1. El libro de Berta

 

 

 

 

La relación entre Marina y Rai llevó consigo la incorporación de aquella a la vida de Berta, pues aunque los jóvenes solían tener sus encuentros amorosos en el apartamento de la chica, algún fin de semana se quedaban en casa de Rai, y bastantes días Marina seguía yendo por la tarde a visitar a Berta para charlar con ella, por lo general en presencia de Rai.

En poco tiempo, Marina conocía de Doña Oliva tanto como la propia Berta, que incluso le hablaba del libro que estaba escribiendo mucho más de lo que le había contado a Rai. Lo que este no había conseguido antes, leer las páginas que su madre llevaba escritas, lo logró Marina enseguida, pues Berta estaba deseando conocer su opinión experta, según le dijo.

—No hay como tener autoridad —comentaba Rai, con sorna.

—¿Por qué dices eso?

—No sabes el tiempo que llevo intentando enterarme de qué va ese dichoso manuscrito, y en cuanto tú llegaste mi madre no solo te lo ha contado, sino que te lo ha dado a leer. Bueno, por lo menos ha servido para que yo sepa algo del asunto…

Berta no mostró turbación alguna por lo largo de aquel obstinado ocultamiento.

—Algo no, todo —respondió.

—Bueno, sí, ya lo sé todo. Pero no te hubiera costado nada informarme antes de las cosas. No era para tanto secreto…

—Lo siento, Rai, pero contigo me sentía insegura… Si fuese un cómic, te aseguro que no lo habría dudado. Tampoco tu hermana Yolanda sabe nada de que estoy escribiendo esta biografía, y solamente lo sabrá cuando la termine, si es que lo consigo…

 

 

 

Hasta entonces, Berta había descrito la niñez de la autora en la ciudad de Alcaraz, que en aquellos tiempos lejanos tenía cierta relevancia, pues era cabecera de un corregimiento. Al parecer, la ciudad estaba localizada en un paraje singular, que del pasado conservaba restos de un acueducto y de un castillo, y en ella, no mucho antes del nacimiento de Oliva, se habían remodelado iglesias y edificios que habían sido afectados por un terremoto.

La biografía describía esa infancia, la compañía de una morisca imaginada por Berta como sirviente en la casa, la asistencia de Oliva a una de aquellas escuelas que, cuando en ellas concurrían niñas, se llamaban amigas. Sus dotes intelectuales eran tan notables que en un solo curso superó con mucho a sus condiscípulas y su padre la sacó de allí y se ocupó de ir completando él mismo su primera formación.

Todo esto estaba ya escrito, así como la incorporación de Oliva a la especie de academia que don Miguel había constituido con sus amigos amantes de la filosofía y la medicina clásicas. Y también estaban ya redactados el inicio de la escritura de su Nueva Filosofía y la oposición de su padre a que continuase haciéndolo, y la boda de la muchacha, que trajo consigo su liberación de la autoridad paterna, y la admiración respetuosa del marido hacia la obra de aquella mujer tan sabia.

 

 

 

Con su interés por el desarrollo del libro de Berta y la historia de Doña Oliva, Marina se alejaba un poco de su desasosiego ante la marcha de la novela rusa, cuyas ventas, incluso entonces, estaban muy por debajo de las de su primera novela.

Chisma, la agente literaria de Marina, que estaba empezando en el oficio y para quien el primer libro de esta había resultado una ocasión afortunadísima, se mostraba muy disgustada y se culpabilizaba en cierto modo de aquella situación, pues mientras Marina estaba trabajando con su novela rusa habían hablado con ella desde una importante editorial para tantear la posibilidad de negociar concederle uno de los premios más populares del sector, o hacer que quedase finalista, pero ella había pensado que el éxito del primer libro iba a garantizar el de este, y que el premio podía esperar para una novela posterior.

—Me equivoqué, Marina, me equivoqué. Y es que lo de los libros no hay quien lo entienda. ¿Por qué este no está pegando como el otro? Tiene todo para ello: intriga, amor, un pasado desconocido y atractivo, personajes curiosos, un escenario exótico, y sin embargo ya ves…

Elvira, la editora, decía que todavía era pronto para considerarlo un pinchazo, pero Chisma no se consolaba, pues había imaginado que las ventas de este segundo libro igualarían de entrada las que el primero tardó algunos meses en conseguir, y Marina no podía evitar sentir un cierto regusto de fracaso. Así, las charlas con Berta conseguían distraer su inquietud, pues en la postración física de la madre de Rai encontraba una imagen estimulante, por lo que se contraponía a su propia vitalidad y energía, aunque se avergonzaba y escandalizaba en secreto de pensarlo. Además, en aquella casa se sentía hechizada ante la alucinación patente de Berta en lo referente a aquella Doña Oliva que, según aseguraba, estaba sentada a menudo a la mesa del comedor. Y no dejaba de ser bastante peculiar la forma en que, de repente, la gata saltaba a la mesa y recorría con cuidado el entorno del lugar que la madre de Rai señalaba.

«De manera que eso son los fantasmas», pensaba Marina, «obsesiones visibles o sensibles para algunos, que están ahí presentes, sin molestar a nadie, imperceptibles como los pensamientos ajenos, como los dolores que los demás no manifiestan». Pues en todo lo demás Berta, por encima de su penosa enfermedad, estaba lúcida y animosa.

De modo que la convivencia con Rai, muy placentera en lo carnal aunque poco desarrollada en otros aspectos; la relación casi terapéutica con Berta, en aquella sala presidida al parecer por un fantasma pacífico; sus conversaciones con ella sobre la escritora del siglo XVI; las intermitentes llamadas de Chisma deplorando la marcha de la novela rusa y suscitándole súbitos accesos de intranquilidad depresiva les dieron a aquellos tiempos una atmósfera de eventualidad, de ámbito pasajero, que Marina evocaría más adelante con extrañeza.

 

 

 

Tras los tiempos de infancia y adolescencia, la boda y la escritura de su obra, en la que empleó casi seis años, Doña Oliva, con la conformidad de su padrino y de fray Arnaldo, se había propuesto publicarla. Precisamente por aquellos días estaba Berta reuniendo información, a través de Internet y mediante un libro que había encontrado casualmente en un catálogo, sobre los requisitos para publicar en el siglo XVI, tras determinada pragmática promulgada por Felipe II: tanto la licencia y privilegio que había que recabar del Real Consejo de Castilla, como la censura o autorización que debía otorgar el poder eclesiástico.

Berta se mostraba exultante:

—Una vez impreso el texto del libro, había que cotejarlo con el original para comprobar que se trataba del mismo, y solamente a partir de ese momento, y siempre que procediese, se imprimían las páginas en las que debía constar la licencia y privilegio del Real Consejo de Castilla, con la tasa correspondiente y el debido permiso eclesiástico. Esto apoya aún más mi idea clara de que el testamento del padre de Oliva fue un grotesco farol, una manera de hacerse notar cuyos motivos nunca podremos descifrar. Todos los prolijos trámites anteriores los llevaron a cabo sin duda Doña Oliva y su marido, y la autoría nunca cambió. En la edición que yo tengo, como has podido comprobar, hay además un expurgatorio de un inquisidor que alaba mucho el libro.

—¿Cómo vas a plantear el asunto?

—En ello estoy. Cuando Doña Oliva termine su libro, seis años después de haberlo empezado, formalizará la solicitud de la licencia y privilegio, y su marido Acacio de Boedo se ocupará de los trámites, a través del correspondiente servicio del corregimiento de Alcaraz, aunque me inventaré que, en el momento de la impresión del libro, viajarán ambos a Madrid.

—Eso del viaje es una buena idea. El movimiento físico siempre les va bien a las novelas.

—¡Pero esto no es una novela! —repuso Berta, desconcertada.

Marina la miró con afecto:

—Vamos, Berta. Por lo que veo, la mayor parte de la biografía es imaginaria. ¿Es que tienes algo contra las novelas?

Berta se había quedado quieta, con los ojos fijos en la mirada de Marina, y habló al fin:

—Marina, ya lo dijiste el otro día, pero yo no puedo imaginarme escribiendo una novela, lo mío pertenece a la investigación, aunque tenga muchos aspectos hipotéticos. Yo no sé escribir novelas, aunque de niña me gustase mucho imaginar aventuras…

—Pues te aseguro que, por lo que he leído, tu libro es mucho más una novela que eso que llamas un ensayo biográfico.

Berta permaneció un rato silenciosa y ensimismada.

—¿Y cómo vas a seguir? —preguntó Marina.

Berta salió de su embelesamiento un poco ruborizada.

—Era el año 1587, el mismo en el que apareció la Gramática griega escrita en lengua castellana de su amigo y maestro Pedro Simón Abril, famoso traductor, y como ambos libros se imprimieron en la imprenta de Pedro Madrigal, voy a hacer que Pedro Simón Abril y ella se encuentren en Madrid, y que Doña Oliva asista en su compañía a una sesión de la Academia Mantuana, y que allí conozca a Lope de Vega, que entonces tenía veinticinco años, la misma edad que ella. Habiéndola conocido personalmente, no es raro que Lope la hubiese llamado «Musa Décima» en un poema…

—¿Musa Décima?

—Aquí lo tengo. Está en la Representación moral del viaje del alma, y dice así:

 

… Doña Isabel Esforcia fue ilustrísima

en letras y virtud, y en Milán fénix;

Doña Oliva de Nantes, Musa Décima,

y doña Valentina de Pinelo,

la cuarta Gracia, o verso o prosa escriba…

 

»Para que veáis que entonces había mujeres cultas, aunque las hayamos olvidado, y que Lope de Vega las conocía.

A Marina le admiraba la erudición de Berta en aquel asunto que tanto le interesaba, pero lo de Lope de Vega le pareció muy sugerente:

—En efecto, Lope de Vega te puede venir muy bien —apuntó—. Y dices que no es una novela…

—¡Pero, mamá, es estupendo que estés escribiendo una novela, aunque no lo sepas! ¡A lo mejor hago un cómic sobre ella! —exclamó Rai.

Berta volvió a quedarse en silencio, en actitud reflexiva, antes de continuar hablando.

—Ya he estudiado un poco la vida de Lope. ¿Sabíais que fue marino? Unos años antes había participado en la batalla de la isla Terceira, en las Azores, un combate que hubo entre la escuadra española que mandaba don Álvaro de Bazán y la francesa, el triple de grande, a la que la española derrotó clamorosamente.

—¿Pero cómo vas a seguir? —preguntó Marina—. ¿Lope de Vega va a ser un personaje importante en la novela?

Berta aseguró que aún no lo sabía, y que en tal sentido no se le ocurría nada. Seguía insistiendo en que su libro era un ensayo biográfico y no una novela:

—¿Ves como esa idea de que el libro sea una novela complica las cosas? Tal vez meter a Lope de Vega me cree demasiadas complicaciones, porque la vida de Doña Oliva va a transcurrir en Alcaraz, como debió de ser en realidad, muy lejos de los ámbitos habituales del Fénix de los Ingenios.

—¿No dicen que era muy mujeriego? Podrías hacer que se enamorase de Doña Oliva.

—Es poco verosímil, pues aunque aquel año se encontraba en Madrid, estaba muy enfadado con un amor que tuvo, la famosa Filis, que lo había dejado por otro. Tan enfadado que le dedicaba versos muy rencorosos. No sé si conocéis aquello de

 

Si mandas, ¿por qué no das?

Si lo has de dar, dalo junto,

y si junto, dalo al punto,

y si no, no mandes más.

 

No es bien que engañarme quieras

con favor de cuando en cuando,

que es mucho para burlando

y poco para de veras.

 

—No, no lo conocía —dijo Marina, cada vez más admirada de la erudición de Berta sobre los clásicos—, pero aunque Lope de Vega anduviese con esos enfados, no debes preocuparte por ello. Una novela histórica no es un documento notarial. Te puedes permitir las licencias que quieras, siempre que respetes las líneas generales del asunto. Imagínate que Lope se siente atraído por Doña Oliva el día que se encuentran en esa academia, y que le envía unos versos amorosos y la acosa un poco, y que el marido de Doña Oliva se entera y lo reta a un duelo…

Rai se echó a reír.

—Vamos, Marina, no líes a mamá. Ella quiere hacer el libro de Doña Oliva, no Los tres mosqueteros.

A Marina le pareció que aquella intervención no tenía ninguna gracia:

—No sé a qué viene eso. Creo que yo, por lo menos, he demostrado que sé escribir libros que la gente lee. Hay que buscar en las tramas asuntos que susciten el interés de los lectores, es más, de las lectoras, porque ahora son las mujeres quienes más leen, y todo lo que tenga que ver con el amor y con los celos es buen reclamo.

—No os enfadéis —intervino Berta—. Un duelo que no termine de forma dramática, claro.

—Naturalmente, gracias a Doña Oliva, que interviene para impedirlo y se lleva a su marido de vuelta a Alcaraz, adonde llegan enseguida las noticias de la gran acogida que el libro está encontrando entre los lectores. Un éxito que puede despertar envidias en algunos, como en el propio padre de Doña Oliva.

—Ahí ya me pierdo, Marina. Tal como yo lo he planteado y como os lo he leído, porque creo que fue así, la actitud de Miguel Sabuco no es de celos ni de envidia, sino de miedo a lo que el libro pueda acarrearle a su hija desde el punto de vista inquisitorial. En esto me ha parecido plausible lo que señala uno de los estudiosos de la escritora…

—Te puede quedar una novela estupenda.

Berta volvió a guardar silencio antes de responder:

—Mira, Marina, eso de la novela me ha dejado muy sorprendida y me lo tengo que pensar, en serio, porque yo quería ceñirme lo más posible a los datos reales, y además no sé escribir novelas, francamente…

—Pero, Berta, por lo que cuentas, los que llamas «datos reales» son bastante escasos… Te lo tienes que imaginar casi todo…

 

 

 

Marina asume como algo indudable que el éxito de su primer libro causó la ruptura con Andrés, su compañero de entonces, que había publicado casi al mismo tiempo su propia novela, un libro que pasaba sin encontrar apenas respuesta lectora. Andrés comenzó a hacer comentarios sobre el éxito de Marina en los que era evidente un ácido sarcasmo:

—Ya quisiera yo que me leyesen por lo menos la quinta parte de las mujeres que a ti. Solo de las mujeres.

Sin embargo, al libro de Andrés la crítica lo había tratado muy bien.

—Bueno, tú no te puedes quejar de la crítica —había contestado Marina—. En cambio, cuando mi libro apareció nadie le hizo caso. Ni en un solo suplemento, ni en ninguna revista literaria. Lo que está pasando con él es eso que llaman el boca a oreja: a la gente le gusta y se lo dice a quienes conoce, sobre todo en las redes.

—Tus lectores, o mejor lectoras, no leen los suplementos literarios, faltaba más. Viven fuera del mundo de la literatura. Seguramente hacen bien, pues el verdadero mundo de la literatura se está yendo a freír puñetas.

—¿Quieres decir que mi libro no pertenece a la literatura? ¿Que solo sois literatos los que escribís eso que llamas «autoficción»?

—Lo que quiero decir es que las novelas de puro entretenimiento, como la tuya, aunque sean históricas, están acabando con todo lo demás, autoficción o lo que sea, te pongas como te pongas. En eso sí que hay una dictadura de cierto tipo de lector.

—Un lector de poca calidad.

—Un lector de medio pelo, tú lo has dicho.

—O sea, que mis lectores son muchos, pero malos. Los tuyos, esos de quienes te quejas por ser poquitos, son los buenos, los que siguen las directrices, porque eso no es dictadura, la de esos expertos que convierten en un nuevo Cervantes a ese escritor chileno en cuanto se muere o que hacen modelo de novelista contemporáneo al que escribe de otros escritores y cuenta las nimiedades que le suceden en los viajes… Vamos, Andrés, no hay más cera que la que arde, como decía mi abuela.

El caso fue que la relación se había enfriado tanto que Marina se marchó de casa, para compartir apartamento con una amiga. Y el vínculo que los unía a Andrés y a ella se acabó deshaciendo solo, sin que volviesen a discutir, porque dejaron de verse, de hablar por teléfono, de comunicarse por la red… El amor, si es que había amor, se apagó, y al regresar Marina del viaje que en el verano había hecho a San Petersburgo —pues estaba escribiendo el borrador de aquella historia que sucedía en los tiempos de la Ilustración y le había apetecido recorrer los escenarios donde iban a moverse sus personajes— Andrés y ella habían terminado definitivamente. Y Marina se sorprendió de que, en lugar del mal sabor de un desengaño amoroso, solamente le quedase el resquemor del poco aprecio que tenía por la novela de ella aquel fatuo que, como amante, además, no tenía cualidades especialmente destacables.

Se había entregado pues a la escritura de su novela rusa, como la llamaba. La tarea la absorbió de tal modo que no tuvo ocasión para pensar en otra cosa, y el tiempo le cundió mucho, porque la escritura había ido avanzando con fluidez…