¿Cómo se desarrolla tu bebé?

Tras nueve meses de espera, por fin ha nacido tu bebé, que aterriza en un entorno nuevo donde todo está por descubrir. Este lactante, que altera tus costumbres, no siempre resulta fácil de comprender. Sin embargo, es capaz de comunicarse desde su nacimiento gracias a aptitudes que ha desarrollado in utero. Estas competencias evolucionarán con el paso de los meses gracias a toda una serie de etapas fisiológicas, intelectuales y sociales como la estimulación de los sentidos, el aprendizaje del lenguaje o, incluso, la evolución de su desarrollo motor y afectivo.

El descubrimiento sensorial

El tacto

El tacto es el sentido que el feto desarrolla antes. En efecto, puede sentir toques, caricias y otras sensaciones a partir del segundo mes de embarazo. A continuación, a medida que crece y que disminuye el líquido amniótico, las sensaciones táctiles aumentan. A los seis meses de embarazo, se alcanza la maduración del tacto. Así, desde su nacimiento, el recién nacido es sensible al frío y al calor, y también al dolor.

El tacto tiene una gran importancia en la estimulación del lactante: para él, se trata de una manera de entrar en contacto con el otro y de almacenar datos sobre cómo es el mundo exterior. Es la primera forma de comunicación no verbal.

El gusto

La facultad de descubrir los sabores surge pronto en la vida del feto. Hacia la decimosegunda semana de vida embrionaria, se desarrollan las papilas gustativas y aparecen los movimientos de la lengua y la deglución. A partir de ese momento, el feto puede tragar cantidades de líquido amniótico cada vez mayores y, de esta manera, experimentar sensaciones gustativas según el régimen alimentario de su madre. También es sensible ya a los cuatro sabores básicos, es decir, el gusto amargo, ácido, salado y azucarado, con una preferencia por este último.

Tras el nacimiento, cuando el recién nacido tome leche del pecho, probará la leche materna, cuyas primeras secreciones se llaman calostro. Esta sustancia se asemeja mucho al líquido amniótico, por lo que el niño seguirá probando lo que come su madre. Así, se observa que los bebés amamantados se adaptan mejor a la diversificación alimentaria que los que consumen leche en polvo, que siempre sabe igual.

Entre los 4 y los 6 meses, se operan cambios graduales en la alimentación del recién nacido, que podrá descubrir progresivamente nuevos sabores y nuevas texturas.

¿Sabías que…?

Lo azucarado tiene un efecto tranquilizador en el recién nacido en sus primeras semanas de vida. Por ello, muchos departamentos de pediatría y salas de maternidad sirven al bebé un pequeño biberón de agua azucarada para relajarlo antes de llevar a cabo algunas revisiones.

El oído

El oído es un sentido importante, ya que permite percibir el mundo que nos rodea y acceder a la comunicación. Es el sentido más desarrollado en el feto, que empieza a escuchar a partir del quinto mes de embarazo. Al principio, solo percibe los ruidos que provienen de su madre, como los latidos de su corazón y los sonidos de su sistema digestivo o de su sistema circulatorio, y a continuación se vuelve sensible a los ruidos del mundo exterior: las voces, la música, etc.

Desde su nacimiento, el sistema auditivo del recién nacido es funcional y ya reconoce la voz de sus padres. Hasta los 3 meses, reacciona a los ruidos con sobresaltos, parpadeando, modificando la expresión de su cara, llorando o separando sus cuatro miembros. A partir del tercer mes, gira la cabeza hacia la voz o el ruido detectado, y empieza a balbucear y a manifestar su entusiasmo en cuanto escucha música que le gusta. Interactúa cada vez más con su entorno y se instala el diálogo.

¿Sabías que…?

Un bebé puede acordarse de los sonidos que ha escuchado durante el embarazo, así que no dudes en hablarle o en hacerle escuchar música.

La vista

La vista es el último sentido que se forma in utero. Esto ocurre alrededor del séptimo mes de embarazo, y su objetivo principal es establecer el contacto con el mundo exterior y con sus seres cercanos.

Cuando nace, el bebé solo ve objetos en contraste a una distancia de unos veinte a cuarenta centímetros, lo que se corresponde con la distancia entre el pecho y los ojos de su madre. No será hasta más tarde cuando empiece a distinguir los colores: hacia las 6 semanas, descubre el rojo y el verde, y hay que esperar entre cuatro y seis meses para que distinga el azul y el amarillo. También es en esta época cuando el lactante puede reconocer el rostro de su madre entre el de otras personas y puede seguir un objeto en movimiento en las dos direcciones espaciales.

A los 3 meses, distingue objetos familiares, como el biberón. Hacia los 4 meses, el recién nacido empieza a percibir los relieves y a evaluar mejor las distancias. Hacia los 9 meses, puede diferenciar su entorno de las personas desconocidas. Sigue viendo mejor de cerca que de lejos. Para acabar, con 1 año, ha mejorado mucho su visión de lejos, ya que ve los detalles. Por consiguiente, sus capacidades visuales se sitúan cerca de las de un adulto.

El olfato

A menudo nos olvidamos de él, pero el olfato es un sentido muy desarrollado en los bebés. De hecho, el sistema olfativo es uno de los primeros que surge en el útero (cuando se cumplen entre 3 y 4 meses de vida embrionaria). A partir de los 6 meses de embarazo, el feto puede inhalar líquido amniótico y, ya en sus primeros días de vida, puede reconocer el olor materno.

Gracias a ese reconocimiento olfativo, que se intensifica todavía más durante la lactancia, se crea un auténtico vínculo entre el niño y su madre. El bebé se siente en seguridad y, de esta manera, puede desarrollar una relación de afecto sin peligro, fundamental para una evolución sana. Además, los olores pueden marcar el ritmo del día del lactante y ayudarlo a establecer un esquema temporal.

¿Sabías que…?

Según un estudio realizado por Joy V. Browne (profesor clínico en pediatría en la Universidad de Colorado), la leche materna tendría el mismo olor que el líquido amniótico y, por lo tanto, tendría propiedades tranquilizadoras excepcionales para el lactante. Una prenda que lleve su madre resultaría muy eficaz a la hora de calmar el llanto o la angustia de un recién nacido (Browne 2008, 180-186).

La adquisición del lenguaje

El desarrollo del lenguaje es un proceso lento. Desde que nace, el lactante descubre que puede emitir sonidos, que utilizará para informar de sus necesidades, de sus dolores y de sus alegrías. Entiende rápidamente que la entonación de sus gritos o de su llanto lleva aparejada una respuesta más o menos rápida de su madre o de su entorno.

A partir de los 2 meses, el recién nacido vocaliza los sonidos «a», «e» y «o», fonemas universales que usan todos los bebés, incluidos los sordos, independientemente de su lengua materna. Entre 3 y 6 meses, el lactante pronuncia balbuceos (o las vocalizaciones prolongadas como «ajó») y puede reír a carcajadas.

De los 6 a los 9 meses, es la edad del lenguaje disilábico («ba-ba», «ma-ma», «pa-pa»), a la que le sigue una fase de imitación que primero es de sonidos y, después, de palabras. Entre los 8 meses (para los más precoces) y los 20 meses, se asiste al nacimiento de la referencia: para el niño, algunos sonidos designan un objeto o una necesidad. Para acabar, por lo general, entre los 12 y los 18 meses, el bebé empieza a pronunciar palabras separadas y las asocia de dos en dos.

¿Sabías que…?

Durante los primeros meses de vida del lactante, sus gritos son asexuados. Por lo tanto, es imposible reconocer el sexo de un niño basándose únicamente en el sonido de su voz.

El desarrollo motor

El desarrollo motor del recién nacido abarca la evolución de las habilidades motrices manuales y locomotoras, así como la destreza manual.

En el recién nacido, existen movimientos automáticos, llamados reflejos primarios, que por lo general desaparecen entre los 3 y 6 meses de vida. Entre ellos, encontramos los reflejos de succión, de agarre y de marcha automática.

La adquisición de la habilidad motriz básica varía enormemente de un niño a otro por múltiples factores, ya sean ambientales o físicos. No obstante, se observan algunas generalidades a nivel de las aptitudes y de la edad en la que se adquieren. Así:

Aunque para los padres siempre resulta agradable ver cómo su hijo evoluciona y se fascina con su entorno, también es cierto que es importante que el bebé adquiera estas competencias motoras gradualmente y a su ritmo. Saltarse las etapas de su aprendizaje podría conllevar graves consecuencias.

El desarrollo afectivo

Cuando nace, el bebé ya posee capacidades comunicativas emocionales y afectivas. Al principio, el afecto a su madre se desarrolla a través de comportamientos innatos. El llanto, la succión o el agarre permiten que el lactante mantenga un contacto físico con ella y que esta le procure un sentimiento de seguridad. Al inicio de su vida, el recién nacido depende totalmente del adulto para saciar sus necesidades primarias. Sus competencias sensoriales están implicadas en las interacciones que tiene con el adulto: busca los contactos físicos y las caricias, y la voz de sus padres lo tranquiliza. A partir de la tercera semana de vida, se observa que la madre y su bebé tienden a mirarse. Así, desde muy pronto, la sonrisa del lactante deja constancia del placer que experimenta cuando entra en contacto con el otro. La sonrisa social se vuelve selectiva a los 3 meses.

Si las respuestas del entorno a las peticiones del recién nacido son adecuadas, este último desarrollará un sentimiento de seguridad, así como una imagen positiva de sí mismo que le servirá de base para adquirir otros elementos. Sin embargo, si estas respuestas no se corresponden con sus necesidades, establecerá lo que se llama un apego angustiado y no tendrá confianza en sí mismo o en el otro.

Al crecer, el lactante adquirirá una autonomía progresiva y se alejará poco a poco de su madre. Para que este proceso de separación y de distanciamiento físico se desarrolle sin problemas y genere un sentimiento de existir, entre el recién nacido y sus padres debe producirse un vínculo afectivo: se trata de apegarse mucho para separarse mejor.

Entre los 2 y 3 meses, se instaura un inicio de diálogo con una alternancia de papeles. Alrededor de los 6 meses, el diálogo se acentúa, ya que el bebé es ahora capaz de imitar sonidos. A esta edad, el recién nacido siempre busca el contacto con su madre y esta búsqueda es cada vez más activa. También se interesa más por su cuerpo y por los objetos que lo rodean. Para acabar, explora la cara del adulto y expresa su descontento y su angustia a través de los gritos.

Entre 8 y 9 meses, como puede distinguir los rostros familiares, expresa su inquietud frente a una persona desconocida.

Alrededor de 1 año, con sus nuevas adquisiciones, el bebé siente alegría en sus desplazamientos, en los gestos que domina y con los juegos y los objetos que controla. Siempre experimenta mucho placer cuando está con su madre y ansía su presencia. Cuando esta no responde a sus llamadas, siente tristeza y, poco a poco, descubre que no siempre puede hacer que ella acuda. Su sentimiento de poder (sentir placer) se ve completado por el de la impotencia, ya que su deseo a veces difiere del que tiene el adulto. A esta edad, también es capaz de dar un objeto al adulto, por lo que se establece una nueva forma de intercambio. Así, se instauran toda una serie de nociones: frustración/permiso, autonomía/dependencia, dar/quitar, cambiar/coger.

También es en este periodo cuando el lactante disfruta adquiriendo nuevas competencias él solo y expresa su necesidad de autonomía. Aparece el «no» y la imitación de la conducta adulta. Se reafirma la personalidad del bebé, aunque sigue sintiendo angustia ante la idea de perder el amor de sus padres. Este temor puede traducirse por una desesperación ante una prohibición o, incluso por problemas para dormirse. Entonces, reclama pequeños rituales de adormecimiento que lo tranquilizan (historias, cuentos, nanas) y que requieren la presencia de un progenitor. Su madre sigue siendo su vínculo preferido en caso de que ocurran desgracias o para los cuidados corporales, pero puede ponerse en contacto con otras personas.