–¡Tiene que hacerlo! –dijo ella y dejándose llevar por la desesperación, había confesado–: ¡Penélope, estoy embarazada!

–¡Anda! –había exclamado Penélope, abriendo mucho los ojos y simulando espanto–. ¿Es él el padre?

Si ella no hubiese estado tan deshecha, la habría abofeteado por hacerle semejante pregunta.

–¡Por supuesto que sí!

–No te pongas así. Después de todo, acabas de pasar tres meses en París, más que suficiente para tener alguna aventurilla con alguien más.

–¡Sabes perfectamente que nunca haría una cosa así! Jake es el único hombre con quien he estado en mi vida.

–Entonces, lo único que puedo decirte es que es una pena que no fuese lo bastante listo como para usar un preservativo.

–Lo hizo –dijo ella, apoyándose las manos en el vientre–. Por eso es que nunca se me ocurrió que pudiese haber un bebé aquí dentro.

–¿Y crees que cargarlo con la noticia ahora hará que vuelva? ¡Despierta, cariño! Lo más probable es que se niegue a responsabilizarse del feliz advenimiento o te dé un cheque para que abortes.

–¡Estás equivocada! –había llorado ella, que para entonces se encontraba fuera de sí–. Nunca me dejaría en la estacada.

–Pues, está claro que no te quiere más –le había dicho Penélope–. Así que será mejor que te acostumbres a ello.

Sally prefería morir antes que aceptar la dolorosa verdad, pero el destino todavía no había acabado con ella. Aquella noche, comenzó a tener pérdidas más abundantes y por la mañana tenía contracciones. Avergonzada y con el corazón destrozado, había recurrido nuevamente a Penélope porque no podía decírselo a sus padres.

Penélope la llevó en coche a la ciudad vecina y esperó mientras en el quirófano acababan lo que la naturaleza ya había iniciado. Penélope le prometió más tarde que nunca se lo diría a nadie. Penélope se ocupó de todo.

Pero no pudo repararle el corazón. Tampoco pudo evitarle el dolor al ver a Jake durante las vacaciones de Navidad. Ella no sabía que él estaba en el pueblo y se había quedado de piedra al toparse con él frente a una de las tiendas del centro.

Estaba estupendo, tan alto, moreno y tan guapo que no podía apartar los ojos de él.

–Oh –había exclamado ella–. ¡Hola! ¡Qué sorpresa, encontrarte así!

–Sí –dijo él, hablándole con tanta frialdad que parecía un extraño–. ¿Qué tal París?

–Muy francesa –respondió ella, logrando sonreír aunque la actitud de él le hizo jirones el corazón–. Muy emocionante. Aprendí mucho.

–Me parece que ambos lo hicimos, mucho más de lo que pensábamos.

¿Cómo podía comportarse de aquella manera tan distante y frío, como si ella fuese una chica que había conocido en la escuela y cuyo nombre apenas recordaba?

–No sé a lo que te refieres –dijo, y la voz se le quebró muy a su pesar.

Al oírla, una tenebrosa expresión le había cruzado por el rostro y durante un segundo a ella le pareció que había logrado atravesar su formidable reserva y recuperar al muchacho que conocía.

Ilusionada, se agarró a aquel clavo ardiendo, pero volvió a hundirse de golpe cuando se abrió la puerta de la tienda y salió una bonita morena de pequeña estatura que llevaba una boina roja y una capa.

–Disculpa que te haya hecho esperar en el frío, cielito –exclamó, mostrándole una caja envuelta y con lazo–. Pero quiero que tu regalo sea una sorpresa –luego, al ver a Sally, esbozó una bonita sonrisa y dijo–: Oh, perdonad. ¿Interrumpo algo?

–No –dijo Jake, poniendo empeño en que se viese que ella lo tomaba del brazo.

–Pero os conocéis, ¿verdad? –preguntó ella, y sus ojos brillantes como los de un pajarillo fueron de un rostro al otro.

–Ya no –dijo Sally ahogándose y, pasando rudamente a su lado, se fue.

Preocupados por el abatimiento de su hija, los padres de Sally la enviaron a una universidad de California en enero, confiando en que la buena temperatura todo el año y el cambio de aires le levantaría el espíritu.

La había alegrado irse y alejarse de todo lo que le recordaba lo que había perdido. Le había llevado un año recuperarse de la pérdida del bebé que no había tenido la oportunidad de vivir y del dolor de darse cuenta de que Jake la jamás la había querido.

Para no correr el riesgo de volver a encontrarse con Jake, Sally volvió a su casa en pocas ocasiones durante los tres años siguientes y cuando lo hizo, fue por poco tiempo. Penélope, mientras tanto, revoloteaba de cara universidad en cara universidad. Su amistad no resistió los kilómetros que las separaban.

A Sally no le importó. Con el tiempo, amigos nuevos reemplazaron a los antiguos y, si bien no olvidó del todo su vida anterior, creyó que sus heridas se habían curado. Hasta que, estando en el último curso de su carrera, Margaret le mandó un recorte del periódico en el que se anunciaba la boda del alférez Jake Harrington.

En aquel momento se dio cuenta de que no había sanado en absoluto. La herida se le volvió a abrir y sangrar a borbotones, más dolorosa todavía al saber que la novia no era otra que su antigua amiga, Penélope Jessica Burton…

Y ahora Penélope había muerto, Jake y ella estaban nuevamente en el pueblo y él tenía exactamente el mismo efecto sobre ella… Algunas cosas nunca cambiaban, por más que pasase el tiempo o que uno pensase que había madurado…

Molesta, apartó la mirada del espejo. ¿Qué clase de perversión hacía que permitiese que él ejerciese tanto poder sobre ella? ¿Qué tenía que hacer para cortar los lazos que la seguían atando a él?

Supo la respuesta inmediatamente: tenía que huir. Mientras sus senderos se cruzasen, nunca se encontraría libre de él, él continuaría haciéndole estragos las emociones, la vida, le robaría la tranquilidad de espíritu.

Encontraría otro sitio donde echar raíces, lo bastante lejos de él como para que su sombra no la alcanzase jamás.

A la mañana siguiente, recibió una citación del juzgado para declarar contra Sydney Albert Flanagan, acusado de atacarla y causarle lesiones. El juicio sería a principios de abril, dentro de seis largas semanas.

No iba a resultar tan fácil escapar como lo había pensado, después de todo.

 

 

Sabía que ella estaba mortificada por la forma en que se había marchado, como si hubiese aprovechado la excusa para escaparse. Pero él se había enfurecido tanto cuando hizo su descubrimiento al salir al jardín que apenas si había logrado contenerse. Y, decirle lo que había encontrado le habría hecho más daño que dejarla sola.

Si realmente la quería, y ahora sabía que sus sentimientos eran más profundos de lo que nunca se había imaginado, tenía que mantenerse alejado de ella hasta que solucionase el problema que había creado, pero que era ella quien sufría. Porque estaba clarísimo que él era el motivo del que ella hubiese sido el objetivo la noche anterior.

Las marcas que los neumáticos habían dejado al lado de su coche mostraban que quien había estado espiándolos se había marchado a toda prisa y le había golpeado el guardabarros delantero, dejándole restos de pintura granate. Pero aquella no había sido la única pista.

Le había dicho la verdad a Sally: había encontrado huellas en la nieve. Pero lo que no le había dicho era que solamente una mujer con gustos muy caros llevaría botas de invierno tan a la moda y con tacones tan finos.

Jake no había necesitado poderes supernaturales para darse cuenta de que alguien había reconocido su Jaguar y se había detenido a investigar el motivo por el que él lo había dejado aparcado a la sombra del muro que rodeaba la propiedad de los Winslow. Tampoco tenía que ser un genio para percatarse de que esa persona conducía muy mal y tenía un coche color granate. Por ese motivo, había ido a visitar a su suegra al día siguiente.

Colette estaba en el comedor de diario cuando él llegó, a eso de las nueve y media. Tenía un aspecto horrible, pálida y demacrada mientras se inclinaba sobre la taza de café que le había servido el fiel Morton como si no tuviese fuerzas para levantar la delicada taza de porcelana.

Era evidente que tenía resaca, Jake reconocía los síntomas por su experiencia con Penélope. Y no en vano había servido en la marina durante seis años: también se daba cuenta de cuando una persona estaba invadida por el pánico. En cuanto Colette posó su mirada sobre él, pareció que le iba a dar un paro cardíaco.

Se sentó en la silla frente a la de ella y se sirvió café.

–Perdona que te moleste tan temprano, Colette, pero quería verte antes de que comenzases el día.

–¿Por qué, qué quieres? –le preguntó ella débilmente, mirándolo con los ojos inyectados en sangre.

–Pues –dijo él, esbozando su sonrisa más conmovedora–, pienso mandar la mayoría de los muebles de la casa a una subasta o donarlos, así que si hay alguno que deseas…

–¿No podías esperar un intervalo decente antes de borrar todo rastro de mi hija de tu vida? –preguntó su suegra con los ojos llenos de lágrimas.

–No necesito objetos para recordarla, Colette –dijo él–. Tengo otros recuerdos menos tangibles. Y como pienso mudarme pronto…

–¿Vas a vender la casa que Penélope quería tanto? –la indignación tiñó de rojo sus mejillas macilentas–. ¿La casa que su padre y yo le dimos como regalo de boda?

–No es mía como para disponer de ella –dijo él, con lo que le pareció un control admirable. Aunque había sido un regalo generoso, la pretenciosa mansión a dos calles de la casa de los Burton siempre había sido un contencioso entre Penélope y él. Nunca se había sentido cómodo en ella y se sentía aliviado de liberarse de ella–. Es vuestra para que hagáis lo que queráis. Yo solamente me mudaré a algo más adecuado para mis necesidades.

–¡Sean los que sean! –le soltó ella con tono desagradable.

–Exactamente, lo cual me lleva al motivo por el que estoy aquí ahora. Me han golpeado el coche.

–¿Y a mí qué me cuentas?

–Me preguntaba si habías pensado en mirar el tuyo –dijo él, mirando distraídamente la terraza cubierta de nieve–. Supongo que estará un poco golpeado también.

–No sé a lo que te refieres –dijo ella, altanera–. Al único sitio al que fui anoche fue a jugar bridge al club.

Le dirigió una mirada y esperó un momento hasta que ella se diese cuenta de lo que se le había escapado.

–¿Mencioné yo específicamente que fue anoche, Colette?

La mano de ella había comenzado a temblar de tal manera que tuvo que dejar la taza sobre el platillo.

–A lo que me refería es a que anoche fue la única vez que salí ayer.

–¿A jugar al bridge al club de campo?

–Ya te he dicho que sí.

–Desde aquí, el único camino para ir al club es subir por The Crescent –dijo él.

–Pues claro, Jake –dijo ella, enfadada y le dirigió una enfática mirada al reloj de la chimenea–. ¿Se puede saber a dónde quieres llegar? Tengo prisa.

–Entonces, seré breve. Te creo cuando dices que pasaste la velada jugando al bridge.

–¡Te lo agradezco!

–También creo que, cuando volvías, viste mi coche aparcado junto a la verja de la casa de los Winslow y decidiste averiguar por qué. Te acercaste al chalet de los huéspedes y, cuando llegaste sigilosamente, nos descubriste a Sally y a mí y decidiste darnos una lección. Así que te volviste a tu coche, e iluminaste con la linterna la ventana para que no tuviésemos dudas de que nos habían pillado in fraganti. Esperabas que sería suficiente para que Sally se asustase y me apartase de su vida para siempre.

–¡Qué idea más absurda y traída de los pelos! Si te preocupa qué hacer con tu tiempo ahora que te han dado de baja, Jake, tendrías que ponerte a escribir cuentos para niños.

–Si he llegado a la conclusión equivocada, hay una forma fácil de probarlo.

–¿Cómo?

–Enséñame tu coche. Supongo que no querrás que Fletcher se entere de lo que has estado haciendo. Pero o aclaramos esto, o me iré a su despacho, pasando primero por la comisaría a denunciar que alguien golpeó mi valioso coche y se dio a la fuga. No creo que tengan dificultad en localizar al culpable. Me parece que tu coche es el único de color granate de la zona.

A Colette se le descompuso el rostro y, de repente, pareció tener setenta años en vez de cincuenta y seis.

–¡Es culpa tuya! –dijo amargamente–. Tú y la zorra esa que mató a mi hija os merecéis que se demuestre que sois unos tramposos llenos de mentiras. Así que, ¡adelante!, vete y denuncia los daños de tu precioso coche. Dile a la policía que yo soy quien lo hizo, ¡me da igual! Me puedo permitir que me suban la prima. Pero de alguna forma u otra conseguiré echar a Sally Winslow de este pueblo, aunque sea lo último que haga en mi vida.

–No te debo ninguna explicación, pero fui a casa de Sally sin que ella me invitase. Yo soy quien se dejó llevar. Si fuese por ella, se sentiría feliz de no tener que verme nunca más.

–¿A quién quieres engañar? –dijo Colette lanzando una risa desagradable–. La vi. Te tenía la lengua metida hasta la garganta. Cinco minutos más y la habría visto echada en el suelo con las piernas abiertas…

–Nunca imaginé que fueses capaz de semejante vulgaridad, querida suegra –dijo él, con furiosa calma–. ¿Quizá lo aprendiste de tu hija? Según tengo entendido, era bastante buena abriendo las piernas para cualquier hombre que le gustase.

Ella se levantó de la silla, con el rostro descompuesto.

–¡Lamentarás haber dicho eso, Jake Harrington! –chilló–. ¡Y si me entero de que lo repites, Sally Winslow no será la única que eche del pueblo! ¡Tú tampoco podrás caminar por la calle otra vez con la cabeza en alto!