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Durante el tiempo en que don Pedro Simón Abril estuvo en Alcaraz, sus debates con don Alonso de Heredia fueron muy fructíferos para lo que sería el libro de Oliva —que de tal manera simplificada la llamaron por fin los contertulios—, porque ella tuvo conocimiento meticuloso de la medicina tradicional y de sus debilidades y carencias.
La idea del libro había surgido de repente en Oliva ante la pertinaz resistencia que don Alonso de Heredia mostraba a aceptar sin reparos las nociones de los médicos antiguos. Además, tras oír aquellas disquisiciones sobre los humores y los neumas de las que escribían aquellos, Oliva comenzó a reflexionar en materias como la sangre, similar en el ser humano a la de muchos mamíferos que lo rodean —perros, cabras, vacas, cerdos…—, que, por cierto, también tienen cerebro y espinazo. Aparte de la sangre, había una sustancia blanca mucho menos abundante, la que formaba los nervios, y no había otra que proliferase tanto.
Lo habló con don Alonso y este la felicitó por su perspicacia y le dijo que, ciertamente, lo mismo sucedía con los humanos. En cuanto al papel del cerebro, Oliva había pensado en ello y encontraba que sin duda debía de tener varias estancias, como habían pensado los clásicos, pero Oliva imaginaba que eran tres, y que en ellas se relacionaban la percepción del presente y el recuerdo del pasado mediante el sentido y la memoria, lo que hizo que don Alonso reiterase sus felicitaciones por su agudeza.
Fue precisamente en aquella ocasión cuando a Oliva le había venido la idea, y le sugirió a don Alonso que escribiese un libro en el que recogiese todos aquellos hallazgos que los antiguos no conocieron, y que ella lo ayudaría con fervorosa entrega.
Don Alonso se la quedó mirando con suave sonrisa y por fin le respondió que él ya era viejo para tal empresa, que la pereza se había apoderado de buena parte de su ánimo, y después le propuso que fuese ella misma quien lo escribiese, ya que había leído con tanto provecho a los viejos filósofos y tenía ideas nuevas y buenas. Que él la ayudaría con gusto en aquellas materias médicas en las que estaba más versado.
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Yo escribía desde muy niña, dijo Doña Oliva en la cabeza de Berta. En casa éramos muchos, tuve ocho hermanos pues mi padre, tras quedar viudo, se había vuelto a casar, de modo que yo hacía lo que quería, y mi afición principal era la escritura. Busqué un rincón en el desván, un lugar que nadie visitaba, y en las horas en que mis hermanas tenían que estar cosiendo o bordando, como mi facilidad y gusto por la lectura me habían eximido de ello, me dedicaba a leer y a escribir. De tal modo fue como anoté las historias moriscas que me contaba Lazaria y que yo no conocía, y luego, cuando empecé a asistir a los encuentros de los sabios, todo lo que llamaba mi atención, así como lo más interesante que hallaba en los libros de mi padre y de mi padrino.
«Yo también escribía de niña», pensó Berta, replicando a aquellas palabras de Doña Oliva que recorrían su mente. «No lo hacía en un desván, sino en la galería, en un pupitre. En casa, cada hermano tenía un pupitre que nuestro padre, que era aficionado a la carpintería, nos había hecho.»
Los pupitres estaban en aquella larga galería donde había muchas plantas y una mesa camilla, a la que se sentaba la madre a coser y el padre a leer el periódico, mientras sonaba la radio.
«En el pupitre hacía mis tareas escolares, pero también escribía unas aventuras de las que yo era protagonista, y que recordaban un poco las películas del Lejano Oeste. Yo era una “caballera” que recorría amplísimos espacios, enormes montañas, bosques frondosísimos que atravesaban copiosos torrentes. Liberaba esclavos, castigaba a los amos despóticos, derrotaba con astucia a terribles pistoleros, rescataba a niñas y niños secuestrados por indios malos o bandoleros feroces… Me acompañaba un mastín enorme, que era igual que el perro guardián que tenían mis abuelos leoneses, los padres de mi padre.»
Doña Oliva le contaba a su vez cómo había empezado a tomar notas para el libro que se proponía escribir, y ambos relatos discurrían paralelos en la mente de Berta, entremezclándose como las aguas de dos arroyos que se encontrasen en la misma vaguada:
Después de todo lo que había oído en tantas tertulias a lo largo de siete años, de las innumerables lecturas que había hecho de los autores clásicos y de mis charlas con los distintos contertulios y, sobre todo, con mi padrino, le decía Doña Oliva a Berta, yo estaba también segura de lo errado de la medicina que se practicaba en mi tiempo por la pura inercia de conservar la antigua, que llevaba consigo el desconocimiento de la verdadera naturaleza del ser humano. Sin embargo, sabía que había descubierto una nueva y verdadera medicina, y que estaba obligada a darla a conocer al mundo para mejorar el saber, la salud y la vida de los seres humanos.
Me dediqué entonces a ordenar por escrito un resumen de lo que iba a ser mi libro, y mi trabajo me cautivaba tanto que apenas se me veía por las zonas habitadas de la casa. Un día mi padre me encontró en el desván, entretenida en mi tarea, y se interesó por aquella escritura que me tenía tan absorta. En el gozo de mi labor de redacción de un texto que consideraba nuevo y necesario, le descubrí que preparaba la escritura de un libro en el que replantearía totalmente la filosofía de la medicina que hasta entonces había prevalecido en el mundo.
Mi padre me miró con gesto muy disgustado y luego me dijo que no le parecía procedente lo que yo le contaba. Sorprendida, le informé de que mi padrino don Alonso era sin embargo muy favorable a mi proyecto y que me había prometido asesorarme en lo que fuese necesario. Pero mi padre fue inflexible: mientras dependiese de su patria potestad, él me prohibía terminantemente continuar la escritura de ese libro. Quise que me diese razones de su prohibición, pero no me dijo otra cosa que no fuese insistir en que le obedeciese y exigirme que no fuese porfiada.
«Yo ni siquiera pensaba que mi escritura pudiese convertirse en libro algún día», le confesaba Berta a Doña Oliva, «pues los libros pertenecían a un mundo en el que no me podía imaginar como autora, y el simple hecho de escribir para mí aquellas aventuras inventadas me complacía de modo suficiente. Un día mi madre me encontró embebida en mi tarea, y cuando supo de qué se trataba puso el grito en el cielo, como si estar escribiendo aquello en lugar de hacer mis tareas escolares o ayudando en alguna útil para la casa fuese una falta muy grave. No sé por qué causa, aquella vez mi madre estaba más enfadada que otros días, el caso es que me quitó el cuaderno, que yo había titulado Aventuras de Berta Brava en el País Sin Límites, lo destruyó rompiéndolo con furia y, aunque luego se quedó unos instantes inmóvil, como sorprendida de lo que había hecho, cuando llegó mi padre me acusó de faltar a mis deberes estudiantiles y hogareños. Mi padre me miró con aire grave, y cuando estuvimos solos quiso saber qué había ocurrido. Le conté la verdad, que escribía una historia para divertirme y que mi madre la había aniquilado. Me eché a llorar, asegurándole que tenía en orden mis deberes escolares, y mi padre, abrazándome, me dijo que tenía que comprender a mi madre, que era muy nerviosa, y que a partir de entonces podía escribir en la habitación donde tenía sus libros y su mesa, y que le diría a mi madre que no me importunase, pues mi trabajo iba a estar controlado por él».
Además, contaba Doña Oliva, mi padre me dijo que me buscaba para darme una noticia: Acacio de Boedo, hijo de un viejo amigo de la familia, un joven cinco años mayor que yo y de no mala figura, al que habíamos visto lidiar toros y jugar cañas con destreza y con quien yo había hablado alguna vez al salir de misa, le había solicitado casarse conmigo. El tal Acacio de Boedo era de familia de ganaderos, gente rica, y ya a su edad estaba muy bien relacionado con la vigilancia de los bosques y el transporte de madera, por lo que disfrutaba de buenas rentas. Le dije a mi padre que antes de aceptarlo como esposo quería conversar con él, y mi padre me dio su conformidad.
«Sin embargo», le confesaba Berta a Doña Oliva, «aquella intervención censora de mi madre había sido para mí tan dura que nunca se me volvió a ocurrir ni una sola historia de Berta Brava. Pero en la habitación de mi padre estaban los libros, y su cercanía me invitaba a curiosear en ellos más de lo que lo hacía antes. Encontré muchos interesantes, que se citaban en los de texto, de poetas, dramaturgos, novelistas…, y fue entonces cuando te descubrí a ti, en este antiguo libro que es mi mejor tesoro. Leí la dedicatoria al rey Felipe II y me encantó. Al final del libro encontré los capítulos en latín y esa sentencia del Timeo de Platón, que tanto me sigue diciendo: La salud es la concordia del alma y del cuerpo. Y como yo, tú piensas que la salud es alegría».
Acacio de Boedo y yo nos encontramos en la casa familiar. Solo estaba presente Lazaria, tejiendo en un rincón de la sala. Acacio parecía un poco trémulo, como si el encuentro lo desazonase. Me preguntó si era de mi agrado la solicitud que le había hecho a mi padre. Visto ya de cerca y con detenimiento y sabiendo cuáles eran sus propósitos, Acacio no me disgustaba. Era un joven fornido, de mirada franca, que sostenía su gorro con manos firmes, aunque en toda la disposición de su cuerpo mostraba ese nerviosismo que yo había advertido enseguida. Le dije que la proposición no me parecía mal, pero que antes tenía que aclarar con él ciertas dudas, pues el matrimonio no era mi único fin en la vida y para aceptarlo y no buscar el refugio de un convento, tendría que considerarlo un destino plenamente satisfactorio. Su aspecto trémulo se hizo más acusado y me rogó que me explicase con detalle.
Entonces le dije que era muy lectora de libros antiguos y actuales y que pretendía continuar siéndolo, y él repuso que tendría cuantos libros quisiese y que a conservarlos destinaríamos la mejor sala de nuestra casa. Le dije que, además, estaba escribiendo un libro, y que tenía la pretensión de continuar haciéndolo y, en su día, recabar la licencia y privilegio necesarios para darlo a la imprenta, y más adelante la de seguir escribiendo y publicando cuantos libros se me ocurriesen.
Me aseguró que había oído hablar mucho de mi sabiduría, que para él sería de gran honra que lo aceptase como esposo, y de honra aún mayor que diese a la imprenta los productos de mi ingenio. Que en la sala de los libros yo tendría mi escritorio, y en la casa las criadas suficientes como para que no hubiese de ocuparme de cosas que no me complaciesen.
Cuando concluyó nuestra conversación, Acacio me tomó ambas manos con las suyas, me miró con mucho amor y me aseguró que dedicaría su vida a esforzarse en hacer la mía y la de nuestra familia lo más dichosa que fuese posible.
«Al terminar el bachillerato», pensó Berta en aquel diálogo que mantenía con Doña Oliva en lo hondo de su mente, «estaba decidida a cursar lenguas clásicas, y muy especialmente latín. No se me daba tan bien como a ti, pero sentía y siento por esa lengua, cada vez más olvidada en los tiempos que corren, una atracción especial. Ingresé pues en la universidad. Era una época azarosa, de agitación política. Al año siguiente de mi ingreso fueron las revueltas del mayo francés y hubo en Madrid muchas manifestaciones y el famoso recital de Raimon en Económicas. Entonces, precisamente en el bar de Filosofía, conocí a Raimundo, que era un joven profesor no numerario, y que colaboraba con ciertos grupos que estaban contra el régimen de Franco. Yo me uní a ellos por tradición familiar, como entonces decía…
»Volví a escribir, esta vez panfletos, que reproducíamos en ciertas multicopistas y repartíamos como octavillas, en los que denunciábamos la falta de libertad y la opresión de la dictadura. Tras una manifestación estuvieron a punto de detenernos a Raimundo y a mí en el metro. Yo llevaba un libro algo voluminoso que había comprado de viejo, muy barato, titulado Canciones populares de la edad de oro, editado en 1944 —está ahí, en la librería—, y el secreta que nos paró me dijo que se lo entregase, pero en la primera página estaba impreso el nombre del recopilador, un notorio falangista, y el secreta, que tal vez pensaba que llevábamos El capital, nos dejó marchar sin decir una sola palabra».
Se celebró la boda, le contó Doña Oliva, continuando el relato de sus relaciones con Acacio de Boedo. Nos casó fray Arnaldo y comenzamos la vida matrimonial. Yo tenía dieciocho años. Acacio me trataba con tanta dulzura que me hizo feliz. Me preparó una sala muy hermosa para biblioteca, a la que con frecuencia llegaban libros nuevos, unos que yo pedía por haber tenido noticia de ellos, otros que el librero le recomendaba a Acacio, con un escritorio de madera de nogal sobre el que había una escribanía de plata, y enseguida comencé mi trabajo. De vez en cuando consultaba con mi padrino algunas dudas.
Cuando llevaba un año escribiendo vino a verme mi padre. Aunque ya no tenía potestad sobre mí, se quejó de que no le hubiese obedecido y de que me mantuviese firme en mi propósito de escritora, y manifestó por primera vez las razones de su preocupación por ello. Como si me contase un gran secreto, me informó de algo que yo ya sabía, sin que nunca me hubiese preocupado: que nuestra estirpe no era de cristianos viejos, sino de conversos, y que los conversos debíamos tener especial cuidado a la hora de escribir y, sobre todo, a la de hacer público aquello que escribiésemos.
Mi insistencia le preocupaba mucho y por ello me rogaba que, si no abandonaba mi propósito, pidiese a fray Arnaldo que leyese los resultados de mi esfuerzo, para que él juzgase si se ajustaban estrictamente a las doctrinas de la Santa Madre Iglesia. Se lo prometí, hablé con el fraile, le pedí que fuese lector y censor de mis escritos, y él se mostró muy dispuesto a ello, lo que pareció tranquilizar a mi padre.
«La complicidad política nos unió mucho a Raimundo y a mí», pensaba Berta que le decía a Doña Oliva, «aunque él pertenecía a una asociación católica y yo militaba en una organización de la izquierda. El caso es que, cuando Raimundo leyó su tesis doctoral y fue profesor interino, nos hicimos novios y no tardamos mucho en tener relaciones amorosas completas, porque en aquella época los jóvenes comenzábamos a ejercer en España una libertad que se oponía a los rancios usos y a la hipocresía dominante en materia sexual.
»Creo que aquellas relaciones nuestras, en las que tomábamos todas las medidas posibles para evitar que yo quedase embarazada, le crearon a Raimundo bastantes problemas de conciencia, y pienso que fue entonces cuando empezó su enfriamiento como católico practicante. Mientras tanto yo seguía con mis estudios, decidida a ser profesora de instituto cuando los terminase».