Marina continuó viviendo en su apartamento, pero muchas tardes iba a casa de Berta y Rai y cenaba con ellos, y luego Rai la acompañaba a su casa o ella se quedaba a dormir.
Cuando empezaron a hablar de Doña Oliva, Berta le advirtió que caería bajo su hechizo. Volvió a enseñarle el libro y empezó a contarle su contenido. Marina escuchaba con interés, pues aunque se trataba de una materia que le resultaba muy ajena, como advirtió, también aseguró que lo que Berta decía le parecía cargado de misteriosas sugerencias. Y Berta sentía un entusiasmo emocionante, que la enardecía cada vez más, al transmitir a aquella joven tan atenta e interesada los contenidos del libro, que conocía de memoria.
Comenzó explicándole cómo, siguiendo ejemplos de otras obras de la misma época, el libro se desarrollaba mediante coloquios entre tres solitarios pastores filósofos, llamados Antonio, Veronio y Rodonio, el primero más sabio que los demás y contrario a la medicina que se practicaba en aquel tiempo, supuestamente el mismo en el que Doña Oliva escribió su libro, a finales del siglo XVI.
Mientras empezaba a hablar, a Berta le parecía que el libro en el que ella misma quería relatar la biografía de Doña Oliva aleteaba dentro de sí, crecía en su imaginación cargado con todo aquel mundo de sentimientos y de emociones que tanto la seducía.
Marina quiso conocer cómo eran aquellos coloquios, y el entusiasmo de Berta propició un discurso torrencial, pues abrió el libro y comenzó a leer el interminable título del primer coloquio, el del conocimiento de sí mismo, y a regodearse en la explicación del lugar apacible y grato para la conversación donde los tres pastores, entre el alegre ruido del agua, el dulce murmurar de los árboles al aire, el suave olor de las flores y del prado, se sienten convidados a filosofar un rato.
—La vista de Macrobio, padre de Rodonio, que pasa cerca de ellos de camino hacia su heredad, con cierto aspecto juvenil a pesar de tener más de noventa años, les hace considerar cuán pocos y raros son los seres humanos que cumplen sin enfermedades el curso de una larga vida. A partir de ahí, y del vuelo de un azor que persigue a una perdiz que cae a los pies de los tres, muerta sin que el azor la haya llegado a atrapar, comienza el coloquio, pues Antonio se admira de la eficacia del «espíritu sensitivo» para causar la muerte en los animales. Le preguntan si eso sucede también entre los humanos y él les responde que sí, pero matiza que el hombre tiene el alma racional… Pero mejor te lo leo:
… De manera que solo el hombre tiene dolor entendido, espiritual, de lo presente; pesar de lo pasado; temor, congoja y cuidado de lo por venir. Por todo lo cual les vienen tantos géneros de enfermedades, y tantas muertes repentinas, cuando el enojo o pesar es grande, que es bastante en un momento a matarlos.
—O sea, que Doña Oliva relaciona lo espiritual con las enfermedades físicas.
—¡No puedes imaginarte hasta qué punto! ¡Parece alguien contemporáneo!
—¿Eso es lo que tanto te ha interesado a la hora de imaginar su biografía?
Berta miró a Marina, admirada de su sutileza.
—Sin duda. Me llamó la atención que a una chica del siglo dieciséis le atrajese tanto ese mundo psicológico. Para empezar, pone numerosos ejemplos de gentes que murieron al perder el favor de un poderoso o al recibir una mala nueva, y dice que cuando se ha de dar una noticia desfavorable lo mejor será disminuirla y ponerla en duda, y más con las preñadas, enfermos y viejos, y que aunque la noticia sea muy buena, tampoco se ha de dar de golpe sino poco a poco, porque también el excesivo placer repentino puede matar. Y añade que es mejor no tener enormes riquezas donde pueda haber grandes pérdidas, para evitar estos peligros.
—Pues en principio muestra buen sentido.
Berta se sintió confortada ante la comprensión de Marina.
—Sigue hablando de lo que llama «los efectos en la sensitiva» de las pequeñas pérdidas y los disgustos cotidianos, que pueden acabar matando o enloqueciendo. Recuerda cómo las falsas apariencias pueden tener efectos perniciosos y pone el ejemplo de Teseo, que al regresar a Atenas tras derrotar al minotauro en Creta, se olvidó de poner velas blancas en su nao, como había concertado con su padre en señal de victoria, y ante lo que le parecían noticias nefastas su padre se arrojó al mar y murió.
—Yo no conocía esa historia. Es interesante.
—A veces parece psicología de nuestro tiempo. Por ejemplo, en este primer coloquio trata de los remedios contra el enojo y el pesar. A través de Antonio, nos dice que el primero es estar advertidos de la gran fuerza que tienen, para no descuidarse; y el segundo, pensar que el arma de la fortuna adversa es la tristeza, y que muchas cosas que juzgamos dañosas después se convierten en buenas, y al revés. Y que las palabras amistosas, consolatorias, esperanzadoras, son siempre de buen provecho.
Era una de las primeras charlas entre Berta y Marina. Rai, que estaba tumbado en el sofá leyendo un cómic, hizo notar el aspecto humorístico de la situación:
—Esto es el coloquio del coloquio. El metacoloquio. A Doña Oliva le encantaría oíros.
Berta no quiso responder que a Doña Oliva le encantaba, pues la estaba viendo mirarla con atención desde su lugar de costumbre.
—Por favor, Rai, si no participas, no molestes —dijo con dulzura, y volvió a dirigirse a Marina.
—No me digas que alguien tan atraído por estas cosas hace más de cuatrocientos años no merece que intentemos descifrar su personalidad.
—Te comprendo muy bien. Hay algo muy novelesco en todo ello.
Berta miró con sorpresa a Marina, sin duda extrañada de aquella afirmación:
—¿Algo muy novelesco, dices?
—¡Pues claro! Una escritora muy joven que se atreve a analizar los comportamientos y la salud humana desde una mirada renovadora, y una perspectiva histórica que intenta negar su autoría, como me dijiste… Se trata de una realidad enigmática, que admite diversas interpretaciones… Yo creo que, a estas alturas, eso solo puede plantearse desde la novela…
Berta, sin decir nada, pasó algunas páginas del libro y continuó hablando con el mismo fervor:
—Ahora los pastores hablan de la ira y es una delicia cómo Antonio describe el proceso para desarmar al iracundo que quiere vengarse de algo: dice que primero hay que darle la razón, que más adelante hay que persuadirlo de la conveniencia de aplazar la venganza, y que al fin hay que hacerle ver las malas consecuencias que podrían derivarse de ello, hasta hacerlo desistir de sus propósitos. Aunque como remedio para la ira está, entre otros, aparte de la buena conversación, salir al campo, donde se sienta el movimiento de las hojas de los árboles y se oiga el suave ruido del agua que corre.
—¡Pero es un verdadero tratado de la sensibilidad!
—Pues sí, por mucho que nos pueda sorprender. Pone al día a un montón de clásicos. Mira, como remedio de la tristeza aconseja buscar algo que nos alegre y quitarnos de delante lo que nos la produce, y contra el miedo y el temor de lo que llama «lo por venir» señala que más daño hace el propio temor que la cosa temida cuando llega, pues crea falsas imaginaciones y suscita miedos y congojas engañosas y malos sueños.
—«Más daño hace el propio temor que la cosa temida cuando llega» —repitió Rai—. ¿Sabes que esa frase me viene a la cabeza cuando tengo alguna sorpresa desagradable? ¡La de veces que te la he oído decir!
—¿Y propone remedios para el temor de «lo por venir», como dices que lo llama? —preguntó Marina.
—Naturalmente —afirmó Berta de inmediato—. Los remedios son: lo primero, conocer su condición y naturaleza para no darle crédito, y lo segundo, respirar buenos aromas y, como dice, «tomar contento y placeres por todas las vías».
—Ahí tienes ya la aromaterapia, por lo menos —comentó Rai.
—Y una visión pragmática y optimista, creo yo —añadió Marina.
Berta seguía embebida en el repaso de su libro:
—Pero el afecto del placer y la alegría, cuando es grande, también puede matar de improviso, como dice que cuenta Plinio que sucedió con dos madres, una por la alegría que le dio la llegada inesperada de un hijo de la guerra y la otra, que había tenido noticia de la muerte del hijo, al encontrárselo de pronto vivo sin mensaje ni aviso previo. Por eso reitera que las grandes alegrías no se han de dar de repente.
Berta guardó silencio, la mirada fija en la figura inmóvil de Doña Oliva, y Marina se quedó un rato pensando en lo que había oído.
—¿Y esos pastores no hablan del amor? —preguntó al fin.
—Claro —repuso Berta, saliendo de su ensimismamiento—. El pastor Antonio opina que el amor ciega, pues hace lo feo hermoso y perfecto lo defectuoso. Que puede matar de dos maneras: o al perder lo que se ama, o al no poder alcanzarlo.
—No es una visión muy tranquilizadora… ¿Y también propone remedios?
—Para la primera manera dice que hay que estar advertidos, pues conocer al enemigo es una forma de salvarnos de él, y para la segunda, que no pudiendo alcanzar lo que se ama y desea, hay que buscar otros amores, que un clavo con otro se saca.
—Eso me recuerda lo que pensaba Lope de Vega… Hay que reconocer que Doña Oliva tenía sentido común. ¿Tuvo muchos amores?
—Eso no lo sé, pero lo cierto es que se casó con un hombre que llegó a ser muy rico. En mi supuesta biografía quiero pensar que ese hombre la admiraba muchísimo, que la adoraba.
Quedaron en silencio un rato, de nuevo Berta ensimismada, y al cabo Marina volvió a hablar:
—Cuéntame más cosas del libro de Doña Oliva. Me parece muy atractivo.
—Por ejemplo, dice que la desesperanza también mata, como la esperanza da la vida, y que hay que cuidarse de los desesperanzados: que debemos animarlos, aunque finjamos, fíjate hasta qué punto llega.
—De la hipocresía benéfica, debería titular eso —dijo Rai, sin que ni Berta ni Marina le hiciesen caso.
—¿Y no habla del odio? —preguntó Marina.
—¡Cómo no va a hablar! Dice que el odio al semejante solo los humanos lo tenemos, y que tal odio, como provenga del recuerdo de un mal recibido, puede hacer gran daño a la salud. Es afecto malo, y no como el de vergüenza, que es afecto bueno y, aunque no sea una virtud, es señal de virtud, aunque también puede matar, como le sucedió a un tal Diodoro, profesor de dialéctica, que al no ser capaz de responder a una cuestión que le plantearon en público, cayó muerto de vergüenza.
—O sea, que presenta un panorama sentimental bastante completo.
—Mira, aquí habla de la congoja. Escribe que apresura la vejez y nos hace encanecer, y que se alivia con algunos razonamientos como estos: lo que es, ya es; lo que ha de ser, será, y mi fatiga no lo mejora ni lo remedia. Y luego habla sobre el afecto de misericordia, que, como es pena y dolor de la miseria ajena, también puede dañar, como a los niños y a las niñas les puede perjudicar ver curar a un herido o matar a un animal.
—Eso denota una sensibilidad de ahora mismo.
—Trata de todo, hasta de la pérdida de libertad. Dice que hace el mismo daño a los humanos que a los animales… —añadió Berta, que seguía hojeando el antiguo volumen—. Hasta se refiere a la claustrofobia: señala que la angostura del lugar puede ser también perniciosa, como al parecer le pasó a Tales de Mileto, que murió en unos juegos, angustiado por la mucha gente que había allí y la falta de espacio para moverse.
Marina escuchaba a Berta con evidente interés y Berta, cada vez más estimulada por aquella atención sincera, continuó explicando el contenido del libro.
Lisi se había subido como de costumbre a la mesa del comedor y estaba sentada junto a Doña Oliva. Gata y autora miraban impasibles a Berta, y a ella le parecía que en aquella impasibilidad de Doña Oliva había un silencioso asentimiento, un aplauso, y pensó que no se estaba equivocando al orientar su libro tal como lo estaba haciendo, construyendo un personaje femenino dedicado desde la niñez al cultivo de la sabiduría en torno a los sentimientos.
—Escribe de la avaricia, de la gula, de la envidia, de la lujuria, de la pereza, del ocio. Según ella, por boca del pastor Antonio, Horacio dijo que tanto le falta al avaro lo que tiene como lo que no tiene, porque no goza de ello. En cuanto a la gula, ya los antiguos aseguraron que mata más que la espada. Y la envidia atormenta mucho por ser pesar del bien ajeno, que consume y enflaquece al miserable que la tiene.
—Dices que también habla de la lujuria —apuntó Rai.
—Ya veo que estás atento, hijo —respondió Berta, riéndose—. En cuanto a los lujuriosos, señala como notorio que muchos mueren por el exceso de coitos, y que es bueno dormir tras el acto amoroso.
—Hay que reconocer que Doña Oliva debía de ser una amante muy escrupulosa —comentó Rai, que había dejado definitivamente el cómic y se había incorporado, quedando sentado en el sofá.
—Mira, esto de ahora te viene bien, Rai. Los pastores hablan de la ociosidad y dicen que es imagen de la muerte, que corrompe la salud del hombre, como las aguas estancadas, que como no se mueven se pudren y apestan, según Ovidio: y así señala que los campesinos, que hacían ejercicio, vivían más tiempo y más sanos que los educados en las ciudades. Pues hay que respirar el aire fresco de la mañana, y en el campo hacer ejercicio da salud. Por eso los señores muy regalados tenían más enfermedades que los que trabajaban, y morían más a menudo.
—No va por mí, porque yo hago mucho ejercicio… Habría que aclarar a qué llama ociosidad. Además, ahora los señores regalados juegan al tenis, al golf y al squash, y esos mendigos que ves por la calle, viviendo al aire libre, no son precisamente una imagen de buena salud —repuso Rai, pero Berta no le hizo caso.
—Ahora hablan de los celos. Oídlo. El temor a la pérdida de lo que se ama da muy mala vida a los hombres y a las mujeres, aunque muchas veces los celos son sospecha sin fundamento… Y siguen varias cosas: se habla de la venganza, que dice Antonio que se ha de saber dejar siempre para el tiempo oportuno…
—Y entre todos esos que llama afectos, ¿no hay ninguno positivo? —preguntó Marina.
—Claro que los hay, los que según Doña Oliva dan salud y sustentan la vida humana.
—¿Y se puede saber cuáles son para ella?
—A través del pastor Antonio, cita unos cuantos. Dice que dos principales son la concordia del alma y del cuerpo, te lo voy a decir en latín: valetudinem esse communem corporis animique concordiam, y la esperanza de bien. Pero además habla del placer bien medido, de la alegría, de la templanza, que según ella es la maestra, señora y gobernadora de la salud del alma y del cuerpo, del amor a los demás, que es un afecto natural, porque el ser humano es animal sociable y le gusta tanto la conversación con sus semejantes que algunos llamaron a la buena conversación «quinto elemento» para la vida, pues ya dijo Aristóteles que el hombre sin amigos no desea vivir, ya que esa carencia le causa melancolía y tristeza y lo lleva a la muerte poco a poco. Y habla de la necesidad de la música, y del agradecimiento, y de la prudencia, y de la sapiencia, y sobre todo, sobre todo, de la magnanimidad.
—Un repertorio muy interesante —dijo Marina, que no mostraba ningún cansancio ante el largo discurso de Berta.
—Acabarás cayendo en las redes de Doña Oliva —advirtió Rai—. Lo cierto es que yo nunca fui capaz de aguantar una sesión tan intensa sobre ella…
—Bueno —dijo Berta—. Acaso me estoy extendiendo demasiado, pero como ves, este primer coloquio no tiene desperdicio, pues no solo habla de eso que llama afectos como posibles causas de pérdida de la salud, sino también de otras cosas externas y dañinas.
—¿Qué cosas son esas?
—Primero la peste, ahora hablaríamos de alguna epidemia, de la que dice que es «gran contrario del ser humano» y que viene por el aire o por enfermedad contagiosa, y por eso es bueno quemar romero, enebro, salvia y otras cosas de buen olor. Luego el mal de ojo, contra el que es buen remedio restregar las manos con vino y aspirar el olor y el vapor, y vomitar.
—¿El mal de ojo? ¿Y la Inquisición no puso ningún reparo?
—Parece que a eso la Inquisición no le daba importancia, aunque te parezca raro…
—Al fin y al cabo, si perseguían a las brujas es porque creían en ellas —señaló Rai.
—Mira, aquí hablan del veneno por mordedura de animal, y Antonio aconseja en este caso cortar la parte mordida o atarla fuertemente, si el miembro lo permite, para que el veneno no siga distribuyéndose por el cuerpo, y siempre vomitar.
—Lo del vómito resulta una medicina barata —apuntó Rai.
—Y advierte sobre algunas mudanzas que pueden afectar a la salud, como el irse de una tierra a otra, que lleva consigo cambiar el aire que se respira y el agua que se bebe y los alimentos, producidos en suelo diferente. En esto no contradice a Galeno, al parecer. Y también escribe sobre otras mudanzas, como las planetarias, pues dice que este mundo se gobierna por los movimientos de las estrellas y de los cielos, especialmente de la Luna y el Sol, o las mudanzas del tiempo, cuando quiere llover o el aire se vuelve frío. Aconseja que entonces no se afronten grandes negocios ni se hagan esfuerzos intelectuales.
—Ya lo sabes, Marina, solamente debes escribir cuando haga buen tiempo —comentó Rai.
—Con esto, casi está terminado el primer coloquio de los pastores, que es la parte más importante del libro. Se advierte sobre el mucho engordar: hay que comer para vivir, no vivir para comer, dicen. Doña Oliva considera peligrosas lo que llama las vehementes operaciones del alma y del cuerpo después de las comidas. Dice que el excesivo trabajo y cansancio es como un dolor y que también puede matar, y que son perniciosos los sonidos desmesurados y repentinos, así como la vista de cosas sucias y sanguinolentas, los malos olores, el excesivo frío y el excesivo calor…
—Tampoco es que haya descubierto el Mediterráneo —dijo Rai.
—Todo eso es ahora notorio, pero en su época tiene mérito plantearlo —apuntó Marina.
—Y por fin se extiende en un elogio de la magnanimidad, señalando las condiciones del magnánimo; habla de la prudencia, a la que llama gran ornato y madre de las virtudes, y de la sapiencia, según ella ciencia de las cosas divinas y naturales, y conocimiento de las causas de las cosas, que tiene sabor y olor de Dios y da contento y alegría, y por eso salud. Por fin habla de la felicidad que puede haber en este mundo, insistiendo en la conveniencia de no tener riquezas y, si se tienen, no amarlas, sino usar bien de ellas socorriendo a los pobres. Y concluye el primer coloquio caracterizando al ser humano como «pequeño mundo».
—El pequeño mundo del hombre —dijo Marina—. Eso es algo muy antiguo…
—En cualquier caso, habla de la figura y compostura humanas, y de por qué es un «árbol del revés», en el que las raíces están en la cabeza, e indica los cambios y alteraciones que se producen en su interior, determinados también por los alimentos, y por fin señala la vejez, con la muerte que esta lleva naturalmente consigo, como el final más deseable.
Berta alargó el libro a Marina, que lo tomó y empezó a pasar las hojas con cuidado.
—Pues con todo lo que nos acabas de contar, he descubierto que ese es un libro de autoayuda, ni más ni menos —comentó Rai, burlón.
—Yo colaboré con una editorial de libros de autoayuda y me cansé de leer memeces —repuso Marina—. En los tiempos de esta Doña Oliva eran más ambiciosos al tratar del corazón humano…