2. Siguen los coloquios

 

 

 

 

Cautiva de la obsesión de Berta con el libro que había escrito Doña Oliva, Marina quiso saber cómo continuaba, y a lo largo de sus encuentros y charlas Berta seguía explicándoselo, hasta el punto de que el libro de Doña Oliva se convirtió en el principal tema de conversación entre las dos.

—Después del primer coloquio viene el titulado Coloquio en el que se trata de la compostura del mundo como está. En él, Doña Oliva recogió sin duda mucha información de los libros que había leído, y tiene imágenes curiosas. Por ejemplo, recordando el mito sánscrito, compara el mundo con un enorme huevo, en su caso de avestruz, pues seguramente en el convento de fray Arnaldo habría alguno de esos huevos y llamaría su atención.

—¿El mundo como un huevo? —se interesó Rai.

—El huevo universal que volvió a imaginar Doña Oliva tiene una yema, varias claras y once cáscaras: la yema es la Tierra, según lo dispuso el Creador, dice ella, y en su centro, que es el lugar más apartado de los cielos, está el fuego del Infierno, pues ahí lo colocó Dios. La clara pequeña que envuelve la Tierra es el agua, la siguiente clara, mayor, es el aire, y las sucesivas cáscaras son las diferentes capas del cielo…

—Tierra, agua, aire, fuego, los cuatro elementos —señaló Marina.

—En efecto, los cuatro elementos de todas las cosas de este mundo, en eso Doña Oliva apuntó que no se apartaba de lo que había dicho Empédocles y continuaron diciendo todos los filósofos antiguos. Los pastores hablan pues sobre el agua, los mares y ríos que suben en forma de vapor para luego llover, o granizar, o nevar. Y hablan del rompimiento de las nubes por esas llamas serpenteantes que son los relámpagos. Y hablan de la luz del Sol, que se refleja en la Luna y en las estrellas. Y de la redondez de la Tierra, y de las cáscaras o capas de cielo donde se encuentran el Sol y los planetas, desde la Luna a Saturno.

—El último de los planetas conocidos entonces.

—Claro que hay cosas que hoy están superadas por los avances científicos: hablan de las medidas de la Tierra y de la grandeza de ciertas estrellas, y Antonio dice que hay quince, ni más ni menos, que cada una es ciento siete veces mayor que la Tierra. Y hablan sobre los eclipses del Sol y de la Luna, denunciando la falsedad de esas fábulas en las que, tirado por caballos o bueyes, el Sol va a reposar a cierto lugar y llega la noche. Pues la noche, asegura Antonio, es la sombra de la Tierra, y para unos amanece y para otros anochece.

—Hay que reconocer que lo de los caballos o bueyes tirando del Sol era más divertido —apuntó Rai.

—Precisamente en esta parte escribe de las distintas cáscaras o cielos, hasta la última, la undécima, la que no se mueve, la que no tiene medida, donde se encuentra la corte celestial. Y con ello termina el segundo coloquio.

—Lo raro es que no hubiese sido el primero, pues parece como el marco de referencia de todo lo demás —comentó Marina.

—Lo que pasa es que lo otro era más novedoso —dijo Berta—. También Doña Oliva debía de dar importancia a eso que valoras tanto tú, el interés del público.

—¿Y con ese coloquio termina el libro?

—¡Qué va! Viene luego la tercera parte.

Rai se levantó.

—Bueno, yo creo que ya está bien por hoy. Voy a dar una vuelta con Marina antes de llevarla a su casa, que luego he quedado un ratito con los colegas.

Berta cerró el libro de Doña Oliva sin objetar nada.

 

 

 

Aquellas repentinas decisiones de Rai sobre cualquier cosa desconcertaban a Marina, y a pesar de su fascinación por el chico y por Berta y el misterioso efluvio de aquel libro, se lo reprochaba con suavidad:

—Rai, a veces eres poco considerado con tu madre. No puedes darle esos cortes.

Rai miró a Marina con sincera sorpresa:

—¿Corte? ¿No te parece que se estaba enrollando demasiado? La pobre, con su obsesión, puede ponerse pesadísima, como sabes de sobra… Además, me apetecía dar una vuelta antes de llevarte a casa, pues se estaba haciendo tarde y estoy citado con los amigos, ya te lo dije.

—Fui yo la que le pedí que siguiese explicándome el libro. A mí me parece que está lleno de cosas interesantes.

—Eso yo no lo discuto, pero en todo hay que tener cuidado con las sobredosis —respondió Rai, echándose a reír.

—Salvo si son de amigotes —dijo Marina sarcástica, porque ya empezaba a incomodarle la afición de Rai a reunirse con sus viejos compañeros.

—Si yo fuese escritor, como tú, aparte de ganarme la vida no necesitaría a nadie para contarle mis penas, las metería en mis novelas… Pero soy solo un parado, un parado don nadie, dice mi padre muy cariñoso, y de vez en cuando me viene bien encontrarme con los antiguos amigos, unos parados como yo. Es una forma de terapia. Ahora que hay un mendigo cada diez pasos y tanta gente durmiendo en los portales de las tiendas cerradas, nos consuela encontrarnos, aunque a ti no te guste.

—No me gusta ni me deja de gustar, Rai, solo te digo que a veces eres demasiado brusco con Berta.

Marina nunca le dijo a Rai que su madre le parecía envidiable, porque ella tenía una madre demasiado ajena, que veía su éxito como novelista sin mostrar mucho entusiasmo, que solamente tenía ojos y elogios para un hijo biólogo que estaba trabajando en Estados Unidos, a quien iba a visitar con cierta frecuencia. En cuanto al padre de Rai, no lo había conocido aún, tan separado como estaba de su mujer y de su hijo por su aventura sentimental, pero el de ella era un hombre silencioso, que llevaba trabajando toda su vida en las oficinas de una compañía sanitaria, para quien la única pasión era el fútbol y cuyo rasgo más llamativo, manifestado en cada conversación con él, era el fervor con que proclamaba su deseo de alcanzar la edad de jubilación.

—No lo hago con intención de molestarla, te lo juro. Yo adoro a mi madre —confesó Rai.

—Pues en eso debes andar con más cuidado. Tal vez vayas demasiado a lo tuyo, y hay que tener consideración con los demás.

 

 

 

Cierto día, la persona a la que conocía Berta y ante la que se había interesado en busca de una colocación para Rai les anunció que iban a hacerle una entrevista en una empresa que tenía muchos negocios importantes en Hispanoamérica.

Para la entrevista, tanto Berta como Marina le aconsejaron arreglarse el pelo e ir vestido con chaqueta y corbata.

—En una asesoría jurídica no se trabaja en chándal —dijo Berta.

—Y tan austero como eres con el móvil, tendrás que empezar a usar algunas aplicaciones —añadió Marina.

—Vale. Y me pondré una de esas corbatas de mi padre que he visto en un cajón, no os preocupéis.

 

 

 

La entrevista, según Rai, duró bastante tiempo y se remató con una charla en inglés de la que quedó contento. Dentro de su talante flemático, Rai pensaba que tenía posibilidades de que lo metiesen en la empresa, como así fue: le hicieron un contrato temporal, renovable.

Sin duda la noticia lo llenó de regocijo, aunque no lo manifestase, y fue Berta quien se ocupó de organizar una celebración en su propia casa, ya que ella no estaba para salir a ningún restaurante, en la que no faltaron unas cuantas exquisiteces de las que se ocupó Clara ni una botella de champán francés, y a la que también asistió la hermana de Rai, Yolanda, una chica mayor que él, a juicio de Marina bastante sarcástica con Rai, pues a la hora de brindar, cuando Berta propuso un voto propiciatorio del buen futuro de Rai en aquella empresa, ella añadió, con tono demasiado irónico: «¡Yo también brindo por el ya era hora!».

Sin embargo, Marina advirtió con bastante desencanto que la integración de Rai en la empresa lo aislaba todavía más en sí mismo, al menos en su relación con ella. No renunció a sus aficiones deportivas, aunque cambió las horas de practicarlas, y seguía viéndose con mucha frecuencia con los amigotes, pero sus encuentros con Marina apenas tenían lugar fuera de la cama, ya fuese en su apartamento, los sábados, o en la habitación del propio Rai, algún día que ella iba a visitar a Berta.

Marina imaginó que este eclipse de su chico tenía que ver con la novedad de la situación y la condición inicialmente temporal de su presencia en la empresa, y descubrió que las horas que antes empleaba Rai en la lectura de cómics y novelas negras, o en dibujar ciertas viñetas a modo de diario gráfico, o en la audición de música, habían sido sustituidas por una entrega fervorosa al estudio de documentos y a la redacción de informes.

Un día, ya cercano el tiempo de vacaciones —de las que Rai apenas iba a disfrutar, teniendo en cuenta lo reciente de su incorporación laboral—, Marina insistió en que la acompañase a una copa que organizaba su editorial, pero él, para no ir, puso muchas excusas relacionadas con su trabajo.

—Vamos, Rai, no me vas a decir que mañana no puedes perder dos horas en acompañarme, a última hora de la tarde.

—Pues te lo digo, Marina. Ahora tengo que hacer los mayores esfuerzos por hacerme visible. Si supieras cómo es don Anselmo… Hasta que yo no note que me trata como a los demás no estaré tranquilo. Tengo unos papeles que estudiar, pues allí no me ha dado tiempo.

—Pero mañana es sábado, Rai, sábado.

—Además, en esas fiestas tuyas estoy descolocado, lo sabes de sobra. Perdóname, pero no voy a ir.

 

 

 

También Rai cambió de actitud en su propia casa. Fue dejando de estar presente en las charlas que tenían Berta y Marina, muchas a propósito del libro de Doña Oliva y su tiempo, aunque Berta aceptaba su comportamiento sin ningún reparo, convencida de que Rai estaba modificando su actitud frente a la realidad en el mejor sentido.

—Qué quieres que te diga, Marina, yo me alegro infinitamente de verlo así, responsabilizándose de las cosas. Se ha dado cuenta de lo que vale un trabajo, además un trabajo bueno, y creo que hay que apoyarlo. Claro que te tiene muy abandonada, como a mí, pero seguro que esto es transitorio. En cuanto pasen unos meses y afiance su lugar en la empresa, verás como vuelve a su actitud anterior…

El caso es que ahora solían estar solas en la sala mientras Berta le contaba a Marina las incidencias de su libro, que había empezado a aceptar como novela, aunque Rai estaba con ellas la tarde en la que Berta terminó de relatarle el contenido del libro de Doña Oliva, lo referente al Coloquio sobre las cosas que mejoran este mundo y sus Repúblicas.

Aquí Doña Oliva pone ante todo de relieve esa barbaridad de los pleitos, tan largos, capaces de arruinar y hasta de matar a la gente, causados por lo que llama la carretada de leyes que vienen de antiguo, y que además estaban en latín, una lengua que, según ella, la mayoría de la gente desconocía. A quien yo quiero mal, dele Dios pleito y orinal, dice que decía un refrán. En esta parte denuncia el exceso de jueces, letrados, procuradores y escribanos, y tantos estudiantes y cátedras de leyes.

—¡Vaya! ¡Ya me extrañaba a mí que los juristas no apareciésemos en ningún sitio! —protestó Rai—. ¡Me quedo a escucharte y resulta que la culpa de los males del mundo la tenemos los abogados!

Berta lo miró con un gesto de evidente confusión, pero no perdió el aplomo.

—En realidad, para Doña Oliva los letrados son producto de un sistema mal planteado. En el coloquio se señala que el remedio es escoger solo las leyes necesarias, y dictarlas en la lengua común, y aplicar a la solución de los pleitos el castigo a quien mienta, incluso por la vía de la Inquisición. Con ello asegura que muchos de lo que llama «esa Babilonia de estudiantes», en la que, además, solo deberían estar los aptos para las letras o las ciencias, se encontrarían en su tierra arando, y habría suficiente trigo, y en lugar de tantas gentes de leyes existirían otras dedicadas a otros conocimientos más provechosos.

—¿No te digo? Es evidente que nuestra filósofa miraba a mi gremio con inquina —respondió Rai, con aire humorístico.

—Es que en esa época los leguleyos debían de ser una plaga —comentó Marina, mientras Berta seguía hojeando el libro.

—Quevedo, por ejemplo, no los podía ni ver —dijo doña Berta—. Pero Doña Oliva no les echa la culpa a ellos, sino al sistema, como diríamos ahora, porque ella es muy aguda. Por ejemplo, piensa que no todos los delitos semejantes deben tener penas iguales, sino que habría que considerar las condiciones del caso en cada delincuente. ¿Eso qué te parece, Rai?

—Eso es fino, en efecto. Sobre todo si tenemos en cuenta la época —dijo Rai.

—Y mira, Marina, tú que hablabas una vez de un posible duelo entre Lope de Vega y el marido de Doña Oliva en mi novela, en este coloquio se dice que los reyes cristianos y el Papa deberían legislar para acabar con lo que se llamaban «duelos por el punto de honra», que, según dice el pastor filósofo Antonio, traen tantas muertes y pérdidas por unas palabrillas y la pura soberbia.

Mientras hablaba y leía, Berta no dejaba de mirar de vez en cuando a la mesa del comedor, como si continuamente estuviese esperando una invisible aprobación.

—En este coloquio se trata también de que son necesarias ciertas mejoras para luchar contra la pobreza de labradores y pastores. Se critican los derroches en los que incurría aquella sociedad: los ornatos superfluos, tan caros, que se usaban y, con el exceso de letrados, el de zánganos y mercaderes, y se proponen medidas para enriquecer a los labradores, subiendo las tasas por fanega y legislando de manera que no se les pudiesen requisar los bueyes, las mulas, los arados ni las simientes, y otro tanto para los pastores y sus rebaños.

—Una verdadera socialdemócrata —apuntó Rai, con guasa.

—Y también se propone prohibirles a todos ellos comprar de fiado sedas y paños para casamientos porque, según dice, de ahí venía la ruina de muchos.

—O sea, que eran pobres y encima se entrampaban para gastárselo en festejos. Este país no tiene enmienda —apuntó Rai.

—También critica la manía del común uso de vestir de negro, que tanto agrada a España. Dice que va contra la razón humana…

—¡Pero qué moderna! —continuó apostillando Rai.

—Y aquí viene algo muy interesante. Se asegura que todas estas mejoras serían buenas para los seres humanos, pero también que deberíamos buscar otras necesarias, como prevenir tanta falta de agua. Para ello los ingenieros deberían visitar las tierras y ríos adecuados y construir, a costa pública, los acueductos, acequias y embalses necesarios para los riegos y las moliendas, y para tener pescado fresco, criando sábalos, tencas, truchas y otros peces, y trasplantando las especies arbóreas necesarias, incluso trayendo de Indias las que mejor se pudiesen adaptar. Con esto, dice que muchas tierras míseras se harían muy felices y ricas.

—Eso no se lo digas al primo Alonso, que se queja de que le han anegado la provincia de León con pantanos…

Hecho aquel comentario, Rai se excusó. Tenía que revisar unos papeles y se iba a su cuarto. Le dijo a Marina que aquel día no iba a poder llevarla a su casa y salió de la sala con aire de evidente ausencia, como si hubiese quedado perdido en unos pensamientos muy lejanos de lo que allí se estaba tratando.

 

 

 

Berta dejó el libro sobre el regazo, miró a Marina y habló luego como si respondiese a una pregunta de la chica, insistiendo en razones que ya le había dado anteriormente:

—Mira, Marina, debemos comprenderlo. Nunca tuvo que preocuparse de nada y ahora se da cuenta de que así no puede andar por el mundo, sobre todo si quiere conservar su trabajo. No te preocupes, que eso es pasajero. Ya verás como en poco tiempo vuelve a ser el que era.

—Bueno, desde que nos conocemos no se puede decir que me haya hecho mucho caso. Creo que está enamorado de mí, como yo de él, pero ya sabes lo despegado que es…

Berta no contestó nada. Seguía con el libro sobre el regazo y Marina percibió que se encontraba un poco incómoda con la conversación sobre Rai.

—Anda, sigue contándome lo del libro de Doña Oliva. ¿Falta mucho?

—Falta un poco del Coloquio de las cosas que mejoran este mundo y sus Repúblicas. Por ejemplo, aquí habla de los casamientos y, como ya sabes que entonces los matrimonios los concertaban los padres, como sigue siendo habitual en los países árabes, propone que en los candidatos no se valoren tanto la hacienda y la riqueza como otras cosas, y alude a lo que dijo un sabio que no cita: Más quiero hombre que tenga necesidad de dineros, que no dineros que tengan necesidad de hombre. Y añade algo muy novedoso para la época: que las gentes no consideraban bien cuánta diferencia hay entre los seres humanos.

—¿También trata de las diferencias psicológicas?

—Psicológicas y de todo tipo. Dice que cada uno de nosotros proviene de la mixtura de dos seres humanos, y por eso, apunta, vemos de sabios salir tontos y de magnánimos y valerosos, apocados y pusilánimes. Advierte que debe considerar el varón lo que le conviene para elegir a la compañera que será su mujer, y la mujer sopesar al compañero que toma, sobre todo con vistas a la descendencia.

—Eso está muy bien. Un consejo que también parece propio de nuestros tiempos —dijo Marina.

Marina pensó de repente en los que habían sido sus compañeros amorosos hasta entonces: primero Gilberto, un chico majo, que cantaba muy bien y que se hizo aviador, que no pensaba para nada en tener una familia, y luego Andrés, novelista lleno de frustración, porque juzgaba que no le daban lo que merecía, y por fin este Rai, un chico afectuoso en los momentos de la intimidad pero distante en los demás, al que le gustaba ir a lo suyo y que lo dejasen tranquilo mientras él no tuviese ganas de otra cosa.

No elegimos al compañero o a la compañera, pensó, eso es una quimera, tomamos lo que se nos acerca, lo que aparece, y nunca podemos estar seguros de acertar.

Pero Berta continuaba explicándole el libro:

—Luego habla de lo que llama «las mejorías en la honra» y en esto es modernísima, porque en un mundo en el que todo se heredaba, títulos, condición social, patrimonio…, propone, nada menos, que los reyes cristianos y el Papa promulgasen una ley bajo la sentencia La honra está en tus manos, para que cada uno, venga de donde venga, pueda labrarse su propio futuro sin condiciones. Muy gráficamente, dice que de tal manera proliferarían los Roldanes, los Gonzalos de Córdoba, los Aníbales, los Tamerlanes…

—¡Pero eso era revolucionario!

—A veces mete consejos higiénicos, como la forma en que concluye este coloquio haciendo que uno de los pastores filósofos se ponga enfermo por mucho cenar y además por llevarse un disgusto, y le pida a Antonio los auxilios y remedios de la verdadera medicina.

—A ver cuáles son.

—Los incluye en otra parte, que constituye la cuarta del libro, titulada Coloquio de auxilios o remedios de la vera medicina, para cuya redacción seguro que fue muy importante la ayuda de don Alonso de Heredia, el médico padrino suyo. El principal remedio es componer el alma con el cuerpo, como a mí me gusta tanto repetir, apartar la discordia y el descontento y ayudar al cerebro con alegría, placer y esperanza de bien, mediante palabras de buena conversación, obras, alimentos confortativos del estómago, buenos aromas, música…

Berta siguió explicando con meticulosidad aquella parte del libro, que hablaba de la bondad de la dieta buena —si se disminuyen las cenas, se disminuirán las enfermedades—; del masaje; del ejercicio moderado —que hace firme, tieso y macizo al cerebro—; de lo bueno que es dormir en cama de tablas recias; de que son favorables las manzanas silvestres, el zumo de membrillo agrio y la sidra; de que el aire que nos rodea también nos nutre y por eso hay que renovar el ambiente…

Marina miraba a Berta, con su aspecto tan deteriorado, la cabeza pelada, cubierta por un pañuelo, los miembros endebles, las manos transparentes, y pensaba que ejemplificaba cómo la voluntad de concordia del cuerpo y el espíritu era una medicina extraordinaria, porque resultaba sorprendente de dónde podía sacar fuerzas aquella mujer tan enferma para afanarse sobre la dichosa biografía o para explicar con tanto entusiasmo el libro de la antigua autora:

—Y concluye la parte que está en castellano con unos cuantos «avisos», como estos:

EVITA LAS TRISTEZAS Y PESARES.

TEN EN CUENTA QUE EL TEMOR ES MAYOR MAL QUE LA COSA TEMIDA CUANDO LLEGA.

TEN CUIDADO CON LOS DESEOS QUE DESPIERTA LA IMAGINACIÓN.

CONSIDERA QUE LOS MALES ESTÁN SIEMPRE MEZCLADOS CON LOS BIENES.

JUZGA POR FELIZ Y DICHOSO EL DÍA PRESENTE Y NO LO PIERDAS POR DESEAR OTRO MEJOR.

NO HAY ENEMIGO MÁS NOCIVO Y DAÑOSO QUE TÚ MISMO: TE HACES INFELIZ Y ENFERMO, PERO TE PUEDES HACER DICHOSO Y SANO

—¿La parte que está en castellano? ¿Es que hay una parte que no lo está?

—Hay al final unas ochenta páginas en latín, que vienen a ser una especie de resumen de lo que se expuso anteriormente sobre la verdadera Medicina y la verdadera Filosofía…